<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870</id><updated>2012-01-26T12:09:22.102-05:00</updated><title type='text'>Escritor y melómano...</title><subtitle type='html'>Escritor compulsivo, rockero ochentero, romántico soñador, caballero aventurero, melómano de vinilo y emepetrés, twittero obstinado, abogado cada vez que me acuerdo, orgulloso profesor, bajista en constante aprendizaje, autobot luchador, ordenado compulsivo, diestro de ideas zurdas, paciente impaciente, solitario idealista, crónico triste, piscis sin astro, escribo y escucho mucha música porque son mejor que el sexo.</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://juliocruzm.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><link rel='next' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default?start-index=101&amp;max-results=100'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>256</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-4085275198885773212</id><published>2011-12-31T23:13:00.014-05:00</published><updated>2012-01-09T11:08:21.121-05:00</updated><title type='text'>Las ánimas de El Trébol...</title><content type='html'>&lt;span&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/-SyY6mnZqGLk/Tv_d8Xi5pgI/AAAAAAAAASw/oe23GHoUdFs/s1600/julio%2B%2528378%2529.JPG"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 240px;" src="http://4.bp.blogspot.com/-SyY6mnZqGLk/Tv_d8Xi5pgI/AAAAAAAAASw/oe23GHoUdFs/s320/julio%2B%2528378%2529.JPG" border="0" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5692512483201885698" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; "&gt;&lt;span &gt;Un desgarrador grito rasgó la quietud de la madrugada. Sobresaltada por aquella voz, que parecía haber salido de uno de los círculos del infierno de Dante, Pierina dejó la cama de un brinco, con todos sus sentidos puestos en estado de alerta en menos de un segundo, y en medio de la oscuridad absoluta trato de escuchar con los ojos y mirar con los oídos. Cuando se dio cuenta de su error, tanteó la pared con su mano, blanca y con las uñas pintadas de rojo, hasta que encontró la perilla de la luz tenue, fantasmal y algo sensual, de la habitación. Inmediatamente la apagó, y encendió el interruptor de la luz normal, la del fluorescente, corriente y oficinesca, la que la hizo entrecerrar los ojos por breves segundos, mientras sus pupilas se aclimataban a la repentina claridad. Sudando tímidamente debido al incipiente calor veraniego, con la ropa de dormir pegada a sus suaves curvas, a su piel olorosa a champú de niños, caminó cuatro pasos hasta la puerta, y pegó el oído a ella, pero no logro escuchar sonido alguno. Nada. ¿Habrá sido mi imaginación? ¿Un sueño, tal vez? Agudizó el oído, pero la noche no le devolvió ni siquiera un suspiro, y el viento le negó su ulular. Regresó a la cama resignada, porque el misterio no la dejaría conciliar el sueño. Pero se equivocó. A los dos minutos dormía de nuevo, tan plácidamente como minutos antes.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; "&gt;&lt;span &gt;El estremecimiento esta vez fue mayor. Se quedó paralizada, presa del miedo, y sin darse cuenta juntó las manos en actitud de rezo. Cuando regresó de las orillas del miedo, de la costa del susto, se cuestionó a sí misma por la elección. ¿A qué lugar embrujado me he venido a hospedar?, se preguntaba una y otra vez, atemorizada, echando de menos su casa, norteña y lejana, acogedora y sosegada, la que había tenido que dejar por unos días para realizar unos trámites personales en la gran capital, en la siempre gris y bulliciosa Lima, a la que había ido una sola vez, cuando tenía ocho años, con sus abuelos. Doce años después, estaba en esa enorme mole de cemento, en esa selva cruel, sola e indefensa. Luego, empezó a cuestionar la recomendación de su amigo Arturo, que era el que le había dado el dato sobre aquel lugar.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; "&gt;&lt;span &gt;- Es un hotel bueno, bonito y barato. Se llama “El Trébol”, queda en el distrito de Lince. Es limpio, y, sobretodo, seguro.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; "&gt;&lt;span &gt;Iba rumbo a la puerta de la habitación a pegar nuevamente la oreja cuando escuchó unos lúgubres quejidos, venidos de lo lejos, magnificados por el eco de aquellos pasillos, de pisos lustrosos, rectos y sin curvas, con recovecos donde las sombras podía ocultar hasta el más oscuro de los pecados. Harta de la intromisión en su sueño, y carcomida por la curiosidad, Pierina decidió tomar cartas en el asunto. Se puso las zapatillas, por si tenía que correr, tomó una botella de vidrio de gaseosa, un taco número nueve, el cual estaba decidida a usar sí o sí, y salió a paso gatuno, con cadencia felina, sigilosa y lentamente, a enfrentarse a las atormentadas ánimas que, de seguro, por haberse portado mal en vida, no haber tomado la sopa, no haber rezado el rosario, no guardar las fiestas e irse de campamento en semana santa, andaban deambulando, atrapados en el limbo, negándose a dejar este mundo pecador, con la entrada prohibida a las llamas del averno y con el acceso denegado al cielo cuyas puertas estaban custodiadas por san Pedro.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; "&gt;&lt;span &gt;Esa era Pierina, una católica muy creyente, casi beata, una cucufata con su remedio. Hubiera conquistado a cualquier hombre con su belleza, sus ojos claros, y su piel, pero, en vez de eso, se había conseguido una mala copia de su padre, pero con la arrechura en estado play, con el que llevaba varios años de noviazgo y al que había cacheteado infinidad de veces cuando sus manos traspasaban el límite de su perfecta cintura y buscaban aventurarse sobre las abruptas elevaciones que tenía al final de la espalda. Ni esas mortificaciones personales la apartaban de la senda del señor. Cada leía la biblia, y comentaba sobre ella con sus amigos personales, en especial a sus amigas, quienes la ignoraban cuando se ponía a predicar y seguían hablando sobre la píldora, sobre las poses y sobretodo lo rico que tenía la vida y que ella se perdía por cojuda.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; "&gt;&lt;span &gt;- Yo creo – le decía su amiga Nicole-, que tú eres la peor de todas nosotras, pero te mueres de la vergüenza de reconocer que te gusta tirar más que a nosotras, y nos vienes con estas huevadas bíblicas sólo para despistarnos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; "&gt;&lt;span &gt;Pierina, mientras recordaba esos incidentes con sus amigas, avanzaba lentamente por el pasillo adjunto a su habitación, la cuatrocientos tres. No escuchó nada. Lejanos, algunos ruidos de autos llegaban de la cercana avenida Arequipa. Cuando terminó de explorar el pasillo que daba a la calle y en el cual estaba su habitación, se dirigió al pasillo central, que daba a un tragaluz. Fue en ese pasillo, con menos luz que los anteriores, cuando los lamentos y quejidos cobraron mayor intensidad. Era una mujer, en definitiva, la pobre alma que estaba penando. Ya no, ya no, se la escuchaba decir, mientras Pierina pensaba pobre mujer, debe estar harta de las tenues llamas del purgatorio, y también escuchó más, más, y Pierina asintió con la cabeza y la apoyó en silencio, eso, pobre alma, la alentaba mentalmente, pide más, más oraciones para que tu alma encuentre la luz y llegues a los pies del señor. Se detuvo para rezar un padre nuestro y un ave maría. Iba a cerrar los ojos cuando vio una puerta entreabierta, una luz baja que se escapaba por ella, y, despierta totalmente del letargo del pesado sueño que tenía, sus oídos y su mente le indicaron sin más que de aquel lugar provenían las lamentaciones.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; "&gt;&lt;span &gt;La imagen que vio, luego de empujar tímidamente la puerta de la habitación cuatrocientos doce, era la que siempre había evitado a toda costa, llenando de cachetadas a su enamorado y cerrando los ojos y tapándose los oídos o yéndose del lugar cuando sus amigas ponían aquellas sucias películas: una jovencita, que debía tener un par de años menos que ella, era brutalmente atacada por un hombre desnudo, que, sudoroso y a un ritmo de olimpiada, de maquinaria industrial, de taladro de fábrica, se sacudía frenéticamente sobre ella, con las rodillas flexionadas y los pies de ella golpeándole sistemáticamente las orejas.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify; "&gt;&lt;span &gt;No pudo ver más. Pierina regresó corriendo a su habitación, la cerró con llave, trancó la puerta con una silla, prendió la tv y puso un canal religioso donde un regordete cura predicaba que el cielo sólo será de aquellos puros de corazón y no de las víboras que fingen ser pastores de rebaños enteros y que a la primera que pueden tratan de destruir al prójimo, anteponiendo sus intereses y apetitos personales al amor incondicional que predicó el señor, confundiendo la entrada al paraíso con la escalera al cielo de Led Zepellin, y se puso a rezar, y a rezar, y a rezar, y mientras más rezaba más se le venía a la mente aquella escena que nunca hubiera querido vivir, pero que ahora empezaba a querer experimentar, y mientras sus plegarias se desviaban de su destinatario, su mano traviesa e inmaculada hasta ese día empezaba a explorar sin temor y sin culpa alguna las regiones más apartadas e inexploradas de su geografía personal.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;/span&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-align:justify"&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-4085275198885773212?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocruzm.blogspot.com/feeds/4085275198885773212/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=33250870&amp;postID=4085275198885773212' title='3 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/4085275198885773212'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/4085275198885773212'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2011/12/las-animas-de-el-trebol.html' title='Las ánimas de El Trébol...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/-SyY6mnZqGLk/Tv_d8Xi5pgI/AAAAAAAAASw/oe23GHoUdFs/s72-c/julio%2B%2528378%2529.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-4316759322065636255</id><published>2011-10-08T21:16:00.006-05:00</published><updated>2011-10-08T23:57:35.579-05:00</updated><title type='text'>El Gringo, el Mono y el Conejo...</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/-2-Vc7FAkRAQ/TpEEL7gXbHI/AAAAAAAAASc/hQIzXsXAXn0/s1600/033.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 320px; DISPLAY: block; HEIGHT: 234px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5661310809579940978" border="0" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/-2-Vc7FAkRAQ/TpEEL7gXbHI/AAAAAAAAASc/hQIzXsXAXn0/s320/033.jpg" /&gt;&lt;/a&gt; &lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Sentado en un viejo mueble de fierro y junco tejido, a un costado de la enorme y a veces solitaria cocina de la ferretería, Julián repasaba en voz alta, una y otra vez, las tablas de multiplicar. La tarde avanzaba, y el pequeño recitaba que dos por dos son cuatro y dos por tres son seis, mientras él sólo pensaba en que dieran las cinco y media para dejar de estudiar y encender el televisor para ver un capítulo más de los Transformers. El viejo reloj negro de la pared avanzaba más lento que de costumbre. Los minutos eran eones, eternidades desesperantes que parecían jugar en contra de Julián. Cuando faltaba un minuto para que expirara la hora de estudio, apareció Papá Ñato, dibujando su silueta en la puerta que comunicaba el negocio de la familia con la cocina. Su abuelo tenía la frente llena de pequeñas gotas de sudor, y llevaba en sus brazos, fuertes, como de fisicoculturista, una gran caja con pesados retazos de vidrios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Buenas tardes, Papá Ñato.&lt;br /&gt;-Buenas tardes, hijo. ¿Estudiaste la tabla?&lt;br /&gt;-Sí, Papá Ñato. Del uno al ocho.&lt;br /&gt;-Bueno, entonces descansa, mañana continúas.&lt;br /&gt;-¡Yeeeeeeee!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Grimlock, el saurio líder de los Dinobots, se enfrentaba a Optimus Prime, haciendo torpe caso a las intrigas sembradas en su débil mente por el maligno Megatrón. Julián seguía con atención la trama, emocionándose con los combates, siempre del lado de los buenos. Al final del capítulo, el comando de autobots dinosaurios creados por Wheeljack, entendió que la justicia estaba del lado de quienes ellos creyeron sus adversarios, y juraron nunca más enfrentar a sus amigos ni hacer caso de las insidias de los decepticons. Julián, maravillado por aquel dibujo animado que le encantaba sobremanera, apagó el televisor y fue hacia el gran cuarto que compartían sus dos tíos, donde estaban sus amigos de juegos inacabables y tardes cómplices: sus juguetes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tenía muchos, pero tres se distinguían del resto: la figura plástica de un niño de rubios cabellos, al que él llamaba el Gringo. Vestía un overol verde, camisa amarilla y unas cómodas sandalias. Tenía los ojos grandes, con una mirada fija y una sonrisa dibujada siempre cómplice. Al lado del Gringo, el Mono y el Conejo aguardaban por Julián. Pequeño y marrón, con los pulgares de manos y pies siempre arriba, el mono era de felpa y al interior de él se podían sentir su relleno de diminutas bolitas plásticas, lo que lo volvía atractivamente apachurrable. El Conejo, con la nariz magullada por una travesura, orgulloso y celeste, de largas orejas y de semblante un tanto soñador, completaba la pandilla lúdica del pequeño niño. Con ellos llenaba el vacío de las horas aburridas de tareas, de adultos ocupados en los negocios, de televisor apagado, de chicha morada calentándose, de mamá en la oficina, de papá en el depósito y de Ñata siempre alerta a los pies de su abuelita Yayi. Con ellos conversaba sin que le importara que sus mayores se dieran cuenta, ensimismado en la soledad perfecta que había creado para sí a falta de amigos de verdad, porque los que compartían aula con él en el colegio sólo se preocupaban por la hora del recreo, por la hora de la salida, en ir a pasar el tiempo en la banda de música, en la marcha, en el club de declamación, sin que les importara su paso por la escuela, por aprender algo, por saber leer los pentagramas y no tocar solo de oído y por chacota, por saber los ríos de la costa, los próceres de la independencia, el sujeto y el predicado, los quebrados y el significado de la cornucopia. Salvo tres compañeros, no interactuaba con los demás, ni conocía sus casas ni quería hacerlo, porque le parecía una pérdida de tiempo. Pero cuando se trataba de sus queridos juguetes, de sus silenciosos compañeros, aquellos que nunca le decían que no a un juego más, aquellos que iban y venían por todos los recovecos de aquel negocio que tenía mucho de hogar, y de aquella casa a los que los llevaba todos los días escondidos en la mochila, revueltos y apelmazados entre cuadernos y láminas Navarrete, cuando se trataba de ellos, Julián dejaba de leer el diccionario de sinónimos y antónimos de dos tomos de su tío Hugo, olvidaba en algún lugar el almanaque universal y les dedicaba sus horas mejores, les revelaba sus escondites, les encargaba sus cajas de plastilina Plasti Colin, de Fuller, les dejaba en custodia sus álbumes de figuritas llenados con paquetones de sobres comprados en la calle Ayacucho, frente a la puerta lateral del Mercado Central, y cuando nadie lo miraba los abrazaba y les agradecía infinitamente el no ser soberanamente tontos ni creerse fastidiosamente divertidos como los del colegio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquella noche, cuando los llamados de su papá lo sacaron de sus juegos, se encontró con la cena ya servida sobre la mesa. Había pejerrey frito, arroz, zarza de cebolla y limón, pan y café. A la cabecera de la mesa, Papá Ñato comentaba las incidencias de su último viaje a Lima. No había podido encontrar a los colectiveros que siempre lo llevaban hasta Chimbote, y había tenido que viajar en un destartalado bus de Tepsa, que le había causada un dolor de espalda atroz. Mamá Yayi le daba la razón: esa empresa había tenido sus buenas épocas, pero cada día la empresa se hundía más y el servicio era peor. Hugo, Nella y Lucho, que estaba de pasada y se quedó a cenar por invitación de su Mamá Yayi, conversaban de negocios, sin importarles demasiado acoplarse al resto de la conversación familiar. Lalo, serio y escondiendo los panes en su regazo, monopolizando su consumo, conversaba con Luchi sobre dinero, que siempre les faltaba, nunca les alcanzaba y que rara vez les duraba en las manos. Luego el tema cambio abruptamente. Julián no había probado un solo bocado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No me gusta el pescado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lalo lanzó una mirada feroz a su pequeño hijo, pero Julián sólo la evitó. Busco la mirada salvadora de su abuelita Yayi, y le preguntó si no había pollo frito o menestras, pero ella respondió que no, que esa noche sólo había pescado y que tenía que comer. Julián, desesperanzado, iba comiendo muy despacio los bocados de pescado, que a él le parecían horribles, desagradables, una real tortura, como comer vidrio catedral molido y pasarlo con lejía industrial, como estar tres días con apagón y no poder ver los dibujos animados. Para cuando había terminado su cena, se encontraba solo en la mesa, y la mirada furiosa de Lalo no se le quitaba de encima.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Apúrate –le dijo secamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Julián dio dos pasos y no pudo evitarlo: vomitó todo el pescado, que no le había caído para nada bien, más por asco que por otra razón. Se ganó un jalón de orejas y una orden fulminante para coger su mochila y caminar hacia la casa nueva, que era como llamaban a la casa familiar que quedaba a una cuadra de la ferretería, en la esquina de un parque. La llamaban así porque antes había sido de un piso y de adobe, y hacía poco que Papá Ñato había terminado de construirla, y lucía majestuosa, con sus tres pisos y enteramente hecha de material noble. El Gringo, el Mono y el Conejo no hicieron el viaje de la ferretería a la casa nueva por orden de Lalo. Se quedaron encima de uno de los muebles, en silencio, pensaba Julián, viendo como sus pequeños amigos se ponían tristes mientras él era duramente reprendido por comer algo que no le gustaba. Esa noche, cavilaba el pequeño niño, el insomnio podrá más que ellos, y no dormirán ni un solo segundo preocupados por mí. Antes de salir, volteó a verlos durante una fracción de segundo, y le pareció verlos tristes, con mirada de algo más que un adiós momentáneo. Julián bajó la mirada, se despidió de su abuelita y de sus tíos, y caminó junto con sus papás. Atrás de ellos, Papá Ñato, en silencio y con el semblante algo triste, observaba la escena.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eran pasadas las once de la noche cuando Julián escuchó que Papá Ñato lo llamaba. Salió en puntas de pie de su cuarto, y caminó sin zapatos en el frío piso. Tocó la puerta y la empujó suavemente. Su abuelo estaba sentado en el borde de su cama, en pijama, con la luz apagada y la televisión encendida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pasa.&lt;br /&gt;-Dime, Papá Ñato.&lt;br /&gt;-¿Ya estás mejor?&lt;br /&gt;-Sí, Papá Ñato. No quise vomitar, pero es que el pescado no me gusta.&lt;br /&gt;-Pero tan rico que es su pescado frito con su zarza y su pan y su café.&lt;br /&gt;-Pero no me gusta pues, Papá Ñato.&lt;br /&gt;-Agradece, hijo, que tenemos algo que comer. ¿Cuántos niños habrá que no tienen que comer y con gusto comerían el pescado que a ti no te gusta? En fin. ¿Tienes hambre?&lt;br /&gt;-Sí, mucha.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Papá Ñato se paró de la cama, caminó dos pasos hacia su cómoda, abrió un cajón y sacó una galleta de soda San Jorge y una botella pequeña de jugo Liber. Se las entregó a Julián, que emocionado abrazó a su abuelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ahora, ve a tu cuarto, come calladito y no digas nada. Hasta mañana.&lt;br /&gt;-Hasta mañana, Papá Ñato.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Julián comió rápido y con ganas. Durmió tranquilo y fue llevado al colegio por Lalo, temprano por la mañana, en la moto amarilla. Casi a la hora de la salida, se acordó de sus amigos de aventuras, que de seguro estarían esperándolo para jugar mientras esperaba la hora del almuerzo, y esperarlo mientras hacía las tareas y estudiaba y acompañarlo a ver un capítulo más de su dibujo favorito. De regreso a casa estuvo en silencio, resentido aún con su papá por haberlo obligado a comer el pescado y por haberlo regañado. El rostro serio de Lalo no ayudaba mucho. Apenas le había respondido el saludo y durante el trayecto a la ferretería, que era donde siempre almorzaban, no le dijo nada. A Julián no le importó mucho el mutismo de su papá. Sólo quería reencontrarse con sus queridos juguetes, sus apreciados amigos, su sonriente Gringo, su acrobático Mono y su sosegado Conejo. Entró corriendo a la ferretería, saludó a sus tíos, le dio las buenas tardes a su abuelita Yayi que a esa hora andaba ajetreada terminando de cocinar el almuerzo, corrió hasta una cómoda de madera de seis cajones donde guardaba alguna ropa y unos cuantos de sus juguetes, creyendo encontrar ahí a sus queridos amigos, pero le pareció raro no encontrarlos. En vez de preguntar a alguien de la familia, siguió buscando por su cuenta. No los halló debajo del escritorio de la ferretería, ni por las mangueras, ni por las lijas ni los clavos, ni por la mesa donde Calín, su tío, que trabajaba años con Papá Ñato, cortaba vidrios y tenía sus cuadernos de apuntes, ni pudo ubicarlos en el baño, donde de vez en cuando los encontraba empapados porque Mamá Yayi les daba un buen baño, el Gringo reluciente, el Mono hinchado por el agua y el Conejo colgado de las orejas de un improvisado tendedero, no los halló bajo la mesa de la cocina ni bajo la silla de Ñata, que lo miraba con interés mientras él no paraba con la búsqueda que lo llevó a revisar las cómodas de su abuelita, en donde encontró carteras llenas de dinero y mucha ropa y muchas estampitas de santos y recuerdos de bautizos, matrimonios y misas de difuntos, pero ni noticias de sus amigos, y mientras contenía las ganas de llorar revisó los cajones de ropa de su tía Nella, donde encontró sólo eso, y los cajones de ropa de su tío Hugo, donde encontró un revólver y balas suficientes para acabar con todos los Decepticons, y entonces fue al corral y buscó entre los grandes paquetes de algodón, de waype, de trapo industrial, pero no los hallaba, y tampoco los halló por donde estaba colgada la hamaca, ni por la jaula de los pavos ni por el viejo noque ni por el solitario y antiguo caño que rara vez era abierto pero que se mantenía en su lugar a pesar de los años, y, finalmente, no pudo hallarlos en el baño trasero ni en la gran tina de metal donde se metía a bañarse con todos sus robots y sus carritos, y ya con las primeras lágrimas surcando sus pómulos y sus mejillas, se topó con la figura seria de su papá, que con el ceño fruncido le preguntó ¿qué buscas?, pero él entendió que su papá algo malo había hecho con sus amigos, y corrió, con la última esperanza esfumándosele, a su escondite secreto, que era detrás de donde su abuelo amontonaba los retazos de toda clase de vidrio que aún podían ser útiles, y fue con la ilusión de que ahí estuvieran escondidos y esperándolo, pero no, estaba vacío, y ni siquiera pudo hallar el vidrio con los cantos pulidos sobre el que tenía sus pequeñas obras hechas en plastilina Plasti Colin, de Fuller, y ya empapado en llanto corrió donde su abuelita Yayi y le preguntó por el Gringo, el Mono y el Conejo, y su abuelita, que no había estado de acuerdo con lo que Lalo había hecho, le confesó parte de la verdad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tu papá los ha regalado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero no era así. Lalo los había botado a la basura en la mañana, luego de dejar a Julián en el colegio, de la pura rabia que sentía porque a su hijo no le gustaba el pescado. Julián se quedó mudo, y se echó a llorar desconsoladamente abrazado a su abuelita, mientras ella trataba de tranquilizarlo pasándole la mano por la cabeza, dándole de tomar un vaso de agua, diciéndole que ahora el Gringo, el Mono y el Conejo alegrarían los juegos de otro niño, de un niño sin mamá y sin papá que no tenía un solo juguete, que él ya estaba creciendo y que era tiempo de que vaya dejando atrás los juguetes y la plastilina, pero Julián no entendía razones, ya que a sus ocho años aún podía darse el gusto de tener juguetes y plastilina y álbumes de figuritas, y salió corriendo hacia el corral y se sentó en un viejo y vacío cajón de madera donde habían venido clavos para madera, y lloró y lloró y no atendió los llamados para almorzar, ni los gritos desaforados de su papá que quería llevarlo a rastras a la mesa, ni vio ni oyó el &lt;em&gt;estatequieto&lt;/em&gt; que le dio Papá Ñato a Lalo, imponiendo su voluntad de padre y abuelo, y se quedó largo rato pensando en las tardes compartidas con sus amigos que no estaban más, y que jamás volvería a ver el overol verde del Gringo, que siempre tenía las manos sobre sus tirantes, ni escucharía la voz silbante del Conejo ni tendría que soportar los delirios de grandeza del Mono, que siempre quería ser el general o el presidente cuando jugaban a la guerra, ni volvería a hacer campamento con ellos sobre la inmensa cama de sus abuelos, donde una colcha de color morado era puesta por la mitad sobre un clavo clavado en la pared, casi rozando el techo, formando una carpa, y de donde partían las instrucciones dadas a las decenas de robots que se salvaron del adiós forzado gracias a la oportuna intervención de Mamá Yayi, ni volvería a llevarlos a jugar a la parte de atrás de la camioneta verde ni lo acompañarían a dormir en la vieja cama de fierro, y mientras lloraba la ausencia de sus amigos, de sus amados juguetes, de sus inseparables compañeros, que no compartirían con él las delicias de la lonchera roja con calcomanía de He-Man que Julián no comía en el patio del colegio para saborearlas junto a ellos, y que no lo verían ir a la secundaria ni a la universidad ni se quedarían con él para siempre como él lo había planeado, mientras Julián lloraba y se lamentaba y su corazón y su alma empezaban a teñirse levemente de gris, de aquel gris que lo invadiría completamente muchos años después y que lo volvería triste y solitario, mientras pensaba en todo eso, a su lado apareció su querido abuelo Papá Ñato, que llevaba en una mano un caliente plato de arroz, lentejas, pollo estofado y huevo frito, y en la otra una botella de Inca Kola por la mitad, y se sentó junto a él y le dijo que ya se calmara, y que comiera eso tan rico que le había preparado Mamá Yayi, y conversándole sobre Usquil y sus leyendas, la de la planta que daba ajíes de oro, la de la culebra dorada que vivía en un puquio, la de la bruja malvada que vivía en una cueva en un solitario camino y que una vez había asustado al papá de Papá Ñato, la de las momias de los incas que había encontrado con su hermano Francisco y que de tanto ser observadas decidieron desintegrarse con la luz del sol para por fin dormir eternamente en paz, con cada palabra, con cada historia, con cada recuerdo, Julián se fue acabando el almuerzo y la gaseosa, y cuando nada quedaba en el plato, salieron sin decir nada a nadie, y en silencio Papá Ñato lo llevó hasta una librería cercana, la de los muertos, como le llamaban, porque los señores y los hijos de los señores eran flacos y ojerosos y las estanterías de su negocio eran sombrías y polvorientas, y le compró tres paquetes de plastilina Plasti Colin, de Fuller, de diez colores, y dos de seis colores, y lo llevó a tomarse una gaseosa más a la bodega de don Hilario, donde compraron chancaquitas y caramelos de limón y peritas y cocorocos, y Julián, ya calmado, agradeció con un abrazo la comprensión de su querido abuelo, y ambos regresaron a la ferretería, cada uno a hacer lo suyo: Papá Ñato cortar vidrios y administrar el negocio, y Julián a sentarse en la mesa de la cocina a hacer las tareas, a estudiar, y, sólo por ese día y con el permiso de su abuelo, a olvidarse de las tablas y a ponerse a jugar con sus plastilinas nuevas, con Ñata que lo acompañaba a sus pies, la televisión encendida viendo los dibujos animados de la tarde en el canal del estado, y recordando que, en alguno de los álbumes fotográficos familiares, tenía una foto con el Gringo, pero ni una sola con el Mono ni con el Conejo, a quienes recordaría de memoria muy bien para siempre, e ignorando que esa hora del día sus amados juguetes habían sido rescatados del feo lugar donde fueron puestos, limpiados y entregados a un niño muy pobre y con muchos hermanos, quienes les dieron cobijo y cariño y que hasta ahora los conservan, sin que puedan recordar a Julián y en un lugar que él nunca podrá saber porque el destino así lo dictaminó, y a pesar de que aún le quedaba mucho por vivir y mucho por sufrir, se prometió a sí mismo que nadie, de nuevo, le volvería a arrancar un recuerdo siquiera de sus queridos e inolvidables amigos.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-4316759322065636255?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocruzm.blogspot.com/feeds/4316759322065636255/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=33250870&amp;postID=4316759322065636255' title='6 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/4316759322065636255'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/4316759322065636255'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2011/10/el-gringo-el-mono-y-el-conejo.html' title='El Gringo, el Mono y el Conejo...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/-2-Vc7FAkRAQ/TpEEL7gXbHI/AAAAAAAAASc/hQIzXsXAXn0/s72-c/033.