20 noviembre 2009

Sombras nada más...


Son mil emociones. Pero por las tardes, cuando el tibio sol cae y el gris se vuelve negro, siento como si fueran tres millones de emociones, algunas de ellas aun no descritas en lengua humana conocida. Cada emoción, cada segundo consumido pensando en ti, amándote en silencio, no lo volveré a recuperar, pero vale la pena, porque prefiero vivir y morir idealizando tu pequeña nariz, tu risa estridente, tus dientes perfectos, tu corte de cabello a la moda, que olvidar, resignado, que una vez te quise como nunca debí hacerlo.

Sin saber cómo, ni en qué momento empezó, pero vaticinando como acabaría todo, fui arrastrado lentamente por las aguas revueltas de algo poco factible. Tu amor. Eres la única mujer en esta tierra que me ha visto llorar como un niño por un amor que nunca valió la pena, la que malgastaba sus mañanas de sábado con el tonto pretexto de escuchar de mis labios explicaciones jurídicas que no necesitabas. Eres tan buena, que con ese y otros pretextos acudías a mi casa, sólo para cerciorarte de que no haya pasado toda la madrugada llorando, de que me haya tomado la medicación prescrita por la psiquiatra, y para alejar de mi vista, una vez más, la navaja con la que tenía planeado cortarme las venas.

Y mil confusiones son las que ahora rondan mi mente. No nacieron en aquellos lejanos días cuando yo únicamente pensaba en morir, ni en aquellos días finales del verano en que te conocí. Han nacido tan recientemente, que aun puedo sentir el olor a pizza que me recuerda siempre a ti. Son confusiones que me matan, que me hieren, porque sé perfectamente que ambiciono el trono de un reino que jamás podré conquistar, ni usando el sabio arte de la guerra ni aplicando las más vedadas estrategias.

Se pasan los días, sin encontrar yo algunas lógicas explicaciones. Me estoy volviendo más loco de lo que soy en realidad, y esta vez va en serio, porque ni en el más absoluto estado de inconsciencia puedo dejar de pensar en ti. Estoy aturdido, enfadado, malhumorado, porque cuando siento que no voy a conseguir algo, se me avinagra hasta la alegría empozada y macerada en el fondo de mi alma. Hablando conmigo mismo en las noches eternas, mientras escucho a la Sonora Matancera y a Andrés Calamaro, me pregunto si algún día podré sacudirme esta reverenda tontería que estoy haciendo. Sacrificar nuestra amistad por un amor imposible no estaba en mis planes, ni en los tuyos.

-No seas tonto, Julián. No la pierdas.
-Es que ella me confunde, Julián.
-Sabes bien que es un imposible.
-Imposible es algo que toda la vida me he pasado diciendo.
-¿Y?
-Que por una única vez en toda mi perra vida quisiera olvidarme de esa palabra.

Tuve que volver a tomar la antigua medicación que, años atrás, me permitió sobrevivir las horas más amargas de mi vida. Me encerré de nuevo a ver morir las horas, aferrado al frasco de pastillas que parecen ya no hacerme efecto. Me he vuelto inmune a los antidepresivos. A la mierda el prozac. Tendré que conseguir algo más fuerte. La vida se me iba en estar triste, y en esperarla. Tanto la esperaba, que se me olvidó cerciorarme si volvió. Pero cuando caía en la cuenta de su crónica ausencia, entendí a la perfección el mensaje. Ella, esta vez, no estará para mí, como antaño. Se ha dado cuenta de que la he estado amando en el más absoluto de los silencios, y de que no me pongo en contacto con ella por el miedo estúpido pero justificado a que todo se vaya a la mierda entre nosotros. Ella tampoco deja ver sus hermosos ojos color almendra, achinados. Su tierna mirada y su frágil figura no están más frente a mí. No tengo noticia alguna de su vida desde hace ya varios días. Es lo mejor por el momento. Y creo que será lo mejor para el futuro. Sobretodo para el de ella, que tiene muchas mejores cosas por las cuales preocuparse, que detenerse a siquiera sonreír por los tontos sentimientos de un amigo al que siempre verá como tal.

Por ahora sólo me dedico a recuperar el equilibrio perdido recientemente debido a estas innecesarias situaciones. Duermo, lloro, me ducho y vuelvo a dormir. Si recuerdo ir a la oficina, hago el trabajo mecánicamente, sin la emoción de antes, perdido en la bruma de un puerto en el que sólo podré encallar, y nunca desembarcar. Por las noches, cuando no puedo dormir, sólo pienso en ella. Y cuando siento que dormiré, un ángel del cielo baja a secar mis lágrimas, y a arroparme, para protegerme del frío y de los malos espíritus que rondan sólo en mi desordenada mente.

Pero mi sueño es poco profundo, por más que el ángel me cante canciones hermosas en idiomas desconocidos, canciones compuestas por los primeros trovadores de la humanidad. El ser de luz se rinde, y deja mi cuarto, para no empaparse de mi tristeza inquebrantable. En la penumbra de la noche abro mis ojos, y veo sólo extrañas formas, y entre ellas, la silueta de aquella mágica mujer que me tiene en este estado. Recuerdo a Mar de Copas, y en plena madrugada empiezo a cantar sin preocuparme del qué dirán.

