Caminando a paso inseguro en aquel enorme laberinto de innumerables puertas y de paredes de pintura descascarada por la ingratitud de los años, Adrián no terminaba de estar consciente de la situación a la que lo habían arrastrado. El negro manto de la noche puntual había oscurecido la ciudad hacía mucho rato, y sólo algunas estrellas, solitarias y muy desperdigadas entre sí en la enorme acuarela celestial, matizaban la negrura del cosmos con sus brillos débiles y distantes. Llevaba sobre las espaldas el peso ingrato de dar gusto a sus amigos, y la sonrisa, tan fácil en él, había desaparecido sin dejar rastro de su paso. Haciendo puños dentro de los bolsillos de su casaca de cuero marrón, sudando frío, sintiendo las entrañas como de cemento, los pies como de plomo y con la precisión de su vista disminuida al mínimo, trataba de alargar en vano el desenlace de aquella jornada para el recuerdo.
La banda tocaba avenida Larco, del grupo Frágil. Néstor cantaba a todo pulmón subido sobre la mesa, sujetando fuertemente su vaso de chilcano de pisco, invitando a la gente reunida en aquel bar a secundarlo en el desorden generalizado, faldita a la moda, jean apretado, cantaba Néstor, llegan de todos lados, respondían en coro las chicas sin acompañantes de las mesas vecinas que observaban al flaco y bonachón sujeto que amenizaba la noche mejor que la misma banda, opacada por el alma de aquella noche. Las últimas líneas de la canción disminuyeron el ímpetu de Néstor, quien bajó de la mesa aplaudido por sus colegas de profesión y parranda, y por algunos amigos y hermosas desconocidas de otras mesas. Tan animado estaba que propuso algo que todos aprobaron por unanimidad, diciendo salud y haciendo chocar sus vasos repletos de licor. El único que no atinó a reaccionar, y que se quedó de piedra, suspendido en el tiempo indefinido de sus pensamientos, fue el atribulado Adrián.
La del cuarto diecisiete lo invitó a pasar, enseñándole sus grandes nalgas y su pequeño busto, pero él siguió de largo, aumentando el suplicio, prolongando la tortura, acrecentando las dudas de sus amigos. Una morena de exageradas carnes, oscura como una pantera y de dientes tan blancos que no parecían reales, jaló del brazo a Adrián y casi lo arrastra al remolino de su cama de cemento. Él logró escapar a tiempo de las garras de la morena, y siguió caminando al lado de sus incondicionales amigos, que lo alentaban con palabras de grueso calibre a decidirse de una buena vez. Más por salir del paso y terminar de una buena vez con aquella insospechada pesadilla, Adrián prestó más atención a las chicas de las puertas siguientes. Estuvo a punto de ser seducido por una chica con cara de niña, cejas gruesas y cabellos crespos, ataviada con un camisón de noche de color morado, pero fue rescatado a tiempo por su amigo y maestro Sebastián, que, con la experiencia acumulada por los años y por el hecho de ser el único del grupo que mantenía felices a cinco mujeres a la vez, le aconsejó cuidarse de las chatas, crespas, cejonas y pendejas, y con caras de mosca muerta, para remate, porque eran las peores de todas, y le recordó la experiencia de un amigo ausente aquella noche, Julián, quien confió en una mujer así y terminó al borde del suicidio. Adrián aceptó de buen gusto el consejo, no por la carga de sabiduría de las palabras, sino por ampliar un poco más el inevitable desenlace.