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-794062326712287336</id><published>2011-07-28T23:23:00.004-05:00</published><updated>2011-07-28T23:44:57.548-05:00</updated><title type='text'>Justiciera candela...</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/-hby_0PdMRn8/TjI3tPznR0I/AAAAAAAAASM/ysRRg3LvKkM/s1600/hoguera.png"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 320px; DISPLAY: block; HEIGHT: 235px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5634627334270568258" border="0" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/-hby_0PdMRn8/TjI3tPznR0I/AAAAAAAAASM/ysRRg3LvKkM/s320/hoguera.png" /&gt;&lt;/a&gt; &lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Cuando la campanada numero once terminó de resonar en el ambiente frío de la Ciudad de los Reyes -de esos ibéricos señores que nunca la visitaron porque despreciaban a los indios y criollos que la habitaban-, la muchedumbre, reunida en la Plaza Bolívar, enmudeció de pronto. Un pequeño y lento hombre se acercó con una antorcha en la mano hacia el centro de aquel lugar, que, sólo por ese día, volvió a llamarse Plaza de la Inquisición. Amarrada a una cruz de madera, hecha con el mejor algarrobo piurano, con la boca cosida a pedido del pueblo, la bruja mayor, la pitonisa sin entrañas, la Clotilde del Congreso, viuda de Voldemort, señora de Salem y regente de las Huaringas, conocida entre sus siniestros allegados como Martha Chávez, luchaba en vano por soltarse de las amarras. Miles de hojas de la constitución del '93 estaban arrugadas, hechas bolas, al pie del madero, esperando la justiciera candela que las hiciera arder. Pero cuando el pequeño hombre acercó la llama, las hojas se negaron a arder, cómplices de la eximia conductora de escobas. Una indignada dama, harta de la espera, salió de entre el gentío, y arrojó un ejemplar de la Constitución de 1979. No hizo falta nada más. La mujer ardió seis horas, seis minutos y seis segundos, y para cuando el sol empezaba a declinar sobre la gris capital de los peruanos, en el centro de aquella plaza casi no quedaban personas y un viento democrático barría del suelo y del recuerdo las últimas cenizas de aquella perversa mujer.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-794062326712287336?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/794062326712287336'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/794062326712287336'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2011/07/cuando-la-campanada-numero-once-termino.html' title='Justiciera candela...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/-hby_0PdMRn8/TjI3tPznR0I/AAAAAAAAASM/ysRRg3LvKkM/s72-c/hoguera.png' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-4765432615788400651</id><published>2011-05-18T16:10:00.005-05:00</published><updated>2011-05-18T16:31:57.917-05:00</updated><title type='text'>No hay prisa...</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/-qJ641io-C_8/TdQ5qxiTtAI/AAAAAAAAAR0/fsqfmLDHqts/s1600/two-girls-kissing.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 274px; DISPLAY: block; HEIGHT: 320px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5608170842997634050" border="0" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/-qJ641io-C_8/TdQ5qxiTtAI/AAAAAAAAAR0/fsqfmLDHqts/s320/two-girls-kissing.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Como cada tarde, Helena apagó el celular. Se desnudó de prisa, pero con cautela, para no rasgar ni su ropa ni su piel. Una vez desnuda, se envolvió en la sábana, y casi inmediatamente empezó a sentir el calor que el encierro de su habitación provocaba. Soñó con amor y cerveza, con sexo y tequila, con música y lápiz labial. Sobresaltada, y creyendo que habían pasado pocos segundos, vio la hora en su reloj: había pasado media hora de espera, y ya empezaba a ponerse triste por la ausente que no aparecía, cuando el timbre de la casa la sacó de la profundidad de sus dudas. Se asomó por una ventana y la vio, linda y dispuesta, con aquellos preciosos senos queriendo ser liberados de su cautiverio, y con su nariz respingada y arrugada, haciendo un gesto como de puchero infantil. Sintió una electricidad ahí abajo, y se tocó por breves segundos. Se puso lo primero que encontró y corrió a abrirle la puerta. Pasa Emilene, le dijo con cara de complicidad, luchando por no comerla a besos ahí mismo, controlando con un truco zen el deseo que la consumía. Al cerrarse la puerta, Helena la abrazó y dejó caer su cabeza sobre el pecho de Emilene, hasta que casi se quedó dormida arrullada por su respiración. Se besaron largo rato. Helena, sin poder contener más la lujuria, empezó a desnudarla, pero Emilene la contuvo. Le dio un beso en la frente, la tomó por la mano, la calmó y subió con ella despacio por las escaleras rumbo a lo inevitable, diciéndole que no había prisa, que tenían todo el tiempo del mundo, que nunca olvidarían esa tarde, y que, tal vez algún día, se animaría a escribir sobre todas las sublimes formas que ellas tenían de amarse.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-4765432615788400651?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/4765432615788400651'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/4765432615788400651'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2011/05/no-hay-prisa.html' title='No hay prisa...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/-qJ641io-C_8/TdQ5qxiTtAI/AAAAAAAAAR0/fsqfmLDHqts/s72-c/two-girls-kissing.jpg' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-6229784524562281899</id><published>2011-02-17T00:28:00.002-05:00</published><updated>2011-02-17T00:50:00.492-05:00</updated><title type='text'>Tristeza en Mi...</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/-BX_uvAFN2Hc/TVy2mr1xhVI/AAAAAAAAARs/qyOl-ZSD_yg/s1600/musica.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 320px; DISPLAY: block; HEIGHT: 278px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5574531214497383762" border="0" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/-BX_uvAFN2Hc/TVy2mr1xhVI/AAAAAAAAARs/qyOl-ZSD_yg/s320/musica.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;Verano repetitivo.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;El disco del sol está rayado.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;Melodía sin fin zumbando.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;Tristeza en Do sostenido.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;Tarde agonizante.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;Alegría pasajera sulfatada.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;Colapso de nerviosa alma.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;Infarto de una sola causante.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;Angustia, siempre la angustia.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;Cómplice molesta e indeseada.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;La música del disco rayado.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;Las lágrimas de un Si bemol finalizado.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;Contacto tibio, voluntario y querido.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;Efímero gemido gutural escapando.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;Tristeza que acecha, lágrima regresando. &lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Cae junto a un arpegio definitivo&lt;/span&gt;.&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-6229784524562281899?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocruzm.blogspot.com/feeds/6229784524562281899/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=33250870&amp;postID=6229784524562281899' title='6 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/6229784524562281899'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/6229784524562281899'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2011/02/tristeza-en-mi.html' title='Tristeza en Mi...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/-BX_uvAFN2Hc/TVy2mr1xhVI/AAAAAAAAARs/qyOl-ZSD_yg/s72-c/musica.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-7170954076010055204</id><published>2010-12-11T17:56:00.004-05:00</published><updated>2010-12-11T18:58:03.056-05:00</updated><title type='text'>Lost in Natasha...</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/TQQDMtS-LUI/AAAAAAAAARc/DZwCoKVq0H4/s1600/laberinto.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 320px; DISPLAY: block; HEIGHT: 215px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5549564157679775042" border="0" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/TQQDMtS-LUI/AAAAAAAAARc/DZwCoKVq0H4/s320/laberinto.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Su pequeña frente, escarchada por minúsculas gotas de sudor y surcada por unas incipientes arrugas, vista desde una media distancia, daba casi siempre la falaz impresión de ser un adorno brillante en el centro de una opulenta y reluciente sala. Pero de cerca, cuando uno se aproximaba pasito a paso a sus incipientes cachetes, a su aguileña y bien disimulada nariz, a su barba estilo candado, se encontraba con que aquello no era lo que parecía, sino que no era más que la cruda comprobación de que no todo lo que brilla es oro. Jadeando y resollando como bestia herida, bufando como bisonte agotado, no por menesteres más placenteros sino por el agotamiento de la laberíntica jornada, Arturo buscaba en vano un lugar donde depositar su humanidad entera, donde reposar sus cajachos jamones, y descansar de lo aplastante que le resultaba la vida, aunque fuese por unos breves segundos. La ardua tarea de ser él lo extenuaba más que correr cuatro maratones seguidas. Sus kilos de más lo habían conducido, inexorablemente, hasta ese punto, en apariencia, sin retorno. Su ropa, totalmente húmeda a causa de la descontrolada sudoración, de la corporal inundación, se había pegado a su piel, y en vez de la fresca y planchadísima camisa que se había puesto temprano por la mañana, parecía llevar alrededor del cuerpo tres vueltas del más burdo vinifán escolar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El lugar al que se había dirigido, y al que, para variar, había llegado tarde, y mal, aquella falsamente majestuosa mole de cemento y fierro, aquel desperdicio de espacio, de vidrio, aquel insulto a la arquitectura, al sentido común y a la raza humana era un verdadero laberinto, no era el laberinto del fauno ni una versión a gran escala de los laberintos de cartón y bolita de acero que aun se venden a la salida de los colegios, ni mucho menos aquel donde se hallaba escondido el cáliz de fuego. Aquellos inacabables, inacabados y desolados pasillos pertenecían a la sede de la corte superior de justicia de la ciudad. Aquel local era el despelote total. Ni los planos más detallados ni el gps más sofisticado ni el guía más experto funcionaban una vez que alguien se adentraba en sus entrañas, y quien acudía por primera vez, acompañado solamente de su sombra o de alguna otra persona, terminaría, inexorablemente, por perderse en aquel triste elogio al derecho, en aquella gigantesca madriguera burocrática.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pocos minutos antes de la una de la tarde, demorado, como siempre, Arturo había llegado casi trastabillando debido al paso presuroso hasta aquel nuevo e inconcluso edificio. El vehículo que lo había puesto en aquel lugar era un destartalado taxi, cuyo chofer tenía vocación satánica, porque el interior de su vehículo era un verdadero infierno, lo que lo había hecho sudar copiosamente, como en un baño sauna, pero a él no le importaba aquel pequeño contratiempo, mejor, pensó como un autómata, así pierdo unos gramos, y por fin van desapareciendo estas incómodas lonjas. Llevaba tres minutos de demora, y su celular estaba a punto de apagarse, porque la batería no estaba en condiciones de soportar tantas e insistentes llamadas. Quien lo esperaba y lo llamaba con tanta premura era su amigo Julián, con quien tenía que hacer unos trámites en varios juzgados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vestido con terno oscuro y la reluciente estrella de siete puntas en su solapa, maletín en mano y transpirando ligeramente, Julián vio el ingreso de su amigo a través de una ventana que daba a la calle. Cada dos minutos, ansioso por la espera y empezando a perder la paciencia, se secaba el poco sudor que humedecía su rostro, y lo hacía con un viejo y muy apreciado pañuelo que había sido de su abuelo. Por fin, harto de esperarlo, se asomó a la baranda de una pequeña terraza interior, colindante con una escalera, y llamó por su nombre e hizo una señal con la mano a su demorado amigo. Al darse cuenta de su presencia, Arturo subió por las escaleras, esperando encontrarlo en apenas unos segundos, poniendo fin al suplicio de su amigo y con la esperanza de descansar un par de minutos del trajín, mientras se saludaban, insultaban respetuosamente y se ponían, por fin, manos a la obra. Pero cuando se detuvo vio que sus pasos lo habían conducido a un lugar totalmente diferente e inesperado. Estaba en un corredor, en cuyo lado derecho se alineaban, en aparente orden, muchas puertas, nuevas todas ellas, mientras que en el lado izquierdo, se topó con una fría pared que hacía las veces de baranda y protección para evitar la caída de algún despistado litigante. Julián, extrañado por la demora, y habiendo perdido de vista a Arturo, decidió llamarlo al celular. Una grabación respondió automáticamente. El celular estaba apagado, y las esperanzas de terminar rápido con los asuntos pendientes se habían diluido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El nunca bien ponderado Arturo observó con detenimiento la primera de las puertas que tenía ante sí. Un letrero oficial lo anunciaba como el décimo noveno juzgado de paz letrado, pero un papel pegado a un costado y escrito con una horrenda caligrafía sentenciaba que aquella oficina en realidad pertenecía al centésimo juzgado de familia. No podía creer que hubieran tantos juzgados. Se sintió burlado, y sumamente extrañado, caminó unos pasos y subió por unas escaleras. Cruzó el umbral de una tenebrosa puerta y se encontró un amplio estacionamiento, el cual, por supuesto, no debería estar ahí, ya que, según su correcta cuenta y exacto cálculo, se encontraba en el tercer piso. Desandó sus pasos, bajó la escalera acabada de subir, y no tuvo ante sus ojos el pasadizo, sino que se encontró en medio de una audiencia, parado junto al acusado de un homicidio, ante su incrédula mirada y ante el repudio generalizado de los abogados, la fiscal, los tres magistrados que llevaban a cabo el enjuiciamiento y el publico asistente, que pifiaron al extraño aparecido de la nada y tuvo que huir porque alguien estaba exigiendo que la policía lo detuviera en el acto. Corrió y corrió y corrió dando vueltas en círculos, y a cada vuelta que daba las cosas cambiaban. Los juzgados eran salas, los baños eran escenarios de audiencias y los jardines se transmutaban en los despachos de los jueces, los jueces que acababa de ver en el segundo piso se encontraban ahora despachando el séptimo, los asistentes jurisdiccionales hombres llevaban ropa de mujer y las mujeres andaban vestidas como cuando llegaron al mundo, los obreros que terminaban los detalles inconclusos podían estar en un andamio en un segundo y al instante siguiente mezclando cemento encima de los escritorios, subía las escaleras hacia el cuarto piso y aparecía en el sótano, donde se encontraba el archivo, que al poco rato ya no se hallaba en aquel sitio y en su lugar encontraba un campo de amapolas, tomaba el ascensor y a los segundos recordaba que en aquel edificio no había uno solo, se tropezaba con los abultados expedientes que servían de papel en el baño, y cuando corría hacia la salida, queriendo huir de aquel edificio y no regresar más, plenamente convencido de que nunca ejercería el derecho porque ni muerto regresaría a aquel lugar de espantos, maldito de seguro por haber sido construido tan lejos del centro de la ciudad y sobre un antiguo cementerio moche, alguien le puso un piadoso cabe y lo hizo aterrizar como una morsa reumática sobre las losetas lustradísimas del inmaculado piso. Era Julián.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Cálmate.&lt;br /&gt;-¡Cómo me voy a calmar si este sitio está embrujado!&lt;br /&gt;-No hay en este lugar ningún embrujo, amigo.&lt;br /&gt;-Entonces ¿cómo explicas lo que...?&lt;br /&gt;-Has estado alucinando.&lt;br /&gt;-Así es.&lt;br /&gt;-¿Cómo así?&lt;br /&gt;-El taxista que te trajo te rocío burundanga en spray.&lt;br /&gt;-¿Y?&lt;br /&gt;-Y te dejó abandonado en la puerta. Te robó todo. Hasta la ropa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Arturo cayó en la cuenta, y se puso rojo como la camiseta del upapá. Había estado corriendo desnudo por toda la corte, perturbando el grato ambiente laboral, enojando a los abnegados y serviciales empleados judiciales, siempre tan atentos y sonrientes, sacando de sus casillas a los secretarios y jueces, intachables, que nunca habían recibido un soborno, distrayendo de su sacrificada labor a los secigristas y pasantes, que siempre asistían, nunca llegaban tarde y trabajaban aun más que los contratados. Sólo le quedó sonreír al buen Arturo, cubrir sus vergüenzas con el saco del terno de su amigo Julián, que lo observaba sonriente, recibir con la mano derecha las decenas de papelitos que las emocionadas mujeres le alcanzaban al paso, donde habían apuntado sus números de celular y sus correos electrónicos, deseosas de conocer y probar la inverosímil masculinidad de aquel rollizo muchacho, y, finalmente, caminar rápidamente y sin detenerse y preguntar hasta encontrar un taxista que no lo drogue y asalte, uno que lo deje, sano y a salvo, en su dulce hogar. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-7170954076010055204?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocruzm.blogspot.com/feeds/7170954076010055204/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=33250870&amp;postID=7170954076010055204' title='16 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/7170954076010055204'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/7170954076010055204'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2010/12/lost-in-natasha.html' title='Lost in Natasha...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/TQQDMtS-LUI/AAAAAAAAARc/DZwCoKVq0H4/s72-c/laberinto.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>16</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-7561354153575147832</id><published>2010-10-11T00:47:00.006-05:00</published><updated>2010-10-11T01:48:43.553-05:00</updated><title type='text'>Pequeño demócrata...</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/TLKlHoPS41I/AAAAAAAAARU/DNF3RPKvR40/s1600/Fredemo.jpg"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 258px; DISPLAY: block; HEIGHT: 320px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5526661243216257874" border="0" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/TLKlHoPS41I/AAAAAAAAARU/DNF3RPKvR40/s320/Fredemo.jpg" /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;p align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Algo somnoliento aun, pensando en su cama y a la espera de volver a ella por el resto del domingo, tratando de igualar a duras penas su paso con el de su madre, la igual de dormida Luz María, el pequeño Julián caminaba tomado de la mano de ella, mientras contemplaba con asombro a cientos de personas que formaban largas colas, cruzadas de brazos y mal humoradas, refunfuñando a media voz maldiciones casi ininteligibles. Tenía una vaga idea de lo que significaba aquel día, pero, para estar completamente seguro, y quedar sin duda alguna, interrogó a su madre una vez más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué son las elecciones, mamá?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella se demoró un par de segundos buscando las palabras adecuadas para que el pequeño de ocho años entendiera perfectamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Es algo que todas las personas que tienen más de dieciocho años hacemos para elegir al presidente.&lt;br /&gt;-¡O sea, a mi me faltan diez años para elegir presidente!&lt;br /&gt;-Sí, hijo, te faltan diez años. Pero hoy día me toca elegir a mí. Por eso hemos venido. En este colegio me toca votar.&lt;br /&gt;-¿Y por quién vas a votar, mamá?&lt;br /&gt;-El voto es secreto, Julián.&lt;br /&gt;-¿Nadie puede saber a quién elegiste?&lt;br /&gt;-Si yo quiero decirlo, lo digo. Y si no quiero, nadie me puede obligar.&lt;br /&gt;-¿Y tú no me vas a decir por quién votarás?&lt;br /&gt;-Sí te diré. Espera y sabrás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El patio de aquel colegio era un loquerío. Ubicado a poca distancia de la fabrica de cerveza Pilsen Trujillo, estaba colmado de gente tostándose bajo los últimos rayos del sol del verano, que se negaba a irse, en un abril agitado por la crónica guerra contra los terroristas y la más reciente, la guerra mediática por el poder político. Las colas eran interminables, y Luz María ya se imaginaba esperando infinitamente, pero un atento joven, de voz aflautada y ademanes pausados, enfundado en un chaleco rojo con un distintivo del Jurado Nacional de Elecciones, y colgando sobre su pecho una credencial plástica, se acercó hasta Luz María y la invitó a no formar cola, al tener preferencia por ir acompañada de un niño pequeño. Ella aceptó y le agradeció el gesto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El funcionario electoral le consultó su número de libreta electoral, revisó unos papeles que tenía en una tabilla de madera, anotó algunos datos en un caótico orden, y la guió hasta el aula número tres, al fondo del colegio, cerca de los servicios higiénicos. El joven desapareció entre el gentío, y regresó a los pocos segundos, indicándole con la mano a Luz María que podía ingresar al aula. Caminó con Julián, abriéndose paso entre los desconsiderados de siempre, aquellos que protestaban por el trato diferenciado. Los miembros de la mesa donde le tocaba sufragar aguardaban por ella. Se acercó a la mesa, entregó su libreta electoral, recibió la enorme cédula de votación. Se dirigía a la cámara secreta seguida de Julián, pero fue atajada por el presidente de la mesa, que le dijo que el niño no podía ir con ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No lo dejaré solo.&lt;br /&gt;-Déjelo en la mesa con nosotros.&lt;br /&gt;-No lo dejaré en la mesa con ustedes.&lt;br /&gt;-Entonces no podrá sufragar.&lt;br /&gt;-Impídemelo.&lt;br /&gt;-Señora, por favor, sea razonable.&lt;br /&gt;-No dejaré a mi hijo a su suerte, así sean unos segundos.&lt;br /&gt;-Bueno señora, proceda, pero por favor no se demore.&lt;br /&gt;-Y usted ya deje de estar importunándome.&lt;br /&gt;-Sólo cumplo con mi deber.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La cámara secreta no era más que un montón de carpetas escolares apiñadas una encima de otra, en cuyo centro había un pequeño pupitre. Luz María desplegó la cédula, e iba a marcar sobre el símbolo de su candidato favorito, pero detuvo el lapicero en el aire. Julián, que contemplaba en silencio a su madre, fue invitado a tomar el lapicero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué hago, mamá?&lt;br /&gt;-En el lado izquierdo, busca un símbolo que parezca una escalera.&lt;br /&gt;-Acá está. Dice Fredemo.&lt;br /&gt;-Así es. Márcalo con una equis.&lt;br /&gt;-Listo, mamá.&lt;br /&gt;-Busca el mismo símbolo en el centro.&lt;br /&gt;¿Lo marco?&lt;br /&gt;-Sí.&lt;br /&gt;-¿Y el del lado derecho también?&lt;br /&gt;-Sí, y déjame escribir un número.&lt;br /&gt;-¿Ya, mamá?&lt;br /&gt;-Si, Julián. Cierra la cédula, y dóblala.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Caminaron hasta la mesa, y Julián depositó la cédula en el ánfora. Con el rostro serio, el presidente de mesa indicó a Luz María que imprimiera su huella digital en un cuadernillo, y que manchara su dedo en la tinta indeleble, como prueba de que ya había sufragado aquel día. Luego, le entregaron su libreta electoral con el sello correspondiente. Se despidió de los integrantes de la mesa, del joven del Jurado Nacional de Elecciones que le hizo con la mano un adiós melancólico, y abandonó el colegio rumbo a su casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cerca de las cuatro de la tarde de aquel domingo electoral, Julián revisaba su álbum en tercera dimensión del Inspector Truquini, usando sus gafas especiales, cuando escuchó en el televisor que don Humberto Martínez Morosini anunciaba el flash electoral. El candidato del Fredemo, el escritor Mario Vargas Llosa era el primero en la votación, pero no tuvo los votos suficientes para ganar en primera vuelta, en la cual competiría contra un desconocido ingeniero de origen japonés. Todos en casa estaban desconcertados. Julián preguntó a su abuelo, que tenía en las manos el periódico del día anterior y observaba el televisor por encima de los gruesos cristales de sus lentes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y ahora, que pasará, Papá Ñato?&lt;br /&gt;-Sólo el tiempo decidirá eso, Julián.&lt;br /&gt;-¿Y cuánto tiempo tendremos que esperar?&lt;br /&gt;-Eso no lo sabe nadie. Hoy día estamos, mañana no. Mañana uno puede alcanzar la gloria, y el otro terminar en la cárcel. No sabemos. Habrá que esperar, nada más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Julián entendió las palabras de su abuelo, y siguió mirando las figuritas, anotando en una hoja arrancada de un cuaderno escolar las que le faltaban para llenar el álbum, mientras en la televisión el viejo narrador de noticias repetía una otra vez los sorprendentes resultados, daba los porcentajes obtenidos por los partidos en la elección de senadores y diputados, y la historia de los años de dictadura y de libertades coartadas que vendrían era escrita a cada segundo.&lt;/span&gt; &lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-7561354153575147832?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocruzm.blogspot.com/feeds/7561354153575147832/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=33250870&amp;postID=7561354153575147832' title='10 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/7561354153575147832'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/7561354153575147832'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2010/10/pequeno-democrata.html' title='Pequeño demócrata...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/TLKlHoPS41I/AAAAAAAAARU/DNF3RPKvR40/s72-c/Fredemo.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>10</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-4365593020370043409</id><published>2010-07-28T03:25:00.002-05:00</published><updated>2010-07-28T03:27:40.372-05:00</updated><title type='text'>El Emperador de Pasamayo...</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/TE_p8G1HRYI/AAAAAAAAAQs/QUehGofWMTU/s1600/pasamayo.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 320px; DISPLAY: block; HEIGHT: 230px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5498870888877475202" border="0" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/TE_p8G1HRYI/AAAAAAAAAQs/QUehGofWMTU/s320/pasamayo.