Trátame suavemente...
Te veo casi todos los días. Últimamente, más hermosa que de costumbre. Con tus polos de diversos colores. Pero me encanta más aquel de color morado. Me encanta verte, aunque sea a lo lejos, vistiendo de ese color. Yo preferiría verte de plomo claro, que es el color que más me gusta vestir, pero, sin temor a equivocarme, sólo una vez te he visto con ese color. No importa. Igual ese polo morado te hace ver maravillosa. Pero mejor es cuando vistes blusas. Aquellas blusas que marcan tan armónicamente las preciosas protuberancias superiores de tu anatomía. Sus formas y su sabor suave aun los puedo sentir en mis manos y en mis labios, que los extrañan, que los añoran. Esas blusas que te resaltan los atributos, que te hacen adorar sentimientos, que cuando respiras se mueven al ritmo del aire que llena tus pulmones y te mantiene viva para que yo pueda seguir pensando en ti, a pesar del tiempo, a pesar de todo. Y que tú sigas pensando en mí, aunque tus cartas estén sobre la mesa y las tengas marcadas de antemano, aunque la reina de corazones aparezca junto a un rey de espadas que nada tiene que ver con la baraja de nuestros destinos, yo sé que piensas en mí, como dice la canción.
Tienes que comprender. Yo no puse tus miedos donde ahora están guardados. Tú sola te esmeraste en reprimir tus sentimientos. No los que exteriorizas, no los que aparentas, no los que tratas de hacer ver. Hablo de los verdaderos, de aquellos que descansan en los sombríos pasillos que conforman el laberinto de tu corazón. Desde antes de que, para bien o para mal, nuestras vidas entrasen en conjunción, ya habías adoptado, en menor escala, ese pernicioso mal hábito. Dejaste de ser tú y pasaste a ser la persona que ahora aparentas ser. Tienes tus recaídas. La parte buena pero escondida de tu ser, a veces, sale a flote y se abre como el capullo de una bella flor, como una preciosa orquídea holandesa. Son rachas, tiempos casi imperceptibles, esporádicos. Es en esos tiempos en los que yo, casi como adivinando, a ciegas tanteando en la oscuridad, pienso más que de costumbre en ti. Y tú piensas en mí. Y nuestras miradas se buscan en la distancia, y se cruzan en la lejanía. Y la ilusión se apodera de nosotros, aunque lo niegues, así como niegas casi todo lo que alguna vez estuvo o aún está relacionado con nosotros. No te culpo. Fue tanto el daño que nos hicimos, pero más el que te hice yo, que a veces, hasta a mi me cuesta reconocer ciertas verdades que sólo saben mis dos muy mejores amigas en esta vida. No es la culpa o la pena o el arrepentimiento. Creo que es un sentimiento nuevo, al que hay que bautizarlo con carácter de urgencia. No puede permanecer sin nombre ni descripción. Pero algo si cuenta. Por más que crucemos las miradas y que un amigo, con su boca salada y sus nefastas profecías nos haya condenado a volver algún día y casarnos, no creo que nada de eso se pueda materializar, porque sigues con tu modus operandi de costumbre. Sigues ocultando tus sentimientos, y no creo que haya poder sobre esta tierra que logre derrotar, solo o con ayuda, esa manía tuya. Yo encontré esos miedos tuyos, pero no pude quitártelos. Porque una vez, al querer hacerlo, me heriste. Me desgarraste. Y sé que si ahora, en el supuesto negado de que tratase de hacerlo de nuevo, terminaría más desgarrado. Además, tu orgullo lo jodería todo nuevamente. Negarías todo, insistentemente. Huirías, como ya lo hiciste una vez, dejándome malherido, ausente. Además, no sé tú, pero yo ya me cansé de soñar mil veces las mismas cosas. Creo que nadie podrá hacerte entender que a veces uno deja ir a la persona que más nos quiere por boberías e ilusiones y espejismos. Nada podrá hacer que todo sea como antes. Que yo sea como antes. Y ni aunque me lo ruegues, no podrás hacer que te trate suavemente.
Salvo, claro está, que sufras un cambio dramático en tu vida o que la recompongas totalmente. Porque tú te comportas de acuerdo con lo que te dicta el momento, sea bueno, sea malo. Así sea pisar el cielo o caer al fondo de un barranco. Tienes el alma suicida y mal tino para tomar las elecciones. Y tus caídas son abruptas y tus lamentos, largos. Tu inconstancia no es heroica. Es algo enfermo. Enfermizo. Es como si te gustara elegir mal, como si fuera tu secreto deleite el elegir las peores alternativas y destrozarte la vida, por puro amor al deporte e insensata vanidad. Me cansé de ser tu salvavidas en tus picos emocionales, en tus días cuando se te caen de la cara tus caretas sentimentales. Es difícil evitar tu mirada. Juegas muy bien tu juego, porque sabes que con ella me atrapas. Unos segundos, pero lo logras. Unos instantes, pero eso te basta. Y yo, como ya lo escribí antes, no quiero soñar mil veces las mismas cosas, sobretodo cuando sueño contigo, ya que en mis sueños rara vez estás, y porque cuando no duermo igual te sueño, con los ojos bien abiertos y los sentidos atentos. Y así estés en donde estés y te acompañe quien te acompañe, cuando nuestras miradas se cruzan, el destino se pone implacable y el mundo es inevitable, como inevitable es vivir esta vida sin ti, como lo es para ti el negar todo y convertir tus verdades en tontas falacias y ocultar todo aquello que me dices cuando tienes fiebre de sinceridad o exceso de alcohol en la sangre, como es inevitable que me haya sentado a escribir sobre ti y a pensar en ti, mientras tú, al otro lado de la ciudad, haciendo quién sabe qué cosas, aunque lo niegues y de ello reniegues, aunque sea por unos breves momentos al día, también te pones a pensar en mí.

