09 mayo 2008

Trátame suavemente...

Nadie necesitó decirme que la soledad se escondía tras de tus ojos, parapetada como un animal salvaje en las tinieblas, acechando a la siguiente presa. Sin la ayuda de nadie, lo fui descubriendo. Conforme fueron pasando los días y las semanas, se me hizo claro eso, y nada más que eso. No pude bucear más en las profundidades de tu alma. No pude descubrir tus secretos más atroces y oscuros. Luego, el tiempo y el deseo de venganza me hicieron ver las cosas con claridad y descubrí cosas que habían estado ante mis ojos todo el tiempo, pero que me había negado a ver, cegado por las ilusiones pasajeras que, como espejismos, creaste con tus ardides para mí. Otras cosas, que jamás hubiera podido saber si nunca me las hubieran contado y confirmado personas de absoluta credibilidad, me sirvieron para desahogar mis penas escribiendo y llorando mañanas y tardes y noches enteras, mientras tu vivías tu vida, lamentándote en silencio, inconforme contigo misma y con tu azaroso destino, sonriéndole hipócritamente a tu presente pero añorando en el fondo de tu ser el pasado que te había hecho, por poco tiempo, muy feliz.

Te veo casi todos los días. Últimamente, más hermosa que de costumbre. Con tus polos de diversos colores. Pero me encanta más aquel de color morado. Me encanta verte, aunque sea a lo lejos, vistiendo de ese color. Yo preferiría verte de plomo claro, que es el color que más me gusta vestir, pero, sin temor a equivocarme, sólo una vez te he visto con ese color. No importa. Igual ese polo morado te hace ver maravillosa. Pero mejor es cuando vistes blusas. Aquellas blusas que marcan tan armónicamente las preciosas protuberancias superiores de tu anatomía. Sus formas y su sabor suave aun los puedo sentir en mis manos y en mis labios, que los extrañan, que los añoran. Esas blusas que te resaltan los atributos, que te hacen adorar sentimientos, que cuando respiras se mueven al ritmo del aire que llena tus pulmones y te mantiene viva para que yo pueda seguir pensando en ti, a pesar del tiempo, a pesar de todo. Y que tú sigas pensando en mí, aunque tus cartas estén sobre la mesa y las tengas marcadas de antemano, aunque la reina de corazones aparezca junto a un rey de espadas que nada tiene que ver con la baraja de nuestros destinos, yo sé que piensas en mí, como dice la canción.

Tienes que comprender. Yo no puse tus miedos donde ahora están guardados. Tú sola te esmeraste en reprimir tus sentimientos. No los que exteriorizas, no los que aparentas, no los que tratas de hacer ver. Hablo de los verdaderos, de aquellos que descansan en los sombríos pasillos que conforman el laberinto de tu corazón. Desde antes de que, para bien o para mal, nuestras vidas entrasen en conjunción, ya habías adoptado, en menor escala, ese pernicioso mal hábito. Dejaste de ser tú y pasaste a ser la persona que ahora aparentas ser. Tienes tus recaídas. La parte buena pero escondida de tu ser, a veces, sale a flote y se abre como el capullo de una bella flor, como una preciosa orquídea holandesa. Son rachas, tiempos casi imperceptibles, esporádicos. Es en esos tiempos en los que yo, casi como adivinando, a ciegas tanteando en la oscuridad, pienso más que de costumbre en ti. Y tú piensas en mí. Y nuestras miradas se buscan en la distancia, y se cruzan en la lejanía. Y la ilusión se apodera de nosotros, aunque lo niegues, así como niegas casi todo lo que alguna vez estuvo o aún está relacionado con nosotros. No te culpo. Fue tanto el daño que nos hicimos, pero más el que te hice yo, que a veces, hasta a mi me cuesta reconocer ciertas verdades que sólo saben mis dos muy mejores amigas en esta vida. No es la culpa o la pena o el arrepentimiento. Creo que es un sentimiento nuevo, al que hay que bautizarlo con carácter de urgencia. No puede permanecer sin nombre ni descripción. Pero algo si cuenta. Por más que crucemos las miradas y que un amigo, con su boca salada y sus nefastas profecías nos haya condenado a volver algún día y casarnos, no creo que nada de eso se pueda materializar, porque sigues con tu modus operandi de costumbre. Sigues ocultando tus sentimientos, y no creo que haya poder sobre esta tierra que logre derrotar, solo o con ayuda, esa manía tuya. Yo encontré esos miedos tuyos, pero no pude quitártelos. Porque una vez, al querer hacerlo, me heriste. Me desgarraste. Y sé que si ahora, en el supuesto negado de que tratase de hacerlo de nuevo, terminaría más desgarrado. Además, tu orgullo lo jodería todo nuevamente. Negarías todo, insistentemente. Huirías, como ya lo hiciste una vez, dejándome malherido, ausente. Además, no sé tú, pero yo ya me cansé de soñar mil veces las mismas cosas. Creo que nadie podrá hacerte entender que a veces uno deja ir a la persona que más nos quiere por boberías e ilusiones y espejismos. Nada podrá hacer que todo sea como antes. Que yo sea como antes. Y ni aunque me lo ruegues, no podrás hacer que te trate suavemente.

Salvo, claro está, que sufras un cambio dramático en tu vida o que la recompongas totalmente. Porque tú te comportas de acuerdo con lo que te dicta el momento, sea bueno, sea malo. Así sea pisar el cielo o caer al fondo de un barranco. Tienes el alma suicida y mal tino para tomar las elecciones. Y tus caídas son abruptas y tus lamentos, largos. Tu inconstancia no es heroica. Es algo enfermo. Enfermizo. Es como si te gustara elegir mal, como si fuera tu secreto deleite el elegir las peores alternativas y destrozarte la vida, por puro amor al deporte e insensata vanidad. Me cansé de ser tu salvavidas en tus picos emocionales, en tus días cuando se te caen de la cara tus caretas sentimentales. Es difícil evitar tu mirada. Juegas muy bien tu juego, porque sabes que con ella me atrapas. Unos segundos, pero lo logras. Unos instantes, pero eso te basta. Y yo, como ya lo escribí antes, no quiero soñar mil veces las mismas cosas, sobretodo cuando sueño contigo, ya que en mis sueños rara vez estás, y porque cuando no duermo igual te sueño, con los ojos bien abiertos y los sentidos atentos. Y así estés en donde estés y te acompañe quien te acompañe, cuando nuestras miradas se cruzan, el destino se pone implacable y el mundo es inevitable, como inevitable es vivir esta vida sin ti, como lo es para ti el negar todo y convertir tus verdades en tontas falacias y ocultar todo aquello que me dices cuando tienes fiebre de sinceridad o exceso de alcohol en la sangre, como es inevitable que me haya sentado a escribir sobre ti y a pensar en ti, mientras tú, al otro lado de la ciudad, haciendo quién sabe qué cosas, aunque lo niegues y de ello reniegues, aunque sea por unos breves momentos al día, también te pones a pensar en mí.