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;Astro rey, astro rey. Tu inusual demora en alumbrar, con tus rayos majestuosos y dorados como el cabello de una ninfa, la mar impredecible, sosegada como infante y brava como adolescente, me tuvo impaciente. Tu crónica y útil presencia no iluminó la anchura y la largura de mis dominios. ¿Acaso me estabas castigando por alguna grave injuria cometida por algún tercero bajo mi comando? Porque este humilde y a la vez magnánimo hacedor de justicia y democracia creía con certeza no haber cometido malévola acción alguna. Fue un amanecer raro, plagado de misterios que antes no había tenido ocasión de observar. La tierra que gobierno con equidad había sido sorprendida por hechos de los cuales no se guardan recuerdos en el imaginario popular ni estaban grabados en el inconsciente colectivo. Durante mi vigilia nocturna tuve ocasión de ver a centenares de ruidosos entes malignos serpentear por las escarpadas cumbres arenosas, como acechando y esperando atacar en cualquier momento de descuido. Llevaban urgencia, de huir o de arribar. Al parecer pretendían dar el golpe a los señoríos que gobierno por las fronteras más lejanas. Me armé con mis filosas espadas, que en ciertas mañanas confundo con sucios y oxidados cuchillos de cocina. Recolecté decenas de pesadas bolas de metal, que yo mismo lanzaría al poseer mi brazo derecho el don de la fuerza descomunal, objetos que raras veces me parecen nada más que unas humildes piedras. He tenido ya antes estos breves espasmos mentales, donde suelo ver cosas irreales, inexistentes, carentes de sustento fáctico. Astro rey, tu alumbrabas cada mañana las cornisas y tejados y terraplenes de mi imponente y señorial palacio, le dabas fuerzas y vida, como haces con las plantas. Sin embargo, y a pesar de que mis ojos me dicen lo contrario, a veces solía tener la equívoca visión de que el lugar donde moraba era una humilde casucha ensamblada con la paciencia de la derrota, con bloques hechos de miseria y unida con la argamasa de la desesperanza. Las cruentas guerras en las que despedacé a mis enemigos dejaron en mi graves secuelas físicas, que superé con meditación y muchas mágicas semillas, que aparecieron sin explicación alguna en mi morral de penitente viajero, cuyo nombre me fue revelado en un sueño. Una anciana de ojos nublados me repetía sin descanso que tome las lams, que ayudarían a que mi cuerpo se recompusiera en momentos en que parecía colapsar, y que, de no mediar inconvenientes, llevarían también paz a mi alma torturada alma, estragada por los malos recuerdos y los equívocos presagios. A pesar de aquellas vicisitudes, convoqué con urgencia al consejo de guerra de esta tierra bendecida con precipicios majestuosos, serpenteantes y arenosos barrancos cubiertos de neblina casi siempre, peñascos en demasía peligrosos, ingobernables corrientes marinas y el sol impávido de cada día. Pero nadie acudió a los conjuros que lancé en ese extraño día sin la luz de la estrella matinal. Decidí, en un acto de calculada demagogia, recorrer los villorrios y comarcas de este portentoso país, originarias y anexadas, clamando en nombre de nuestra tierra el servicio de las gentes en defensa del terruño, pero tampoco obtuve respuesta. Los nobles que presidían junto a mí el consejo de guerra no se encontraban en ningún lado, ni siquiera las gentes de existencia calmada que poblaban el territorio. Por momentos me asaltó el presentimiento de que habían caído víctimas de la cobardía colectiva, y que las rocas y la arena y el viento reemplazaban su ausencia. Ni siquiera había rastro alguno de las ciudades fortificadas ni de las personas que vivían extramuros de éstas. Las ráfagas que soplaban en mi mente me hacían ver la ausencia total de todo y de todos precisamente en los lugares donde mucho y muchos debía haber. Los Grandes y sus Consortes no asomaban el rostro ante mis llamados. El Archiduque de la Curva de las Almas en Penitencia, y su joven amante, Guardiana Eterna de la Neblina, no habían dejado ni las huellas de sus pies tras su aparente huída. El Duque de las Cruces Blancas, y el Marqués de las Cruces Negras también se hallaban ausentes, y no podía contar con ellos para defender la patria de los entes que no cesaban de husmear en lo alto de la complicada geografía de esta tierra que nadie nos había prometido. El Conde de la Dorada Arena, el Vizconde de la Orilla Cambiante, así como el Barón de los Peñascos y el Señor de las Rocas Menores no se dignaron en socorrer a su patria en la hora aciaga que estábamos viviendo. Armado de valor, fermentado a última hora en un patriotismo exacerbado por la desidia ajena, acudí en solitario a darles batalla a los intrusos. Su horripilante presencia no amilanó mi ímpetu, su pasmosa velocidad y su capacidad de eludirme no menguaron mi arrojo y valor. Por momentos me parecieron artilugios mecánicos, construidos por los ingenieros del enemigo en el apuro de llevar a su señor una elocuente victoria, pero una vez más aquellas visiones de lo irreal se alejaron de mi cabeza, por mi bien y el de la tierra por la que estaba dispuesto a derramar mi sangre. Logre vencer a ochenta y nueve de aquellas bestias. Las heridas que les causé con las enormes bolas de metal arrojadas por mi brazo bendito los obligaron a huir, y a no regresar. De seguro sus mancillados cuerpos tendrían hasta el último de sus días las terribles cicatrices de aquella épica batalla. Tan acertada fue mi defensa, que en un determinado momento los entes malignos se asomaban cada vez con menos frecuencia, y con más cautela, hasta que dejaron de aparecer y pervertir con su pecaminosa presencia la natural paz de mis dominios. Regresaba bañado de gloria hacia mi palacio, cuando me di cuenta de que también estaba bañando en sangre. Y no era la del enemigo. Era la mía propia. Y ya que el astro rey estaba demorando su salida, seguro temeroso de los entes o anonadado por mi triunfo, del cual las generaciones futuras escribirían odas y epopeyas, decidí ir en su búsqueda, para calmar con su vital energía los dolores que me recorrían toda la anatomía, y resanar las heridas causadas por mi desmedida valentía. Medité durante unos minutos en posición de flor de loto, y, sin abrir los ojos, me puse de pie y caminé en busca del sol. Caminé y caminé tanto sobre aquel mar, que pronto empecé a ser uno con el, y tan benefactoras fueron con mi cuerpo sus aguas, que me dejé envolver por ellas. Antes de sumergirme del todo, sonreí, como no lo hacía desde hacía muchos años, porque en el instante final sentí que mi cabeza era iluminada desde el infinito horizonte por la dorada presencia de aquel cuerpo celeste, hacedor de vida, venerado y temido por cada alma de este mundo.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-4365593020370043409?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocruzm.blogspot.com/feeds/4365593020370043409/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=33250870&amp;postID=4365593020370043409' title='13 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/4365593020370043409'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/4365593020370043409'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2010/07/el-emperador-de-pasamayo.html' title='El Emperador de Pasamayo...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/TE_p8G1HRYI/AAAAAAAAAQs/QUehGofWMTU/s72-c/pasamayo.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>13</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-4595961867455544794</id><published>2010-07-27T02:22:00.008-05:00</published><updated>2010-07-27T18:00:46.785-05:00</updated><title type='text'>Nuestros abriles olvidados...</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/TE6MFvwARHI/AAAAAAAAAQc/LoAhO9-_QAA/s1600/puente+suspiros.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 320px; DISPLAY: block; HEIGHT: 210px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5498486225410999410" border="0" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/TE6MFvwARHI/AAAAAAAAAQc/LoAhO9-_QAA/s320/puente+suspiros.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Casi resignado, con los ojos clavados en las frías y blancas losetas del suelo y las manos jugueteando nerviosamente con el celular, Julián no dejaba de observar a las decenas de personas que cruzaban el umbral de aquella enorme sala de embarque. Una a una, aquellas anónimas gentes le encajaban duros golpes, cada uno más duro que el anterior, lo aterrizaban en el lejano suelo que no había pisado en los últimos tiempos, y lo arrinconaban contra la fea y sucia pared de la inmisericorde realidad. No vendrá, ni de vainas se aparecerá, se repetía a sí mismo Julián, siendo realista, pesimista hasta el extremo, triste hasta el borde de la lágrima. En medio del barullo causado por una televisión plasma con el volumen al máximo, y las enrevesadas pláticas de los apurados viajeros, se vio reflejado en el cristal de una vitrina. La soledad inmensa de su corazón contrastaba con la muchedumbre viajera anclada a su costado, en un recinto donde todos tenían al menos un familiar que lo acompañara hasta la partida. Pero él, a pesar de tener muchas personas que lo rodeaban, en realidad no tenía a nadie, y la única persona a la que él quería tener al lado se hallaba extraviada en las penumbras de su propia existencia. Respiró muy hondo, tan hondo que creyó escuchar el crujido de sus propios pulmones al llegar a su límite, y caminó hasta la rampa donde debía embarcarse, tal y como lo estaba anunciando una voz femenina a través de los altoparlantes. Entregó su boleto a la supervisora de atenta voz, estampó su huella digital en una hoja de control administrativo de pasajeros, recibió un minúsculo pedazo de servilleta para limpiarse la tinta del dedo, fue revisado con un aparato detector de metales y autorizado a subir al ómnibus. Caminó con la mirada clavada en el suelo, para no ver la sonrisa fingida y obligada de las terramozas. Buscó su asiento, ventana lado derecho, un poco más atrás de la mitad del carro. Ubicó el número treinta y uno. Acomodó su mochila y el maletín con su laptop en el compartimento superior. Se tumbó en el asiento y cerró los ojos para contener las lágrimas. No vino, después de todo, pensaba Julián, lamentando la oportunidad perdida, la invitación hecha con tanto amor y rechazada sin mayor explicación. Escuchó el ruido del motor al momento del encendido, la voz de la terramoza dando la bienvenida y las indicaciones de seguridad correspondientes, y sintió la soledad del asiento contiguo, sin ella, sin nadie, como un monumento erigido en honor de la vida de Julián, cuando escuchó la voz más tierna y maravillosa que existía para él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hola.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Julián iba a sonreír, a rematar aquella escena con una frase salida del alma, pero ella lo atajó a tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-En Lima hablamos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se sacó la mochila de los hombros, y, empinándose hasta casi perder el equilibrio, la puso arriba, junto al equipaje de Julián. Se sentó al lado de él, sin mirarlo, sin dirigirle ni media palabra, respirando muy despacio y con una sonrisa llena de malicia casi imperceptible en sus labios, concentrada en su celular, mandando mensajes de texto a sus amigas, contándoles la locura que estaba haciendo, jugando a ser mala con quien era infinitamente bueno con ella. Julián no captó el significado de aquella estudiada pantomima. Pensó en lo peor. Tal vez ella sólo está aprovechando la oportunidad de viajar gratis. Llegando a Lima se irá, sin darme las gracias siquiera. El bus avanzaba por la panamericana, rumbo al sur, y la tonta película proyectada disgustaba en vez de agradar. Julián se acomodó los audífonos del iPod, cerró los ojos y trató de no pensar en ella por el resto del viajo, pero le fue imposible. Su cercanía lo intoxicaba. Era como un artilugio radioactivo, al que ni siquiera había tocado, pero que su sola cercanía conducía irremediablemente hacia una pasmosa agonía y a una inevitable muerte. Tan aturdido estaba, que se quedó dormido casi de inmediato, a pesar del estruendo de los Hombres G en sus oídos, venciendo involuntariamente la costumbre de no dormir nunca cuando viajaba, y no sintió ni supo nunca del fugaz beso de buenas noches que ella le dio en la mejilla izquierda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La inmensidad de la ciudad, tapada de neblina y con una tonalidad descolorida en todo, desde los edificios hasta las personas, fue lo que ambos observaban en silencio mientras el taxi los llevaba, a considerable y temeraria velocidad, hacia el cercano distrito de Lince. Hacía un frío atroz, a pesar de que Abril era, por lo general, un mes algo tibio por los rezagos del verano. Julián sólo tenía en mente dos cosas en aquellos instantes de irreal realidad. Una, encontrar habitación en El Trébol, el hotel en el que se hospedaba desde hacía muchos años atrás, cuando acudía a las adormecedoras conferencias de los congresos estudiantiles. La otra, saber en qué momento ella se marcharía, dejándolo con los planes hechos y la esperanza diluida en el torrente tempestuoso de un adiós sin explicaciones, como en muchas otras ocasiones, como si él nada valiera. Ella le había demostrado tanta apatía, aun en el breve tiempo que compartieron sus vidas, que todos los que conocían a Julián no podían entender por qué, después de tantos años, él seguía loco de amor por ella. Luego de subir las escaleras, y de saludar en la recepción al somnoliento encargado, Julián solicitó una habitación. Al ver a su acompañante, el recepcionista preguntó si deseaba una habitación matrimonial, o una habitación doble. No supo qué decir. Volteó a verla, y la encontró mirándolo fijamente, con las manos metidas dentro de la casaca, muerta de frío, los ojos algo achinados por la fatiga del viaje, la misma sonrisa burlona que había tenido la noche anterior y diciéndole, con una señal de la mano, que sólo pidiera una habitación. Pagó un día, porque no creía que la pantomima durara mucho más. Le entregaron la llave de la habitación trescientos tres, cama matrimonial, vista a la calle Candamo y a la ruidosa avenida Arequipa, y el control remoto del televisor. Ella caminó hacia él, le quitó la llave de la mano, y subió las escaleras, seguida por Julián, que estaba a punto de volverse loco por la desesperación de saber si todo aquello sería como él le había propuesto, o si nada sucedería en aquel añorado viaje. Luego de buscar la habitación un par de minutos, de errar pasadizos y buscar el número de la habitación en orden descendente, la encontró. Hizo girar la llave, entró, buscó el interruptor y encendió la luz, tiró la mochila sobre la cama, y acto seguido se sentó al filo de la misma. Julián cerró la puerta tras de si, y se quedó mirándola, sin saber qué decirle, entrampado en un juego de ajedrez en el que él estaba llevando la peor parte, cuando ella, una vez más, le quitó la iniciativa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Aquí estamos.&lt;br /&gt;-Así es.&lt;br /&gt;-¿Contento?&lt;br /&gt;-Sí.&lt;br /&gt;-¿Muy contento?&lt;br /&gt;-Eso aún no lo sé.&lt;br /&gt;-¿De qué depende?&lt;br /&gt;-De cómo se mire, todo depende.&lt;br /&gt;-No me contestes con frases de canciones.&lt;br /&gt;-Todo depende de ti.&lt;br /&gt;-¿De mí?&lt;br /&gt;-Así es.&lt;br /&gt;-¿Y eso a qué se debe?&lt;br /&gt;-Es que aún no tengo idea de qué haces acá.&lt;br /&gt;-Estoy acá contigo.&lt;br /&gt;-Eso ya lo sé.&lt;br /&gt;-¿Entonces?&lt;br /&gt;-Quiero saber si te quedas o si te vas.&lt;br /&gt;-Me quedo.&lt;br /&gt;-¿Estás segura?&lt;br /&gt;-Segurísima.&lt;br /&gt;-¿Y por qué te quedas? ¿Por la chance de pasear gratis?&lt;br /&gt;-No.&lt;br /&gt;-¿Por los planes que te dije que tenía para estos días?&lt;br /&gt;-No.&lt;br /&gt;-Si no es por todo eso, ¿por qué te quedas?&lt;br /&gt;-Me quedo por ti.&lt;br /&gt;-Lo sabía.&lt;br /&gt;-Si lo sabías, ¿por qué estabas tan nervioso?&lt;br /&gt;-Porque eres impredecible.&lt;br /&gt;-¿Y?&lt;br /&gt;-Y que no sabía a qué estabas jugando.&lt;br /&gt;-No estoy jugando a nada.&lt;br /&gt;-¿Acaso no estamos jugando a que somos pareja y que nos queremos?&lt;br /&gt;-Llámalo juego, si gustas.&lt;br /&gt;-No quiero llamarlo juego.&lt;br /&gt;-Perfecto.&lt;br /&gt;-Lo llamaré amor.&lt;br /&gt;-Si eso quieres.&lt;br /&gt;-¿Esto no es querer? ¿Esto no es amar? Porque tú bien sabes que yo te quiero.&lt;br /&gt;-No hablemos de eso.&lt;br /&gt;-¿Cuándo?&lt;br /&gt;-Aún no.&lt;br /&gt;-¿Cuándo?&lt;br /&gt;-Ya lo sabrás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Algo ofuscado, porque lo que él cría un juego perverso se estaba saliendo de control, Julián ordenó su ropa meticulosamente sobre la cómoda de madera de la habitación. Tomó su pijama y fue hacia el baño. Se desnudó rápidamente, asaltado por un inesperado pudor, y se puso su vieja polera azul y un buzo descolorido por el trajín de los años. Dobló cuidadosamente la ropa, y al abrir la puerta del baño se topó con ella, que aguardaba su turno. Llevaba en la mano el cepillo de dientes y una pasta dental en tubo pequeño, aun sin usar, que había comprado a última hora, cuando con la prisa inusitada de quien sabe que en la vida las oportunidades se presentan una sola vez, hizo su equipaje en un santiamén y corrió hacia la terminal. Julián no pudo evitar perturbarse ante su presencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Voy a dormir un rato.&lt;br /&gt;-Yo también. Te alcanzo en un minuto.&lt;br /&gt;-Pondré la alarma de mi celular a las once de la mañana.&lt;br /&gt;-Me parece bien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se acostó sobre el lado derecho de la cama. Cerró los ojos y trató de dormir, pero el cuerpo no le respondía, las ninfas de los sueños estaban ausentes aquella gélida mañana de viernes, al parecer ellas también se habían tomado en serio el feriado largo decretado por el gobierno. Al poco rato, aun con los ojos cerrados, sintió sus pasos, el ajetreo que hizo al buscar algo en su mochila. Sin usar el sentido de la vista pudo percibir que ella se estaba desnudando, prenda a prenda, muy despacio, como esperando a que él reaccionara, pero Julián no le dio gusto, no sucumbió al deseo, desautorizó al pecado, ignoró a la lujuria, hasta que ella, enfundada en una pijama, suave y cálida como la más infantil de sus miradas, se recostó al lado de él. Encendió la televisión y sintonizó un canal de música, donde las bachatas y los ritmos de moda eran la programación habitual. Bajó el volumen al mínimo, para no incomodar el sueño propio, y el ajeno, de paso, y se acurrucó al lado de Julián, tan cerca de él que podía escuchar el siseo de su respiración, el vaivén de su diafragma, los tenues latidos de ese corazón que, bien sabía, latía por ella y por nadie más que por ella. Julián, más dormido que despierto, volteó hacia ella, que se acomodó mejor, pasando por encima del cuerpo de él su brazo izquierdo, acercándose lo más que podía, tapándose con una frazada y tapándolo también, y ambos se fueron quedando dormidos, él con la seguridad de que ella no se marcharía, y ella deseando no despertar nunca de lo que le parecía un sueño.&lt;br /&gt;Los acordes del himno nacional, versión guitarra, terminaron con la placidez de su sueño. Julián despertó, y no la encontró a su lado. Puta madre, pensó, desmigajándose las neuronas, se fue, ya está, lo hizo. Notó, sin embargo, que su mochila continuaba en la habitación, y que sus cosas seguían revueltas y desordenadas. Tardó en segundo en reaccionar, en despertar del todo, y en escuchar el ruido del agua cayendo. Era la ducha. La puerta del baño estaba entreabierta. Él también quería bañarse, pero tendría que esperar. Regresaba a la cama cuando escuchó que ella lo llamaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Julián?&lt;br /&gt;-Dime.&lt;br /&gt;-Nada. Me sobresalté.&lt;br /&gt;-Pensé que te habías ido.&lt;br /&gt;-Quítate esa idea de la cabeza.&lt;br /&gt;-Bueno.&lt;br /&gt;-¿Demorarás en la ducha?&lt;br /&gt;-Unos diez minutos más. Acabo de entrar.&lt;br /&gt;-Sigue nomás. No te interrumpo.&lt;br /&gt;-Y de acá, ¿a dónde iremos?&lt;br /&gt;-A dar una vuelta por el Jirón de la Unión.&lt;br /&gt;-¿Dónde almorzaremos?&lt;br /&gt;-Si te lo digo eres capaz de no aceptar sólo por darme la contra.&lt;br /&gt;-¿Por qué piensas eso?&lt;br /&gt;-Porque te gusta martirizarme.&lt;br /&gt;-Iremos a donde tú quieras.&lt;br /&gt;-Eso espero.&lt;br /&gt;-¿Julián?&lt;br /&gt;-Dime.&lt;br /&gt;-¿Quieres ducharte?&lt;br /&gt;-Sí.&lt;br /&gt;-Pues ven.&lt;br /&gt;-¿Ya terminaste?&lt;br /&gt;-No.&lt;br /&gt;-Entonces espero. No quiero interrumpir.&lt;br /&gt;-No interrumpes. Ven.&lt;br /&gt;-Mejor no.&lt;br /&gt;-¿Acaso no quieres?&lt;br /&gt;-Sabes muy bien que sí.&lt;br /&gt;-¿Entonces?&lt;br /&gt;-La verdad, no lo sé.&lt;br /&gt;-Yo sí sé.&lt;br /&gt;-¡Ah sí! ¿Y qué es?&lt;br /&gt;-Lo que pasa, Julián, es que todo esto te parece tan irreal, a pesar de que tú mismo ideaste, promoviste e insististe en que hagamos este viaje. A pesar de que entre nosotros hace mucho tiempo que no hay nada, siempre soñaste con este viaje.&lt;br /&gt;-Soñé con esto, y con muchas otras cosas.&lt;br /&gt;-Lo sé.&lt;br /&gt;-Tú siempre dices conocer todo, saber todo, pero no te das cuenta de que no conoces lo que en verdad hay en tu interior.&lt;br /&gt;-¿Qué hay en mi interior?&lt;br /&gt;-La tierna niña de diecisiete años de la que me enamoré.&lt;br /&gt;-Ella ya no existe.&lt;br /&gt;-Claro que sí, pero esta enterrada muy profundo, deambulando, divagando entre la chica de dieciocho, de diecinueve, de veinte, de veintiuno y de veintidós años que dice ser feliz, y que no reconoce, por ciego orgullo, que quiere a alguien y que se muere de miedo ante la posibilidad de ser feliz.&lt;br /&gt;-Ven a la ducha y sé feliz con esta chica de veintidós que ahora sí está dispuesta a amar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un tibio sol asomaba en el mediodía limeño. Tomados de la mano, como en los viejos tiempos, cuando jugaban a quererse y aún no se habían hecho tanto daño mutuamente, caminaban sin preocupaciones por el Jirón de la Unión, comprando chucherías, tomando vasos de chicha morada cada cierto trecho, para aliviar la sed de la caminata, contándose las cosas que los años de distancia les habían impedido contarse, Julián hablándole de sus planes a mediano plazo, en donde ella, convenientemente, era omitida para evitar discusiones innecesarias, y ella, narrándole algunas peripecias vividas, seleccionadas de su amplio catálogo de ocurrencias, omitiendo lo que creía le podía hacer daño. Ambos coincidían que aquella escapada de fin de semana era una cosa de locos. Se conocían muchos años, cuando ella aun no llegaba a la mayoría de edad y él ya tenía un trecho recorrido en la vida universitaria, y se habían querido, casi sin proponérselo, hasta que tuvieron que separarse porque el destino lo había señalado así. Pero Julián nunca se resignó a perderla. Siguieron en contacto, él queriéndola cada día más, y ella negando que cada día lo extrañaba y quería y añoraba un poco más, y unas pocas veces se habían visto, en diversos lugares, conversando paparruchadas, hasta que a Julián se le ocurrió la idea de proponerle el viaje. Ella aceptó de buen gusto, y hasta quedó con él en tramitar el permiso necesario con sus padres, y Julián ya empezaba a hacer los planes cuando perdió todo contacto con ella, y por un buen tiempo, hasta que una casualidad los hizo encontrarse de nuevo y él le insistió con tanto ahínco lo del viaje, por mensajes de texto, por email, por intermedio de amigas en común, que ella terminado dando un tibio e inseguro sí, y nada estuvo dicho hasta que ella se apareció en la terminal de buses con su equipaje en la mano y las ganas irrefrenables de la aventura en el alma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llegaron hasta la Plaza de Armas. Ante ellos estaba la catedral, en cuyo interior estaba el cardenal que consideraba a los derechos humanos como una cojudez, la municipalidad que era administrada por un alcalde, mudo y coimero, que había gastado millones en un sistema de buses de pacotilla, y el palacio de gobierno, donde el cada vez más gordo presidente se negaba a restituir la legítima constitución del país, firmada en su lecho de muerte por quien fuera su maestro, cuya memoria ofendía cada día con su servilismo ante el país enemigo del sur de nuestra frontera. Caminaron una cuadra más, por una calle lateral a la casa de Pizarro, hasta llegar a una esquina frente a la estación de Desamparados. Del interior de una vieja casona emanaba un delicioso aroma, un perfume delicioso, mezcla de sabores criollos. Era el bar Cordano, de más de cien años de fundación. Se sentaron en una mesa cercana a la barra. Julián ordenó tacu tacu con sábana. Ella, queriendo guardar una línea apenas visible en su pequeña anatomía, pidió ensalada y pollo a la plancha. Brindaron con pisco sour. Poco antes de que Julián pidiera la cuenta, ella le hizo una pregunta que le quemaba la mente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Por qué le dedicaste tu tesis a Ariana?&lt;br /&gt;-No era tesis.&lt;br /&gt;-Bueno, tu tesina. ¿Por qué a ella?&lt;br /&gt;-¿Te molesta?&lt;br /&gt;-¡No!&lt;br /&gt;-¿Entonces?&lt;br /&gt;-No sé.&lt;br /&gt;-Ése es tu problema.&lt;br /&gt;-¿Cual?&lt;br /&gt;-Que nunca sabes nada.&lt;br /&gt;-Dime pues.&lt;br /&gt;-Se la dediqué a ella porque me ayudó en momentos muy tristes. Cuando no tenía a nadie conmigo, ella estuvo ahí, sin condiciones ni peros.&lt;br /&gt;-¿Qué momentos?&lt;br /&gt;-Sabes a qué momentos me refiero.&lt;br /&gt;-No fue mi intención herirte.&lt;br /&gt;-Y no es mi intención recordar aquellas cosas tristes. Regresemos al hotel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Irritado por el triste tema tratado durante el almuerzo, Julián permaneció en silencio en el trayecto hacia el hotel. Se derrumbó sobre la cama y cerró los ojos, pero no pudo dormir. Fingió no escucharla cuando ella lo llamó para compartir la ducha, como lo habían hecho en la mañana, asumiendo cada uno la limpieza de su cuerpo, sin interferir en el otro, Julián sintiendo como se le alborotaban las ideas y como hacía ebullición la sangre de sus venas, pero respetando el límite que ella había impuesto de manera tácita, porque no quería que una torpeza suya rompiera el delicado equilibrio de la situación. Por la tarde todo fue diferente. No quiso repetir el baño de la mañana, no porque no pudiera soportar estar cerca de su desnudez sin tener permiso para más, sino porque le habían tocado un tema tan sensible que se le habían consumido todos los deseos. Se quedó dormido, rumiando su rabia, y ella volvió a acostarse a su lado, pero sabiendo del enojo de Julián, le dio la espalda y durmió a su lado sin acercarse al calor de su cuerpo y sin abrazarlo como horas antes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al despertar Julián, ella le recriminó su actitud fría, pero él se justificó con argumentos validos. Decidieron superar el rato amargo y continuar con el plan, que aun tenía para casi dos días más. Se dirigieron a Barranco, idílico distrito, donde en cada vereda podías toparte con un escritor, un poeta, un pintor o un músico. La noche había caído sobre Lima. Un leve viento, llegado del mar, mecía las copas de los árboles añejos. Sin soltar la mano de su amada, Julián admiraba aquellas calles de ensueño, prometiéndose a sí mismo ir a vivir en aquellos parajes algún día. Comieron buñuelos en un puesto de la plaza, y un par de buenos sánguches de jamón en el bar Juanito. Se sentaron en una banca de la plaza, y se abrazaron y se acurrucaron con tal naturalidad, que pronto él le estaba hablando al oído en susurros, como contándole los secretos del universo. Ella de pronto volteó hacia él, y lo observó con la misma mirada tierna que tuvo la primera vez que se besaron. Él dudó. No quería repetir esa historia de nuevo, pero no pudo resistir más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Te quiero. Siempre te voy a querer.&lt;br /&gt;-Yo también te quiero. Gracias por quererme, a pesar de todo.&lt;br /&gt;-Te quiero a pesar de ti.&lt;br /&gt;-Como sea.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El opaco cielo limeño no impidió que una estrella solitaria sea testigo del beso que sello aquella aventura. Julián estaba viviendo a mil el sueño madurado en la soledad de su mundo. Para ella, aquello era un desagravio. Lo quería tanto, que no pensaba hacerle más daño. Ambos sabían perfectamente bien que, luego de esos días, todo volvería a su estado natural, que esa aventura y otras cosas, ocurridas coincidentemente en el cuarto mes del año, podrían encajar perfectamente en la frase de una canción que decía algo sobre los abriles olvidados. No serían pareja, no trazarían planes en común, no seguirían el mismo sendero en la vida. Pero la dulce obstinación de Julián, su terquedad y su amor a prueba de balas le habían hecho merecedor de aquellos días. Él estaba advertido: sólo serían esos días, y después ambos seguirían con sus vidas. Pero en aquel momento, en las calles barranquinas, en la romántica bajada de los baños y cruzando el puente de los suspiros conteniendo la respiración, a Julián sólo parecía importarle el presente. Fueron a La Noche donde saltaron y cantaron y soñaron con la música y las letras de las canciones de Mar de Copas, y siendo casi las dos de la mañana regresaron al hotel. Sin prestar atención al ruido producido por las parejas de las otras habitaciones, se amaron con desenfreno, con pasión desbordada y locura extrema, eclipsando con su fragorosa batalla carnal el escándalo de los vecinos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Casi dos días después, de vuelta en Trujillo, viéndola bajar del taxi que se había estacionado en la puerta del edificio donde ella vivía, Julián no pudo evitar derramar una lágrima. Ella se acercó hasta él y lo beso, pero Julián notó que el beso no significaba un adiós definitivo. En efecto, le preguntó si habría otra oportunidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No lo sé.&lt;br /&gt;-Ya ves. Al final, tuve la razón.&lt;br /&gt;-¿En qué?&lt;br /&gt;-En que contigo uno nunca puede saber nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella vaciló un momento antes de responder con una gran sonrisa en sus labios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Conmigo tendrás siempre esa duda. Pero como te gusta tener siempre esa duda, ¿no Julián? &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-4595961867455544794?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocruzm.blogspot.com/feeds/4595961867455544794/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=33250870&amp;postID=4595961867455544794' title='23 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/4595961867455544794'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/4595961867455544794'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2010/07/nuestros-abriles-olvidados.html' title='Nuestros abriles olvidados...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/TE6MFvwARHI/AAAAAAAAAQc/LoAhO9-_QAA/s72-c/puente+suspiros.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>23</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-5984980355834296458</id><published>2010-06-14T20:23:00.001-05:00</published><updated>2010-06-14T20:33:06.640-05:00</updated><title type='text'>Contigo...</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/TBbYQuvS1jI/AAAAAAAAAQE/VLA9Zi1JRq4/s1600/el+beso+de+rodin.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 251px; DISPLAY: block; HEIGHT: 320px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5482807378306061874" border="0" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/TBbYQuvS1jI/AAAAAAAAAQE/VLA9Zi1JRq4/s320/el+beso+de+rodin.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;Sueño cada noche contigo.&lt;br /&gt;Pequeña y radiante.&lt;br /&gt;Sueño y sonrío como antes.&lt;br /&gt;Por las noches me das abrigo.&lt;br /&gt;Y en las mañanas, despierto tibio.&lt;br /&gt;Tibio de tus besos. Tibio de tus caricias.&lt;br /&gt;Sueño cada noche contigo.&lt;br /&gt;Y en mis sueños beso tus mejillas.&lt;br /&gt;Y agonizo en tus labios.&lt;br /&gt;Me embriago con la miel de tus ojos,&lt;br /&gt;y me drogo con la ternura de tus cejas.&lt;br /&gt;Amanece, y en mi boca llevo el sabor de tu cuello.&lt;br /&gt;En mis manos, la forma de tus senos.&lt;br /&gt;En mi aliento, la dulzura de tu sexo.&lt;br /&gt;Y en mis hombros, aun siento el peso de tus piernas.&lt;br /&gt;Sueño cada noche contigo.&lt;br /&gt;Y cuando no te sueño, despierto sin ser yo mismo.&lt;br /&gt;Cuando no te hallo en el mundo de Morfeo,&lt;br /&gt;despierto y lloro sin consuelo.&lt;br /&gt;Sueño cada noche contigo,&lt;br /&gt;porque contigo he de soñar cada noche,&lt;br /&gt;y cada noche, amándote sin tenerte,&lt;br /&gt;seguiré amándote hasta el infinito. &lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-5984980355834296458?