-Sombras nada más, de un amor, que viene y va…

Silencio. No hay acordes ni respuesta alguna. Entonces, no debo estar tan loco, ni tan loco por ella como pienso. Es eso, o el prozac si me está dando resultados, nuevamente. Hago el amago de sonreír, y escucho la respuesta de mi propia voz, salida de mente, y de ningún otro lugar, confirmándome que, ene efecto, he empezado a perder definitivamente la razón, no por el esquivo e imposible amor de ella, sino porque mi destino es el de ser un total orate.

-Huellas de otro amor, que al morir, cantando va…

En verdad ya nada me importa. Canto la hermosa canción. Prendo la laptop, la selecciono en el reproductor de música, y selecciono la opción de repetirla indefinidamente. Suena una y otra y otra y otra vez. Casi sin ver nada, a tientas, de memoria como un perrito viejo, camino los cinco pasos que me separan de mi bajo eléctrico. Me lo cuelgo y empiezo a adivinar las notas, el ritmo, y cuando finalmente doy con ambos, no paro de tocar hasta que la noche se aclara, y no dejo de llorar pensando en que nunca podré tener su amor, porque ni en sueños serán míos sus labios, no hay solución, antes lo tenía todo marchito y agrietado, pero desde hoy, tengo partido, para siempre, en dos el corazón.

El día llega, y yo sigo tan igual como al comienzo. Me siento a escribir, aun con la canción sonando insistentemente. Me desahogo tibiamente en un cuento que no excede las dos páginas, porque el estado anímico ha afectado, para bien o para mal, mi inspiración literaria. El frío de las seis de la mañana se cuela a mi cuarto. Me pongo encima una vieja polera, y continúo escribiendo. Escribo que te quiero mil veces, y mil veces también tendré que olvidarte. He decidido irme. Y esta vez no volveré. Te dejo en una vieja caja naranja algunas cosas que quiero que guardes como recuerdos, y en el fondo de un polvoriento cajón, con un documento formal, te entrego mis sueños, para que, algún día, los hagas realidad. No tengo nada más que hacer. Termino de escribir, y me voy tarareando que me llevo todo mi inútil amor, ese amor que al morir, cantando va, tal como yo que, al cantar mientras me voy, muriendo estoy.

26 octubre 2009

El mejor día de mi vida...


Lima, veintiséis de octubre del año dos mil ocho. Explanada del estadio Monumental. Andrés Calamaro, el inigualable salmón, deleita a miles de peruanos con una noche de rock magistral. Nunca olvidaré aquel maravilloso día. Nunca. Podré morir, ser convertido en cenizas. Podré ser olvidado con el tiempo, porque a mi, como a todos, se me olvida. Pero en la eternidad del cosmos, en la vida después de la vida, seguiré recordando aquel maravilloso domingo en el que un genial músico argentino hizo que mi vida gris se llene de rock y de optimismo.

28 septiembre 2009

Tu nombre...