29 abril 2008

¡Feliz cumpleaños Papá Ñato!

Hoy día, que es tu cumpleaños, quiero escribir algo breve sobre ti, ya que siempre escribo los recuerdos que tengo de ti, que son los más y mejores de toda mi vida, y es por eso que casi todos los días te sueño. Y en mis sueños yo sé que tú ya no estás en el mundo, pero eso no me importa. Disfruto de cada segundo, hasta que me despierto en la realidad. A veces, cuando todo me sale mal, cuando me siento triste y deprimido, quisiera quedarme contigo en lo más profundo de mis sueños, y no regresar jamás a este sitio donde mucho se sufre. Y se sufre más porque ya no escuchamos más tu voz, ni te vemos jugar como un niño con tus trompos ni cuidar a tus gallos, ni te vemos manejar la camioneta verde ni jugar a los tejos en Shirán, ni te veo feliz y cantando en Usquil a causa de tanto ron Cartavio, celebrando el día veintiocho del mes de la patria. Iré más tarde a tu sitio de descanso y te dejaré unas flores y te pediré que me sigas cuidando de las personas malas que hay en la vida, que sólo quieren aprovecharse de los buenos e ingenuos que algunos podemos llegar a ser. Sé que te alegrarás de que, por la noche, compartamos una torta en tu honor, y que desde donde estés, más allá de las estrellas, estarás siempre pendientes de nosotros. ¡Feliz cumpleaños Papá Ñato!

Al otro lado del espejo...