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocruzm.blogspot.com/feeds/5984980355834296458/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=33250870&amp;postID=5984980355834296458' title='8 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/5984980355834296458'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/5984980355834296458'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2010/06/contigo.html' title='Contigo...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/TBbYQuvS1jI/AAAAAAAAAQE/VLA9Zi1JRq4/s72-c/el+beso+de+rodin.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>8</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-7115159916134156472</id><published>2010-05-11T02:29:00.002-05:00</published><updated>2010-05-11T02:34:54.521-05:00</updated><title type='text'>Vuelve...</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S-kIkOnvcdI/AAAAAAAAAP8/nsnwL3cRcn4/s1600/abrazo.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 318px; DISPLAY: block; HEIGHT: 320px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5469912640911274450" border="0" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S-kIkOnvcdI/AAAAAAAAAP8/nsnwL3cRcn4/s320/abrazo.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Tengo que ser optimista. Algo me dice que volverás, contrariando los pronósticos y derrotando a las más fuertes apuestas. Es muy probable. Pero lo más lógico y natural es que eso no suceda así. De que decidas seguir, en última y definitiva instancia, tu propio sendero en esta vida, alejando tus pasos de las huellas de los míos, buscando el ocaso donde el sol hace mucho que ha dejado de alumbrar el cielo, dejándome una vez más sin todo aquello que añoro de ti.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me siento a escribir frente a la laptop. En lo que escribiré no habrá marcha atrás. Tantas veces me han preguntado si aun sigo encandilado de tu mirada y de tu voz, y yo siempre he respondido negativamente. Lo he negado una, diez, cien y mil veces, pero nadie ha tenido la decencia o la tierna complacencia de creerme. Todos saben que mis palabras no tienen nada de cierto. Que vivo cada día muriendo por dentro, recordando las veces que besaba la punta de tu nariz, o que me quedaba mudo, en un silencio más mudo que el del vacío del espacio, abrazándote para que no te vayas nunca de mi vida, con el ciego optimismo de convertir esos efímeros momentos en eternidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A pesar de que ni tú ni yo somos perfectos, he llegado a la bien estudiada conclusión de que sin ti no soy nada, porque desde que estamos distanciados he perdido un poco las fuerzas de seguir adelante, pero no he perdido las ganas, ni te he perdido las ganas. Tú me entiendes. No necesito darte mayores explicaciones. No tienes que saber leer la mente para adivinar la profundidad del manantial de sentimientos que llevo por dentro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Intenté infructuosamente hallar algo de ti en otras personas. Pero nunca obtuve un resultado satisfactorio. Todas fueron malas copias de ti. Nunca encontré el mismo tono de voz, infantil, socarrón, burlón. Nunca encontré el mismo enredado cabello. Siempre fueron largas melenas sin norte, sin vida. Nunca volví a sentir la misma empalagosa y azucarada sensación en unos labios, sólo en los tuyos. Ni de casualidad encontré manos como las tuyas, que acariciaban tan desenfrenada y tiernamente, en una poca comprensible conjunción. Y si el destino no nos vuelve a unir, que es lo más probable, afirmo desde ya que nunca encontraré, ni en la más bella ni en la más humilde mujer, un amor que se pueda comparar al tuyo. Nunca nadie fue igual a ti. Después de ti, nada fue lo mismo, ni nada nunca volverá a ser como antes de ti.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Po eso yo te escribo, te digo, te canto: vuelve. Esto que estoy viviendo sin ti, difícilmente se puede llamar vida. Si bien es cierto lo material importa, nunca nada tangible superará ni reemplazará lo sentimental, lo espiritual. Esta existencia vacía sin ti se me va de entre las manos, como arena de una remota playa, como la piedra que luego de romper la quietud del agua se hunde sin remedio hacia el olvido. Vuelve, que sin te me quedo sin aire para respirar, sin sueños para soñar, sin la musa que por las tardes me hace divagar, sin la ninfa que siempre aparece como salida de la nada para sonreírme y mi pluma inspirar. Vuelve, que nadie ha ocupado tu lugar. Piénsalo, medítalo, estúdialo, analízalo. Y si no vuelves, ten la seguridad de que nadie, nunca, se atreverá a tomar lo que es tuyo, porque si las hojas son del viento, yo siempre seré tuyo, contigo o son ti.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En esta vida de a uno, que sin ti nunca será de dos, sobra mucho espacio. He reducido lo material hasta tener básicamente lo necesario. Yo pensaba que era por desprecio al exceso, pero me equivoqué. Estaba desprendiéndome inconscientemente de lo que no me hacía falta no por economizar espacio, sino porque quería que todos aquellos vacíos sean llenados por ti. Que llegarás por fin a entenderte a ti misma, que exorcizaras la miríada de demonios que cargas sobre tus espaldas, y que aparecieras sin previo aviso en la vereda de mi casa, empinándote para tocar el timbre, trepándote sobre la reja para alcanzarlo, ordenando lo poco que trajiste de tu vida pasada y prometiéndome solemnemente quererme sin peros ni tontas condiciones, sin dudas y sin que importen las murmuraciones, trazando planes a mediano y largo plazo, sin que tenga yo el miedo a que te vayas sin aviso, o con explicaciones que ni tu entiendes y con verdades que ni tu crees.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si decides no volver, que, después de todo, sería lo más sensato, no me habrían servido de nada las noches en vela abrazando mi almohada. Si eso pasa, y si pudiera regresar en el tiempo, tan sólo un momento, te buscaría para mirarte a lo lejos, aferrada a mi, queriéndome de esa manera, y poder llevarte en el recuerdo siempre, porque lo más probable es que la vida te depare otras cosas, y que a mi me empantane en la monotonía de una vida lejos de ti. Vuelve pedacito de cielo, vuelve pequeño corazón, vuelve para morirnos de amor. La esperanza la perderé al final de todo, después de haber quemado mi último cartucho. Y si no vuelves, pues qué más puedo yo hacer. Si la embajadora plenipotenciaria que he enviado a parlamentar contigo no puede convencerte, arriaré mis banderas y me retiraré, la mirada borrosa por las lágrimas, perdida en lontananza, y con el firme propósito de ser profeta en cualquier tierra, menos en la mía. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-7115159916134156472?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocruzm.blogspot.com/feeds/7115159916134156472/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=33250870&amp;postID=7115159916134156472' title='32 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/7115159916134156472'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/7115159916134156472'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2010/05/vuelve.html' title='Vuelve...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S-kIkOnvcdI/AAAAAAAAAP8/nsnwL3cRcn4/s72-c/abrazo.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>32</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-3572597949327145454</id><published>2010-04-03T11:15:00.004-05:00</published><updated>2010-04-03T11:39:56.832-05:00</updated><title type='text'>A sol la barra...</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S7dvUHtP_pI/AAAAAAAAAPU/P1rZOI3xdfM/s1600/plaza+san+martin.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 320px; DISPLAY: block; HEIGHT: 240px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5455951865039552146" border="0" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S7dvUHtP_pI/AAAAAAAAAPU/P1rZOI3xdfM/s320/plaza+san+martin.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;La avenida Arequipa, grande, ruidosa, gris, iba disminuyendo de a pocos su infernal y caótica actividad diaria. Con paso firme, con mediano apuro para no resentir a su maltrecha rodilla izquierda, Julián trataba de ganarle segundos al tiempo. Al llegar a la cuadra quince, cruzó con cuidado los carriles y caminó hasta la cercana avenida Arenales, distante a sólo una cuadra, más calmada y casi sin tráfico a esa hora de la noche. Julián se quedó observando, mientras apuraba más el paso, el enorme complejo hospitalario Rebagliati, pero lo que más lo sorprendió ver fue un enorme edificio, oscuro y siniestro, de unos veinte pisos, totalmente vacío y sin utilidad actual alguna. Pensó en la desidia de los gobernantes, en la mediocridad de la administración pública, que prefería tener un elefante blanco incrustado en medio de la ciudad, que un edificio útil para la sociedad. Si algún día soy diputado, pensó Julián, presentaré un proyecto de ley para que este edificio sea acondicionado en oficinas, consultorios y estudios, para que los jóvenes que egresan de las universidades tengan un espacio donde a trabajar, pagando una tarifa social, hasta que se estabilicen y consigan algo mejor. Sacado de sus cavilaciones por el escandaloso claxon de un vetusto microbús de la línea 104 B, de la ruta Zárate – San Miguel, Julián se dio cuenta de que ya estaba en la entrada del lugar de encuentro pactado: el Hotel Americano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fumando nerviosamente un Lucky Strike, Micky aguardaba impacientemente la llegada de su amigo Julián. Ambos estaban en Lima sin saber que el otro también lo estaba, y en una conversación vía chat acordaron salir a dar una vuelta por las calles de Lima. Micky había insistido en tomar unas cervezas, junto a un amigo suyo, pero Julián no aceptó las cervezas, porque el alcohol disparaba su hipertensión. Pactaron encontrarse en el hotel donde Micky pasaba sus solitarias noches limeñas, distante a pocas cuadras del hostal donde Julián se pasaba las horas pensando en qué temas podrían dar origen a buenos cuentos, que luego publicaría en su blog. Julián le había dicho que llegaría en veinte minutos, pero las ansias de recorrer la capital, de buscar aventuras, de adentrarse en la desconocida noche limeña, lo hicieron abandonar la recepción del hotel cuando solamente habían transcurrido once minutos del plazo. Micky empezó a deambular por las calles de Santa Beatriz, esperando la llamada de Alonso, un viejo amigo de la época del colegio, que vivía y trabaja en Lima. No se veían muchos años, así que decidieron ponerse al corriente y tomarse unos tragos. Al fin Alonso llamó. Micky le dijo que los acompañaría un amigo suyo de la universidad. Decidieron encontrarse en el cruce de dos céntricas avenidas, a pocos metros del trabajo de Alonso. El ansioso fumador tomó un taxi, que se perdió entre las sombras de la noche capitalina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Julián maldijo a su amigo al no encontrarlo en el hotel Americano. El portero le entregó una pequeña nota, donde Micky le decía que había tenido que salir volando, y le dejaba un número de celular al cual debía comunicarse de manera inmediata. Llamó, y le contestó Alonso, que no sabía con quien conversaba, hasta que cayó en la cuenta de que era el amigo de su amigo, pero no supo darle razón de Micky. Julián, ofuscado, agradeció y cortó la comunicación. De regreso al hostal El Trébol, enclavado en el sosegado distrito de Lince, refunfuñando el casi desplante, y cuando caminaba por el frontis de la esquina de la televisión, Julián recibió la llamada que ya no estaba esperando. Debía reunirse con ellos de inmediato, porque la sed de alcohol y las ansias de aventura estaban aumentando exponencialmente. Cruzó la avenida Arequipa, y subió a uno de los muchos microbuses que pasaban rumbo al centro de Lima, y más allá, hasta el tradicional distrito del Rímac. Limpiando los empañados cristales de sus anteojos, Julián sopesaba sus opciones. Ya estaba ahí, había dado su palabra, y no podía arrepentirse y regresar a la comodidad de su habitación alquilada. Quería escribir, ver televisión, planificar sus siguientes acciones en aquella enorme urbe, pero su tranquila y hasta aburrida personalidad fue avasallada por un desconocido espíritu de diversión. Al regresar de lo más profundo de su conciencia, vio que el paradero del Centro Cívico, en el cruce de las avenidas Bolivia y Wilson estaba próximo. Pagó el sol del pasaje, y bajó mientras el semáforo estaba en rojo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Confundidos entre decenas de agotados oficinistas que regresaban a casa, Micky y Alonso aguardaban impacientes. Julián pasó al lado de ellos, pero no se dio cuenta de su amigo. Lo llamó por celular, obtuvo la ubicación exacta, y regresó sobre sus pasos. Se saludaron cordialmente. Luego de la presentación de rigor, discutieron brevemente sobre el lugar al que irían aquella noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-La Plaza San Martín –propuso Alonso.&lt;br /&gt;-Me parece bien –dijo Julián-. Alrededor de toda la plaza hay bares.&lt;br /&gt;-Yo quisiera ver algo de acción –argumentó Micky-. Claro, y los tragos.&lt;br /&gt;-Primero, los tragos –refutó Alonso-. Luego, si quieres, te acompañamos a Las Cucardas.&lt;br /&gt;-¿Qué es eso? ¿Dónde queda? –interrogó Micky, con un brillo de satisfacción en la mirada.&lt;br /&gt;-En una calle que atraviesa la avenida Argentina –afirmó Julián, sin titubear.&lt;br /&gt;-¿Has ido? –preguntó Alonso.&lt;br /&gt;-Para nada –respondió Julián-. Vi un reportaje en un noticiero.&lt;br /&gt;-Este sano qué va a ir – rió Micky-. Si hasta sospecho que es virgen. No perdamos más tiempo. Vayamos por el alcohol.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bajo el cielo sin estrellas de Lima, caminaron por el Jirón de la Unión, en su parte menos comercial y que no era peatonal, rumbo a la plaza construida en honor del libertador argentino. Entre serenazgos y noctámbulos, con los cinco sentidos alertas, atravesaron las frías baldosas, las solitarias bancas y subieron las largas escaleras hasta llegar al otro lado de la plaza, donde divisaron un bar con mesas dentro y fuera del local. Era un lunes caluroso de marzo, por lo que decidieron ocupar una sitio fuera del local, donde pudieran refrescarse con la brisa y el smog. Esa no era la Lima que Julián había leído en las novelas de Vargas Llosa. Se lamentó no haber vivido en los años cincuenta, donde hubiera encontrado la tranquilidad necesaria para escribir, pero no hubiera hallado jamás confort tecnológico, ni libertad y democracia. Al contrario de Julián, Alonso y Micky no le daban importancia a las nimiedades sentimentales e intelectuales de Julián. Ellos sólo querían refrescar la garganta. Ordenaron cerveza Cusqueña, una Coca Cola, ambas bebidas heladas, por supuesto, y una cajetilla pequeña de Hamilton. Micky y Alonso rememoraban viejas aventuras adolescentes, borracheras de antología, efímeras mujeres que pasaron por sus vidas, accidentes automovilísticos casi fatales, entre otras muchas cosas. Julián los escuchaba y rara vez intervenía en la conversación, porque a Alonso lo acaba de conocer y con Micky sólo eran unos pocos años, los que duraron la carrera de leyes en la universidad. Una moderna rockola digital amenizaba el ambiente, en el que podía sonar tanto Every Breath You Take, de The Police, como Decisiones, Rubén Blades. Al poco rato la ansiedad casi maniaca de Micky emergió del olvido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Necesito ver carne de mujer.&lt;br /&gt;-¿Sólo ver? –preguntó Alonso.&lt;br /&gt;-Así es, nada más.&lt;br /&gt;-No estamos en Trujillo –respondió Julián-. Allá llegas a cualquier night club en diez minutos. Acá en Lima las distancias son grandes. Los locales están lejísimos.&lt;br /&gt;-Cuando no tú, mala gracia –se enojó Micky-. No seas aguafiestas.&lt;br /&gt;-¡Ya sé! –exclamó Julián.&lt;br /&gt;-¿Qué? –preguntaron al unísono Micky y Alonso.&lt;br /&gt;-Vayamos por la avenida Colmena, a ver qué encontramos.&lt;br /&gt;-¿Cuál es la avenida Colmena? –se desesperó Micky.&lt;br /&gt;-Ésa que empieza ahí, impaciente de mierda –señaló Julián con el dedo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A menos de cien metros, cruzando brevemente la Plaza San Martín, y teniendo como referente al Hotel Bolívar, la catedral del pisco sour, empezaba la avenida Colmena, rodeada de grises edificios que, a pesar de la buena iluminación, no dejaban de ser típicamente grises, como el cielo por las mañanas, como Lima toda. Alonso y Julián pagaron la cuenta a medias, y encaminaron rumbo a la aventura con Micky, a quien parecía hervirle la sangre en las venas. Avanzaron por las amplias veredas buscando alguna señal de diversión barata, de bohemia, de lujuria, cruzaron por la calle Caylloma, tristemente célebre por tener meretrices a toda hora. Llegaron al cruce con la avenida Tacna, y hasta la universidad Federico Villareal, cuando escucharon a un fulano en terno y de aspecto malandrinesco anunciar shows de hermosas chicas en un pequeño local, que emanaba de su interior una chillona luz verde y una música llamativa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-A sol la barra, señores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego de discutir por un par de minutos, analizando los escasos pros y los múltiples contras, decidieron entrar al local. En un acto de generoso desprendimiento, Micky pagó el sol por cabeza que costaba la entrada. Con tres soles menos en el bolsillo, y en compañía de sus dos amigos, ingresó al local, cuyo nombre era California. Entrando, a la izquierda, estaba la barra, donde dos ajetreados jóvenes mozos despachaban botellas de cerveza Cristal a manos llenas. Caminaron bajo la media luz del local hasta una mesa desocupada que un mozo les indicó que ocuparan. Pidieron dos cervezas heladas y una cajetilla de cigarrillos, como hacía minutos lo habían hecho en el bar de la Plaza San Martín. A izquierda y derecha del lúgubre local, y sin la menor vergüenza, jovencitas en diminutas prendas de vestir exhibían sus anatomías. Micky, con los ojos desorbitados, observaba las microscópicas faldas, los delgadísimos hilos dentales, las mallas de rombos, los escotes escandalosos y los provocadores portaligas. Alonso, más sereno, se limitaba a seguir con la mirada a las muchachas, como si aquello fuera una carnicería y no un vetusto caserón limeño convertido en antro. Julián se limitó a tomar nota mental de los sucesos, para, con posterioridad, escribir, que era lo que más le gustaba hacer en la vida. Se deleitaba también con la presencia femenina, pero, poco acostumbrado a esos trotes, en los que Micky y Alonso eran más expertos, se sentía incómodo, y fuera de lugar, asfixiado por el humo de cigarrillos ajenos y por e olor a decrepitud y cerveza rancia. Resignado, tuvo que sacar fuerzas de una flaqueza que no tenía y tratar de sobrellevar el momento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En menos de veinte minutos, cinco señoritas hicieron gala de sus dotes de bailarinas. Sobre estrado provisto de espejos, luces y un tubo, se contornearon al ritmo de sabrosas cumbias y de azucaradas baladas, flexionando sus cuerpos hasta más allá de sus propias posibilidades, en una exigencia impuesta por los administradores del local. Micky y Alonso, diciendo salud a cada momento, no podían dar crédito a lo que sus ojos veían. Por un sol, por una moneda, por casi nada, estaban agasajando su vista y sus demás sentidos. Micky era el más entusiasta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Preguntémosle a un mozo cuánto vale un show privado.&lt;br /&gt;-Provecho –sonrió Julián.&lt;br /&gt;-¿Qué, para ti nomás? –se enojó Alonso.&lt;br /&gt;-No amigos –sentenció Micky-. Para los tres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hecha la consulta con un mozo de bigotes, como de mariachi de barriada, Micky eligió a la fémina que danzaría para ellos en la oscuridad de una reducida habitación. Era una chiquilla de piel canela, de amplias y proporcionadas curvas, cerquillo sobre la frente, un inconfundible dejo selvático y diecisiete años a cuestas. Cerrado el acuerdo con el mozo, que incluía un champagne de dudoso origen, se encaminaron hacia un cubículo escasamente iluminado, donde había un polvoriento juego de muebles color rojo y una pequeña mesa de vidrio. La chica sirvió el licor en copas, y brindó a la salud de sus acompañantes de turno. Micky, ansioso, deseoso, perdido para siempre en los pantanosos senderos de la lujuria, apuró el licor y ordeno a la chica, en tono de ultimátum, que bailara de una buena vez, en lugar de aburrirlos con una cháchara improductiva.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Apuradito estás –dijo la bailarina-. Bueno, te bailaré.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Micky la detuvo con una señal de sus manos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-A mi no. A él –dijo, señalando a Julián.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alonso soltó una carcajada. La intención de su amigo estaba clara. Agasajar al más tranquilo del grupo. Julián protestó, no por falta de entusiasmo, sino porque Micky tanto había jodido para ir a un lugar así, y ahora rechazaba el erótico baile. El aludido esgrimió un argumento que tuvo una lógica aceptable para los presentes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-A mi sólo me gusta ver.&lt;br /&gt;-Puta madre –rió Julián-. Lo que nos faltaba. ¡Un mirón!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin esperar una nueva orden, la chica empezó a bailarle a Julián. Ya que estaba ahí, aprovechó la ocasión para tocar y sentir lo más que pudiera, ya que su aburrido ritmo de vida y su mítica mala suerte con las mujeres no le permitían darse esos lujos. Luego, fue el turno de Alonso. Sacó a relucir su experiencia. Sus manos parecieron multiplicarse, toqueteando aquí, apareciendo de improviso allá. Micky no despegaba los ojos de la muchacha, y su mano parecía estar imantada, porque no se separaba de las cercanías de su bragueta. Entre risas y bailes, la botella del dudoso champagne se evaporó, y un insistente mozo, en complicidad con la chica, machacaban la pregunta de si querían una nueva botella de espumante. Julián se negó. Alonso dijo que no. Micky no supo qué decir. Exigieron que la chica siguiera bailando, pero esta, de mala gana, los reto a hacer algo que no harían: ella se quitaba toda la ropa si ellos también lo hacían. Comprendiendo que les quedaba poco tiempo y cariño, Alonso y Micky dieron un último y fugaz baile con la chica, donde Micky aprovechó finalmente para tocar algo más que su propia entrepierna. Con un pretexto cualquiera le dijeron adiós a la chica, y abandonaron el local.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una fresca y reconfortante brisa golpeó sus rostros. Caminaron hasta el cercano cruce de las avenidas Colmena, Tacna y Wilson. Abordaron un taxi que los llevaría hasta el hostal El Trébol, donde Julián devolvería los veinte soles que se había ofrecido a poner para pagar el show privado. En el trayecto, casi sin un centavo en los bolsillos, Alonso bajó en el cruce de la avenida Colmena con la avenida Uruguay, para esperar el microbús que lo llevaría hasta su casa. Se despidió y su silueta se perdió entre las sombras de la noche limeña. Julián y Micky comentaban la jornada, las incidencias de la noche, las anécdotas imborrables, el nombre que usaría Julián en lo que escribiría para no delatarlo ante su novia. Al fin llegaron al cruce de la calle Candamo y la avenida Arequipa. Caminaron pocos pasos hasta el tranquilo hostal, al que Julián le había tomado mucho cariño, por limpio, cómodo, y por que los trabajadores eran honrados y educados. Micky se quedó aguardando en la recepción. Julián pidió su llave y fue a su habitación, la trescientos ocho, y sacó de su billetera los veinte soles que le adeudaba a su amigo. Bajaron juntos hasta la cercanísima avenida Arequipa. A pesar de haber cenado un pollo a la brasa en Pollos y Parrillas Hilton, Julián sentía rugir su estómago. Le propuso a su amigo ir a comer tallarines verdes a un local cercano, que atendía toda la madrugada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Me vas a invitar, supongo –sonrió Micky.&lt;br /&gt;-No –respondió Julián-. Japanajá, o cada uno baila con su pañuelo.&lt;br /&gt;-Ya no tengo hambre –mintió Micky.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Paró un taxi, se acercó hasta la puerta del copiloto, acodó el precio del servicio, se acercó hasta Julián y se despidió de él, recordándole que lo que en Lima pasaba, en Lima quedaba, sin recordar que él mismo le había pedido a su amigo el escritor que hiciera una semblanza de aquella noche. Julián sonrió y lo vio enrumbarse en el taxi. Regresó a la habitación de hostal, donde empezó a escribir en su laptop, mientras que Micky, cerca de ahí, bajaba del taxi, le daba dos monedas al taxista, y entraba al local al que Julián le había propuesto ir. Se sentó en una mesa y ordenó el tallarín verde que no quiso compartir con su amigo, porque su hambre, así como su lujuria, eran más fuertes que él mismo. Saboreando el plato, se arrepintió de su egoísmo, pero ya era muy tarde para arrepentirse. No llamó a Julián, y devoró el plato entero, deleitándose en aquel local lleno de taxistas lechuceros y bohemios con las entrañas ardiendo, anhelando estar en su tierra y deseando tener metros y metros de soga, para amarrarse las manos y no pecar en solitario con los recuerdos de aquella noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-3572597949327145454?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocruzm.blogspot.com/feeds/3572597949327145454/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=33250870&amp;postID=3572597949327145454' title='24 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/3572597949327145454'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/3572597949327145454'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2010/04/sol-la-barra.html' title='A sol la barra...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S7dvUHtP_pI/AAAAAAAAAPU/P1rZOI3xdfM/s72-c/plaza+san+martin.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>24</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-362496433120716766</id><published>2010-02-23T04:51:00.001-05:00</published><updated>2010-02-23T04:53:08.319-05:00</updated><title type='text'>Óxido cósmico...</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S4Olcd6D_4I/AAAAAAAAAO4/M5XjnL63TnM/s1600-h/Cybertron_landscape_sketch_by_EspenG.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 320px; DISPLAY: block; HEIGHT: 226px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5441374683276771202" border="0" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S4Olcd6D_4I/AAAAAAAAAO4/M5XjnL63TnM/s320/Cybertron_landscape_sketch_by_EspenG.