Me despiertan tus besos al amanecer. Me sacan de lo profundo de mis sueños, y reconfortan los primeros minutos de mi día. Siento tus labios pequeños y húmedos posarse sobre mi piel, y sonrío para mí. Volteo a sonreírte y no estás. Nada era una dulce realidad, sino la más tragicómica de las situaciones. La sonrisa se borra de mi rostro, las retinas se contraen, y la lluvia en mis ojos se aproxima, es inminente, hasta que un sacudón de la realidad aleja la tempestad de mi camino. Es la alarma de mi celular, que me avisa del inicio de la jornada. Lástima que yo ya lleve un par de minutos pisando el limbo entre lo real y lo ficticio. Te gané, celular. Veo tu sombra pasar por el pasillo, rumbo a la puerta, pero no escucho ni tus pasos ni el ruido de tus llaves ni el sonido metálico de la reja. Cada vez que te marchas, mis mañanas se cubren, empapan de hiel. Saboreo la amargura de tu ausencia, porque eres lo único que tengo en esta vida, así tú tengas más y mejores cosas y personas por las que sufrir y sonreír. Tu ausencia es el cáncer que corroe mi alma, y nada más que mi alma, porque hace mucho tiempo una enfermedad pulverizó el músculo que latía dentro de mi pecho, y una brisa leve que pasaba se llevó para siempre las cenizas que quedaron. El espacio vacío que queda ahora dentro de mi lo ocupan telarañas y polvo, y nada hay que pueda tener vida dentro de mi. La mañana avanza, contigo o sin ti, al igual que esta ingrata vida, y, abrumado por tu ausencia, sólo me queda algo mejor que pararme de mi cama y pensar en ti. Me cubro del frío con mi vieja manta azul, y cierro los ojos para pensar en ti. Lo primero que haces es sonreírme, con esa sonrisa demoníaca tuya, de ángel y demonio, de pequeña odalisca de mi corte personal. Te acercas a mi, recitando un poema de Benedetti, porque tú siempre existes dondequiera, pero existes mejor donde te quiero, y yo te miro atolondrado porque no sé en qué momento te quedaste sin una sola prenda sobre tu cuerpo pequeño, y ardiendo de poemas y de besos me dejas mudo hasta nuevo aviso, mientras devoras libra a libra mi carne, arrancando la piel de mis huesos, y yo no me canso de palpar tus entradas y tus salidas, tus lunares y recovecos, porque amo tus misterios y odio tus secretos, porque tu no te cansas de recitar a Benedetti, tengo que amarte, aunque esta herida duela como dos. Ahora el que domina la escena soy yo, porque te recorro desnuda de principio a fin, y soy ahora el que recita, eres mejor que todas tus imágenes, porque eres linda desde el pie hasta el alma. Abro los ojos. El día es claro. Las brumas de la noche se han ido, y a mí el tiempo me empieza a escasear. Me apuro, porque por más que la vida sea difícil sin ti, tengo que seguir adelante, tengo que sonreír hipócritamente y dictar clases en la universidad. Si mis alumnos supieran el calvario que paso a diario por tu ausencia, entenderían mejor cuando la mirada se me pierde en el infinito de las ocho de la mañana, rastreando el cercano horizonte de los pasillos por lo que alguna vez caminé como alumno, cuando yo ya estaba de salida y tu apenas estabas ingresando, y comprenderían que su profesor se tiene bien ganado el apelativo de loco que sus viejos amigos le pusieron hace ya tantos años. Con el tiempo exacto para ducharme, cambiarme y llegar a tiempo a dictar clase, acelero mi ritmo y me muevo como en cámara rápida. Peino mis cabellos plateados, me anudo la corbata con un exacto medio windsor, tomo el maletín preparado la noche anterior, antes de acostarme junto a ti. No hay suficientes palabras, en todos los idiomas del mundo, que puedan expresar de una manera correcta y adecuada la falta que me hace tu risa, mi dulce amor, porque eres todo en un beso, porque eres todo mi deseo, porque me olvidé el ayer en tu cuerpo, y el mañana sólo lo obtendré en la curva de tu cintura, que es como la media luna que mis manos buscan en la noche sin estrellas de mi vida. Antes de salir del departamento, recibo una llamada al celular. Es un amigo, de los más fieles y leales, que me cuenta cuatro cosas. No le presto mucha atención. Mi silencio me delata. Me recrimina de una manera fuerte y directa. Deja de pensar en ella, me pide, han pasado ya diecinueve años. No le presto atención. Lo dejo despacharse a su antojo. Finalmente le dije que me llamara en otro momento, porque este no era el adecuado, y le cuelgo. En este estado no puedo manejar, por lo que dejo en la cochera la vieja Ford del ’70 que me sigue acompañando y lo seguirá haciendo hasta que ella o yo dejemos para siempre este mundo. En mi corazón estaba grabado tu nombre, pero como hace tiempo lo perdí, tú nombre esta grabado a fuego en mi alma. En eso pienso mientras dicto la clase a los entusiastas universitarios que desean ser los hombres de leyes del mañana, las promesas del derecho, los juristas vanguardistas que sólo seguirán el camino de la justicia, pero hoy no puedo concentrarme, porque sólo pienso en ella, la que engalana mis sueños con su voz de niña buena y la que destruye mis ilusiones con sus actitudes de niña mala, porque pasa el tiempo y voy queriéndote más, porque en toda mi pasión se esconde tu nombre, tu mágico nombre, las dos vocales y las dos consonantes más importantes de todo mi existir, porque a pesar de todo no concibo vivir mi vida sin ti, acepto todas tus ideas y acciones por muy locas que sean, tantos años han pasado y sigues siendo igual a como te conocí, y sé eso porque de cuando en vez me llegan noticias tuyas, algunas buenas, algunas tristes, y yo las comparto contigo por las noches, antes de acostarme y despertar en mis sueños junto a ti, porque solamente en el mundo irreal de mis absurdas alucinaciones soy feliz, junto a ti, debajo de ti o sobre ti, tomándote de la mano o buscando en tu boca las perlas que la mar furiosa me niega. Termino mi clase y me retiro rápidamente, fingiendo hablar por celular, cuando en realidad casi nadie me llama, porque ni las canas ni los libros publicados ni los galardones recibidos lograron volverme interesante, olvidarte y seguir adelante. Me detengo a tomar un respiro, en una avenida nueva y enorme, de la cual no tengo recuerdos, porque la ciudad avanza y los lugares donde fui muy triste o fui muy feliz casi ya no existen, desaparecen como los unicornios, y mientras mi aletargado organismo se recobra, saco de mi maletín un pequeño frasco, lo abro, tomo una pequeña pastilla, me la llevo a la boca y me la paso sin una sola gota de agua, y sigo caminando, rumiando los recuerdos felices e infelices que me alientan a seguir viviendo, porque sin ellos y sin mis pastillas ya me habría vuelto un orate completo, que iría por la ciudad escribiendo graffittis que repitan tu nombre, tan corto pero a la vez tan grande, en vez de sólo vivir con tu crónica ausencia y soñándote, desnuda y muriéndote de amor por mi, cada madrugada.