Marcos manejaba a toda velocidad su carro, plateado como la tímida luna de aquella noche, que no podía romper el siniestro cerco de las sombras y nubes del cielo. El rock de los años ochenta a todo volumen dificultaba la conversación, pero el tema era uno solo y conocido de antemano por todos. En el asiento del copiloto, decidiendo destinos ajenos, Sebastián arengaba a Adrián, como un general a punto de ir a la inseguridad de la batalla. Federico iba dormitando, pero reaccionaba por ratos, pasaba una mano temblorosa por sus cabellos rebeldes, y soltaba una frase ininteligible a causa de la borrachera. A su costado, el aceleradísimo Néstor sacaba cálculos mentales, multiplicaba sus escasos kilos por su altura, lo dividía entre la resistencia del viento y calculaba que la energía le alcanzaría para tres embestidas, y, con algo de suerte y espinaca, para un cuarto asalto. Finalizando el tridente formado en el asiento posterior, viendo a la ciudad acabarse de golpe y a la carretera panamericana penetrar el desierto y partir en dos el alejado y pobre distrito al que iban aquella noche. Adrián no terminaba de resignarse a una suerte que no echó él, sino que fue echada de bruces contra el suelo por sus amigos, todos mayores que él y con demasiado kilometraje acumulado en los caminos de la vida. En un determinado momento, la suavidad del asfalto fue reemplazada por la aspereza de un camino casi rural, por el que fueron despacio, saltando graciosamente a cada bache, hueco, imperfección, hasta que Adrián al fin vio la casa de la cumbre, iluminada por medio centenar de focos de todos los colores, y pensó en que era idéntica a como se la habían descrito, y terroríficamente igual a como se la había imaginado.
Los amigos de Adrián empezaron a impacientarse. Le dieron un ultimátum. Debía escoger entre entrar a alguno de los cuartos de las chicas de la vida alegre o regresarse caminando a la ciudad. Derrotado por la advertencia, compungido por su ineludible destino, Adrián decidió entrar a la siguiente puerta, sea la chica que sea. Cuando posó sus ojos, uno antes que el otro, sobre la chica de la siguiente puerta, una súbita elevación en su testosterona le dio los ánimos que la vida y la joda de aquella noche le habían quitado. Era una rubia monumental, de rostro hermoso salpicado de pecas y finas facciones, que, al contrario de las demás chicas, no se exhibía descaradamente en hilo dental, bikini o totalmente desnuda, como algunas, sino que aguardaba a su ocasional pareja en una falda larga hasta los tobillos, botas y blusa de recatadísimo escote. Adrián por fin se decidió. Les hizo saber a sus amigos que ella era la elegida, que con ella sería. Sebastián, Marcos, Federico y Néstor se acercaron hasta la chica y dialogaron brevemente con ella. Le pidieron extremado cuidado, porque no querían que su amigo terminara por escoger un camino diferente si la experiencia de aquella noche no era satisfactoria. Cada uno le hizo entrega de un billete de veinte soles, recalcándole a la rubia el hecho de que era primerizo y que lo tratara muy bien. Adrián, a un costado de ellos, escuchaba consternado cómo decidían su destino, mientras, sin que él se diera cuenta, su vista se torcía aun más, torcido hacia mi muerte en este desgraciado día, poetizó evocando a Neruda. Sus amigos le dieron la mano y un fuerte abrazo, le dieron ánimos y lo conminaron a ser un tigre sin compasión alguna por su presa. La rubia lo tomó de la mano y lo hizo ingresar al cuarto, iluminado por una mortecina luz rojiza, y tras ella se cerró la puerta de la habitación cuarenta y uno.