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;Mis sensores ópticos, operativos al veintisiete por ciento, pueden aun divisar las estrellas, planetas y lunas cercanas a Cybertron, mi hogar. Desde las ruinas de un hangar de almacenamiento de energón, donde ahora me encuentro, recapitularé toda mi existencia, antes de que mis circuitos lógicos dejen de funcionar. Hace nueve millones de años, en la Unidad de Ensamblaje de una gran factoría cybertroniana, fui armado pieza por pieza, engrane por engrane, y el gran computador central de mi mundo, Vector Sigma, me asignó aleatoriamente una personalidad. Por cuestiones inexplicables del misterioso azar, me fue asignada una personalidad algo complicada. Desde un primer momento tuve la plena conciencia de que no sería una unidad guerrera encargada de la paz planetaria y extraplanetaria, como lo eran casi todos en Cybertron por esos convulsionados días. Primero, tendría que asistir a la Academia de Tecnología y Ciencia Cybertroniana, y estudiar toda la ancestral sabiduría de mi mundo, sus orígenes, su historia, especializarme en alguna rama de la ciencia. Luego de algún tiempo, y tras haber realizado los méritos suficientes, acceder finalmente a la Academia en su parte funcional, ser parte de su estructura, de su organización, dedicado a las obligatorias e ineludibles tareas rutinarias y al estudio, a lo estrictamente académico, pero, sobretodo, a la investigación, producción y difusión del conocimiento. Con el entusiasmo propio del libre albedrío que nos otorgaba el supercomputador al momento de nuestro verdadero nacimiento, acudí a la Academia. No pienso ser modesto a la hora de perennizar los recuerdos en esta bitácora. Destaqué desde el primer día, por lo que fui convocado a integrarme a una cofradía de unidades robóticas que, según sus propias palabras, defendían el interés común, y que se preocupaban por que la paz y el desarrollo de Cybertron no se vieran afectados por las crecientes hostilidades que un grupo de unidades militares rebeldes estaban llevando a cabo en casi todos los sectores del planeta. No acepté. Tenía mis buenas razones. La política no era lo mío, debido a que mi personalidad, pero, sobretodo, mi voluntad, no eran compatibles con aquella actividad. En un determinado momento, las hostilidades se volvieron una cruenta guerra por el poder. Día a día, mis compañeros de la Academia, que habían pasado de la discusión académica a la acción, eran destruidos por láseres, rayos de protones, misiles teledirigidos y cargas alteradas de energón. Esta última modalidad era el más terrible de los fines que una unidad robótica podía tener. No quedaban ni siquiera unos pocos rastros de metal. Todo desaparecía. Y, según los robots más antiguos, aquellos que habían sido ensamblados y nacido poco después de los originales y míticos Primes, su chispa, su esencia inmortal, era también despedazada y nunca llegaba a integrarse con la Matriz. Tuve que tomar una decisión. Pasé días enteros computando todas las posibilidades, lógicas e ilógicas, hasta que adopté una postura. Los bandos se habían definido, no sólo en la Academia, sino en todo el planeta. Opté por la propuesta de la paz, la que defendían aquellos robots que sólo anhelaban el desarrollo. Así, en una noche inusualmente agitada, en la que tres de las principales ciudades de Cybertron fueron atacadas despiadadamente por los robots militares, que se hacían llamar a sí mismos Decepticons, me uní a un grupo de científicos y académicos, hermanos de Academia y de justa causa, que se habían visto forzados a tomar las armas láser en defensa de nuestro planeta. Desde aquel día fui parte de los Autobots. Hubo muchas operaciones tácticas militares de las que formé parte, pero nunca me sentí cómodo en aquellas peligrosas e interminables misiones. Cada enemigo caído, cada milímetro metálico de nuestro mundo, recuperado por la fuerza y no por la razón, me generaba sensaciones encontradas en los circuitos. Para evitarme innecesarios sufrimientos, fui destacado a la Unidad de Inteligencia, que me sirvió para ser designado, sin proponérmelo y sin pensar en postularme, como representante ante el Ágora Autobot, donde se discutían los más álgidos problemas de Cybertron y se tomaban las decisiones trascendentales que paralizaban o aceleraban la guerra. Fui parte de una elección trascendental. En una solemne ocasión, los autobots decidimos, en democrática elección, elegir como nuestro líder a Alpha Trion, el sabio y antiguo robot que nos había liderado desde hacía eones. Con el cargo formalmente asumido, enviamos embajadores a dialogar con los Decepticons, pero todos eran destruidos. Sólo uno regresó con vida, pero en tan mal estado, que se retiró para siempre de nuestro bando, y suplicó a un robot médico para que lo desactivara permanentemente. Se decidió nunca más enviar un emisario a una muerte segura. La guerra se encontraba en un punto muerto. Los Decepticons ambicionaban el poder absoluto, y conquistar los demás mundos de la galaxia. Pero nuestros más preclaros científicos de la Academia de Tecnología y Ciencia Cybertroniana nos dieron unos datos terribles sobre la situación del planeta. A causa de las cruentas batallas, los hangares generadores de energón, así como los hangares de almacenamiento y puertos de carga y descarga de la vital sustancia que nos mantenía operativos, habían sucumbido casi en su totalidad a la locura de los decepticons. Esta información ultrasecreta fue obtenida por los espías decepticons, y pronto la guerra por el poder se transformó en una guerra por el escaso energón. Ciudades enteras eran arrasadas, pero ahora los enemigos de la paz se cuidaban bien en no destruir los hangares. Al menos no lo hacían hasta robar el último cubo de energón. Pronto, nuestra causa fue sumando adeptos en todo el planeta. Cybertron se rebeló contra los malvados decepticons. La primera urbe en unirse a la causa autobot fue la hermosa y casi irreal ciudad Cristal. Era tan hermosa, que cuando uno la observaba por primera vez, los sensores ópticos de mayor tecnología no procesaban bien las imágenes hasta pocos segundos después, por lo que se tenía la impresión de haber visto fugazmente un sueño. Una noche inusualmente tranquila, en la que me encontraba elaborando un informe sobre probables fuentes de energón en planetas ubicados dentro de la galaxia, ocurrió la catástrofe mayor que pude apreciar. Una fuerte explosión remeció el planeta entero. Las lecturas de los computadores indicaban el origen en ciudad Cristal. Los operadores encargados de las telecomunicaciones trataron en vano de localizar a Omega Supreme, robot centinela unido a nuestra causa y protector de aquella hermosa ciudad. Fue en vano. El noble gigante había sucumbido a la ira, y estaba tratando de localizar a los Constructicons, el grupo de decepticons que había reducido ciudad Cristal a la nada. Acudí con un grupo de autobots en busca de supervivientes, pero las lecturas de nuestros equipos no detectaron ni una sola señal de actividad robótica. No hubo sobrevivientes. Aquella jornada trágica me marcó para siempre. Algunos compañeros de la Academia habían muerto en aquella tragedia, y eso provocó en mis circuitos psicológicos y de raciocinio una especie de cortocircuito. Pero supe mantener el equilibrio, y mis conexiones principales no se fundieron. Regresé a la Academia y terminé mi etapa como estudiante, que, para buena suerte, coincidió con una etapa de inusual calma. La pausa en la guerra fue aprovechada por mis compañeros. Se organizaron grupos de reconstrucción planetaria, de búsqueda de nuevas fuentes de energón, de construcción de nuevas unidades de defensa de las ciudades. Yo, que luego de haber participado en tantas jornadas de lucha, de haber culminado con éxito tantas misiones, públicas o secretas, de haber enfrentado sin miedo al enemigo, desbaratando complots, infiltrándome en siniestros grupos enemigos, esperaba solamente que mi sueño de ser asignado a una unidad de trabajo acorde con mis capacidades y aptitudes, fui destacado por los líderes autobots a la Unidad de Construcción y Reconstrucción Planetaria, a pesar de que mi especialidad era totalmente distinta. Pero acepté con humildad, porque siempre debe prevalecer el bien común a los intereses personales, sin que esto significase que debía de olvidar mis metas y aspiraciones. Empecé con la misión asignada. Desde el primer momento no me sentí a gusto. Trabajar entre unidades robóticas dedicadas íntegramente al trabajo físico provocó un aturdimiento en mis circuitos lógicos. Yo no estaba hecho para eso. La decepción mayor vino cuando me fueron asignadas unas tareas rutinarias que debía de cumplirlas un ingeniero o un arquitecto, y no un robot de ciencia y académico como lo soy yo. Le hice saber mi malestar a algunos compañeros de la Academia, pero ellos no le tomaron mayor importancia. Recurrí a los líderes autobots, pero ellos parecían incomodarse cuando les planteaba el tema. Me negué a creer que el trabajo rutinario que se me había asignado, que, para agravar la situación, no guardaba relación alguna con lo que yo había estudiado en la Academia de Tecnología y Ciencia Cybertroniana, hubiera sido con la intención sutil y malévola de incomodarme. Mis circuitos cerebrales no computaron aquel dato creado por mi conciencia robótica, y me negué a procesar tan negativa información. No necesite hacer nada en particular para ganarme una reprimenda injusta. Luego de Alpha Trion, un consejo de robots de mediana edad era el encargado de las decisiones. Aquel grupo estaba liderado por Sentinel Prime, un robot justo y compatible con todos los autobots. Era el estratega por excelencia. Nada se decidía sin que él formara parte de la decisión o tuviera conocimiento previo. Yo actuaba según sus órdenes, porque siempre lo respeté y estimé y confié en él. Era mi maestro. Con él jamás tuve problemas. Valoraba mi esfuerzo, mi trabajo, y supe ganarme su respeto y aprecio. El problema se originó con el robot que, supuestamente, era su lugarteniente. Con ocasión de recordar a las unidades robóticas caídas en el ataque a ciudad Cristal, una autobot llamada Chromia organizó una reunión, la que se realizaría en mi módulo habitacional, a la que asistirían los nuevos representantes ante el Ágora Autobot, que en poco tiempo tendrían que elegir al sucesor de Alpha Trion, o confirmarlo en el cargo. Eso fue suficiente para desatar su injusta ira. Me acusó severamente, sin fundamento alguno, y me hizo advertencias innecesarias, con una convicción tal que ni él mismo se creía su pantomima. No me dio tiempo de replicarle nada. Me quedé procesando mis pensamientos, los cuales no pude sintetizar en voz. Tomé la lógica decisión de no responder a sus admoniciones, y esperar a que mi maestro Sentinel Prime regresara de una misión en un alejado sector del planeta. Dejé el trabajo rutinario asignado y esperé su retorno. Mis circuitos conductores de emociones tales como la tristeza y la ira se vieron afectados. En general, mi capacidad robótica se vio afectada en su conjunto. Acudí a los robots médicos por un agudo dolor en la articulación inferior izquierda, y a pesar de que se reemplazo la parte media de esta, el problema persistía. Se me diagnosticó un problema en mi procesador cerebral, y se me recomendó evitar situaciones que pudieran sobrecargarlo y hacerlo colapsar. Nadie notó mi ausencia. Nadie pregunto por mí. Nadie se preocupó por saber si mi problema estructural había sido superado. Era como si nunca hubiese existido. Nadie valoró todo lo que había entregado y sacrificado por la causa autobot. En un microsegundo cybertroniano desaparecieron la amistad y las promesas de un futuro mejor. Sentinel Prime postergaba una y otra vez su retorno, por lo que, en un estado de total fragilidad corporal y mental, triste y decepcionado, me alejé del grupo autobot. Eso no significó que yo me fuera al bando enemigo. Odiaba y sigo odiando a los malvados decepticons, a pesar de que en algún momento no existieron los bandos y todos éramos hermanos Transformers. Mis compañeros autobots me decepcionaron, pero seguía creyendo en sus ideales, y siempre los tenía presentes en mis pensamientos, deseando que todo les resultara según sus cálculos. Dejé todo atrás, y enrumbé a buscarme la vida lejos, muy lejos de Cybertron. En una vieja nave que había pertenecido a uno de mis ancestros, recorrí diversos mundos, buscando la oportunidad apropiada para dedicarme a lo mío. Fui rechazado sucesivamente, porque, según las palabras de aquellos que me negaban la oportunidad, estaba sobre calificado para los cargos a los que postulaba. Y lo digo sin el menor asomo de humildad, porque todo lo que estoy dejando plasmado en esta bitácora es la verdad. Es la crónica real de lo que me aconteció. Mis sensores ópticos pronto dejarán de funcionar. Ahora están operativos al doce por ciento. Antes de que la visión deje de ser una de mis facultades, observo a mi alrededor. Este mundo muerto en el que me encuentro no es Cybertron, pero lo puedo divisar perfectamente desde este estratégico punto. El óxido cósmico había acabado con este mundo, al que vine a parar en busca de que mis talentos no sean malgastados. No encontré una oportunidad. No encontré a nadie. Cuando me di cuenta, el óxido cósmico ya había penetrado mi estructura metálica, y lo primero que atacó fue la articulación izquierda, que me había sido reemplazada. Luego, dejó de funcionar la derecha. El óxido cósmico me atacó rápidamente. La inminencia del fin aceleró mis procesos mentales. Mi vida entera había sido desperdiciada. Nunca pude formar parte de la organización de mi alma Mater, la Academia de Tecnología y Ciencia Cybertroniana, porque aquellos que se decían mis amigos me negaron mezquinamente una oportunidad. Pero a pesar de haber tenido una actitud así, yo me arrastré hasta este solitario sitio, desde donde puede apreciarse perfectamente mi planeta natal, cuyo punto más luminoso, visible desde toda la galaxia, era la Academia. Rememoré los buenos tiempos, en los que era un robot operativo y útil. También rememoré los malos tiempos, cuando por culpa de un robot de segunda línea tuve que alejarme para siempre de mis hermanos autobots. Es aquí cuando decidí dejar un testimonio de mi existencia, para que algún día algún robot me recuerde y mencione mi nombre. Bumblebee me llamaban todos los transformers, aquellos que se convirtieron en malvados decepticons, así como mis hermanos autobots, a los que, hasta ahora, en los últimos segundos de mi existencia, recuerdo con gratitud. Nunca pude ser parte de la Academia, y eso es algo que atormentará mi chispa eterna hasta que encuentre la paz definitiva cuando me una a la Matriz. Mis sensores ópticos se han apagado para siempre. Con mis últimas gotas de energón, adjunto a la bitácora una imagen mental de Cybertron, con la Academia al centro, en todo su esplendor. Ahora, sólo es cuestión de segundos para que mi procesador central colapse, y yo deje de funcionar.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-362496433120716766?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocruzm.blogspot.com/feeds/362496433120716766/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=33250870&amp;postID=362496433120716766' title='15 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/362496433120716766'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/362496433120716766'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2010/02/oxido-cosmico.html' title='Óxido cósmico...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S4Olcd6D_4I/AAAAAAAAAO4/M5XjnL63TnM/s72-c/Cybertron_landscape_sketch_by_EspenG.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>15</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-8418744422631051518</id><published>2010-02-19T23:34:00.008-05:00</published><updated>2010-02-21T01:01:16.903-05:00</updated><title type='text'>Alturas de Usquil...</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S4AR1Vsnh7I/AAAAAAAAAOw/PXFlz3-5tKk/s1600-h/usquil.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 320px; DISPLAY: block; HEIGHT: 240px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5440367957918582706" border="0" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S4AR1Vsnh7I/AAAAAAAAAOw/PXFlz3-5tKk/s320/usquil.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;El mes de la patria marcaba su vigésimo séptimo día en el almanaque. La noche era tranquila, y, para buena suerte de todos los presentes, ningún inoportuno apagón los había obligado a recurrir a las velas y a las lámparas de kerosene. Todos cenaban casi en silencio, escuchando atentamente las noticias en la televisión. La voz de un ingeniero de origen japonés era atentamente escuchada. Declaraba a los medios de comunicación que nada ni nadie se interpondría en su camino para salvar al país de la crisis económica y del caos social en que estaba sumido a causa del desastroso gobierno saliente. Al día siguiente, aquel aparentemente inofensivo ciudadano juraría como presidente de la república. Mamá Yayi, terminando de servir su propio plato de comida, luego de haber servido a toda la familia, lo escuchó atentamente sin ver la televisión, estudiando sus palabras. Se secó las manos en un mantel blanco con frutas de colores estampadas, se sentó en la mesa, al lado de su esposo, y sentenció con sus palabras el destino de toda una nación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ese chino no nos llevará a nada bueno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antes de que se iniciara la discusión política, una voz infantil, salida de una de las esquinas de la mesa, rompió la tensión del momento. Impostando la voz hasta hacerla chillona, llena de agudos, y repitiendo sin cesar la muletilla eh, eh, Julián calmó a la familia y la hizo reír sin proponérselo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Mejor hubiera ganado el escritor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego de que pasaron las risas y carcajadas, Papá Ñato terminó de comer. Agradeció a su esposa los alimentos de aquella noche, se levantó de la mesa y fue al baño a cepillarse los dientes. Al rato, como era su costumbre, se sentó en su escritorio a firmar cheques y letras, a contar con minuciosidad los enormes bloques de dinero, producto de las ventas del día. Le hacía gracia leer los resultados de las ventas. Un martes podían ser quinientos millones de intis, y al día siguiente podían ser setecientos. Es decir, mil doscientos millones de dinero en su poder, solamente en un par de días. Pero todo era un sueño, una sombra, una ficción, porque aquellos gordos fajos de billetes nuevos, lisos y planchados como camisa de colegial, en realidad representaban muy poco. La hiperinflación había golpeado duramente al país, la crisis y la desesperanza agobiaban a la población, y hasta los negocios más sólidos, como el de la familia, habían sentido el efecto de la mala praxis económica del gobierno. Sin embargo, eso no fue impedimento para que Papá Ñato planease un viaje a su tierra natal, como lo venía haciendo desde hacía cinco años atrás, cuando había regresado a su pueblo después de treinta años, y sólo porque llevaba el propósito de dar a su madre cristiana sepultura. Pero esta vez no viajaría solo. Alguien más de la familia lo acompañaría. Terminó con el trabajo, cerró con llave el cajón del escritorio donde guardaba el dinero y la chequera, y mientras la familia veía televisión y hacían sobremesa, dejó escuchar su voz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Me llevo a Julián a Usquil.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La noticia los tomó por sorpresa. Sólo Mamá Yayi había viajado hasta la tierra del jefe de la familia, y en una sola ocasión, en medio de la lluvia y de los truenos y relámpagos, para enterrar a la madre de su esposo, y no le había quedado un grato recuerdo del viaje, por las dificultades del pésimo camino y por la endiablada geografía andina. La mamá de Julián recordó a su suegra narrar las incidencias del viaje, y se quedó sin poder decir nada, sin capacidad de reacción, mirando en silencio a todos los miembros de la familia. Iba a oponerse con uñas, dientes y desmayos, de ser posible, pero el entusiasmo de su hijo la contuvo. Al escuchar a su abuelo dar la noticia, Julián saltó de felicidad, se le desbordó el entusiasmo y corrió y se paró al lado de Papá Ñato, que sólo atinó a sonreírle. Le pidió que pusiera ropa en una mochila, y que durmiera muy temprano, porque tendrían que salir poco después del amanecer, para llegar antes del mediodía al pequeño pueblo que lo había visto nacer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En medio de su alegría, Julián no sabía por dónde comenzar. Se quedó mirando la cómoda de madera donde guardaba su ropa, indeciso sobre qué llevar y que dejar, porque había escuchado a Papá Ñato decir que en esa época del año el día era soleado y por las noches corría un aire tan fresco que era fácilmente soportable en un polo manga larga. Julián atiborró su mochila de pantaloncillos, de polos de manga corta, de zapatillas ligeras, e iba a empezar a guardar sus ropas de baño cuando su mamá y su abuelita llegaron a poner orden a la desenfrenada algarabía. Le hicieron ver que el pueblo de Papá Ñato quedaba en la sierra, y que por más que en las alturas fuera verano, en cualquier momento podía romperse el cielo en una lluvia tan fuerte que sus zapatillas se destruirían, y que los polos que estaba llevando no serían abrigo suficiente para el frío serrano. Julián nunca había ido más allá de la chacra de los Chávez, amigos de la familia, cuya extensa propiedad que se encontraba en el inicio de las estribaciones de la sierra del departamento, por lo que no tenía una noción clara de lo que era en realidad un pueblo o una ciudad de altura. Madre y abuela reestructuraron el contenido del equipaje de Julián, que se aburrió y encendió el televisor, para ver el Topo Gigio, pero este ya se había despedido de todos y se había metido a la camita. Iba a sintonizar otro canal, pero no tuvo tiempo. Su mamá había apagado el televisor, y le hablaba muy nerviosa, con los ojos acuosos y la voz a punto de quebrársele. Le recomendaba a su pequeño hijo no caminar cerca de los profundos precipicios, no comer cosas que no le gustaran así se muriera de hambre, no separarse nunca de Papá Ñato, portarse bien y hacerle caso en todo. Mamá Yayi insistió en lo último, y le dio una bolsita plástica con caramelos de limón, que, según ella, podían contrarrestar los efectos de la altura. Lo mandaron a ducharse, cosa que Julián hizo con prisa, porque quería dormir y despertar lo antes posible, para viajar y llegar a su destino lo antes posible. Julián fue despidiéndose uno a uno de los miembros de la familia, que a esa hora de la noche miraban una telenovela brasileña en espera del noticiero de las diez de la noche. Caminando en medias, y sin hacer ruido, Julián fue hasta el cuarto de su abuelo, y empujó la puerta, que estaba entrecerrada. Su abuelo dormía ya, así que dio media vuelta para regresar a su cuarto y echarse a dormir. Cuando le faltaba un paso para salir, escuchó la voz de Papá Ñato desde las penumbras de la habitación, que había sentido los pasos de su nieto sobre el frío suelo de cemento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hasta mañana, hijo. Duerme ya.&lt;br /&gt;-Hasta mañana, Papá Ñato.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El primer gallo no había terminado de cantar, y ya Julián estaba de pie, al lado de su cama, frotándose los ojos, con el cabello enmarañado y unas ganas inmensas de seguir durmiendo. Su abuelo ya trajinaba a esa hora, alistando cosas que iba a llevar de última hora, empaquetándolas en cajas y en sacos. Se aseó, tomó su mochila, y bajó hasta la puerta principal de la casa, donde Papá Ñato lo esperaba. Julián lo saludó con la voz cargada de pereza, y se recostó sobre unos bultos que eran parte de las cosas que su abuelo estaba llevando para su tierra. En silencio, frotándose cada uno las manos para ahuyentar el frío, esperaron casi diez minutos a que apareciera el transporte que los llevaría hasta el alejado pueblo de la serranía. Rompiendo el silencio de la madrugada, una camioneta crema de líneas laterales naranjas se acercó hasta ellos, tocándoles la bocina desde lejos. Un señor de piel curtida por el sol serrano, gorra azul y zapatillas ligeras, como zapatos de torero, de apellido Vargas, los saludó y ayudó a subir los paquetes a la parte de atrás de la camioneta. La mamá de Julián, en ropa de dormir y abrigada con una chompa, los vio partir desde la azotea, en silencio, y sin poder hacerles la señal de adiós que había previsto. A los pocos minutos, la ciudad fue quedando atrás. Altos cañaverales se extendían a los lados de la oscura carretera, apenas salpicada de ocasionales luces de presurosos buses interprovinciales que bajaban de las alturas cubiertos de polvo y barro y atiborrados de gente, animales y bultos, aburridos por el incómodo viaje y con la única esperanza de que todo aquel calvario terminase de una buena vez. Julián vio la casa de El Señor de la Capa Blanca perdida entre las brumas del amanecer, antes de quedarse profundamente dormido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando abrió los ojos, lo primero que Julián vio una plaza de armas rodeada de casas con techos de doble agua, especialmente diseñados para la lluvia, y muy pocas personas en la calle. Era viernes, día previo a la fiesta de la patria, y de seguro la gente del lugar se hallaba en las chacras desde antes del amanecer. La camioneta se había detenido en uno de los lados de la plaza, contiguo a la iglesia. Papá Ñato vio a su nieto, con una sonrisa cómplice en los labios, a través del empolvado cristal de la camioneta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Buenos días, Papá Ñato.&lt;br /&gt;-Buenos días, hijo.&lt;br /&gt;-Ya te iba a despertar. Llegamos hace cinco minutos.&lt;br /&gt;-¿Ya llegamos?&lt;br /&gt;-Sí. Estamos en Usquil.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Julián vio la puerta de una casa abierta. Un pequeño, antiguo y descolorido cartel de Coca Cola anunciaba que el sitio era una bodega, y restaurante a la vez. Un olor a comida caliente, deliciosa al olfato, le hizo agua a la boca a Julián. Pero no dijo nada, esperando a que Papá Ñato tomara la iniciativa para el desayuno. Estiró las piernas y se desperezó, y cuando su cuerpo entró en sintonía con el día, sintió una corriente helada que lo recorría. Tiritó de frío, así que se puso una chompa que tenía a la mano. Julián notó la ausencia del señor que los había llevado hasta allá.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y el señor Vargas?&lt;br /&gt;-Se ha ido acá a la vuelta, a ver a un primo suyo.&lt;br /&gt;-¿Y tu casa dónde queda?&lt;br /&gt;-Tenemos que viajar diez minutos más para llegar.&lt;br /&gt;-Pensé que era en la ciudad.&lt;br /&gt;-El lugar es mejor que la ciudad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Presuroso, el señor Vargas llegó. Se disculpó por el pequeño retraso, y propuso continuar con la marcha. Papá Ñato aceptó, y junto con su nieto subieron a la camioneta. La calle adoquinada hacía traquetear al vehículo, que atravesó una calle empinada, hasta que salieron del pueblo. No había asfalto en el camino, y como no había llovido, una nube de polvo se levantaba de la tierra rojiza, y se metía por todos los lados de la camioneta. A los costados del maltrecho camino, altos y majestuosos eucaliptos, entre otros árboles, embellecían el verde paisaje salpicado de casitas de adobe, cada una con su corral y un horno de leña al costado. Gallinas revoltosas y perros ruidosos reaccionaban ante el paso de la camioneta. En un recodo del camino, Papá Ñato le pidió al señor Vargas que se detuviera. Bajó el cristal polvoriento e indicó a Julián, señalando hacia un cerro, que ahí se encontraba el Señor de la Piedra, una formación rocosa a la que algún buen cristiano había atribuido un parecido a Cristo crucificado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No logro distinguirlo.&lt;br /&gt;-Arriba, casi al final del cerro.&lt;br /&gt;-No veo nada.&lt;br /&gt;-Parece que Jesús tiene la cabeza de lado y los brazos extendidos. Como en la cruz.&lt;br /&gt;-Ya, ya lo distinguí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En efecto, Julián lo había logrado. El señor Vargas reinició la marcha. Tres minutos después, luego de haber atravesado unas pocas casas agrupadas al costado del cerro con la imagen religiosa, llegaron a su destino final. Todo aquel sector era conocido como La Pampa. Se estacionaron a un costado del camino, en un claro de verde hierba, junto a una casa larga, pintada de crema, que también tenía un letrero de Coca Cola descolorido por la intemperie. Julián no pudo resistir más la curiosidad, ya que el largo viaje lo había puesto un poco impaciente. Le preguntó a su abuelo si aquella era su casa. Papá Ñato sonrió de medio lado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No. Es aquella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con el dedo apuntó hacia arriba. Sobre una verde y marrón colina, coronándola, podía verse una casa de adobe, al natural, con el típico techo de tejas contra las fuertes lluvias serranas. Julián miró asombrado la casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Me gusta!&lt;br /&gt;-Al rato subiremos. Primero vamos a saludar.&lt;br /&gt;-¿A quién?&lt;br /&gt;-A la familia.&lt;br /&gt;-¿Mi Mamá Yayi y los demás están acá?&lt;br /&gt;-Ellos no. Familia nuestra que tenemos acá.&lt;br /&gt;-¡Ah ya!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De la larga casa salieron unos pequeños niños, que se quedaron mirando a los viajeros. Tras ellos, aparecieron una señora y un señor, que se acercaron efusivamente hasta Papá Ñato, y lo saludaron llamándolo tío Florencio, que era su segundo nombre, por el que nadie lo conocía en la ciudad. Julián se quedó mirándolos, hasta que su abuelo lo llamó y se los presentó. Saludó con la mano a la tía María y al tío Segundo, los que se deshicieron en halagos para él. Tu abuelito nos ha contado que eres un niño muy inteligente, le dijeron, y que está muy orgulloso de ti. Julián sonrió y agradeció. Los invitaron a pasar a la casa. La entrada que Julián había visto conducía a un ambiente que era usado como bodega, donde compraban productos de pan llevar la gente del lugar y los viajeros que subían y bajaban por aquellos caminos. Los invitaron a tomar asiento, y, luego de una conversación sobre muchos temas, sirvieron el desayuno. Papá Ñato agradeció la amabilidad. Ante su vista, y ante la de su nieto, pusieron humeantes platos de caldo de gallina de corral, salpicados con romero y cebolla china finamente picada. En diminutos platos había rocoto molido, limón partido en cuartos y pizcas de sal para quien gustara de comer salado, como Julián, quien comió en silencio, escuchando a los mayores hablar de tantos temas, que pronto la cabeza se le revoloteó y prefirió observar el lugar donde se encontraba. El lugar estaba sumergido en una tenue penumbra, ya que la única ventana del lugar estaba bloqueada por la espalda del tío Segundo y de Papá Ñato. Había calendarios del partido de la estrella en las paredes, de aceites para motor y combustibles y de bazares comerciales de la costa. Los andamio estaban repletos de gaseosas, paquetes de velas, sal, fideos, arroz, latas de atún, pilas, linternas y tres grandes barriles con kerosene, que era vendido por litros. Al cabo de un rato, cuando la conversación languidecía, y después de que fueran invitados a almorzar, Papá Ñato y Julián, ayudados por el señor Vargas y por dos de los hijos del tío Segundo, subieron el irregular camino de piedra hasta lo más alto de la colina. Era un empinado trecho, que, a pesar de las lógicas preocupaciones de Papá Ñato, su nieto subió sin tropiezo alguno, como si conociera aquel camino de toda la vida, como si sus primeros pasos hubieran sido transitándolo. Resoplando, con el último aire, y con gotas de sudor bajándoles por las sienes, llegaron hasta la casa. Papá Ñato le aconsejó a Julián que no se parara muy al borde, porque sino podía rodarse hasta la carretera. Los dos muchachos se despidieron, hasta luego tío Florencio, lo esperamos para el almuerzo, pero él no los dejó irse con las manos vacías, vengan muchachos, se han ganado una propina, les dijo, la que ellos recibieron gustosos y se retiraron con una sonrisa en sus labios. Julián escuchó a su abuelo hablar de negocios, de dinero, de fechas y de otras cosas con el seño Vargas. Papá Ñato llamó a Julián para que le diera la mano al señor Vargas y se despidiera de él. Vieron desaparecer su figura, primero bajando el camino de la colina, y luego o vieron enrumbar en su camioneta hacia el pueblo. Eran casi las diez de la mañana. De un bolsillo de su casaca, Papá Ñato extrajo un llavero. Se sacó la casaca, que ya empezaba a incomodarle, volteó hacia su nieto, y con una amplia sonrisa en los labios le preguntó ¿te gusta mi tierra? Julián, sonriéndole también a su querido abuelo, le dijo que sí, que aquellos cerros y chacras eran un sitio tranquilo, totalmente diferente, y que, si de él dependiera, se quedaría muchos, muchos días.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-8418744422631051518?