22 agosto 2009

Enrique, un sábado...

Mientras Enrique flirtea de lo lindo en la sala contigua, con sabe dios qué agraciada señorita, jugando con mi paciencia y mi hambre, en el reproductor de esta computadora suena una canción que, en lo particular, es una de mis pocas favoritas fuera del género del rock ochentero, que desde siempre me ha gustado. Yo, empezando a aburrirme de esperarlo, aun desde la noche anterior que hizo planes y planes para salir a dar una vuelta por algún bar para negrearnos de alcohol, planes que canceló sin previo aviso y sin disculpa o excusa alguna, tengo que sentarme frente a esta computadora a esperarlo de buena o de mala gana, computadora en la que tecleo por primera, y, tal vez, por última vez en mi vida. Me agrada esta oficina, este lugar armonioso, ordenado, perfecto, milimétricamente pensado, diseñado y ejecutado, que escapa al desorden patológico que Enrique le impone a todo aquel lugar por el que él pasa, como si no viviéramos en la desarrollada civilización occidental, sino en la fría y oscura guarida de un cavernícola. Acaban de llegar dos señoritas, hermosas y de perturbadoras figuras, quienes ahora conferencian con Enrique sobre algunos proyectos. La cabeza está empezando a molestarme. Es la maldita presión arterial que, a tan temprana edad, me está matando silenciosamente. Gracias a mi previsión traigo conmigo una pastilla para contrarrestar los malditos efectos negativos que sobre mi tiene este enemigo mudo y mortal. Me la tomo con discreción, pasándola sin gota de agua alguna, mientras sigo pensando en qué escribir. Mi muy buen amigo ni siquiera hizo el amago de presentarme a esas dos bellezas juveniles que ahora, imagino, le sonríen cada tanto, a sabiendas de que, a pesar de no ser yo un don Juan o un dios griego, y como él mismo me lo dice, necesito con carácter de urgencia una mujer que me haga olvidar las cicatrices y los dolores de antaño. Es poco probable que siquiera la menos agraciada de ellas me dé una mísera media oportunidad, pero al menos me gustaría fantasear literariamente al respecto, y eso me propongo hacer. Veamos. Asumiré que la señorita de bufanda color fucsia se llama Andrea, que tiene dieciocho años acabados de cumplir, y que, por lo tanto, poco tiempo atrás era delito iniciar algo con ella. Y no me puedo imaginar nada más. No me veo llevándola a escuchar alguna banda de rock de las muchas que hay en la ciudad. No puedo imaginar la jocosa situación que sería el invitarle un exótico y afrodisíaco trago en la barra de algún bar. Enrique me diría, que, a pesar de mi condición desfavorable, de navegar con la corriente y las aguas revueltas, y de rematar al arco con el viento en contra, mediría a pesar de todo que lo intente, porque no hay peor gestión que aquella que no se hace con firmeza y convicción. Pero hoy no me he levantado precisamente optimista, no me dan ganas de sonreír más de lo indispensable, y a nadie fuera del reducidísimo círculo de amigos que tengo. Son dos minutos pasadas las dos de la tarde. El buffet chifa al que tenemos planeado ir a almorzar no está a más de cinco minutos en taxi, siguiendo derecho hacia la mar en la misma avenida en la que nos encontramos, pero él no hace el menor amago de dar por concluida la reunión con las agraciadas jovencitas, que, sospecho, servirán de anfitrionas o modelos en los proyectos que Enrique viene trabajando. La vida es así, qué le voy a hacer, anoche me imaginaba escuchando lo mejor del rock en algún noctámbulo local, y finalmente tuve que dormir temprano, y hoy me imaginaba almorzando a la hora que corresponde, en un plato servido generosamente por mis manos temblorosas y apuradas, pero sigo escribiendo estas líneas para no aburrirme, y escuchando las únicas veinticinco canciones que he encontrado en esta computadora. Lo que me consuela es que Enrique, a quien desde ahora llamaré Kike para que sea ampliamente conocido por quienes lean estas cancinas líneas, es uno de mis mejores amigos, el que, a pulso firme y convencido plenamente de que mi destino tiene una solución, me está arrancando poco a poco de las garras de la desidia, de las fauces del desdén, de la tumba de mis agridulces glorias. Me ha vuelto a hablar del proyecto de hacer radio por internet, con un programa dedicado a mi pasión, la música, en especial a aquella que deslumbró a la juventud eufórica y a la inocente niñez que nació y creció y tiene recuerdos de los años ochenta. He estado pensando al respecto, y, diga lo que me diga Kike, la primera canción será decisión mía. Ya la tengo en mente y hará aullar a los amantes del rock, a los pocos o muchos que me sigan en la primera edición del programa. Las dos hermosas féminas que llegaron después de mi ya se han marchado, y también se ha marchado la señorita con la que Kike conversaba cuando yo llegué, y cuyas bonitas facciones pude conocer sólo cuando se marchó. Estoy solo, Kike la ha escoltado hasta la avenida, cuidando su marcha, amparando su retirada. Espero que, dentro de pocos minutos, también nosotros nos vayamos de acá, porque el hambre me está ganando la batalla. Por fin encontré música que es más de mi agrado, mientras aguardo el inminente retorno de Kike. Regresó, y ya estamos emprendiendo la retirada. El almuerzo nos aguarda. Llegamos en pocos minutos, no al lugar originariamente previsto, sino a otro. La sazón es mucho mejor en el local al que finalmente no fuimos, pero igual nos deleitamos con la variedad de platillos, repitiendo una segunda y hasta una tercera vez. Un músico solitario amenizaba con diversos instrumentos el almuerzo. El mozo que nos atendió jamás nos trajo la pólvora ni la gaseosa helada que le solicitamos hasta en tres oportunidades. Era un tipo bajito, de pelo como ichu, con una gran carga de odio a la mirada, que cada tanto pasaba por nuestra mesa y nos miraba como a parias, como maldiciendo la mala fortuna que le tocó a su estirpe, sin comprender que Kike y yo somos compatriotas suyos. Pero ni mi gran amigo ni yo somos de aguantar pulgas. Llamamos a una chica, que nos atendió de la manera más gentil y profesional, y ello le valió una propina de veinte soles cuando ya nos retirábamos del lugar, presurosos, con rumbo conocido: mi casa, a ver el fútbol por cable. Kike es uno de mis mejores amigos. Tiene miles de geniales ocurrencias, sazonadas de vez en cuando con una barrabasada de antología. Me soporta tal cual soy y trata de enmendarme el sendero. A veces lo logra, y otras no, como cuando me habla de cambiar mi carácter. Trato. Lo escucho, pero creo que mi segunda oportunidad se extravió en las inciertas rutas del destino. De todas maneras, gracias por todo. Aun el sábado no terminaba, pero no hay motivo para escribir más por el momento, porque la amistad con Kike no es cosa de un día, y aun quedan muchas cosas por escribir, tantas que la vida no me alcanzará.