Llegó a la casa como enviado por el mismo cielo. Lo trajo Laly, mi hermana, una tarde, vestida con su uniforme del colegio, en la jaula que alguna vez había sido de nuestro anterior y solitario lorito. Llegó para cubrir el triste vacío que dejó la partida de nuestra mascota anterior, un periquito australiano igual que él. Aterrizó en la casa de mi tía Maricuchi, en el centro de la ciudad, y Laly, con su infinito amor por todos los animalitos, aceptó gustosa quedarse con él y lo llevo hasta la ferretería. Yo, al comienzo, me mostré en desacuerdo con adoptar al recién llegado, ya que quería evitar a toda costa encariñarme con el lorito nuevo. Sin embargo, nos robó el corazón a todos con sus disparates y ocurrencias. En un comienzo era tímido, quizá preguntándose en manos de quien había ido a parar, o, como pensábamos Laly y yo, preguntándose por el destino de los suyos, en tierras lejanas, ignorando su suerte. Los primeros días se pasó la mayor parte del tiempo sobre el columpio de su jaula, que por el día hacía las funciones de cómodo mueble, y que por las noches le servía de placentera cama. A veces, yo iba hasta la jaula y trataba de llamar su atención, y luego de mucho insistir lograba que emitiera algunos sonidos, que sonaban a protesta, por mi molestosa presencia. Fue Laly la que, con un trabajo paciente y con una dedicación admirable, logró arrancar al lorito de su soledad, y poco a poco lo incorporó a la familia. Llegó el momento de bautizarlo. Por esos días estaba leyendo Travesuras de la Niña Mala, de Mario Vargas Llosa. Y no tuve mejor idea que bautizarlo como el personaje de la novela. Así que, divertidos por la ocurrencia, Laly y yo, sonrientes, lo llamamos por primera vez por el nombre que llevará para siempre: Ricardo Somocurcio. Mamá Yayi, mi abuelita, preguntó el origen del nombre, y se lo explicamos. No simpatiza mucho con el escritor, por la divergencia de opiniones políticas, pero a ella, y al resto de la familia, les pareció divertido el nombre. De Ricardo Somocurcio, el nombre se redujo a Ricardo, y el cariño que sentíamos y siempre sentiremos por él fue el que lo terminó bautizando como Ricardito. Cuando agarró confianza con la familia, se destapó como la juguetona y tierna criaturita que era. Buscaba siempre estar en nuestros hombros, para jugar con nuestros cabellos. Jugaba con los aretes de Laly, y con sus pulseras y collares, y ella, con el tiempo, empezó a llamarlo mi hijito, y era su hijito, tan guapo, tan cuero, como lo llamaba ella, demostrando que no es la persona a la que todo le llega. Al contrario, mi querida hermana se desvivía por Ricardito. Ella le enseñó algunas tonadas a nuestro querido lorito, y el correspondió demostrándole su amor y su fidelidad hasta el último de sus días. Laly llegaba del colegio y le silbaba una tonada, y él le contestaba igual o parecido. Así, ella le inculcó el amor por la música. Yo, a veces, le hacía escuchar los mp3’s de mi celular, y Ricardito, entre curioso y extrañado, se acercaba hasta mi teléfono y, algunas veces, trataba de imitar el ritmo de la música. Casi siempre terminaba enfrascado en una lucha con la cámara de mi celular, picándola lo más posible, como casi siempre terminaba enfrascado en una lucha con todo lo que se le cruzaba en el camino: el cuello de la blusa de colegio de Laly, mis medias plomas y mis sandalias negras, o el pabellón de mis orejas, que Laly llama el gordito de mi oreja. Pero nada de eso era con mala intención. Simplemente lo hacía de juguetón. Esa alma lúdica que lo llevaba a explorar territorios que, para él, eran como ensenadas peligrosas, territorios vedados, sitios prohibidos, tales como las profundidades de la cartuchera llena de lápices de colores de Laly, o la panera de la mesa, o los espacios entre los cojines del mueble, o el piso rojo y lustroso de la cocina, en donde se topaba, de cuando en vez, con algún alpiste extraviado de su plato, y al que no perdonaba. Como era juguetón y siempre quería estar fuera de la jaula, saltaba para que lo liberemos, y en ese trajín, siempre, derramaba el agua de su platito rojo y la mitad de su alpiste terminaba esparcido por el suelo de su jaula, que primero fue de lata y finalmente de vidrio dorado, como el resto de la jaula, pintada de manera conveniente con ocasión de la navidad. Su lugar favorito, luego de los hombros de Laly y de los míos, era el espejo. Su marco de madera, suficientemente ancho, era el refugio perfecto para sus días relajados de ocio y felicidad. En ese lugar silbaba y correteaba, hablaba con el que él creía que era otro periquito, al que buscaba por detrás de su espejo favorito o de cualquier otro espejo, o, como decía Laly, loreaba con su amigo, el del espejo, y era feliz. A veces poníamos un dedo contra el espejo, y el, más juguetón, atravesaba el obstáculo agachándose, y cuando bajábamos más el dedo, optaba por dos decisiones: pasar apretadito, como decía Laly, o saltar sobre el dedo índice que le estorbaba el camino, y en unos cuantos rápidos pasos, llegaba a nuestros hombros y tomaba posiciones, jugando con lo encontrara a su paso o refugiándose del frío y del miedo en el cabello de mi hermana, o en el mío, cuando lo tenía largo. En el daba largas siestas, haciendo la cabeza hacia atrás y empollándose, haciéndose casi una pelotita de plumas. Mi abuelita lo adoraba, aunque a veces lo negaba porque le gusta hacerse la fuerte, pero sus acciones la delataban. Siempre se preocupaba por él, y hasta lo cargaba en sus hombros cargados de años y tristezas y alegrías. Ricardito no desaprovechaba la oportunidad para luchar contra la cadena de oro que mi abuelita siempre lleva en el cuello. Conmigo y con Laly era majadero, y a veces hasta insolente, pero siempre obedecía las órdenes de mi Mamá Yayi, sobretodo cuando ya se pasaba de escandaloso con sus silbos y ella le ordenaba silencio. Ricardito obedecía sin chistar, y se quedaba quieto, mientras pasaban los minutos y Laly o yo le armábamos de vuelta el jolgorio, y compartíamos con él el pan, el arroz, la fruta, los jugos, la chicha morada y demás cosas, procurando siempre no invitarle cosas que pudieran hacerle daño. Y así pasó el tiempo, y así se pasa la vida. A veces, los sábados por la noche, lo llevábamos a que duerma con nosotros en la casa del parque, en aquella grande y casi solitaria casa que sólo se anima en ciertas épocas del año, casa en la cual Ricardito pasó tres navidades con nosotros, tranquilo en su jaula, tapado con su tela azul, y últimamente con la afranelada tela color naranja. Disfrutaba del panetón y de lo que le diéramos. Era piquito rico, y era muy divertido sentir su pico buscando las delicias que le invitábamos directo de nuestros labios, de nuestras manos o de la larga mesa en la que correteaba a su antojo. La última vez que lo tuve en mis hombros fue el miércoles pasado, y la última vez que escuché un ¡pi! de él fue en la noche de aquel día, cuando fui a despedirme de mi abuelita, porque yo viajaba a Lima, y él sintió que alguien levantaba la tela que cubría su jaula y protestó, con justísima razón, por la interrupción de su sueño. Llamé el jueves y llamé el viernes a la ferretería desde Lima, para avisar a Mamá Yayi que yo me encontraba sin novedad, y cuando ya me despedía, en la llamada del día viernes, le pedí que lo cuiden, y ella me dijo que ya, que no me preocupara. El sábado no llamé, ni de mañana ni de tarde, ni de noche. Fue como un presentimiento. Me cuenta laly que Ricardito empezó a sentirse mal por la tarde, luego de hacer su última travesura: darle una pequeña e inofensiva picada a Mamá Yayi. Ella fue a cargarlo, y lo encontró un poco desmejorado. No entraré en detalles, porque no quiero llorar más, porque no quiero sufrir más, pero ella me cuenta que todos los presentes estuvieron pendientes de él. Lo llevaron al médico veterinario que tiene su consultorio al lado de la ferretería, pero nada pudo hacer por él. Laly se lo llevó de vuelta a la tienda, y lo tuvo en sus manos, acariciándolo mientras Ricardito luchaba por su vida, tenazmente, como un valiente, como los grandes, no queriendo irse de nuestro lado, pero la naturaleza y el destino ya le tenían reservado un lugar en el otro lado de la vida, lejos de nosotros, en las praderas inmortales de nuestros recuerdos, y bajo el resignado cuidado de Laly, que era acompañada por la silenciosa mirada de Sergio Alonso, nuestro primo, y con la pena irreprimible en el alma de Jorge y de Mamá Yayi, que derramó sus lágrimas, Ricardito miró con todo el agradecimiento y el amor que sus ojos fueron capaces de concentrar en ese momento, y se fue para siempre, en paz, en las manos de mi hermana, que se resignó a perderlo, y lo lloró mucho, y lo envolvió en un servilleta grande y lo depositó en una cajita de cartón grueso, y cuando ella se disponía a llamarme al celular, Mamá Yayi le dijo que no, que mejor me dijera mañana, para que no me ponga a llorar en la inmensidad de la ciudad capital. Laly lo llevó a mi casa, en el parque, y lo tuvo en su cuarto hasta la mañana siguiente, cuando yo llegué de Lima y ella salió a abrirme la puerta con los ojos llorosos, y me contó todo, y yo lo saqué de la cajita donde descansaba mi querido lorito, mi querido Ricardito, que me había alegrado los últimos tres años y más, y le di un beso en sus plumitas, sin poder creerlo, impotente y de rabia por no poder despertarlo de su sueño eterno, y Laly le dio el último beso y despidió a su hijito, y fuimos a enterrarlo en el jardín de la casa, bien profundo y con losetas y piedras que le garanticen un descanso sin perturbaciones, a salvo de los peligros del mundo que había dejado la tarde anterior al promediar las cinco de la tarde, y mi querida hermana y yo nos despedimos de él y, llorando y resignados colocamos una piedra grande al centro de su sitio de descanso, y piedras más pequeñas alrededor de la grande, para que nos indiquen el lugar donde duerme en paz para siempre nuestro querido Ricardito, y en aquel mismo lugar prometimos dos cosas: no volver a tener nunca más una mascota, porque se sufre mucho cuando se pierde a un animalito al que le has tenido mucho cariño, y, finalmente, pero lo más importante de aquella triste mañana de domingo, juramos quererlo siempre y no olvidarlo jamás, porque nos había alegrado nuestros tristes corazones y sabíamos que ahora estaba en un lugar mejor, tal vez al otro lado del espejo en el que tantas veces durmió y jugó y fue feliz.