Antes de ingresar a la casita de luces de colores, decidieron tomarse media botella de pisco que había sobrado de la parranda reciente. Al interior del carro plateado, sin sentir el frío hiriente de la noche debido al alcohol, hablando incoherencias la mayor parte del tiempo, los amigos se narraban entre sí sus más afiebradas aventuras amorosas. Marcos presumía haber estado con mellizas en la parte vip de la discoteca de la que era socio, a vista y paciencia de todos los frenéticos bohemios, que sin menor asomo de escándalo escuchaban los candentes jadeos de las impúdicas mellizas. Federico, por su estado de embriaguez y en medio de sus precarios balbuceos, dio a entender que había pasado por las armas inmisericordemente a una guapa modelo de apenas diecinueve años, en el agua tibia de un jacuzzi de un escondido y alejado bungalow. Néstor, el terror de las oriundas de la ciudad de las rosquitas y el manjar blanco, sacaba pecho, aun teniéndolo escaso, y narraba con su típica parsimonia las maromas realizadas con las ene mujeres que había conocido en almuerzos, cenas, parrilladas deportivas, velorios y onomásticos. Sebastián no tuvo que narrar nada en especial. Sus andanzas eran harto conocidas, y, salvo excepciones, casi no hablaba de ellas en específico, sino como si fuera una sola y gran andanza. Adrián, en cambio, nada tuvo que decir. Su experiencia era nula, y no se iba a detener en narrar las formas en como se complacía a si mismo, muy de vez en cuando. Apuraron la última ronda de pisco, y aconsejaron a Adrián lo mejor que pudieron. No dejes que se mueva como loca, o te matará en tres segundos, aseveró Marcos, mientras que Néstor le decía que, por ser primera vez, el permaneciera abajo la mayor parte del tiempo, y que dejara que la chica llevara la batuta, puesto que en la casita de luces de colores no había ninguna inexperta y todas conocían muy bien su oficio. Salieron del carro, respiraron hondo el aire terroso del lugar, pagaron las entradas y empezaron a dar vueltas por los pasillos descoloridos en cuyas desvencijadas puertas había chicas olorosas a colonia barata que se ganaban la vida dando un poco de placer físico a los tristes hombres sin amor que pululaban en el lugar.
Una cama de cemento, para evitar molestos chirridos y crujidos, una mesita de madera barata y una solitaria silla eran todo el mobiliario de la habitación cuarenta y uno. Al fondo, un baño pequeño pero aseado, con sanitario, lavamanos y ducha completaban el cuadro. La luz roja de tres focos cubiertos con papel celofán rojo le daba a la habitación el equívoco aspecto de ser una pequeña antesala del averno. La rubia invitó a Adrián a desnudarse, Era la primera vez que una mujer, aparte de su madre cuando niño, lo vería desnudo. Se quitó la casaca muy despacio, y se demoró más de dos minutos en desabotonar los siete botones de su camisa blanca. Impaciente, la rubia se acercó hasta él y lo ayudó a quitarse la correa, a desabrocharse el pantalón, hasta quedarse sólo en medias y en calzoncillo. Ella lo llevó de la mano hasta el baño, le bajó la ropa interior, puso agua en un pequeño tazón plástico y le indicó que se lavara. Adrián sintió un escalofrío en el cuerpo cuando sus manos tocaron el agua fría. Se enjuagó las manos y ya se iba a frotar el líquido por el pecho y el rostro, pero fue detenido por la rubia, quien le indicó que era para lavarse en la zona de abajo, le alcanzó jabón y lo ayudó a asearse sin ningún pudor, tocándolo a su antojo. Adrián, apenas sintió el contacto de aquella mano pequeña y experimentada, se ruborizó y encogió más allá de lo normal. Ella le sonrió y con un guiño le hizo entender que no pasaba nada, que los toros se veían en el ruedo y no afuera. Lo condujo hasta la cama, lo recostó, se acaballó sobre él y se dejó tocar para despertar al dormido.
Los cuatro amigos daban vueltas y vueltas en los largos corredores. No se decidían a entrar a ninguna habitación. Luego de un largo rato, decidieron ir a una pequeña cantina ubicada dentro de la casita de luces de colores. Pidieron cervezas y siguieron bebiendo, a pesar de que la borrachera ya los estaba derrotando. Hicieron chocar sus vasos y brindaron a la salud de Adrián, el último hombre virgen de la facultad de leyes, y bebieron sin prisa mientras la medianoche se acercaba inexorablemente.