02 agosto 2009

Ruge el Viejo León...


El destino fue cruel: no me permitió ver al c. Jefe en vida. Su hora final llegó tres años antes de mi nacimiento. Nunca pude escuchar en una atiborrada plaza de armas sus alocuciones magistrales, pero leyendo sobre su vida y su pensamiento, quedé convencido de que lo mío en esta vida es la justicia social y el pan con libertad. Con el paso de los años, se han tenido que adecuar sus ideas a los tiempos que vivimos, asumir que la globalización en todos sus aspectos es inevitable, por el momento, que el Canal de Panamá ya está en las manos y bajo la administración de quien siempre tuvo derecho sobre el, que no se puede, ahora, sostener la tesis retrógrada de nacionalizar las tierras. Se ha trastocado su mensaje primigeneo, y quienes ahora tienen la conducción de su viejo e histórico partido agachan la cabeza servilmente ante las ideas ultraliberales que les impone el actual jefe del partido. Él es el c. Presidente, la cabeza del partido, pero no por eso infalible. No concuerdo con algunas de sus posturas: la Constitución de 1979, sacada a delante gracias a una concertación nunca antes vista en la historia repúblicana, debe ser repuesta y modificada en algunos aspectos, pero la soberbia y el sucio interés político de quien lleva las riendas del Estado impide el esperado regreso a la carta magna que el Viejo León firmó en su lecho de muerte, casi con el último suspiro, con la vida que se le iba pero con la satisfacción de toda una vida dedicada a defender indesmayablemente sus ideales. Hace treinta años Haya de la Torre partió a la eternidad, dejándole a los peruanos el legado imperecedero de sus ideas que revolucionaron su tiempo y que aun dejan y seguirán dejando huella en el político que todo peruano lleva dentro.

16 julio 2009

No se lo digas a Diego...

Caminando a paso inseguro en aquel enorme laberinto de innumerables puertas y de paredes de pintura descascarada por la ingratitud de los años, Adrián no terminaba de estar consciente de la situación a la que lo habían arrastrado. El negro manto de la noche puntual había oscurecido la ciudad hacía mucho rato, y sólo algunas estrellas, solitarias y muy desperdigadas entre sí en la enorme acuarela celestial, matizaban la negrura del cosmos con sus brillos débiles y distantes. Llevaba sobre las espaldas el peso ingrato de dar gusto a sus amigos, y la sonrisa, tan fácil en él, había desaparecido sin dejar rastro de su paso. Haciendo puños dentro de los bolsillos de su casaca de cuero marrón, sudando frío, sintiendo las entrañas como de cemento, los pies como de plomo y con la precisión de su vista disminuida al mínimo, trataba de alargar en vano el desenlace de aquella jornada para el recuerdo.