18 abril 2008

Letras (casi) sin sentido...

Escucho música.
Repito las canciones.
No son más de siete.
Me gusta torturarme.
Odio entretenerme.
No controlo nada.
Menos mis emociones.
Lloro.

Estoy triste,
como casi siempre.
Sobretodo desde aquel noviembre,
Cuando alguien juró amarme,
aun yendo en contra del planeta entero.

Estoy deprimido.
Recuerdo a la princesa,
que caminaba por la orilla de la mar,
como salida de un sueño,
cantando Día de Enero.

Lloro por ella.
Porque la extraño.
Y porque la quiero.

El cine no es igual si falta ella.
El pollo crocante del Kentucky
no tiene el mismo sabor.
Los domingos enteros y las noches en vela,
son un desperdicio.
El amor muere asfixiado por el dolor.
Eras mi amiga y compañera.
Tu ausencia me saca de quicio.

¿Qué será de ti?
Te fuiste con la cartera
llena de mis recuerdos.
Desapareciste,
y no veo más tus cejas,
que adoro tanto como al cielo.
Muero.
Pero no iré hacia arriba,
ni hacia abajo.
Me iré lejos,
para llorarte en silencio.

Estoy deprimido.
Recuerdo a la princesa,
que caminaba por la orilla de la mar,
como salida de un sueño,
cantando Día de Enero.

Lloro por ella.
Porque la extraño.
Y porque la quiero.

Y finalmente,
ya no quiero seguir así por ti.
Vuelve, que en verdad estoy muriendo.

10 abril 2008

Auttumn of '08...