Adrián batallaba contra sus demonios internos y contra aquella desconocida que trataba por todos los medios de despabilarlo, de animarlo, de revivirlo, de enderezarlo y endurecerlo. Lo besaba con fingida y exagerada pasión, lo masajeaba en la zona inferior con inusitada fuerza y dedicación, se restregaba contra él con más devoción que una esposa fiel. Resignado, Adrián tuvo que concentrarse al máximo para poder cumplir aquella noche, por única vez, y no decepcionar a sus amigos, que luego serían llamados afectuosamente padrinos. Cuando la rubia empezaba a desesperarse, el animal dormido de Adrián despertó del letargo de años. No era nada del otro mundo, pero por fin la rubia pudo desnudarse por completo y dejar a la vista poco precisa de Adrián el espectáculo de su piel tersa y blanca, sin mácula alguna. Fue suficiente motivación para Adrián. En un arranque de hombría, como pocas veces se le había visto, pidió a la rubia dejarse de juegos e iniciar la acción. Ella le colocó un preservativo con aros de placer y sabor a frambuesa, y se sentó sobre él. Adrián sintió la calidez de las entrañas de la rubia, la frescura de su aliento, sus jadeos y gemidos apenas audibles, vio el balanceo rítmico de sus senos firmes, dirigió su mirada y la centró luego de un rato en el pubis de su compañera, lampiño y rosado. Ella se detuvo, giró sobre si misma mostrándole al acalorado Adrián el espectáculo inenarrable de sus nalgas apetecibles, y volvió a sentarse sobre él, acelerando la marcha. Él estaba aterrorizado con la idea de acabar de inmediato por ser su primera vez, pero el miedo fue su mejor afrodisíaco, porque luego de diez minutos de duro batallar la rubia empezaba a dar muestras de cansancio y Adrián continuaba como en el primer minuto. La rubia se detuvo por segunda vez, se echó en la cama y le indicó a Adrián que se pusiera sobre ella. Luego de cuatro minutos de movimientos, la rubia le preguntó a Adrián en el paroxismo del amor si ya había terminado, y él, inocentemente, le contestó de buen corazón de que no, de que aun estaba en noveno ciclo de la carrera, lo que desconcertó a la chica y la apresuró sobremanera. Decidida a fulminar a Adrián, cambió por última vez de postura, se acaballó sobre él, y con cuatro movimientos bien estudiados, aprendidos y aplicados hizo terminar a Adrián, que ahogó un pequeño grito mordiéndose los labios.
Los padrinos de Adrián, morados por la borrachera descomunal, lo vieron aparecerla lado de ellos como salido de la nada. Se asustaron, pues estaba pálido como un difunto. Federico se asustó y empezó a repetir en voz baja chucha, se nos murió en pleno polvo y ha venido a jalarnos las patas, puta madre, puta madre, y siguió repitiendo puta madre hasta que se cercioraron de que no era una aparición, sino Adrián que venía de su debut no soñado. Pagaron la cuenta y fueron al carro plateado de Marcos, que manejó hasta la ciudad a toda velocidad y sin respetar ninguna regla de tránsito. Tomaron caldo de gallina en un tradicional local, y celebraron la iniciación de Adrián a viva voz, sin importarles el qué dirán, sin medirse con el alcohol, hasta que Adrián, con el pretexto de ir al baño, se escapó por una puerta lateral del local y tomó un taxi hasta su casa. En el camino iba prometiéndose a si mismo olvidar aquella noche, porque no había sido en la forma que él se imaginaba. Bajó del taxi, pagó las cuatro monedas que le pidió el mal educado chofer, y al llegar a la reja que protegía la puerta de su casa se dio con la ingrata sorpresa de que no llevaba consigo su llavero. Se sentó en la vereda, agotado, y empezó a llamar al celular a su hermano, quien nunca le contestó porque se encontraba con unos amigos tomando ron puro en otro punto de la ciudad. Tocó, silbó, pero nadie respondió. Adrián, resignado, vio como la negra noche iba perdiendo la batalla contra el amanecer inminente, mientras su ropa, su rostro, sus lentes se cubrían con la garúa persistente que caía sobre la ciudad mientras él esperaba que alguien le hiciera la caridad de abrirle la puerta para no morirse de frío.