La banda tocaba avenida Larco, del grupo Frágil. Néstor cantaba a todo pulmón subido sobre la mesa, sujetando fuertemente su vaso de chilcano de pisco, invitando a la gente reunida en aquel bar a secundarlo en el desorden generalizado, faldita a la moda, jean apretado, cantaba Néstor, llegan de todos lados, respondían en coro las chicas sin acompañantes de las mesas vecinas que observaban al flaco y bonachón sujeto que amenizaba la noche mejor que la misma banda, opacada por el alma de aquella noche. Las últimas líneas de la canción disminuyeron el ímpetu de Néstor, quien bajó de la mesa aplaudido por sus colegas de profesión y parranda, y por algunos amigos y hermosas desconocidas de otras mesas. Tan animado estaba que propuso algo que todos aprobaron por unanimidad, diciendo salud y haciendo chocar sus vasos repletos de licor. El único que no atinó a reaccionar, y que se quedó de piedra, suspendido en el tiempo indefinido de sus pensamientos, fue el atribulado Adrián.

La del cuarto diecisiete lo invitó a pasar, enseñándole sus grandes nalgas y su pequeño busto, pero él siguió de largo, aumentando el suplicio, prolongando la tortura, acrecentando las dudas de sus amigos. Una morena de exageradas carnes, oscura como una pantera y de dientes tan blancos que no parecían reales, jaló del brazo a Adrián y casi lo arrastra al remolino de su cama de cemento. Él logró escapar a tiempo de las garras de la morena, y siguió caminando al lado de sus incondicionales amigos, que lo alentaban con palabras de grueso calibre a decidirse de una buena vez. Más por salir del paso y terminar de una buena vez con aquella insospechada pesadilla, Adrián prestó más atención a las chicas de las puertas siguientes. Estuvo a punto de ser seducido por una chica con cara de niña, cejas gruesas y cabellos crespos, ataviada con un camisón de noche de color morado, pero fue rescatado a tiempo por su amigo y maestro Sebastián, que, con la experiencia acumulada por los años y por el hecho de ser el único del grupo que mantenía felices a cinco mujeres a la vez, le aconsejó cuidarse de las chatas, crespas, cejonas y pendejas, y con caras de mosca muerta, para remate, porque eran las peores de todas, y le recordó la experiencia de un amigo ausente aquella noche, Julián, quien confió en una mujer así y terminó al borde del suicidio. Adrián aceptó de buen gusto el consejo, no por la carga de sabiduría de las palabras, sino por ampliar un poco más el inevitable desenlace.

Marcos manejaba a toda velocidad su carro, plateado como la tímida luna de aquella noche, que no podía romper el siniestro cerco de las sombras y nubes del cielo. El rock de los años ochenta a todo volumen dificultaba la conversación, pero el tema era uno solo y conocido de antemano por todos. En el asiento del copiloto, decidiendo destinos ajenos, Sebastián arengaba a Adrián, como un general a punto de ir a la inseguridad de la batalla. Federico iba dormitando, pero reaccionaba por ratos, pasaba una mano temblorosa por sus cabellos rebeldes, y soltaba una frase ininteligible a causa de la borrachera. A su costado, el aceleradísimo Néstor sacaba cálculos mentales, multiplicaba sus escasos kilos por su altura, lo dividía entre la resistencia del viento y calculaba que la energía le alcanzaría para tres embestidas, y, con algo de suerte y espinaca, para un cuarto asalto. Finalizando el tridente formado en el asiento posterior, viendo a la ciudad acabarse de golpe y a la carretera panamericana penetrar el desierto y partir en dos el alejado y pobre distrito al que iban aquella noche. Adrián no terminaba de resignarse a una suerte que no echó él, sino que fue echada de bruces contra el suelo por sus amigos, todos mayores que él y con demasiado kilometraje acumulado en los caminos de la vida. En un determinado momento, la suavidad del asfalto fue reemplazada por la aspereza de un camino casi rural, por el que fueron despacio, saltando graciosamente a cada bache, hueco, imperfección, hasta que Adrián al fin vio la casa de la cumbre, iluminada por medio centenar de focos de todos los colores, y pensó en que era idéntica a como se la habían descrito, y terroríficamente igual a como se la había imaginado.

Los amigos de Adrián empezaron a impacientarse. Le dieron un ultimátum. Debía escoger entre entrar a alguno de los cuartos de las chicas de la vida alegre o regresarse caminando a la ciudad. Derrotado por la advertencia, compungido por su ineludible destino, Adrián decidió entrar a la siguiente puerta, sea la chica que sea. Cuando posó sus ojos, uno antes que el otro, sobre la chica de la siguiente puerta, una súbita elevación en su testosterona le dio los ánimos que la vida y la joda de aquella noche le habían quitado. Era una rubia monumental, de rostro hermoso salpicado de pecas y finas facciones, que, al contrario de las demás chicas, no se exhibía descaradamente en hilo dental, bikini o totalmente desnuda, como algunas, sino que aguardaba a su ocasional pareja en una falda larga hasta los tobillos, botas y blusa de recatadísimo escote. Adrián por fin se decidió. Les hizo saber a sus amigos que ella era la elegida, que con ella sería. Sebastián, Marcos, Federico y Néstor se acercaron hasta la chica y dialogaron brevemente con ella. Le pidieron extremado cuidado, porque no querían que su amigo terminara por escoger un camino diferente si la experiencia de aquella noche no era satisfactoria. Cada uno le hizo entrega de un billete de veinte soles, recalcándole a la rubia el hecho de que era primerizo y que lo tratara muy bien. Adrián, a un costado de ellos, escuchaba consternado cómo decidían su destino, mientras, sin que él se diera cuenta, su vista se torcía aun más, torcido hacia mi muerte en este desgraciado día, poetizó evocando a Neruda. Sus amigos le dieron la mano y un fuerte abrazo, le dieron ánimos y lo conminaron a ser un tigre sin compasión alguna por su presa. La rubia lo tomó de la mano y lo hizo ingresar al cuarto, iluminado por una mortecina luz rojiza, y tras ella se cerró la puerta de la habitación cuarenta y uno.