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocruzm.blogspot.com/feeds/8418744422631051518/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=33250870&amp;postID=8418744422631051518' title='21 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/8418744422631051518'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/8418744422631051518'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2010/02/alturas-de-usquil.html' title='Alturas de Usquil...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S4AR1Vsnh7I/AAAAAAAAAOw/PXFlz3-5tKk/s72-c/usquil.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>21</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-5474175691257713418</id><published>2010-01-20T00:22:00.002-05:00</published><updated>2010-01-20T20:56:43.314-05:00</updated><title type='text'>A falta de pan...</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;La media luz de la habitación formaba extrañas siluetas en el piso y las paredes. Formas abstractas, macabras, sutiles. En medio del pandemonio de la oscuridad, Kathy observó desde la puerta del baño privado el cuerpo dormido de Nohelia. Sintió que una descarga eléctrica recorría su espalda, desde su nuca hasta el inicio de la sensual curva de su trasero. Instintivamente, llevó una mano hasta sus pechos, y empezó a acariciárselos, suavemente, describiendo círculos alrededor de sus areolas, pero supo contenerse a tiempo. Para qué darme placer por mi propia mano, pensó, si tengo a una mujer espectacular a mi lado. Entró a la cama con sutileza, procurando no despertarla, teniendo cuidado de no arrugar aun más las ya revueltas sábanas. Se acercó hasta ella con cautela, rozando apenas su suave piel trigueña, sintiendo el aroma de su loción, acercando sus labios hasta casi beber de las gotas de sudor que la surcaban. Llegó hasta su oreja derecha, la única visible por estar durmiendo plácidamente de costado, sobre su lado izquierdo, y le sopló despacio, casi imperceptiblemente, para que Nohelia despertara. Una vez, dos veces. Nada. Al contrario, su aliento a alcohol estaba ayudando a adormecer aun más a su querida amiga y compañera. Se decidió por los besos. Pero estos no fueron sutiles. La besó con frenesí, casi con angustia, saboreando el sabor de su sudor, de su piel azucarada, hasta que Nohelia reaccionó. Sacada de improviso de su corto pero profundo sueño, sonrió al darse cuenta de que tenía acaballada sobre sí a su querida Kathy, a quien quería mucho más de lo que la gente, y ella misma, creían.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nohelia no tuvo más remedio que dejarse llevar por el violento torbellino que la envolvía. Era inevitable el choque de aquellas dos galaxias, entrecruzadas ahora en el inicio de una cuesta de besos, abrazos y caricias. Se conocían tanto tiempo, y sus miradas habían coincidido tantas veces, que era sólo cuestión de tiempo para que pasara lo que estaba empezando aquella noche. La que empezó la conexión entre ellas fue Nohelia. Le agradaba sobremanera la compañía de Kathy, la forma inocente en que ella posaba sus labios sobre las mejillas de ella a la hora del diario saludo, de la obligatoria despedida, o por cualquier motivo que fuera un buen pretexto para sentir la cercanía de la amiga que empezaba a crear en ella sensaciones que nunca había experimentado. Cierta tarde, en que ambas esperaban una clase, Nohelia corrió hacia el baño de mujeres del segundo piso de la Facultad donde ambas estudiaban leyes, sin avisar siquiera a la sorprendida Kathy, que pensó que se trataba de alguna urgencia típica de mujer, pero no fue así. Corrió tras ella, y la encontró encerrada en uno de los cubículos. Le habló algo alarmada, la interrogó con el corazón sobresaltado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Estás bien, Nohelia?&lt;br /&gt;-Sí, no es nada del otro mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero no era verdad. No se encontraba bien. Nohelia se encontraba totalmente acalorada, asaltada por pensamientos sublimes y lujuriosos. Mientras esperaba con Kathy a que llegara el profesor, y los demás compañeros de clase, había tenido la perturbadora revelación de la anatomía de su amiga, tan cercana, tan sensual. El escote de la blusa de Kathy le abrió los ojos. Un repentino calor, que se inició en la boca de su estómago, y que recorrió su cuerpo a la velocidad del trueno, la empujó hacia la loca carrera que la condujo hasta aquel reducido espacio, donde se escondió, llena de inútil pudor y de deseos que no podía seguir reprimiendo más. Mientras Kathy revisaba su celular, aguardando a la amiga encerrada haciendo lo suyo, Nohelia actuaba por cuenta propia. Se había despojado del ceñido jean, de las coquetas sandalias, y de la pequeña, casi microscópica tanga turquesa que llevaba puesta. Se tocó sin importarle ser descubierta, ni oída, sin que le llegara a incomodar la idea de que Kathy la viera ardiendo de deseos por ella, tocándose con frenesí en medio de la tarde y en un lugar donde supuestamente solo debía primar lo académico. La afeitada y aterciopelada piel de su entrepierna estaba ardiendo, y por sus poros casi podían adivinarse unas pequeñas lenguas de fuego. Las yemas de sus dedos, casi laceradas por la furia, marcaron el ritmo de su acelerado corazón. No pudo evitar dejar escapar unos pequeños gemidos, salidos de lo más profundo de su garganta. Kathy, alarmada, creyéndola enferma, y aprovechando la soledad de esas horas de la tarde, forzó la puerta del sanitario, y vio ante sus ojos un perturbador espectáculo. Nohelia, con la ropa interior, pendiendo de su pie derecho, balanceándose y a punto de caer al suelo, y con ambas manos ocupadas, la izquierda en el seno del mismo lado y la derecha explorando la parte sur de su anatomía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué es lo que ocurre?&lt;br /&gt;-Nada.&lt;br /&gt;-Si estás así de caliente, deberías ir a tu casa.&lt;br /&gt;-Prefiero ir a la tuya.&lt;br /&gt;-En mi casa sabes que no se puede. Mi hermano para ahí.&lt;br /&gt;-Parece que no me has comprendido.&lt;br /&gt;-¿Comprender qué cosa?&lt;br /&gt;-Que no quiero ir a tu casa a tocarme sola.&lt;br /&gt;-¿A qué, entonces?&lt;br /&gt;-A que tú me hagas todo lo que quieras.&lt;br /&gt;-No entiendo.&lt;br /&gt;-Eso es lo lindo de ti.&lt;br /&gt;-¿Qué cosa?&lt;br /&gt;-Que siempre te haces la que no entiende nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Kathy no supo qué responderle. Nohelia se acercó hasta ella. Acercó sus labios peligrosamente hasta los suyos, pero en vez del esperado beso, Nohelia exploró el cuello de su amiga, despacio, sin apuro, sin que ninguna mirada inoportuna las sacara de aquel trance. Kathy habló con el corazón a punto de salírsele.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Acaso sabes leer el pensamiento?&lt;br /&gt;-Yo sabía que te morías por mí.&lt;br /&gt;-Pues sí.&lt;br /&gt;-¿Y por qué nunca te atreviste a decirme algo?&lt;br /&gt;-Como dice la canción, por cobarde, cobarde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recuperaron el sentido de la realidad cuando escucharon voces que se acercaban hasta el baño de damas de la Facultad. Reaccionaron. Kathy ayudó a su amiga a vestirse, y ésta, como agradecimiento, le dio un fugaz piquito. Salieron como si nada hubiera ocurrido, frescas, radiantes y felices, y en vez de dirigirse hacia el salón donde tenían clases, abrazadas, sintiendo el calor la una de la otra, y sin decirse una sola palabra, salieron de la universidad y enrumbaron hacia la casa de Kathy. Se encontraba toda la familia presente, pero ella llegó sólo a sacar los únicos cien soles que tenía ahorrados entre las hojas amarillentas de un antiguo libro escolar que había guardado como recuerdo, pidió permiso para llegar tarde, so pretexto de realizar un trabajo grupal, y se fue con Nohelia sin rumbo preestablecido, con el destino final de ambas a punto de ser decidido en un taxi.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Atardecía cuando el taxi que las llevaba entró en un sendero sin asfaltar. La polvareda y el traqueteo del vehículo indicaban que su destino estaba próximo. Efectivamente, luego de avanzar unos metros pudieron advertir el letrero que anunciaba que habían llegado a aquel conocido bungalow, lugar de paso para las parejas calenturientas que querían amarse en secreto, lejos de las miradas inquisidoras de la cucufata sociedad, y, lo que era mejor, en un ambiente donde uno podía escoger una habitación temática y ser, al menos por cinco horas, que era lo que duraba el turno, como si hubiera anclado en los años del art decó, en una antigua recámara egipcia, en una espesa y salvaje jungla del amazonas, en medio de la ciudad sagrada de los incas o una habitación de cualquiera de las calles de Tokio. Fueron guiadas a través de aquel laberinto de habitaciones con cochera por el suspicaz botones, quien sonreía maliciosamente al ver a dos hermosas jóvenes sin ningún acompañante masculino. Escogieron la suite art decó, que fue la más les llamó la atención, por su curiosa mezcla de colores. El botones, retomando la seriedad que debía tener en todo momento, preguntó lo usual en aquellas ocasiones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Esperan las señoritas a algún amigo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las amigas le respondieron que eso no era asunto suyo, y que podía retirarse. No bien escucharon cerrarse la puerta tras ellas, se abrazaron por un largo rato, calcinándose en las brazas vivas que ardían al interior de ellas, sofocándose en los vapores de sauna que parecía salir de sus entrañas. Kathy dio la iniciativa. Acercó su rostro hasta el de Nohelia, sin poder creer del todo que estuviera en aquella situación con la amiga querida, compañera de aula, cómplice de amanecidas, escudera en las innumerables fiestas y reuniones sociales a las que había asistido. La beso despacio en los labios, no sin antes estamparle un beso en la frente y de rozar su nariz contra la de ella, como los esquimales. Lo que en un comienzo fue un inocente ósculo de flamantes amantes, pronto se convirtió en una acalorada batalla de dos bocas descarriadas, la lucha de dos lenguas, el remolino de dos salivas fundiéndose en una sola. Nohelia no resistió más y deslizó sus manos hasta el firme, duro, sensual y sensual derrier de Kathy, quien no pudo evitar sobresaltarse por la sorpresa y la emoción del momento, y, sobreponiéndose, pasó a hacer lo mismo que Nohelia, siguiendo sus pasos, imitando sus movimientos, tocando el semicírculo que se encontraba al final de la espalda de Nohelia, ésta reptando por la piel de Kathy hasta llegar a sus senos morenos de pezones deliciosos, pequeños como andinos capulíes, entreteniéndose ambas, ardientes y divertidas, con acariciar sus montes de Venus inmaculados, sin rastros de algún sólo vello y sin que ambas pudieran sentir la aspereza del afeitado de la otra, lúdicas como dos púberes ninfas perdidas en la frontera del deseo, colindante con algún inmemorial bosque griego.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nohelia desnudó de dos certeros zarpazos a Kathy, que únicamente conservó el pequeño hilo dental negro, sin encajes ni volantes, totalmente liso, que había comprado a través de un catálogo. Jugó un rato con sus ligeros pies, besándolos, amándolos, atesorándolos, hasta que no pudo más. Se abalanzó sobre ella, sobre sus pequeños pechos, amamantándose como recién nacida hambrienta, toqueteando sin parar la zona baja de Kathy, que cerró los ojos y se dejó llevar, mientras sentía por primera vez en su vida aflorar su feminidad al cien por ciento, que en ella brotaba su clítoris escondido a lo largo de los años en algún recóndito lugar de su anatomía, lo sentía, sabía que estaba ahí, ahora era palpable y visible, tocado, husmeado, lamido, embebido, saboreado, mordisqueado y jaloneado por la amiga a la que siempre quiso como algo más, la que ahora recorría la zona adyacente e inmediatamente contigua a su sexo rosáceo, aquel lugar que jamás veía la luz del sol y que ahora era un instrumento más en aquella danza interminable de placer, que se extendió, propagó también a Nohelia, que se había terminado de despojar de la pequeña tanga que se había bajado con frenesí en la Facultad, y que ahora gozaba como una retorcida diosa hindú porque Kathy le estaba haciendo lo mismo a ella, una arriba, una abajo, en una amalgama de aquellos dos cuerpos sensuales y jóvenes que cualquier pintor hubiera deseado retratar o cualquier voyeurista hubiera deseado admirar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los minutos habían transcurrido a un ritmo distinto aquella noche. Se habían amado cinco veces, hasta el cansancio, hasta el borde del desmayo y de la muerte, y ahora, agotadas por la larga y productiva faena, dormitaban abrazadas. El negro, rojo y blanco de la habitación a media luz les produjo un adormecimiento rápido y un sueño placentero. Kathy escuchó el timbre del teléfono, era la recepcionista preguntándoles si seguirían un nuevo turno, ya que les quedaban treinta escasos minutos en aquel lugar. Kathy dijo que no, que se retirarían antes de que culminara la media hora. Colgó, fue al baño, y cuando regresó vio el sensual espectáculo de su compañera dormitando sin preocupaciones ni remilgos de conciencia en la revuelta y enorme cama matrimonial. Nohelia despertó, algo mareada por las cervezas que habían tomado del frigobar, y se abalanzó sobre Kathy. Cuando iban a besarse, sonó, fuerte, claro y premonitorio, el celular de Kathy, dejado con descuido en la mesita de noche. Nohelia estiró la mano en un movimiento gatuno, leyó el mensaje recibido, y se quedó en silencio. Luego de unos segundos, y tras ponerse de pie, gritó su frustración tan fuertemente que la escucharon desde otras habitaciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Quién mierda es E.M.?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No esperó una respuesta. Nohelia se vistió rápidamente, como mejor pudo, olvidando ponerse la tanga turquesa que quedó al borde de la cama, y se fue del lugar, llorando y sintiéndose traicionada. Kathy fue tras ella, llamándola por su nombre, pero se detuvo porque el escándalo había hecho salir de sus habitaciones a las demás parejas, y porque cayó en la cuenta de que estaba totalmente desnuda y exhibiendo su piel canela a diestra y siniestra. Kathy regresó rápidamente a la habitación, se vistió, pidió un taxi, que demoró más de veinte minutos en llegar. Nohelia se había marchado caminando por aquel lugar solitario y peligroso, pero había tenido la suerte de encontrar un taxi que la llevó sin ningún contratiempo hasta su casa. Kathy, mientras esperaba el taxi, lloraba en silencio el mal entendido con la mujer que había tenido tan magnífica noche, y con la que empezaba a hacerse ilusiones de corazón. Tenía que solucionar eso. La buscaría aquella misma noche, y si no le daba la cara, tendría que verla sí o sí en la Facultad, en clases. Al rato llegó el taxi, y mientras este avanzaba por las avenidas desiertas de Trujillo, Kathy seguía llorando en silencio por Nohelia, mientras estrujaba con fuerza la tanga olvidada, único recuerdo que le quedaba de aquella noche, recuerdo que cuidaría como si fuera de oro hasta conseguir que su amiga amada volviera con ella, por las buenas o usando miles de artimañas.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-5474175691257713418?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocruzm.blogspot.com/feeds/5474175691257713418/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=33250870&amp;postID=5474175691257713418' title='18 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/5474175691257713418'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/5474175691257713418'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2010/01/falta-de-pan.html' title='A falta de pan...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><thr:total>18</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-6812427823009786922</id><published>2009-11-20T02:47:00.003-05:00</published><updated>2009-11-20T13:09:40.254-05:00</updated><title type='text'>Sombras nada más...</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/SwZKc0f8HII/AAAAAAAAAOA/zqrMvnSKHYI/s1600/081.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 320px; DISPLAY: block; HEIGHT: 202px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5406090261694258306" border="0" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/SwZKc0f8HII/AAAAAAAAAOA/zqrMvnSKHYI/s320/081.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Son mil emociones. Pero por las tardes, cuando el tibio sol cae y el gris se vuelve negro, siento como si fueran tres millones de emociones, algunas de ellas aun no descritas en lengua humana conocida. Cada emoción, cada segundo consumido pensando en ti, amándote en silencio, no lo volveré a recuperar, pero vale la pena, porque prefiero vivir y morir idealizando tu pequeña nariz, tu risa estridente, tus dientes perfectos, tu corte de cabello a la moda, que olvidar, resignado, que una vez te quise como nunca debí hacerlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin saber cómo, ni en qué momento empezó, pero vaticinando como acabaría todo, fui arrastrado lentamente por las aguas revueltas de algo poco factible. Tu amor. Eres la única mujer en esta tierra que me ha visto llorar como un niño por un amor que nunca valió la pena, la que malgastaba sus mañanas de sábado con el tonto pretexto de escuchar de mis labios explicaciones jurídicas que no necesitabas. Eres tan buena, que con ese y otros pretextos acudías a mi casa, sólo para cerciorarte de que no haya pasado toda la madrugada llorando, de que me haya tomado la medicación prescrita por la psiquiatra, y para alejar de mi vista, una vez más, la navaja con la que tenía planeado cortarme las venas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y mil confusiones son las que ahora rondan mi mente. No nacieron en aquellos lejanos días cuando yo únicamente pensaba en morir, ni en aquellos días finales del verano en que te conocí. Han nacido tan recientemente, que aun puedo sentir el olor a pizza que me recuerda siempre a ti. Son confusiones que me matan, que me hieren, porque sé perfectamente que ambiciono el trono de un reino que jamás podré conquistar, ni usando el sabio arte de la guerra ni aplicando las más vedadas estrategias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se pasan los días, sin encontrar yo algunas lógicas explicaciones. Me estoy volviendo más loco de lo que soy en realidad, y esta vez va en serio, porque ni en el más absoluto estado de inconsciencia puedo dejar de pensar en ti. Estoy aturdido, enfadado, malhumorado, porque cuando siento que no voy a conseguir algo, se me avinagra hasta la alegría empozada y macerada en el fondo de mi alma. Hablando conmigo mismo en las noches eternas, mientras escucho a la Sonora Matancera y a Andrés Calamaro, me pregunto si algún día podré sacudirme esta reverenda tontería que estoy haciendo. Sacrificar nuestra amistad por un amor imposible no estaba en mis planes, ni en los tuyos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No seas tonto, Julián. No la pierdas.&lt;br /&gt;-Es que ella me confunde, Julián.&lt;br /&gt;-Sabes bien que es un imposible.&lt;br /&gt;-Imposible es algo que toda la vida me he pasado diciendo.&lt;br /&gt;-¿Y?&lt;br /&gt;-Que por una única vez en toda mi perra vida quisiera olvidarme de esa palabra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tuve que volver a tomar la antigua medicación que, años atrás, me permitió sobrevivir las horas más amargas de mi vida. Me encerré de nuevo a ver morir las horas, aferrado al frasco de pastillas que parecen ya no hacerme efecto. Me he vuelto inmune a los antidepresivos. A la mierda el prozac. Tendré que conseguir algo más fuerte. La vida se me iba en estar triste, y en esperarla. Tanto la esperaba, que se me olvidó cerciorarme si volvió. Pero cuando caía en la cuenta de su crónica ausencia, entendí a la perfección el mensaje. Ella, esta vez, no estará para mí, como antaño. Se ha dado cuenta de que la he estado amando en el más absoluto de los silencios, y de que no me pongo en contacto con ella por el miedo estúpido pero justificado a que todo se vaya a la mierda entre nosotros. Ella tampoco deja ver sus hermosos ojos color almendra, achinados. Su tierna mirada y su frágil figura no están más frente a mí. No tengo noticia alguna de su vida desde hace ya varios días. Es lo mejor por el momento. Y creo que será lo mejor para el futuro. Sobretodo para el de ella, que tiene muchas mejores cosas por las cuales preocuparse, que detenerse a siquiera sonreír por los tontos sentimientos de un amigo al que siempre verá como tal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por ahora sólo me dedico a recuperar el equilibrio perdido recientemente debido a estas innecesarias situaciones. Duermo, lloro, me ducho y vuelvo a dormir. Si recuerdo ir a la oficina, hago el trabajo mecánicamente, sin la emoción de antes, perdido en la bruma de un puerto en el que sólo podré encallar, y nunca desembarcar. Por las noches, cuando no puedo dormir, sólo pienso en ella. Y cuando siento que dormiré, un ángel del cielo baja a secar mis lágrimas, y a arroparme, para protegerme del frío y de los malos espíritus que rondan sólo en mi desordenada mente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero mi sueño es poco profundo, por más que el ángel me cante canciones hermosas en idiomas desconocidos, canciones compuestas por los primeros trovadores de la humanidad. El ser de luz se rinde, y deja mi cuarto, para no empaparse de mi tristeza inquebrantable. En la penumbra de la noche abro mis ojos, y veo sólo extrañas formas, y entre ellas, la silueta de aquella mágica mujer que me tiene en este estado. Recuerdo a Mar de Copas, y en plena madrugada empiezo a cantar sin preocuparme del qué dirán.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sombras nada más, de un amor, que viene y va…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Silencio. No hay acordes ni respuesta alguna. Entonces, no debo estar tan loco, ni tan loco por ella como pienso. Es eso, o el prozac si me está dando resultados, nuevamente. Hago el amago de sonreír, y escucho la respuesta de mi propia voz, salida de mente, y de ningún otro lugar, confirmándome que, ene efecto, he empezado a perder definitivamente la razón, no por el esquivo e imposible amor de ella, sino porque mi destino es el de ser un total orate.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Huellas de otro amor, que al morir, cantando va…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En verdad ya nada me importa. Canto la hermosa canción. Prendo la laptop, la selecciono en el reproductor de música, y selecciono la opción de repetirla indefinidamente. Suena una y otra y otra y otra vez. Casi sin ver nada, a tientas, de memoria como un perrito viejo, camino los cinco pasos que me separan de mi bajo eléctrico. Me lo cuelgo y empiezo a adivinar las notas, el ritmo, y cuando finalmente doy con ambos, no paro de tocar hasta que la noche se aclara, y no dejo de llorar pensando en que nunca podré tener su amor, porque ni en sueños serán míos sus labios, no hay solución, antes lo tenía todo marchito y agrietado, pero desde hoy, tengo partido, para siempre, en dos el corazón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El día llega, y yo sigo tan igual como al comienzo. Me siento a escribir, aun con la canción sonando insistentemente. Me desahogo tibiamente en un cuento que no excede las dos páginas, porque el estado anímico ha afectado, para bien o para mal, mi inspiración literaria. El frío de las seis de la mañana se cuela a mi cuarto. Me pongo encima una vieja polera, y continúo escribiendo. Escribo que te quiero mil veces, y mil veces también tendré que olvidarte. He decidido irme. Y esta vez no volveré. Te dejo en una vieja caja naranja algunas cosas que quiero que guardes como recuerdos, y en el fondo de un polvoriento cajón, con un documento formal, te entrego mis sueños, para que, algún día, los hagas realidad. No tengo nada más que hacer. Termino de escribir, y me voy tarareando que me llevo todo mi inútil amor, ese amor que al morir, cantando va, tal como yo que, al cantar mientras me voy, muriendo estoy. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-6812427823009786922?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocruzm.blogspot.com/feeds/6812427823009786922/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=33250870&amp;postID=6812427823009786922' title='24 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/6812427823009786922'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/6812427823009786922'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2009/11/sombras-nada-mas.html' title='Sombras nada más...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/SwZKc0f8HII/AAAAAAAAAOA/zqrMvnSKHYI/s72-c/081.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>24</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-7198466890337005283</id><published>2009-09-28T21:41:00.001-05:00</published><updated>2009-09-28T21:49:14.704-05:00</updated><title type='text'>Tu nombre...</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/SsF1o_F-UEI/AAAAAAAAANw/NL_0KcH35bc/s1600-h/soledad.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 214px; DISPLAY: block; HEIGHT: 320px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5386715976303530050" border="0" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/SsF1o_F-UEI/AAAAAAAAANw/NL_0KcH35bc/s320/soledad.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Me despiertan tus besos al amanecer. Me sacan de lo profundo de mis sueños, y reconfortan los primeros minutos de mi día. Siento tus labios pequeños y húmedos posarse sobre mi piel, y sonrío para mí. Volteo a sonreírte y no estás. Nada era una dulce realidad, sino la más tragicómica de las situaciones. La sonrisa se borra de mi rostro, las retinas se contraen, y la lluvia en mis ojos se aproxima, es inminente, hasta que un sacudón de la realidad aleja la tempestad de mi camino. Es la alarma de mi celular, que me avisa del inicio de la jornada. Lástima que yo ya lleve un par de minutos pisando el limbo entre lo real y lo ficticio. Te gané, celular. Veo tu sombra pasar por el pasillo, rumbo a la puerta, pero no escucho ni tus pasos ni el ruido de tus llaves ni el sonido metálico de la reja. Cada vez que te marchas, mis mañanas se cubren, empapan de hiel. Saboreo la amargura de tu ausencia, porque eres lo único que tengo en esta vida, así tú tengas más y mejores cosas y personas por las que sufrir y sonreír. Tu ausencia es el cáncer que corroe mi alma, y nada más que mi alma, porque hace mucho tiempo una enfermedad pulverizó el músculo que latía dentro de mi pecho, y una brisa leve que pasaba se llevó para siempre las cenizas que quedaron. El espacio vacío que queda ahora dentro de mi lo ocupan telarañas y polvo, y nada hay que pueda tener vida dentro de mi. La mañana avanza, contigo o sin ti, al igual que esta ingrata vida, y, abrumado por tu ausencia, sólo me queda algo mejor que pararme de mi cama y pensar en ti. Me cubro del frío con mi vieja manta azul, y cierro los ojos para pensar en ti. Lo primero que haces es sonreírme, con esa sonrisa demoníaca tuya, de ángel y demonio, de pequeña odalisca de mi corte personal. Te acercas a mi, recitando un poema de Benedetti, porque tú siempre existes dondequiera, pero existes mejor donde te quiero, y yo te miro atolondrado porque no sé en qué momento te quedaste sin una sola prenda sobre tu cuerpo pequeño, y ardiendo de poemas y de besos me dejas mudo hasta nuevo aviso, mientras devoras libra a libra mi carne, arrancando la piel de mis huesos, y yo no me canso de palpar tus entradas y tus salidas, tus lunares y recovecos, porque amo tus misterios y odio tus secretos, porque tu no te cansas de recitar a Benedetti, tengo que amarte, aunque esta herida duela como dos. Ahora el que domina la escena soy yo, porque te recorro desnuda de principio a fin, y soy ahora el que recita, eres mejor que todas tus imágenes, porque eres linda desde el pie hasta el alma. Abro los ojos. El día es claro. Las brumas de la noche se han ido, y a mí el tiempo me empieza a escasear. Me apuro, porque por más que la vida sea difícil sin ti, tengo que seguir adelante, tengo que sonreír hipócritamente y dictar clases en la universidad. Si mis alumnos supieran el calvario que paso a diario por tu ausencia, entenderían mejor cuando la mirada se me pierde en el infinito de las ocho de la mañana, rastreando el cercano horizonte de los pasillos por lo que alguna vez caminé como alumno, cuando yo ya estaba de salida y tu apenas estabas ingresando, y comprenderían que su profesor se tiene bien ganado el apelativo de loco que sus viejos amigos le pusieron hace ya tantos años. Con el tiempo exacto para ducharme, cambiarme y llegar a tiempo a dictar clase, acelero mi ritmo y me muevo como en cámara rápida. Peino mis cabellos plateados, me anudo la corbata con un exacto medio windsor, tomo el maletín preparado la noche anterior, antes de acostarme junto a ti. No hay suficientes palabras, en todos los idiomas del mundo, que puedan expresar de una manera correcta y adecuada la falta que me hace tu risa, mi dulce amor, porque eres todo en un beso, porque eres todo mi deseo, porque me olvidé el ayer en tu cuerpo, y el mañana sólo lo obtendré en la curva de tu cintura, que es como la media luna que mis manos buscan en la noche sin estrellas de mi vida. Antes de salir del departamento, recibo una llamada al celular. Es un amigo, de los más fieles y leales, que me cuenta cuatro cosas. No le presto mucha atención. Mi silencio me delata. Me recrimina de una manera fuerte y directa. Deja de pensar en ella, me pide, han pasado ya diecinueve años. No le presto atención. Lo dejo despacharse a su antojo. Finalmente le dije que me llamara en otro momento, porque este no era el adecuado, y le cuelgo. En este estado no puedo manejar, por lo que dejo en la cochera la vieja Ford del ’70 que me sigue acompañando y lo seguirá haciendo hasta que ella o yo dejemos para siempre este mundo. En mi corazón estaba grabado tu nombre, pero como hace tiempo lo perdí, tú nombre esta grabado a fuego en mi alma. En eso pienso mientras dicto la clase a los entusiastas universitarios que desean ser los hombres de leyes del mañana, las promesas del derecho, los juristas vanguardistas que sólo seguirán el camino de la justicia, pero hoy no puedo concentrarme, porque sólo pienso en ella, la que engalana mis sueños con su voz de niña buena y la que destruye mis ilusiones con sus actitudes de niña mala, porque pasa el tiempo y voy queriéndote más, porque en toda mi pasión se esconde tu nombre, tu mágico nombre, las dos vocales y las dos consonantes más importantes de todo mi existir, porque a pesar de todo no concibo vivir mi vida sin ti, acepto todas tus ideas y acciones por muy locas que sean, tantos años han pasado y sigues siendo igual a como te conocí, y sé eso porque de cuando en vez me llegan noticias tuyas, algunas buenas, algunas tristes, y yo las comparto contigo por las noches, antes de acostarme y despertar en mis sueños junto a ti, porque solamente en el mundo irreal de mis absurdas alucinaciones soy feliz, junto a ti, debajo de ti o sobre ti, tomándote de la mano o buscando en tu boca las perlas que la mar furiosa me niega. Termino mi clase y me retiro rápidamente, fingiendo hablar por celular, cuando en realidad casi nadie me llama, porque ni las canas ni los libros publicados ni los galardones recibidos lograron volverme interesante, olvidarte y seguir adelante. Me detengo a tomar un respiro, en una avenida nueva y enorme, de la cual no tengo recuerdos, porque la ciudad avanza y los lugares donde fui muy triste o fui muy feliz casi ya no existen, desaparecen como los unicornios, y mientras mi aletargado organismo se recobra, saco de mi maletín un pequeño frasco, lo abro, tomo una pequeña pastilla, me la llevo a la boca y me la paso sin una sola gota de agua, y sigo caminando, rumiando los recuerdos felices e infelices que me alientan a seguir viviendo, porque sin ellos y sin mis pastillas ya me habría vuelto un orate completo, que iría por la ciudad escribiendo graffittis que repitan tu nombre, tan corto pero a la vez tan grande, en vez de sólo vivir con tu crónica ausencia y soñándote, desnuda y muriéndote de amor por mi, cada madrugada. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-7198466890337005283?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocruzm.blogspot.com/feeds/7198466890337005283/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=33250870&amp;postID=7198466890337005283' title='17 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/7198466890337005283'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/7198466890337005283'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2009/09/tu-nombre.html' title='Tu nombre...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/SsF1o_F-UEI/AAAAAAAAANw/NL_0KcH35bc/s72-c/soledad.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>17</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-868022565131621110</id><published>2009-07-16T02:31:00.002-05:00</published><updated>2009-07-16T02:43:44.333-05:00</updated><title type='text'>No se lo digas a Diego...</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Caminando a paso inseguro en aquel enorme laberinto de innumerables puertas y de paredes de pintura descascarada por la ingratitud de los años, Adrián no terminaba de estar consciente de la situación a la que lo habían arrastrado. El negro manto de la noche puntual había oscurecido la ciudad hacía mucho rato, y sólo algunas estrellas, solitarias y muy desperdigadas entre sí en la enorme acuarela celestial, matizaban la negrura del cosmos con sus brillos débiles y distantes. Llevaba sobre las espaldas el peso ingrato de dar gusto a sus amigos, y la sonrisa, tan fácil en él, había desaparecido sin dejar rastro de su paso. Haciendo puños dentro de los bolsillos de su casaca de cuero marrón, sudando frío, sintiendo las entrañas como de cemento, los pies como de plomo y con la precisión de su vista disminuida al mínimo, trataba de alargar en vano el desenlace de aquella jornada para el recuerdo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La banda tocaba avenida Larco, del grupo Frágil. Néstor cantaba a todo pulmón subido sobre la mesa, sujetando fuertemente su vaso de chilcano de pisco, invitando a la gente reunida en aquel bar a secundarlo en el desorden generalizado, faldita a la moda, jean apretado, cantaba Néstor, llegan de todos lados, respondían en coro las chicas sin acompañantes de las mesas vecinas que observaban al flaco y bonachón sujeto que amenizaba la noche mejor que la misma banda, opacada por el alma de aquella noche. Las últimas líneas de la canción disminuyeron el ímpetu de Néstor, quien bajó de la mesa aplaudido por sus colegas de profesión y parranda, y por algunos amigos y hermosas desconocidas de otras mesas. Tan animado estaba que propuso algo que todos aprobaron por unanimidad, diciendo salud y haciendo chocar sus vasos repletos de licor. El único que no atinó a reaccionar, y que se quedó de piedra, suspendido en el tiempo indefinido de sus pensamientos, fue el atribulado Adrián.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La del cuarto diecisiete lo invitó a pasar, enseñándole sus grandes nalgas y su pequeño busto, pero él siguió de largo, aumentando el suplicio, prolongando la tortura, acrecentando las dudas de sus amigos. Una morena de exageradas carnes, oscura como una pantera y de dientes tan blancos que no parecían reales, jaló del brazo a Adrián y casi lo arrastra al remolino de su cama de cemento. Él logró escapar a tiempo de las garras de la morena, y siguió caminando al lado de sus incondicionales amigos, que lo alentaban con palabras de grueso calibre a decidirse de una buena vez. Más por salir del paso y terminar de una buena vez con aquella insospechada pesadilla, Adrián prestó más atención a las chicas de las puertas siguientes. Estuvo a punto de ser seducido por una chica con cara de niña, cejas gruesas y cabellos crespos, ataviada con un camisón de noche de color morado, pero fue rescatado a tiempo por su amigo y maestro Sebastián, que, con la experiencia acumulada por los años y por el hecho de ser el único del grupo que mantenía felices a cinco mujeres a la vez, le aconsejó cuidarse de las chatas, crespas, cejonas y pendejas, y con caras de mosca muerta, para remate, porque eran las peores de todas, y le recordó la experiencia de un amigo ausente aquella noche, Julián, quien confió en una mujer así y terminó al borde del suicidio. Adrián aceptó de buen gusto el consejo, no por la carga de sabiduría de las palabras, sino por ampliar un poco más el inevitable desenlace.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Marcos manejaba a toda velocidad su carro, plateado como la tímida luna de aquella noche, que no podía romper el siniestro cerco de las sombras y nubes del cielo. El rock de los años ochenta a todo volumen dificultaba la conversación, pero el tema era uno solo y conocido de antemano por todos. En el asiento del copiloto, decidiendo destinos ajenos, Sebastián arengaba a Adrián, como un general a punto de ir a la inseguridad de la batalla. Federico iba dormitando, pero reaccionaba por ratos, pasaba una mano temblorosa por sus cabellos rebeldes, y soltaba una frase ininteligible a causa de la borrachera. A su costado, el aceleradísimo Néstor sacaba cálculos mentales, multiplicaba sus escasos kilos por su altura, lo dividía entre la resistencia del viento y calculaba que la energía le alcanzaría para tres embestidas, y, con algo de suerte y espinaca, para un cuarto asalto. Finalizando el tridente formado en el asiento posterior, viendo a la ciudad acabarse de golpe y a la carretera panamericana penetrar el desierto y partir en dos el alejado y pobre distrito al que iban aquella noche. Adrián no terminaba de resignarse a una suerte que no echó él, sino que fue echada de bruces contra el suelo por sus amigos, todos mayores que él y con demasiado kilometraje acumulado en los caminos de la vida. En un determinado momento, la suavidad del asfalto fue reemplazada por la aspereza de un camino casi rural, por el que fueron despacio, saltando graciosamente a cada bache, hueco, imperfección, hasta que Adrián al fin vio la casa de la cumbre, iluminada por medio centenar de focos de todos los colores, y pensó en que era idéntica a como se la habían descrito, y terroríficamente igual a como se la había imaginado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los amigos de Adrián empezaron a impacientarse. Le dieron un ultimátum. Debía escoger entre entrar a alguno de los cuartos de las chicas de la vida alegre o regresarse caminando a la ciudad. Derrotado por la advertencia, compungido por su ineludible destino, Adrián decidió entrar a la siguiente puerta, sea la chica que sea. Cuando posó sus ojos, uno antes que el otro, sobre la chica de la siguiente puerta, una súbita elevación en su testosterona le dio los ánimos que la vida y la joda de aquella noche le habían quitado. Era una rubia monumental, de rostro hermoso salpicado de pecas y finas facciones, que, al contrario de las demás chicas, no se exhibía descaradamente en hilo dental, bikini o totalmente desnuda, como algunas, sino que aguardaba a su ocasional pareja en una falda larga hasta los tobillos, botas y blusa de recatadísimo escote. Adrián por fin se decidió. Les hizo saber a sus amigos que ella era la elegida, que con ella sería. Sebastián, Marcos, Federico y Néstor se acercaron hasta la chica y dialogaron brevemente con ella. Le pidieron extremado cuidado, porque no querían que su amigo terminara por escoger un camino diferente si la experiencia de aquella noche no era satisfactoria. Cada uno le hizo entrega de un billete de veinte soles, recalcándole a la rubia el hecho de que era primerizo y que lo tratara muy bien. Adrián, a un costado de ellos, escuchaba consternado cómo decidían su destino, mientras, sin que él se diera cuenta, su vista se torcía aun más, torcido hacia mi muerte en este desgraciado día, poetizó evocando a Neruda. Sus amigos le dieron la mano y un fuerte abrazo, le dieron ánimos y lo conminaron a ser un tigre sin compasión alguna por su presa. La rubia lo tomó de la mano y lo hizo ingresar al cuarto, iluminado por una mortecina luz rojiza, y tras ella se cerró la puerta de la habitación cuarenta y uno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antes de ingresar a la casita de luces de colores, decidieron tomarse media botella de pisco que había sobrado de la parranda reciente. Al interior del carro plateado, sin sentir el frío hiriente de la noche debido al alcohol, hablando incoherencias la mayor parte del tiempo, los amigos se narraban entre sí sus más afiebradas aventuras amorosas. Marcos presumía haber estado con mellizas en la parte vip de la discoteca de la que era socio, a vista y paciencia de todos los frenéticos bohemios, que sin menor asomo de escándalo escuchaban los candentes jadeos de las impúdicas mellizas. Federico, por su estado de embriaguez y en medio de sus precarios balbuceos, dio a entender que había pasado por las armas inmisericordemente a una guapa modelo de apenas diecinueve años, en el agua tibia de un jacuzzi de un escondido y alejado bungalow. Néstor, el terror de las oriundas de la ciudad de las rosquitas y el manjar blanco, sacaba pecho, aun teniéndolo escaso, y narraba con su típica parsimonia las maromas realizadas con las ene mujeres que había conocido en almuerzos, cenas, parrilladas deportivas, velorios y onomásticos. Sebastián no tuvo que narrar nada en especial. Sus andanzas eran harto conocidas, y, salvo excepciones, casi no hablaba de ellas en específico, sino como si fuera una sola y gran andanza. Adrián, en cambio, nada tuvo que decir. Su experiencia era nula, y no se iba a detener en narrar las formas en como se complacía a si mismo, muy de vez en cuando. Apuraron la última ronda de pisco, y aconsejaron a Adrián lo mejor que pudieron. No dejes que se mueva como loca, o te matará en tres segundos, aseveró Marcos, mientras que Néstor le decía que, por ser primera vez, el permaneciera abajo la mayor parte del tiempo, y que dejara que la chica llevara la batuta, puesto que en la casita de luces de colores no había ninguna inexperta y todas conocían muy bien su oficio. Salieron del carro, respiraron hondo el aire terroso del lugar, pagaron las entradas y empezaron a dar vueltas por los pasillos descoloridos en cuyas desvencijadas puertas había chicas olorosas a colonia barata que se ganaban la vida dando un poco de placer físico a los tristes hombres sin amor que pululaban en el lugar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una cama de cemento, para evitar molestos chirridos y crujidos, una mesita de madera barata y una solitaria silla eran todo el mobiliario de la habitación cuarenta y uno. Al fondo, un baño pequeño pero aseado, con sanitario, lavamanos y ducha completaban el cuadro. La luz roja de tres focos cubiertos con papel celofán rojo le daba a la habitación el equívoco aspecto de ser una pequeña antesala del averno. La rubia invitó a Adrián a desnudarse, Era la primera vez que una mujer, aparte de su madre cuando niño, lo vería desnudo. Se quitó la casaca muy despacio, y se demoró más de dos minutos en desabotonar los siete botones de su camisa blanca. Impaciente, la rubia se acercó hasta él y lo ayudó a quitarse la correa, a desabrocharse el pantalón, hasta quedarse sólo en medias y en calzoncillo. Ella lo llevó de la mano hasta el baño, le bajó la ropa interior, puso agua en un pequeño tazón plástico y le indicó que se lavara. Adrián sintió un escalofrío en el cuerpo cuando sus manos tocaron el agua fría. Se enjuagó las manos y ya se iba a frotar el líquido por el pecho y el rostro, pero fue detenido por la rubia, quien le indicó que era para lavarse en la zona de abajo, le alcanzó jabón y lo ayudó a asearse sin ningún pudor, tocándolo a su antojo. Adrián, apenas sintió el contacto de aquella mano pequeña y experimentada, se ruborizó y encogió más allá de lo normal. Ella le sonrió y con un guiño le hizo entender que no pasaba nada, que los toros se veían en el ruedo y no afuera. Lo condujo hasta la cama, lo recostó, se acaballó sobre él y se dejó tocar para despertar al dormido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los cuatro amigos daban vueltas y vueltas en los largos corredores. No se decidían a entrar a ninguna habitación. Luego de un largo rato, decidieron ir a una pequeña cantina ubicada dentro de la casita de luces de colores. Pidieron cervezas y siguieron bebiendo, a pesar de que la borrachera ya los estaba derrotando. Hicieron chocar sus vasos y brindaron a la salud de Adrián, el último hombre virgen de la facultad de leyes, y bebieron sin prisa mientras la medianoche se acercaba inexorablemente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Adrián batallaba contra sus demonios internos y contra aquella desconocida que trataba por todos los medios de despabilarlo, de animarlo, de revivirlo, de enderezarlo y endurecerlo. Lo besaba con fingida y exagerada pasión, lo masajeaba en la zona inferior con inusitada fuerza y dedicación, se restregaba contra él con más devoción que una esposa fiel. Resignado, Adrián tuvo que concentrarse al máximo para poder cumplir aquella noche, por única vez, y no decepcionar a sus amigos, que luego serían llamados afectuosamente padrinos. Cuando la rubia empezaba a desesperarse, el animal dormido de Adrián despertó del letargo de años. No era nada del otro mundo, pero por fin la rubia pudo desnudarse por completo y dejar a la vista poco precisa de Adrián el espectáculo de su piel tersa y blanca, sin mácula alguna. Fue suficiente motivación para Adrián. En un arranque de hombría, como pocas veces se le había visto, pidió a la rubia dejarse de juegos e iniciar la acción. Ella le colocó un preservativo con aros de placer y sabor a frambuesa, y se sentó sobre él. Adrián sintió la calidez de las entrañas de la rubia, la frescura de su aliento, sus jadeos y gemidos apenas audibles, vio el balanceo rítmico de sus senos firmes, dirigió su mirada y la centró luego de un rato en el pubis de su compañera, lampiño y rosado. Ella se detuvo, giró sobre si misma mostrándole al acalorado Adrián el espectáculo inenarrable de sus nalgas apetecibles, y volvió a sentarse sobre él, acelerando la marcha. Él estaba aterrorizado con la idea de acabar de inmediato por ser su primera vez, pero el miedo fue su mejor afrodisíaco, porque luego de diez minutos de duro batallar la rubia empezaba a dar muestras de cansancio y Adrián continuaba como en el primer minuto. La rubia se detuvo por segunda vez, se echó en la cama y le indicó a Adrián que se pusiera sobre ella. Luego de cuatro minutos de movimientos, la rubia le preguntó a Adrián en el paroxismo del amor si ya había terminado, y él, inocentemente, le contestó de buen corazón de que no, de que aun estaba en noveno ciclo de la carrera, lo que desconcertó a la chica y la apresuró sobremanera. Decidida a fulminar a Adrián, cambió por última vez de postura, se acaballó sobre él, y con cuatro movimientos bien estudiados, aprendidos y aplicados hizo terminar a Adrián, que ahogó un pequeño grito mordiéndose los labios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los padrinos de Adrián, morados por la borrachera descomunal, lo vieron aparecerla lado de ellos como salido de la nada. Se asustaron, pues estaba pálido como un difunto. Federico se asustó y empezó a repetir en voz baja chucha, se nos murió en pleno polvo y ha venido a jalarnos las patas, puta madre, puta madre, y siguió repitiendo puta madre hasta que se cercioraron de que no era una aparición, sino Adrián que venía de su debut no soñado. Pagaron la cuenta y fueron al carro plateado de Marcos, que manejó hasta la ciudad a toda velocidad y sin respetar ninguna regla de tránsito. Tomaron caldo de gallina en un tradicional local, y celebraron la iniciación de Adrián a viva voz, sin importarles el qué dirán, sin medirse con el alcohol, hasta que Adrián, con el pretexto de ir al baño, se escapó por una puerta lateral del local y tomó un taxi hasta su casa. En el camino iba prometiéndose a si mismo olvidar aquella noche, porque no había sido en la forma que él se imaginaba. Bajó del taxi, pagó las cuatro monedas que le pidió el mal educado chofer, y al llegar a la reja que protegía la puerta de su casa se dio con la ingrata sorpresa de que no llevaba consigo su llavero. Se sentó en la vereda, agotado, y empezó a llamar al celular a su hermano, quien nunca le contestó porque se encontraba con unos amigos tomando ron puro en otro punto de la ciudad. Tocó, silbó, pero nadie respondió. Adrián, resignado, vio como la negra noche iba perdiendo la batalla contra el amanecer inminente, mientras su ropa, su rostro, sus lentes se cubrían con la garúa persistente que caía sobre la ciudad mientras él esperaba que alguien le hiciera la caridad de abrirle la puerta para no morirse de frío. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-868022565131621110?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocruzm.blogspot.com/feeds/868022565131621110/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=33250870&amp;postID=868022565131621110' title='22 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/868022565131621110'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/868022565131621110'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2009/07/no-se-lo-digas-diego.html' title='No se lo digas a Diego...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><thr:total>22</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-1288883064024491672</id><published>2009-06-18T09:06:00.000-05:00</published><updated>2009-06-18T09:09:36.446-05:00</updated><title type='text'>Somos novios...</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Un tibio sol había alumbrado aquel viernes de ensueño, pero, ya avanzada la tarde, poco antes de las seis, el frío y la garúa colorearon de plomo los minutos de luz que le restaban al día. Luego de la agotadora jornada en la oficina, entre pleitos de las innumerables personas que por nimiedades solicitaban garantías personales o posesorias, expedientes desencuadernados y polvorientos, apelaciones mal formuladas y resoluciones penosamente sustentadas por otros colegas abogados, Julián dejó atrás los trajines diarios, las súbitas subidas de presión arterial y enrumbó hacia la universidad donde había estudiado en compañía de su amigo de aulas, de jodas y de trabajo, Arturo. Caminaban apurados, Julián llevando con cuidado el maletín con su laptop y su amigo balaceando de un lado a otro con singular prestancia y garbo los veinticinco kilos de más que había acumulado con los años. Iban conversando de todo un poco, Arturo hablando de negocios, de la logia, de sus planes inmediatos, del amor y otros demonios, mientras iba martirizando a Julián, que de picón tenía mucho y de fosforito aún más, y que soportaba las jodas de Arturito cuando le decía todos los apodos acumulados a lo largo de los años de amistad, que ambos celebraban con carcajadas, hasta que, en un determinado momento, Julián puso su cara de solemnidad y le confesó a su amigo que durante varias noches había estado soñando con una hermosa chica a la que conocía y que era una buena amiga. Arturo quiso más detalles sobre los sueños, arrogándose para sí facultades de intérprete, y sólo así supo que su amigo se soñaba casi a diario como novio de la amiga en mención. Echó a reír a carcajadas, sin decir nada más, y tuvo que detenerse un rato para no cruzar de vereda con el riesgo de ser atropellado, distraído por tanta risa. Sin darse cuenta, ya estaban en la entrada de la universidad en la que tantas veces habían reído y discutido y hasta sufrido, entraron sin prisa y a la altura del óvalo se despidieron. Arturo se quedó en la banquita donde siempre se reunían los muchachos de la agrupación estudiantil a la que pertenecía, y Julián, evadiendo las trampas que la nostalgia había parecido sembrarle en aquel lugar, apuró el paso hacia la facultad de leyes, subió las escaleras, caminó por los pasillos llenos de recuerdos y se sentó en el tercer piso, a esperar a que su amiga, la novia de sus sueños, saliera de clase. La había conocido indirectamente, casi de carambola, a través de otra amiga que fue la que los puso en contacto, por cuestiones meramente académicas, sin imaginar que había sembrado una semilla de sentimientos encontrados. Sentado en aquel lugar cuyas paredes descoloridas por el sol y los años le recordaban tantas y tan variadas anécdotas de su paso por la universidad, se encontraba ahora, de vuelta, por ella y no por otro motivo, como había sido siempre. Inevitablemente, como cada día desde que la conoció, se puso a pensar en ella. Mientras ella escuchaba al profesor hablar de leyes y de códigos, Julián llevó su imaginación y su ensimismamiento hasta límites insospechados. Primero, trató de reírse de sus propios sueños, empapándose de realidad y dándose un buen baño de pesimismo, como era su especialidad. Sí, me gusta, pensó Julián, pero sólo es mi amiga. Es mi amiga y me cae muy bien, pero no creo que ella se fije alguna vez en mí. A cada pensamiento, Julián recordaba a Calderón de la Barca, y se recordaba a sí mismo que los sueños, sueños son, y trataba sólo de pensar en ella como la compañera de confidencias y de risas y de carcajadas, pero se veía indefenso ante el recuerdo de su mirada, que a veces era como de fiera contenida y otras era como de inocente niña que aun no descubría la maldad de este mundo. Pero la realidad le decía cosas al oído, y no se podía negar que le fascinaba de ella casi todo, desde aquella mirada, pasando por cada línea y contorno de su pequeña anatomía, desde sus súbitos enojos hasta sus más sublimes sonrisas. Ya era de noche cuando Julián, como quien estiraba las piernas, adormecidas y adoloridas por la espera, fue hasta el salón trescientos tres, donde la clase seguía sin visos de terminar pronto, a pesar de que, oficialmente, había concluido tres minutos antes. La vio en todo su esplendor, sin que ella se diera cuenta de su presencia. Estaba con el cabello suelto, con la mirada fija en el profesor pero de seguro pensando en cualquier otra cosa. Llevaba una camisa amarilla y un jean azul, que resaltaban armónicamente cada centímetro cuadrado de los atributos que poseía. Un minuto después, una exhalación de alivio se escuchó desde el interior de aquel salón donde Julián había escuchado tantas clases. Ella volteó la mirada para chocarse con la mirada de Julián, y se vieron y se sonrieron, y ella lo vio a través del cristal con sus retinas casi vacías de recuerdos con él, con una amplia sonrisa y una ropa adecuada para la ocasión, cuando Julián en verdad hubiera querido que ella lo hubiera visto a través de ese cristal pero unos años atrás, cuando él aún estudiaba, con sus jeanes viejos y sus polos plomos sin dibujos y sus camisas de franela, como siempre había ido vestido a la universidad y como siempre se vestía, a excepción de aquel día que él decidió darle un toque especial a todo, sólo por ella, la más linda de sus amigas y la mujer que era su mitad esperada en el mundo de los sueños. Cuaderno en mano, con paso firme y llevando una prisa mal disimulada, ella salio del salón, se acercó hasta Julián y lo saludó con un beso en la mejilla. La miró directamente a sus ligeramente rasgados, la vio pequeña e indefensa, tan sonriente y tierna que no pudo reprimir las ganas de abrazarla y decirle con unas palabras lo que le hubiera gustado decirle con otras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Diana, tú eres linda, pero hoy estás más linda que de costumbre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con la excusa del frío, ella abrazó a su amigo mientras caminaban hacia un centro comercial cercano, donde verían una película y comerían algo, lo que ella eligiera, por supuesto, y mientras caminaban Diana le contaba a Julián de las cosas que había hecho a lo largo de la larga semana que no se habían visto. Se quejó de la disciplina militar de su papá, le habló de algunas discusiones con sus amigas, del equipo del cual era hincha, pasión por aquella camiseta crema que compartía con Julián, hizo un análisis de la vestimenta de Julián, reprimiéndolo suavemente porque le dijo que era la primera vez que lo veía así de elegante y que le hubiera gustado que vaya con su ropa de siempre, y de lo que ella no se daba cuenta era de que mientras más le hablaba a Julián este se alejaba más y más de la realidad, porque el contacto con ella, la cercanía de su piel, la inmediatez de sus ojos hermosos, la paciencia de sus pasos y la tentación de sus labios lo tenían absorto. Eran muy amigos, pero Julián empezó a asustarse y a alarmarse, porque se había prometido morir soltero, después de haber sufrido más de la cuenta, porque después de mucho meditarlo, y de haber escuchado a tres amigos decirle lo mismo, concluyó que no había en este mundo, ni en otros mundos próximos al nuestro, mujer capaz de soportarlo. Pero con ella, sólo con ella, sus convicciones y su promesa estaban empezando a resquebrajarse. Llegaron aun abrazados al cine, e hicieron la cola así, y sólo en el momento de pagar las entradas Julián pudo soltarla, para no seguir embriagado ni atontado y para sacudirse de la mente y del corazón las ideas sobre ella. No volvió a abrazarla, ni cuando hicieron cola para comprar palomitas de maíz ni durante las casi dos horas que duró la película. Diana disfrutó de la película. Siguió la trama con atención, se alegró y se entristeció por la suerte de los personajes, e hizo comentarios muy buenos sobre la película al final de la función. De camino al lugar donde comerían algo, que quedaba en el mismo centro comercial, Diana quiso abrazar a Julián, pero él evitó el abrazo yéndose por la tangente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Acompáñame a comprar una camisa, por favor. Cinco minutos y salimos a comer.&lt;br /&gt;-Ya, normal, vamos, no demoremos porque tengo que estar en casa antes de la doce.&lt;br /&gt;-Como la Cenicienta.&lt;br /&gt;-Dianicienta, querrás decir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las sonrisas volvieron a dibujarse en sus rostros, luego de los segundos de silenciosa tensión por el abrazo evitado. Entraron a aquella gran tienda por departamentos, contigua al sitio donde había planeado Julián comer en tan grata compañía, y fueron directo a la sección de ropa para hombres. La música era variada. Cuando entraron sonaba un pegajosa cumbia y mientras Diana le daba tips de moda a Julián, por los parlantes se escuchó una famosa canción que terminó de sacarlo de la realidad, y a ella también, porque la letra se prestaba para enternecer a cualquiera, y más al descuidado Julián que se olvidó de su promesa como un vil político y empezó a tararear la letra mientras Manzanero cantaba &lt;em&gt;somos novios, pues los dos sentimos mutuo amor profundo&lt;/em&gt;, pero Julián pensaba que eso no era verdad, porque ella no era su novia, &lt;em&gt;nos amamos, nos besamos&lt;/em&gt;, que tierno, me está cantando que &lt;em&gt;somos novios&lt;/em&gt;, pensaba Diana, y ya que lo pienso bien con él me siento feliz, lo quiero mucho, &lt;em&gt;mantenemos un cariño puro y limpio&lt;/em&gt;, seguía el maestro Manzanero, y casi sin darle importancia al asunto Julián fue a tomar una camisa y se encontró con la mano de Diana que iba también por aquella camisa, y sin decir nada se fueron acercando lentamente. Cuando el beso era inevitable, Julián sacó a relucir toda su torpeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Me queda el color de esta camisa?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la pequeña Diana no le importaba ni esa ni otra camisa, sólo quería que la canción y aquel momento nunca acabaran, porque en ese momento lo que ella y él querían era que el mundo se detuviera, &lt;em&gt;para darnos el más dulce de los besos&lt;/em&gt;, cantó ella, sonriéndole tan de cerca a Julián que no pudo evitar rozar sus labios. Él, olvidando que la tierra giraba y que en el universo no había misterio más grande que el amor, la besó lo mejor que pudo, recordando como se hacía, tomándola de la mano, mientras la voz en la canción se extinguía dejando en el aire retumbando la frase final, &lt;em&gt;somos novios&lt;/em&gt;, frase que fue usada por Julián a continuación, a modo de pregunta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Somos novios?