Viajé todo el domingo únicamente para asistir a una noche que tenía toda la pinta de ser inolvidable. Nueve horas sentado observando el litoral peruano, las casas desperdigadas a lo largo del camino y las maravillosas playas poco visitadas. Mis ojos se cansaron de ver la mala película que proyectaron en el ómnibus, pero no me arrepentí. Para colmo de males, ya había visto aquella sosa producción cinematográfica unas treinta veces en el cable. Pero me hice al dolor y dejé a mis oídos en paz. Los quería en perfecto estado para la noche, así que no usé el iPod. Hubiera sido inoportuno y fuera de lugar una otitis o un incómodo zumbido, sobretodo si estaba viajando casi seiscientos kilómetros para escuchar música, y no cualquier música. Música de la buena, de verdad, y no como tanta cosa rara y fuera de lugar como la de ahora. El que tocaba no era un reggaetonero más, ni un chicherito peliteñido de los que abundan en el ambiente (nunca mejor dicho) de este género musical. Este era un músico de verdad. Un rockero mítico. Ídolo de los ochenta, la mejor década de la música, el séptimo cielo del rock en inglés y en español. Icono de multitudes, inigualable y humilde como sólo él sabe serlo. Casi sin darme cuenta, los barrios marginales que forman parte de la capital de la república me dieron la bienvenida. Un triste y desolador recibimiento. Nada empañaría mi felicidad. Cerré los ojos y pensé en cualquier cosa menos en la pobreza de aquellos sitios. Por un día, aunque sea, dejaba de lado la preocupación por la ineficaz distribución de la justicia social para con los que menos tienen, me sacudí de mis ideas y me convertí, simple y sencillamente, en un rockero más, en el melómano que siempre soy, despreocupándome de la nimiedades que a veces me hacen estallar la cabeza de tanto pensar. En la terminal de la empresa de transportes revisé el celular. Había recibido un mensaje de mi tía, la doctora, que me hospedaría por unas pocas horas en su casa y con quien asistiría al concierto, junto con mi prima, flamante cachimba de Administración de una universidad súper pipirinice. El mensaje decía algo más o menos así: “ven hasta la casa en taxi, acá te lo pago, me da pereza levantarme para ir a recogerte”. Le di toda la razón a mi tía. Trabajaba duro toda la semana en un gran hospital nacional, en dos clínicas privadas y en su consultorio particular, y tenía derecho a descansar el domingo. Le contesté el mensaje diciéndole que no había problema, que yo llegaba hasta su casa solo. Camine unas cuantas cuadras por la ciudad casi desierta, hasta llegar a la avenida en la que pasaban las combis hasta ese elegante y exclusivo distrito, enclavado entre cerros. No pagaría catorce soles si podía pagar un sol y medio. Además, hacía muchos años, mi papá me había enseñado cómo andar en esa ciudad peligrosa, evadiendo los lugares problemáticos y transitando por las calles seguras. Y justo una semana antes, yo le había enseñado a un primo mío cómo se debe andar de manera segura por esa inmensa urbe, recomendándole que líneas de microbuses tomar y los nombres de los distritos, amén de los obligados huecos y huariques de no tan dudosa reputación que debía visitar. La combi llegó antes de lo previsto, debido al poco tráfico en la ciudad. Bajé en la cuadra veintidós de la Alameda del corregidor, y caminé tres cuadras hasta el departamento de mi tía. Mi prima, la gringa, me abrió con alegría. Estaba feliz de ir al concierto. Su felicidad no podía igualar mi emoción. Mi tía estaba terminando de vestirse. Iríamos al KFC de Molicentro antes de enrumbar por la Javier Prado hasta el Coloso de Ate, el magnífico estadio de la crema de mis amores. El crocante pollo de receta original y once especias secretas fue devorado sin contemplaciones y sin retrasos. No quería perderme ni medio detalle del evento. El estadio, relativamente cercano, se alzo como un gigante en reposo ante mis ojos. Había ido un par de veces, siempre de día. De noche era otra cosa. Pude notar a mucha gente de más de treinta años asistiendo al concierto. Yo, con mis veintiséis a cuestas, había crecido escuchando al canadiense que aquella noche alborotaría al público con sus melodías. Siempre fue mi ídolo, desde niño, cuando a mi sólo me gustaba el ritmo frenético de su música y no entendía ni jota de sus letras. Y cuando al fin empecé a descifrar las palabras que decía con su ronca voz, me di cuenta de que mi vida había cambiado. Él era un poeta, y yo soñaba con serlo. El tiempo se encargó de alejarme de las rimas y llevarme al camino sin retorno de la prosa, de las historias, de los cuentos. Pero él nunca me falló, ni en los momentos más grises de mi vida. Cuando me deprimía, escuchaba sus canciones más joviales, y me sentía mejor. Si, al contrario, quería ponerme algo sentimental, escuchaba sus baladas, tiernas hasta decir basta, y recordaba momentos mejores con la esperanza de que volviera a tenerlos alguna vez más. La enorme explanada bullía en un frenesí como nunca antes lo había vivido. Ni en los lejanos megaeventos de mi pasada adolescencia, en el césped del viejo Mansiche, escuchando a los Enanitos Verdes y a El Tri, había sentido tanta emoción como en aquel mágico domingo seis del cuarto mes de este dos mil ocho que jamás olvidaré. Yo imaginaba que el concierto arrancaría un par de horas después de lo programado. Pero me equivoqué. Media hora después de lo previsto, las luces se apagaron y se empezaron a oír los acordes de una guitarra, detrás de nosotros, casi al centro de la gente, en un pequeño escenario al que nadie tomó importancia. Un solitario reflector alumbró al hombre esperado de aquella noche. Mis ojos, al borde de las lágrimas, no se estaban equivocando. Era él. El mejor rockero en inglés. Mi ídolo. Bryan Adams. Entonaba there will never another tonight. Era el frenesí. Y empezó mi delirio. El primer pico emocional de la noche llegó cuando interpretó please forgive me acompañado únicamente de una guitarra acústica. Me olvidé de mi tía, que tan buenamente me regaló la entrada, y de mi prima, que, según su respetable pero no compartida opinión, prefería a otro cantante, ganándose mi odio momentáneo. Las ignoré y fui yo. Volví a ser el chiquillo que creció escuchándolo en radio Panamericana, cuando la emisora no era tan salsera ni cumbiambera como en estos días. Volví a ser el chiquillo que pinchaba los elepés de treinta y tres, cuarenta y cinco y setenta y ocho rpm de mis tíos o de mis papás para escuchar una y otra vez a ese rockero mítico y clásico. Back to you despertó aun más al público, que pedí más, al ritmo de improvisados coros. Bryan Adams, con una gran sonrisa en los labios, agradeció el cariño del respetable cantando su historia personal hecha canción, el himno indiscutible que legará por siempre a la humanidad. I got my first real six - string, bought it at the five – and – dime, played it till my fingers bled, it was the summer of ’69. Fue la locura máxima. Lloré como un niño. No me avergüenza reconocerlo. La buena música, los buenos libros, las buenas películas y las malas mujeres me hacen llorar. Lo demás es historia. Sus clásicos de siempre y sus nuevas canciones encandilaron a los peruanos. Desbordaba sencillez por todos lados. Se presentó de una forma tal que me dejó sorprendido: “Hi, my name is Bryan”. Yo, divertido por la genial ocurrencia de la leyenda del rock que tenía frente a mis ojos, hice un comentario para mi tía y mi prima. Un comentario gracioso, que ellas celebraron, más no las tres chicas lindas que estaban cerca de nosotros. Casi me acribillan. Las ignoré. No valía la pena hacerles caso, y no me junté con aquella chusma. La envidia se apoderó de mi cuando una afortunada colegiala fue a cantar y bailar junto con el buen Bryan. Yo no hubiera cantado, pero si me hubiera gustado tocar la guitarra en el escenario con él. En fin. Se fue, pero el aliento de la gente lo hizo volver. Yo, extasiado, hubiera vendido mi alma porque se quedase para siempre, pero el tiempo no se detiene. Y llegó el adiós. All for love selló el final de la más grandiosa noche de mi vida. Salimos del estadio ordenadamente. Mucho tráfico, pero mi tía, al volante, es toda una Meteoro. Casi no hablé mientras me llevaba a la terminal. Mi prima presumía de haber ido al concierto hablando por celular con sus amigas. Me despedí de ellas con un fuerte abrazo, agradeciéndole a mi tía infinitamente por haberme invitado al concierto del que ella sabía mi ídolo. Pasada la medianoche, mientras el bus iba dejando atrás los barrios marginales que me había negado a ver al llegar a la ciudad, cerré los ojos y repasé mentalmente el concierto, el mejor al que había asistido en toda mi vida, y fui quedándome dormido con la firme promesa de que, algún día, volvería a ir a un concierto de Bryan Adams, así él tuviera muchos más años, al igual que yo, pero con la firme convicción de que ambos tendríamos dieciocho hasta morir.

07 abril 2008

Todo lo que hice, lo hice por ti...

El café se había enfriado, y la butifarra ya no resultaba tan apetito-sa como cuando llegó a la mesa en las manos del único mozo del lugar. Julián divagaba por universos paralelos, lejos de su imaginación. Agonizaba en silencio mientras tomaba nota de algunas ideas que se le ocurrían. Por lo general eran títulos para los cuentos que escribía. Pocas veces eran palabras rimadas que, alguna vez, serían parte de un desgarrador poema, y casi siempre de final poco esperanzador. Sus ojos llorosos eran signo de una pena reciente. Trataba de distraerse abstrayéndose de la realidad, pero ni la compañía de la soledad ni lo gratificante de la literatura lograba sacudirle las penas del cuerpo. Julián estaba tan lejos de la realidad, que sólo reaccionó cuando el administrador del local lo sacudió ligeramente, tomándolo de los hombros, para cerciorarse de que no se hubiera muerto con los ojos abiertos y la libreta de apuntes en la mano.

-El local ya va a cerrar, señor.
-Si, disculpe usted. ¿Me puede traer la cuenta?