Antes de ingresar a la casita de luces de colores, decidieron tomarse media botella de pisco que había sobrado de la parranda reciente. Al interior del carro plateado, sin sentir el frío hiriente de la noche debido al alcohol, hablando incoherencias la mayor parte del tiempo, los amigos se narraban entre sí sus más afiebradas aventuras amorosas. Marcos presumía haber estado con mellizas en la parte vip de la discoteca de la que era socio, a vista y paciencia de todos los frenéticos bohemios, que sin menor asomo de escándalo escuchaban los candentes jadeos de las impúdicas mellizas. Federico, por su estado de embriaguez y en medio de sus precarios balbuceos, dio a entender que había pasado por las armas inmisericordemente a una guapa modelo de apenas diecinueve años, en el agua tibia de un jacuzzi de un escondido y alejado bungalow. Néstor, el terror de las oriundas de la ciudad de las rosquitas y el manjar blanco, sacaba pecho, aun teniéndolo escaso, y narraba con su típica parsimonia las maromas realizadas con las ene mujeres que había conocido en almuerzos, cenas, parrilladas deportivas, velorios y onomásticos. Sebastián no tuvo que narrar nada en especial. Sus andanzas eran harto conocidas, y, salvo excepciones, casi no hablaba de ellas en específico, sino como si fuera una sola y gran andanza. Adrián, en cambio, nada tuvo que decir. Su experiencia era nula, y no se iba a detener en narrar las formas en como se complacía a si mismo, muy de vez en cuando. Apuraron la última ronda de pisco, y aconsejaron a Adrián lo mejor que pudieron. No dejes que se mueva como loca, o te matará en tres segundos, aseveró Marcos, mientras que Néstor le decía que, por ser primera vez, el permaneciera abajo la mayor parte del tiempo, y que dejara que la chica llevara la batuta, puesto que en la casita de luces de colores no había ninguna inexperta y todas conocían muy bien su oficio. Salieron del carro, respiraron hondo el aire terroso del lugar, pagaron las entradas y empezaron a dar vueltas por los pasillos descoloridos en cuyas desvencijadas puertas había chicas olorosas a colonia barata que se ganaban la vida dando un poco de placer físico a los tristes hombres sin amor que pululaban en el lugar.

Una cama de cemento, para evitar molestos chirridos y crujidos, una mesita de madera barata y una solitaria silla eran todo el mobiliario de la habitación cuarenta y uno. Al fondo, un baño pequeño pero aseado, con sanitario, lavamanos y ducha completaban el cuadro. La luz roja de tres focos cubiertos con papel celofán rojo le daba a la habitación el equívoco aspecto de ser una pequeña antesala del averno. La rubia invitó a Adrián a desnudarse, Era la primera vez que una mujer, aparte de su madre cuando niño, lo vería desnudo. Se quitó la casaca muy despacio, y se demoró más de dos minutos en desabotonar los siete botones de su camisa blanca. Impaciente, la rubia se acercó hasta él y lo ayudó a quitarse la correa, a desabrocharse el pantalón, hasta quedarse sólo en medias y en calzoncillo. Ella lo llevó de la mano hasta el baño, le bajó la ropa interior, puso agua en un pequeño tazón plástico y le indicó que se lavara. Adrián sintió un escalofrío en el cuerpo cuando sus manos tocaron el agua fría. Se enjuagó las manos y ya se iba a frotar el líquido por el pecho y el rostro, pero fue detenido por la rubia, quien le indicó que era para lavarse en la zona de abajo, le alcanzó jabón y lo ayudó a asearse sin ningún pudor, tocándolo a su antojo. Adrián, apenas sintió el contacto de aquella mano pequeña y experimentada, se ruborizó y encogió más allá de lo normal. Ella le sonrió y con un guiño le hizo entender que no pasaba nada, que los toros se veían en el ruedo y no afuera. Lo condujo hasta la cama, lo recostó, se acaballó sobre él y se dejó tocar para despertar al dormido.

Los cuatro amigos daban vueltas y vueltas en los largos corredores. No se decidían a entrar a ninguna habitación. Luego de un largo rato, decidieron ir a una pequeña cantina ubicada dentro de la casita de luces de colores. Pidieron cervezas y siguieron bebiendo, a pesar de que la borrachera ya los estaba derrotando. Hicieron chocar sus vasos y brindaron a la salud de Adrián, el último hombre virgen de la facultad de leyes, y bebieron sin prisa mientras la medianoche se acercaba inexorablemente.

Adrián batallaba contra sus demonios internos y contra aquella desconocida que trataba por todos los medios de despabilarlo, de animarlo, de revivirlo, de enderezarlo y endurecerlo. Lo besaba con fingida y exagerada pasión, lo masajeaba en la zona inferior con inusitada fuerza y dedicación, se restregaba contra él con más devoción que una esposa fiel. Resignado, Adrián tuvo que concentrarse al máximo para poder cumplir aquella noche, por única vez, y no decepcionar a sus amigos, que luego serían llamados afectuosamente padrinos. Cuando la rubia empezaba a desesperarse, el animal dormido de Adrián despertó del letargo de años. No era nada del otro mundo, pero por fin la rubia pudo desnudarse por completo y dejar a la vista poco precisa de Adrián el espectáculo de su piel tersa y blanca, sin mácula alguna. Fue suficiente motivación para Adrián. En un arranque de hombría, como pocas veces se le había visto, pidió a la rubia dejarse de juegos e iniciar la acción. Ella le colocó un preservativo con aros de placer y sabor a frambuesa, y se sentó sobre él. Adrián sintió la calidez de las entrañas de la rubia, la frescura de su aliento, sus jadeos y gemidos apenas audibles, vio el balanceo rítmico de sus senos firmes, dirigió su mirada y la centró luego de un rato en el pubis de su compañera, lampiño y rosado. Ella se detuvo, giró sobre si misma mostrándole al acalorado Adrián el espectáculo inenarrable de sus nalgas apetecibles, y volvió a sentarse sobre él, acelerando la marcha. Él estaba aterrorizado con la idea de acabar de inmediato por ser su primera vez, pero el miedo fue su mejor afrodisíaco, porque luego de diez minutos de duro batallar la rubia empezaba a dar muestras de cansancio y Adrián continuaba como en el primer minuto. La rubia se detuvo por segunda vez, se echó en la cama y le indicó a Adrián que se pusiera sobre ella. Luego de cuatro minutos de movimientos, la rubia le preguntó a Adrián en el paroxismo del amor si ya había terminado, y él, inocentemente, le contestó de buen corazón de que no, de que aun estaba en noveno ciclo de la carrera, lo que desconcertó a la chica y la apresuró sobremanera. Decidida a fulminar a Adrián, cambió por última vez de postura, se acaballó sobre él, y con cuatro movimientos bien estudiados, aprendidos y aplicados hizo terminar a Adrián, que ahogó un pequeño grito mordiéndose los labios.

Los padrinos de Adrián, morados por la borrachera descomunal, lo vieron aparecerla lado de ellos como salido de la nada. Se asustaron, pues estaba pálido como un difunto. Federico se asustó y empezó a repetir en voz baja chucha, se nos murió en pleno polvo y ha venido a jalarnos las patas, puta madre, puta madre, y siguió repitiendo puta madre hasta que se cercioraron de que no era una aparición, sino Adrián que venía de su debut no soñado. Pagaron la cuenta y fueron al carro plateado de Marcos, que manejó hasta la ciudad a toda velocidad y sin respetar ninguna regla de tránsito. Tomaron caldo de gallina en un tradicional local, y celebraron la iniciación de Adrián a viva voz, sin importarles el qué dirán, sin medirse con el alcohol, hasta que Adrián, con el pretexto de ir al baño, se escapó por una puerta lateral del local y tomó un taxi hasta su casa. En el camino iba prometiéndose a si mismo olvidar aquella noche, porque no había sido en la forma que él se imaginaba. Bajó del taxi, pagó las cuatro monedas que le pidió el mal educado chofer, y al llegar a la reja que protegía la puerta de su casa se dio con la ingrata sorpresa de que no llevaba consigo su llavero. Se sentó en la vereda, agotado, y empezó a llamar al celular a su hermano, quien nunca le contestó porque se encontraba con unos amigos tomando ron puro en otro punto de la ciudad. Tocó, silbó, pero nadie respondió. Adrián, resignado, vio como la negra noche iba perdiendo la batalla contra el amanecer inminente, mientras su ropa, su rostro, sus lentes se cubrían con la garúa persistente que caía sobre la ciudad mientras él esperaba que alguien le hiciera la caridad de abrirle la puerta para no morirse de frío.

27 junio 2009

God save the king...


Tantas contradicciones y éxitos, caídas y picos de gloria hubieron en su vida, que escribir sobre él en este blog sería inacabable. De eso que se encarguen los biógrafos, oficiales o no autorizados, que ellos son los expertos en esa materia. Ha terminado el siglo veinte, escribe Andrés Calamaro en su blog, y no le falta razón al Salmón. Su música marcó época, cautivando sobretodo a la maravillosa generación de los años ochenta, y su leyenda ha empezado a ser coloreada con pinceladas de eternidad. Su prodigioso registro vocal, su entrega y pasión a la hora de bailar, su generoso corazón y su espíritu solidario jamás podrán ser olvidados ni eclipsados por los errores que cometió en esta vida, como humano que fue, como el eterno niño que siempre quiso ser, y que ahora descansa en paz de sus tormentos en la maravillosa tierra de nunca jamás.