Era casi la medianoche de aquel martes triste. La madrugada tocó las puertas de la ciudad mientras el apesadumbrado Julián rastreaba las solitarias calles en búsqueda de respuestas. Había sido una verdadera jornada para el olvido, veinticuatro horas dignas de ser mandadas a la mierda sin pasaje de retorno. Por la mañana, había recibido tres mensajes de texto en el celular, y una llamada de quien menos esperaba. Tres meses sin contacto alguno con ella, sin explicaciones ni recados, ni llamadas ni emails. No pudo concentrarse más. El resto de la mañana se la pasó tirado en la cama, soñando con los ojos abiertos, intentando descifrar las disculpas y el nerviosismo de la dulce voz que ya casi había olvidado. Su tesis fue olvidada en la computadora. No escribió una línea más aquella mañana, y no corrigió las observaciones hechas por su asesora, lo que, por la tarde, le valió una severa reprimenda. Alegó problemas personales, de modo tal que la asesora de tesis de Julián suavizó sus palabras y ensayó un amago de comprensión.

-Sacúdete de esos problemas. Tu tesis, tu grado de bachiller y tu título valen más que cualquier persona.
-Tiene razón, doctora.
-Tienes dos días más para presentarme las observaciones corregidas. Ni un minuto más.

Aquella tarde, ya casi de noche, de tanto pensar en ella, anduvo distraído, casi sin darse cuenta de sus actos y de sus palabras. Ni siquiera sintió el incómodo rubor de sus mejillas cuando sus amigos empezaron a molestarlo con una chica del salón, amiga de ellos, mientras esperaban a que el profesor diera inicio a la clase. Él alegó casualidades, despistes, y que ya estaban bien grandecitos como para estar jodiéndose como colegiales o cachimbos, pero eso no importó a sus amigos, que siguieron con las bromas, cada vez más crueles, ni le importó a su amiga, que rió con las ocurrencias. Entonces Julián pasó del despiste y del no me importa a tomar posiciones defensivas. Haciéndose el que no entendía nada, desapareció rápidamente dentro del salón, para evitar el cargamontón. Durante la clase no pudo no mirar a su amiga. Era simpática y de muy buen cuerpo, pero definitivamente no era su tipo. En las clases le era inevitable mirarla, porque siempre quedaba dentro de su campo visual, y porque él se sentaba cerca de ella, al igual que los amigos que lo habían martirizado. Durante la clase, surgió la idea de ir a comer. Casi en silencio, valiéndose de susurros y señas, los amigos acordaron el tipo de comida, menos el lugar: parrillada. El sitio fue discutido una vez terminada la clase, ya en camino, mientras las jodas hacia el tranquilo Julián continuaban en aumento. Él era el punto del día, como otros días lo fueron sus acompañantes. Los toleró con paciencia, mientras caminaban por las calles en medio de la noche y de la ciudad que había bajado su actividad, y en la mesa del segundo piso de aquel restaurante de parrilladas al que nunca había ido. Pidió una tregua y dio dos advertencias, pero continuaron cargándolo. Llegó el momento que Julián tanto se temía. Su carácter le jugó una más de las muchas malas pasadas puestas en el camino, se agotó su paciencia y su ira se colmó. Sin decir nada, requintando de todo y de todos en silencio, tragándose la rabia y la furia, corriendo el riesgo de sufrir un colapso nervioso o un aneurisma, tomó su mochila y se fue del lugar con la mirada clavada en el suelo, caminando rápido, desoyendo los llamados de sus amigos, apagando el celular para evitar llamadas de falso perdón y tardío arrepentimiento. Se subió al primer taxi que pasó por la avenida, y se fue del restaurante, con rumbo al centro de la ciudad, sin haber probado las carnes del lugar.

Conteniendo las lágrimas, se metió al primer café abierto que encontró en su errático deambular. Se sentó en la mesa más alejada, escondida y solitaria del lugar, en parte porque no quería ser visto por algún conocido, y porque quería fumar y recomponer sus ideas lentamente. La butifarra y el café lo atrajeron en un primer momento, y dio dos mordidas al pan y tres sorbos a la bebida, pero pronto se desencantó, porque, entre otras cosas, no podía sacarse de la cabeza el churrasco y los chorizos que no llegó a comer. Empezó por tomarse una pastilla tranquilizante, de las que siempre llevaba consigo, y que le bajaban el ritmo a su corazón y calmaban sus súbitas angustias. Encendió un cigarro. Releyó una y otra vez los mensajes de texto en su celular. No sabía qué responder. No sabía cómo actuar. Ella había sido el centro de su vida el último año. Las películas eran más interesantes a su lado: los estrenos, las que volvían a ver dos y hasta tres veces, y hasta las películas de dibujos animados que terminaban viendo involuntariamente. La oscuridad de las salas era su cómplice. Casi todos sus recuerdos eran en el antiguo cine de la calle Orbegoso que de un momento a otro fue comprado por una importante cadena de cines y que sufrió una radical transformación en poco tiempo. Sólo una vez habían asistido al multicine del nuevo e inmenso mall de la ciudad. Pero eso no era lo que Julián extrañaba de ella. Eran las demás cosas, las que la hacían tan especial, tan única. Le había dedicado su vida y su concentración, sus horas mejores y sus ratos de ocio. Pasaban juntos muchas horas, hablando de todo, escuchando música, él ayudándola con sus cosas y descomplicándole, a veces, la vida. Ella disfrutaba del tiempo con Julián, y todo lo que tuviera relación con él. Le fascinaban sus detalles y sus palabras, y la forma como había superado las horas más amargas de su vida, provocadas, paradójicamente, por una ex amiga de ella. Estuvo tanto tiempo pensando en ella, y en la patética e inexplicable forma en cómo todo se enfrió entre ellos, además de estar escribiendo un amago de carta que jamás le entregaría, y tomando notas en su libreta, que de pronto se aburrió del silencio del lugar, y se acomodó el iPod en los oídos. Lo encendió y buscó a su rockero en inglés favorito. Bryan Adams cantaba con su voz ronca una balada que a Julián, rockmántico empedernido, soñador crónico y depresivo obsesivo compulsivo, le pareció la overtura de su vida y el preludio del resto de sus días.

Don't tell me it's not worth fightin' for.
I can't help it,
there's nothin' I want more.
You know it's true.
Everything I do, I do it for you.

Se estaba preguntando si valía la pena sentir tristeza por alguien que se había ido de su vida sin explicación alguna, comportándose de una manera infantil, cuando fue sacado de letargo por el administrador del local. Pagó los doce soles cincuenta que sumaba su cuenta, y se fue a seguir caminando sin rumbo por las inactivas calles. De vez en cuando se topaba con alguna solitaria alma ganándose la vida honradamente, o con las chicas de la noche que esperaban y esperaban y que parecían no cansarse de tanto esperar. Sin proponérselo, atravesó la plaza de armas y terminó en la calle donde se encontraba el cine al que tantas veces había ido con ella. Y la recordó una vez más. Y en medio de sus solitarios pensamientos se topó con sus ojos, y con su voz. Pero no era ella, sino un recuerdo del pasado, una visión de tiempos idos. La vio linda, con su jean azul y su blusa color concho de vino y una vincha en el cabello y toda la hermosura de su ser concentrada en su nariz respingada y en sus cejas preciosas y en las líneas de su cuerpo, entrando al cine con él mismo, con el cabello más largo del que llevaba ahora y sus lentes de carey negro. Entonces Julián cruzó miradas consigo mismo y supo que, a pesar de ir sonriendo con ella, no era feliz, porque algo había que no lo convencía del todo, algo que no le cuadraba y que no encajaba en el rompecabezas que era su vida. Julián vio cómo su imagen del pasado se detuvo por un segundo, y el Julián del presente recordó que ella le había preguntado qué le pasaba, a lo que él respondió con un simple nada, no pasa nada, y Julián vio como desapareció la visión retrospectiva de si mismo, y se sentó en la vereda, justo en la entrada principal del cine, y retrocedió cuatro canciones en el iPod hasta volver a la que él quería escuchar, y se soltó a llorar sin testigos sus penas. Lloró porque sus amigos lo habían hecho sentir mal, y los odió a pesar de que sabía que terminaría perdonándolos, y lloró por ella, por los recuerdos, y cerró los ojos y pensó en ella a pesar de que sabía de que jamás volverían a verse, ya que él había decidido no contestarle los mensajes ni llamarla ni escribirle, y, acomodando la letra de la canción a su personalísimo calvario, se preguntaba qué pasó, qué sucedió, si todo lo que hice lo hice por ti, mientras la madrugaba avanzaba y él no tenía la intención de volver a casa, y decidió que esa noche, y sólo aquella noche, esperaría a que el incipiente frío o el inevitable amanecer lo corrieran de aquel lugar en donde tantas veces fue feliz.

27 marzo 2008

Niña bella, piel canela...

Distraída en medio de la vida, tarareando una de sus muchas can-ciones preferidas, la niña bella camina por la acera. Su piel canela, matizada los rayos del sol, es como un huracán que ha acabado de pasar, y su maravilloso cabello negro azabache cae sobre sus hombros como caen las estrellas fugaces en las noches tranquilas del mundo. Cada siete o nueve pasos sonríe durante una fracción de segundo, porque recuerda que la vida es bella, que la vida es una sola, y que nadie debería detenerse a pensar en cosas tristes. Da la vuelta en una esquina, y al fondo de la calle, lejano aun, divisa el mar calmado de Huanchaco. Sus hermosos ojos negros, delineados con lápiz de carbón, se cierran ligeramente, y su pensamiento vuela más allá de todo lo conocido. Llega a la playa, extiende su pareo sobre la arena y se sienta a seguir pensando y soñando con el amor y otras cosas. Conozco la razón, que hace doler tu corazón dice la letra de la canción que está escuchando en su emepetres, y ella sigue el ritmo y las melodías con infinita devoción, porque Shakira canta de lo lindo y esa canción en especial le fascina. Luego de un rato, va a caminar por la orilla del mar. El agua salada del océano moja sus pies, pequeños, lindos, suaves como la seda y tentadores como el pecado mortal, y siente en el resto de su cuerpo el salitre del aire y la mirada de los dioses. Es pequeña, porque lo más hermoso y lo más valioso siempre es dado a cuenta gotas y viene en envase pequeño. Sus curvas son afinadas y perfectas como las notas de un romántico violín, y cada una de ellas tienen cualidades diferentes: el contorno de sus muslos es cálido, como el tierno beso imaginario de un amor que nadie ve; la majestuosidad de sus caderas está llena de verdad, porque sus caderas, sus maravillosas caderas no mienten; el relieve que da la curvatura perfecta a su pequeño pecho tiene la lujuria impregnada desde siempre. Sus manos llenas de candidez y fuego interno son agradables a la vista y al tacto, y sus acertadas palabras tienen la propiedad de apaciguar furias y temores, de aplacar llantos y de resolver dudas, porque nada, nada de lo que es la niña bella sería posible si no tuviera el corazón de oro que tiene. A pesar de que a veces sufre de torpes distracciones por su espíritu soñador, siempre remedia las heridas de su alma, y de otras almas, con la sal que hay de sobra en el mar. Se queda en la playa hasta el ocaso del sol, y ve la llegada de las estrellas y la aparición de la luna. Y con la luz pálida de la luna en su nariz, emprende el regreso a casa. No es un día de Enero, ni mucho menos de Febrero, pero ama la playa casi tanto como la música y la lectura. Y las sombras y la oscuridad no le afectan, porque la luz de sus ojos y el brillo de su alma iluminan su sendero. Y piensa en su amigo, el escritor. Le ha ofrecido escribirle un cuento, y sabe que cumplirá. Ojalá le salga tan lindo como las cosas lindas que me a veces me dice, piensa la niña bella, y piensa que a él, mejor que nadie, le caería bien la estrofa de la canción que no se ha cansado de tararear en todo el día: ya vas a ver, como van sanando poco a poco tus heridas, ya vas a ver… En su camino de regreso a casa recuerda momentos felices y momentos tristes, amores del ayer y de la actualidad, y busca las respuestas a la infinidad de preguntas que rondan su alma. Pero las responde todas en poco tiempo, porque ella es así, práctica y sincera, un alma inigualable y una amiga como pocas, que por saber combatir sus propios temores ha terminado ayudando a los demás a combatir los suyos. Por eso la vida le sonríe, por eso para ella la vida es una dulce sensación. A pocos metros de su casa, oye una voz en la espesura de la noche cerrada, en la calle medio iluminada por la lejana luna.

-Kathy…

Lo pensó un segundo, pero lo creyó imposible, así que siguió caminando, porque ni un alma transitaba en aquel lugar. Luego de darse un baño para despercudirse la pereza del día de playa, va a la computadora y revisa la bandeja de entrada de su correo electrónico. Todos duermen en casa, así que nadie la distrae. Se alegra al ver el cuento tan esperado. Lo lee despacio, letra a letra, disfrutando el placer de leer. Su amigo el escritor escribe sobre ella, sobre su ternura y su belleza cautivante. La niña bella sonríe al leer una frase rimada como un poema que él le escribe:

Eres como la gravedad del planeta,
porque me atraes y me atrapas
y evitas que salga disparado al cielo,
ya que eres como el vino,
que mejora con los años,
y no me iré de este mundo
sin probar de aquel vino,
hasta quedar totalmente embriagado
del magnetismo de tus labios.


Luego de haber leído aquella frase, Kathy, la dulce niña bella, termina de convencerse. La voz que oyó fue la de su amigo, el escritor, tan soñador como ella, tan fuera de este mundo como ella. Se pone a pensar en el motivo mientras apaga la computadora y se prepara para dormir, y cuando Morfeo le va ganando la batalla y la niña bella entra poco a poco en el mundo de los sueños, recuerda que él, a pesar de ser tan despistado, con su caminar pausado y su soledad al cuadrado, le prometió pensar en ella antes, durante y después de escribirle el cuento, y Kathy, al momento de cerrar los ojos aquella noche llega a la conclusión de que escuchó la voz del escritor cuando él terminó de escribirle el cuento, el primero de muchos que él le escribiría, sellando para siempre la promesa que le hizo.

21 marzo 2008

¿Dónde estarás?

La voz de Gianmarco, melódica y suave, acompañada de las no-tas de un sereno piano, me recuerdan a ti. La escucho en la computadora, la escucho en mi iPod, la escucho en mi cerebro. La tonada no se me va. Sus acordes me persiguen, su romántico ritmo me pone en estado de crónica melancolía. No puedo no pensar en ti. Trato, lo evito, no lo consigo. Canta el pelado, y yo con él, e intento esconder esa sonrisa del ayer, ese ayer en el que venías a mi casa a pasar los domingos para compartir nuestras soledades, fundiéndolas en una para aliviar la carga del alma y atenuar el dolor de nuestras cicatrices, mientras hablábamos de todos los ayer, grises en el horizonte de los recuerdos, esos domingos cuando yo, ansioso, esperaba tu llegada para que tu hola de sonrisa cómplice y tu beso de acá estoy apaciguara mi día, pero ahora no, ya no estás, ¿qué será de ti?, y yo, para no recordar, trato de escapar, y difícilmente lo consigo, y trato de huir para no recordar nuestros juegos y sonrisas, y sé, tengo la plena seguridad, de que no te volveré a ver, no habrá para nosotros más veranos ni tardes en Huanchaco tomándonos miles de fotos en ese bello balneario, tú tratando de imitar a Shakira en el video de Día de Enero y yo complaciéndote en todos tus caprichos, con la mirada perdida y el corazón casi fuera, llegando al cielo, extraviado en tus poses de modelo y extasiado de tanto contemplar las curvas de tu cuerpo, y no volveremos a ver juntos aquel sol que se ocultaba en la lejanía del mundo, cruzando la galaxia, aquella estrella que ya no será testigo de nada, porque ya no sé si existes, ¿qué será de tu vida?, tú en tu casa y yo en la mía, tan grande, tan vacía, tan fría, tres pisos, quince cuartos para tres personas, tantas paredes sin cuadros, tantos de tus pasos acá olvidados, intento encontrarte con telepatía y tu, fuera de mi vida, en qué lugares perdida, y yo que te pienso y te extraño mientras tú sigues con tu vida, un iluso en la distancia que de imaginarte en las penumbras de la noche no se cansa, y en mis manos tu fragancia a talco Johnson’s y colonia Agú, ¡ay! si supieras cuanto te añoro mi pequeña Semillita, y conservo de recuerdo uno de tus crespos, en mis labios enredados, y mientras más te recuerdo más lejos te me vas, y te me vas y parece que no hay marcha atrás, te me vas en mis recuerdos porque en esta vida mía ya no estás, porque pensarte es mi consuelo, y añorarte sin llorarte es un milagro, y por fin, en la canción que parece de nunca acabar y que apenas va llegando al coro, el cantautor sin cabello alguno sobre el cráneo entona la pregunta que yo canto junto a él en la distancia, ¿dónde estarás?, con tu sonrisa preciosa y tus palabras de más, y tu miedo al destino y tu gusto por la mar, y la satisfacción de nuestras noches en el cine y los paseos en la ciudad, fría por esos días, y tantas otras fechas, ¿dónde estarás?, porque ya me estoy cansando de esperarte en la mar y, lo admito, ya no quiero seguir guardándote lugar, el cansancio ha empezado a derrotarme y la espera no puede ser eterna, y por más que agudizo la mirada y engaño a mi miopía y a mi astigmatismo, yo no te veo llegar, ni por derecha ni por izquierda, ni por norte ni por sur, es que tú ya no estás cerca de mi alma y hace tiempo y debido a no se qué causas dejaste de ser mi amiga cómplice y mi compañera fiel, la que me veía llorar, aun, por los agrios recuerdos de un ayer que ya fue, y extraño que me consueles y me digas cosas tan lindas y paparruchadas tan inocentes, de esas que sólo sabes decir tú, y nadie más que tú, porque de tanto venir a mi casa a escuchar música y tomarnos fotos, pero más tomártelas a ti, y me acuerdo de ti cantando si eres fotogénica, ven te invito a mi pasarela ayayay, gata vanidosa, de tanto venir a mi casa las veredas de mi calle tienen las cinco letras de tu nombre grabado en el duro pavimento, y las paredes de mi cuarto están pintadas con recuerdos de todos los colores, de las palabras que se pueden repetir y de las que no, de las cosas que se pueden escribir y de las que no, y esta canción que canta Gianmarco se va acabando, las notas del piano van agonizando y a su fin llegando, y pienso en todas las cosas que hicimos y que las que dejamos de hacer en recuerdos se quedaron, y todas las promesas y planes se esfumaron, de ellos nada ha quedado, y yo sigo sin saber el por qué exacto, pero eso ya poco va importando, porque la vida, contigo o sin ti, sigue su ritmo acelerado, y he decidido que derrotaré a la nostalgia con estratagemas y artilugios prácticos, y he planificado que si te extraño no te pienso, y que si te veo no me escondo.