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Diana no dudó de su respuesta ni por un segundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No se dieron cuenta, en el resto de la noche, de lo que hicieron a continuación, ensimismados en ellos mismos, absortos en su propia ilusión, absorbidos por todas las cosas que se dijeron. Julián le confesó que se había enamorado de ella desde la primera vez que la vio, y que los culpables eran sus ojos, mientras Diana sonreía y sonreía y no dejaba de ser feliz, y lo fue más cuando el tomó una servilleta y en dos minutos le escribió un poema, y se hicieron tantas promesas que luego no las recordaron todas y tuvieron que reconstruir la mágica noche y apuntarlas en un papel para que no se les olvidaran de nuevo. Minutos antes de la medianoche, en la puerta de la casa de Diana, sellaron todo con un beso. Ella entró a su casa con sigilo, para no despertar a nadie, mucho menos a su estricto padre, y Julián regresó a su casa feliz, con los sentimientos revueltos, pensando en las muchas cosas de su vida que tenía que replantear, y al acostarse en su cama pensó en su pequeña y adorada Diana, pero antes de caer dormido tuvo miedo, porque sospechó que todo aquel día había sido un gran y hermoso sueño, pero un sueño a fin de cuentas, y no se quiso dormir. Finalmente, derrotado por el cansancio, se quedó dormido e inmediatamente soñó que vivía aquel día una y otra vez, y al final, confundido y perdido en el limbo, extraviado entre la realidad y los sueños, decidió no volver más a la realidad si es que Diana no se encontraba presente. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-1288883064024491672?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocruzm.blogspot.com/feeds/1288883064024491672/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=33250870&amp;postID=1288883064024491672' title='17 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/1288883064024491672'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/1288883064024491672'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2009/06/somos-novios.html' title='Somos novios...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><thr:total>17</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-4114707830844523946</id><published>2009-06-08T18:09:00.002-05:00</published><updated>2009-06-08T18:14:41.131-05:00</updated><title type='text'>Todos vuelven...</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Luego de múltiples anuncios, diversas postergaciones y muchos, muchísimos años de extrañarlo, de quererlo a distancia, de respetarlo en ausencia y de esperar, ansiosos, sus llamadas sabatinas, o las inesperadas, cualquier día de la semana, papá anunció que llegaría el primer sábado del mes de mayo de este año. Incrédulo, lo tome a la joda, porque ocho años y tres meses de ausencia te vuelven escéptico. Pero cuando me hizo comprar mi pasaje para ir a esperarlo al aeropuerto, y reservar los pasajes Lima – Trujillo, empecé a tomar el asunto con la seriedad y la emoción del caso. Conforme se acercaba la fecha del esperado regreso, la familia fue cayendo en una espiral de afiebrada actividad. A pesar de que la casa siempre reluce de limpia, mamá se esmeró más que de costumbre, y con la ayuda de una buena señora que hace trabajos domésticos, barrió, limpió, sacudió, trapeó y enceró toda la enorme casa en la que vivimos únicamente tres personas. Jardines interiores y exteriores fueron retocados por el jardinero, que sólo trabaja de cinco a seis y media de la mañana, cuando el día empieza a clarear y huye del sol cual drácula, y que no se puede mojar porque le hace mal a la piel el contacto con el líquido elemento. La casa pareció alegrarse por tanto mimo, al igual que nosotros, que no veíamos las horas de tener a papá en casa. Él quiso que sólo yo fuera a esperarlo en Lima, porque los años de ausencia le habían borrado de la memoria las formas de movilizarse en la enorme capital, y porque mi hermana y mi mamá no soportarían el ritmo de nuestros pasos ni les agradarían algunos sitios por los que, de manera obligatoria, pasaríamos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Partí un miércoles por la noche, cargado de emociones contradictorias. Mientras escuchaba a Calamaro y a The Cure en mi iPod, iba pensando en papá, a quien recordaba siempre moreno, de carácter entre risueño y serio, de gesto cómplice y ceño fruncido, no por estar siempre enojado, sino porque sus facciones lo muestran como enojado cuando es todo lo contrario, abierto a la chacota y predispuesto siempre a la carcajada estruendosa. Nos había enviado algunas fotos, en donde no se le notaban mayores cambios, excepto por unos kilos demás debido a las riquísimas paellas valencianas, pero yo, teniendo en cuenta su edad, me lo imaginaba con el cabello plateado, con las primeras arrugas surcando su piel macerada por el sol y por el frío madrileño, y con el mismo carácter de siempre. Como de costumbre, no pude dormir durante el viaje, a pesar de los muy cómodos asientos al estilo cama, y me pasé la noche entera viendo las dunas y el mar cercano y las estrellas lejanas y las luces de los camiones y automóviles y de otros buses que nos pasaban a gran velocidad, y mis ojos no se cerraban, se abrían más cuando pasábamos por los enormes grifos iluminados, por los pueblos desiertos en la fría madrugada, y mis sentidos se pusieron en estado de alarma cuando entramos al peligrosos serpentín de Pasamayo, tumba de tantos compatriotas inocentes, que tuvieron sus últimos segundos de vida entre la arena y la neblina que siempre hay en aquel maldito lugar. Jamás le he tenido miedo, pero si un reverente respeto, porque la naturaleza es indomable y porque muchas almas aun siguen en ese lugar, lamentado las penas de la vida que dejaron y tristes porque no pueden dar el siguiente paso, el que lo llevará más allá de esta vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un jueves de frío aceptable me esperaba en Lima. Caminé, como es mi costumbre, las quince cuadras que separan la terminal de autobuses del hotel El Trébol, en el cual me hospedo desde hace años. Pedí la habitación que, a mi entender, es la mejor. Para mi buena suerte, la trescientos diez estaba desocupada, y en ella me instalé, ordenando meticulosamente mis cosas, porque si hay algo que detesto es el desorden. Y pues nada más hice aquel jueves, hasta la tarde, en que enrumbé mis pasos hasta el coloso de la calle José Díaz, el viejo Estadio Nacional, donde por la noche tocarían los conflictivos hermanos Gallagher, excelentes músicos a pesar de que se llevan como perro y gato. Para ser honestos, no disfruté tanto del concierto. Esperaba más entrega. Los británicos parecían apurados, desesperados por irse de nuestra tierra. En fin, allá ellos. Regresé al hotel, cené algo ligero, fui a ver una película a un cine cercano y regresé una vez más al hotel, pero esta vez para dormir plácidamente hasta muy entrado el día siguiente, cuando el sol tímido del viernes se coló por entre la cortina entreabierta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquel viernes era la antesala de la llegada de papá desde la lejana península ibérica. No recuerdo exactamente que hice aquel día, supongo que dormir, comer y ver mucha televisión en el hotel. Lo que sí recuerdo es que, por la noche, fui a Barranco y me encontré con mi gran amigo Alejo. Habíamos planeado tomar un par de vinos y escuchar el concierto de Mar de Copas en el local llamado La Noche, rincón bohemio barranquito, inspirador, al cual volveré en otra ocasión a escribir un par de cuentos. Fue un muy buen concierto, con un set list de canciones poco conocidas, pero que, a los fieles marcoperos como yo, nos cautivó. Luego del concierto, conversamos un rato y nos tomamos la foto de rigor con Toto, el magistral baterista de la banda rockera limeña. Me despedí de Alejo con un fuerte abrazo, quien tomó un taxi rumbo al hotel donde se hospeda en Lima, y yo, a punto de subirme a un taxi, vi ante mis ojos un microbús que tenía como ruta toda la avenida Arequipa. Decidí subir al transporte público para alargar los minutos que me faltaban para enrumbar al aeropuerto. Siendo casi las dos de la mañana, Lima estaba cubierta de neblina, lo que le daba un aspecto fantasmal. Barranco y Miraflores quedaron atrás, Lince se abrió ante mis ojos. Baje en la esquina de la cuadra dieciocho, camine menos de cien pasos hasta el hotel, y fui a refugiarme en la habitación. Pedí un taxi a una agencia, dejando en claro el pedido de que me recogieran a las cuatro de la mañana. No intenté dormir, la ansiedad de la llegada de papá me tenía en permanente estado de alerta, con la felicidad que me daba un antídoto contra el cansancio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Faltando tres minutos para las cuatro de la mañana, el teléfono de la habitación sonó. El recepcionista me avisó que el taxi había llegado, más que puntual. El taxista, amable, me fue hablando de muchas cosas, a la que yo respondía con lo mejor que se me ocurría. Papá estaba llegando, no podía pensar en otra cosa, no tenía ganas de pensar en otra cosa. Lima, absolutamente cubierta de neblina, con las calles fantasmales apenas visibles en la madrugada solitaria, parecía querer emular a Londres. Las farolas de las grandes avenidas apenas si dejaban vislumbrar la luz de sus bombillas, y los semáforos, poco respetados a esa hora, parecían enormes gigantes, ignorados y empapados de escarcha y de garúa. Había calculado media hora, hasta cuarenta y cinco minutos de viaje hasta el aeropuerto, olvidándome de que el trafico no es el mismo en la madrugada, y el taxi llegó en apenas quince minutos hasta el Callao. Luego de pasar los controles policiales y de seguridad, entré a la zona de llegadas internacionales. Conté las personas en el lugar, las cuales, incluyéndome a mí, sumaban quince. Faltaba una hora para la llegada del avión, estimada para las cinco y media de la mañana, así que opté por pasear una y otra vez por donde se pudiera. Bajé una y otra vez por las escaleras eléctricas, como si fuera yo un juguetón niño de cinco años. Me escandalicé por los abusivos precios de la comida y de los productos diversos que se venden. ¿Veinticinco soles por un cuarto de pollo con un vaso de gaseosa? Es un asalto a mano armada, pero bueno, no voy a ponerme a luchar contra el sistema. Caía la noche y amanecía en Lima. En el tablero electrónico que anuncia las llegadas, había veinticinco números de vuelos, provenientes de los más variados destinos. Veinticuatro de ellos estaban retrazados, y el que provenía de Madrid, con papá, era el único confirmado y que aterrizaría en suelo peruano a pesar de la espesa neblina de la costa limeña. Mientras llegaba la hora esperada, di más vueltas por la terminal, llamando la atención de un policía y de un vigilante particular, quienes, sin disimular su curiosidad y tratando de mostrarse fuertes a través de una innecesaria e inútil prepotencia mal camuflada, esbozaron un interrogatorio. Me preguntaron que hacía en el aeropuerto, por qué me paseaba tanto por el primer y segundo piso, que interés tenía en el lugar. Los ojos de ambos, furiosos, creyéndose dueños de un lugar de acceso publico, investidos de una discutible autoridad, sin tacto para tratar a las personas, me escrutaban de arriba abajo. Pero se toparon conmigo, que no aguanto pulgas y que soy fosforito, a pesar de que me han recomendado moderarme por mi presión alta. Les respondí que estaba esperando a un familiar procedente del extranjero, sin darles mayores detalles, y que yo era libre de caminar por las zonas públicas del aeropuerto, que no estaba cometiendo ninguna falta, y que si tenían alguna acusación contra mi que me detuvieran ipso facto, me mostraran las pruebas y que me acusaran de algún delito en concreto en la comisaría más cercana, mientras yo llamaba a las decenas de colegas abogados que tengo, los cuales gustosos llamarían a la prensa e interpondrían sendos hábeas corpus para recuperar mi libertad, claro está, presentando luego de superado el incidente las respectivas denuncias por abuso de autoridad. Aterrados por la perorata jurídica, los dos pseudo abusivos huyeron como almas que se las lleva el rey de los que temen. Siete minutos después de la hora establecida, en la pantalla de los arribos internacionales, apareció el vuelo de papá con la palabra aterrizó. Por fin. Papá estaba en Perú. Ahora, mientras me emocionaba cada minuto más, me tocaba esperar que desembarcara y apareciera cargado de maletas y de renovados sueños y proyectos por la puerta correspondiente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Veinte minutos después, faltando tres minutos para las seis de la mañana, empezaron a aparecer los primeros viajeros, cansados después de doce horas de viaje y de haberle casi media vuelta al planeta. Uno a uno fueron saliendo hacia los brazos de sus familiares, que, para esa hora, habían atiborrado la zona de espera. Señoras solitarias esperaban a sus esposos, abuelitas nerviosas aguardaban por sus hijos e hijas, novias emocionadas, casi histéricas aguardaban a ver si era verdad que el novio llegaba para la boda, niños pequeños aguardaban al papá que recién conocerían. Las llamadas de mamá empezaron, preguntado por papá. No, nada aún, no te desesperes, ya saldrá, no creas que lo de su llegada es una joda para videomatch, si va a venir. El día ya era claro, por llamar de alguna forma al gris eterno del cielo limeño. Cuando la desesperación empezaba a ganarme la batalla, apareció papá, empujando un carrito con tres enormes maletas, camisa color lila manga larga, una casaca y un morral, buscándome entre el gentío y mirándome sin reconocerme. Tuve que recurrir al silbido clásico de mi barrio, que él usaba cuando joven y que aun hoy se usa. Posó su mirada en mi, y sonriendo me reconoció. Avancé hasta él, y nos abrazamos sin decirnos nada, aguantando los dos las lágrimas, porque como dice la canción los chicos no lloran. Feliz y sonriente por tener a mi querido viejo frente a mi tantos años, iba a decir algo, cualquier palabra, porque me había quedado sin habla al igual que él, pero me ganó y fue papá quien habló primero, y sin dejar de sonreír me demostró que seguía con el mismo humor de siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hijo, pareces una patata.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el taxi de regreso al hotel, llamamos a mamá desde mi celular. Emocionada, habló hasta por los codos, al igual que mi hermana, emocionada también porque, al día siguiente, vería a papá en casa después de muchas, muchísimas lunas, y al fin él se formaría una imagen directa de su hija cachimba universitaria y dejaría en el rincón de los recuerdos la imagen de la pequeña niña que le hacía adiós con la mano el lejano día que enrumbó a Europa. La euforia de papá por hacerlo todo en un rato, y su terquedad, que me ha heredado, dicho sea de paso, lo hicieron apresurarse innecesariamente. Una vez bañado y cambiado, salimos del hotel rumbo al centro de Lima, donde él esperaba tomar un suculento desayuno a la peruana en un sitio cercano a la plaza San Martín. Le hice ver que había pasado varias veces por el lugar en mis viajes a Lima, queriendo tomar desayuno en aquel lugar nostálgico que me recordaba a él, pero no hizo mayor caso de mis advertencias de que el negocio había cerrado. Fuimos hasta allá en micro y luego caminando, bajando por la avenida Colmena, no por falta de recursos sino porque yo lo convencí de no despilfarrar en taxis, y comprobó que, efectivamente, el lugar se encontraba cerrado y que no volveríamos a probar los refrescantes jugos surtidos y los humeantes tamales verdes que ahí se vendían. Caminamos un poco más, cruzamos la avenida Abancay, con la esperanza de encontrar comida en unos pequeños restaurantes que hay en la parte exterior del centro comercial El Hueco, pero apenas estaban abriendo al público. Papá empezó a impacientarse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Ocho de la mañana y no hay nada abierto!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La avenida Abancay, grande, bulliciosa, contaminada, atestada de oficinistas presurosos y de microbuses a toda velocidad, cuyos conductores siempre son poco respetuosos del reglamento de tránsito y de los peatones, fue silenciosa testigo de los apurados pasos de papá por encontrar un buen lugar donde desayunar. Lo tenía a mi lado después de tantos años, y no podía creerlo aún. Era él, tal como me lo había imaginado, tal como lo había calculado, con el cabello negro, a excepción de algunas canas a la altura de las sienes, y de unos pequeños, minúsculos surcos en su piel, a la altura de sus ojos. Conversaba de lo más normal, como si se hubiera ido al otro lado del mundo la semana pasada, con una familiaridad y cercanía que sus llamadas semanales le daban. Al fin encontramos un lugar que nos pareció apropiado, y nos tomamos dos suculentos caldos de gallina con sus respectivos huevos duros, panes, cebollita china picada y mi papá, sin perder la costumbre de toda su vida, con todo el rocoto molido que habían puesto en la mesa. No faltó la Inca Kola ni las ganas de probar, al día siguiente, la sazón de mamá Yayi. Luego caminamos un poco más por aquella caótica avenida limeña, conversando de muchas cosas, hasta que empezamos a caminar hacia el jirón Ocoña, par que papá cambiase algunos de los euros que había traído. Preguntamos en casi todas las casas de cambio, pero la cotización nos pareció muy baja, así que fuimos hacia la avenida Wilson, para que papá comprara la laptop que había ofrecido. Yo no se la pedí y no le insistí nunca sobre el particular, él por propia voluntad ofreció de buena voluntad renovarme la computadora. El día jueves, antes de ir al concierto de Oasis, había escrutado las galerías comerciales en busca de las mejores cotizaciones, así que llevé a papá directamente a la tienda en donde había encontrado la mejor laptop al mejor precio y con una vendedora de voluptuosa delantera y generoso escote que estaba muy buena. Papá pagó en euros los ochocientos ochenta dólares de la laptop, sin dudar, sin pedir rebaja, sin inmutarse, orgulloso de dar tan buen regalo al hijo que dejó estudiando para postular a la universidad y al que ahora encontraba, luego de tantos años, convertido en todo un hombre de leyes. Escribir todo lo que hicimos todo ese día sería agotador e inacabable, por cada detalle, cada palabra, cada anécdota, cada risa y cada sonrisa, pero he de dejar por escrito que compramos algunas cosas más, como la multifuncional HP para Laly, mi querida y distraída hermana, almorzamos chifa en la calle Capón del barrio chino, visitamos la galería Polvos Azules, cuando la noche caía y sin nada que hacer en el hotel, llevé a papá al centro comercial Arenales a ver las estanterías repletas de juguetes, como si yo tuviera de nuevo siete años y no la edad que tengo actualmente, porque a pesar de la madurez y de que la vida sigue, hay algunas cosas que no podemos dejar atrás, como el recuerdo de los que ya no están en esta vida o como, en mi caso particular, mi afición por los habitantes de Cibertrón, los Transformers. Sólo miré los robots en las vitrinas, y pegunté un solo precio, el de un Optimus Prime, generación uno, edición de colección por los veinticinco años del lanzamiento del dibujo animado, al precio de cuatrocientos soles, con rebaja de treinta soles. Papá me observaba divertido, y nos retiramos del lugar haciendo comentarios sobre cualquier otra cosa. Pero algo quedó impregnado en papá, y en mi sólo quedó el deseo de tener algún día aquel juguete de colección. Al poco rato me olvidé del asunto, y tras cenar algo ligero, fuimos al hotel por las cosas, y nos dirigimos, esta vez si, en un taxi hasta la agencia de transportes, al pie de la congestionada vía expresa y con una vista privilegiada de una parte de la ciudad de Lima. Mientras esperábamos el bus de las diez y media de la noche, papá me contaba de su vida en Madrid, del automóvil que allá tenía, de las cosas que hacía en sus ratos libres, me contaba de los últimos acontecimientos y pases en la Liga, la Liga Premier, la Bundesliga, la Eridivise, el Calccio, entre otras cosas, y mientras se acercaba la hora de partir hacia Trujillo, observaba como su mirada se iba llenando de brillo, porque estaría en su ciudad, en su barrio, en su casa, con su familia. Entregamos el equipaje, pagó el exceso de kilos, no de los míos sino de las maletas que había traído, nos acomodamos en nuestros cómodos asientos del autobús, platicamos un poco más de las cosas que haríamos y de las que no haríamos. Cuando me dí cuenta, papá ya dormía plácidamente y yo, como de costumbre, no pude dormir nada, y me dediqué a idear la forma en que escribiría los días que papá pasaría en Perú, decidiendo mientras el autobús avanzaba por la carretera panamericana que sería en dos partes, una con la llegada y otra con lo que nos esperaba con él en Trujillo y la inevitable partida, y luego sólo me dediqué a escuchar música en el iPod, pero en aquella ocasión estuve pendiente, además de pensar y de escuchar música, de papá, que, de seguro, por la sonrisa que tenía en el rostro, aún estando dormido, estaba soñando que cantaba el vals todos vuelven a la tierra en que nacieron.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-4114707830844523946?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocruzm.blogspot.com/feeds/4114707830844523946/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=33250870&amp;postID=4114707830844523946' title='34 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/4114707830844523946'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/4114707830844523946'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2009/06/todos-vuelven.html' title='Todos vuelven...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><thr:total>34</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-6179900137466032324</id><published>2009-04-29T17:44:00.003-05:00</published><updated>2009-04-29T17:57:40.431-05:00</updated><title type='text'>La chaposa más sabrosa...</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/SfjYhVW5f-I/AAAAAAAAAMk/kMZnqlTWkLk/s1600-h/kolainglesa_1977_arkivperu.jpg"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5330248226173452258" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 210px; CURSOR: hand; HEIGHT: 320px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/SfjYhVW5f-I/AAAAAAAAAMk/kMZnqlTWkLk/s320/kolainglesa_1977_arkivperu.jpg" border="0" /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Al abrir los ojos, lo primero que don Alberto tuvo ante su vista fueron los enormes acantilados de arena y la vista de la mar embravecida. Pasamayo era un temido lugar, donde uno bien podía apreciar hermoso pasajes o ver a la muerte directamente a los ojos. Su sinuosa forma, que recordaba a una serpiente recorriendo las ardientes arenas del desierto, causaba el terror en los viajeros y, a veces, el despiste de hasta los más experimentados conductores. El sol fue alzándose poco a poco tras la línea lejana del océano, mientras el autobús dejaba atrás las arenas peligrosas y se desviaba hacia la izquierda, dejando atrás la entrada del balneario de Ancón y enrumbaba hacia la cada vez más cercana capital. Mirando a través del empañado cristal, el cual tenía que limpiar cada cierto tiempo con la mano, veía desfilar ante sus adormilados ojos las casuchas apiñadas en el borde del camino, las urbanizaciones nuevas naciendo en donde antes sólo había chacras y descampados, los pujantes distritos de la periferia de la capital, saliendo adelante a pesar del olvido de los gobernantes de turno, y finalmente las grandes avenidas de Lima que a esas horas de la mañana empezaban a saturarse del infernal y bullicioso tráfico de siempre. Siendo las siete de la mañana, el autobús llegó a su terminal, a dos cuadras del Congreso, en los Barrios Altos. Con el pequeño maletín azul en la mano, emprendió su habitual ruta, obligada cada vez que viajaba a la capital. Bajó unas cuadras hasta llegar a la inmensa avenida Abancay, y avanzó con dirección sur hasta llegar al Parque Universitario. Entró a la avenida Colmena, caminó la cuadra entera de aquel lugar, centro de trabajo de los irreverentes cómicos ambulantes, y llegó al hotel donde siempre se hospedaba: el Hotel Colmena.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego de pedir la habitación de siempre, con vista a la calle y balcón incluido, se dio un rápido duchazo para sacudirse del cuerpo la pereza del viaje, y salió del hotel con prisa, para hacer todo lo planeado rápido y regresar a Trujillo lo más pronto posible. Caminó hacia la Plaza San Martín, donde en un pequeño local tomó desayuno. Comió con apetito y rapidez los dos panes con tortilla y se tomó de tres largos sorbos la taza grande de quáker. Dirigió sus pasos hacíale Jirón de la Unión, pero por el rumbo opuesto al popularmente conocido. Sus pasos no lo llevaron hasta la Plaza de Armas ni al Palacio de Gobierno, sino con rumbo hacia el Centro Cívico, formado por los dos edificios más grandes de Lima. Avanzó por el inicio de la vía expresa, de nombre Paseo de la República, hasta llegar a la altura de la entrada del Hotel Sheraton. Cruzó la avenida hasta la otra acera, donde se encontraba el Palacio de Justicia, custodiado a esa temprana hora por decenas de policías ante la latente amenaza terrorista. Mientras miraba el paso apurado de los abogados que llegaban a litigar, de los denunciantes y denunciados que, resignados, acudían en pos de unas pocas migajas de justicia, pensó en su esposa, que a esa hora debía encontrarse ya de pie, terminando de preparar el desayuno para los hijos, que se iban a sus respectivos trabajos; pensó en su hijo, el mayor, que debería estar muy agotado por la jornada comprando fierro de construcción en Chimbote; pensó en su hija, que debería estar yendo ya hacia la ferretería que administraba; pensó en sus otros dos hijos, que ya debían estar empezando la jornada con las primeras ventas de la mañana; pensó en su nuera, la Contadora, que a esa hora debía estar saliendo rumbo a la empresa donde trabajaba; pensó en Julián, su único nieto, que debía estar aun durmiendo, porque el turno de primaria de su colegio, el Perpetuo Socorro, funcionaba por la tarde; y, sorprendiéndose a sí mismo, hasta pensó en la mascota de la casa, Ñata, que a esa hora de la mañana ya debía de andar tras los pasos de su esposa, a quien seguí fielmente desde las primeras luces del día hasta la hora de dormir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Avanzó aun más por entre las veredas atestadas de oficinistas que corrían, casi volaban, para llegar a tiempo a sus centros de labores, de humildes mercachifles de la calle que tendían sus petates donde mejor les parecía aquella mañana y empezaban la venta diaria, resignados a una vida miserable en un país que se hundía cada día más en el lodo, la miseria y la hiperinflación debido al mal gobierno del joven e inexperto presidente, y don Alberto se preguntaba a sí mismo si aquel era el país soñado, el futuro deseado, si aquel era irremediablemente su destino ya marcado, para él y para su familia, pero se respondió que no, que aquellos males del país no podía durar para siempre, que el Perú algún día sería otro, y que su familia sería próspera, como lo era ahora, a pesar de los tiempos de crisis, y así llegó al cruce de aquella gran avenida con otra, la avenida Grau, atravesó de largo la entrada a la avenida, divisando al fondo de ella los cerros que rodeaban a la ciudad con sus miles de casitas, como hormigas subiendo un montículo de tierra. Una cuadra más allá, pudo ver los desordenados puestos de lo que era Polvos Azules, en medio de la calle y de la informalidad, que años después, llegaría a ser un gran centro comercial gracias al pundonor y sacrificio de sus trabajadores, y don Alberto recordó él mismo todos los sacrificios hechos: dejar a su familia en la sierra liberteña e irse a la costa, con catorce centavos en el bolsillo, para trabajar en lo que fuera, y forjarse un futuro mejor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego de cruzar la avenida veintiocho de Julio, y pasar por en medio del desorden de los terminales de autobuses que iban para el sur del Perú, llegó al distribuidor de vidrios nacionales e importados, Miyasato. Faltaban pocos minutos para las nueve de la mañana, hora en que el local abría sus puertas y empezaba a atender al público. De cara a la gran avenida Paseo de la República, observando en la acera opuesta al viejo Estadio Nacional, empezó a recordar las veces que, para matar las horas mientras regresaba a Trujillo, fue a ver el fútbol: grandes partidos de los cremas de Universitario, con quien simpatizaba sin llegar a ser un hincha extremista, y sus clásicos duelos con los morenitos de La Victoria, los blanquiazules del Alianza Lima, así como otros equipos, entre ellos el Sporting Cristal, el Melgar de Arequipa, el Octavio Espinoza de Ica. Al rato pasó por allí un canillita, al que le compró un periódico, y estaba leyendo la portada tremebunda de aquella mañana que anunciaba un nuevo ataque senderista en la periferia de Lima, cuando en su reloj dieron las nueve y la Corporación Miyasato abrió sus puertas al público.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego de saludar cordialmente a los empleados del lugar, quienes ya lo conocían y respetaban como persona y cliente, se dirigió a la sección de pedidos y tras saludar al señor Martínez y charlar brevemente con él, hizo el pedido de cajones enteros de vidrio simple, semidoble, doble, catedral de todos los modelos y colores, y finalmente, tres cajones de vidrio triple, el más grueso, muy popular en aquellos días por su resistencia en caso de que se produjera la explosión de algún coche bomba. Luego del apretón de manos con don Alberto, el señor Martínez fue a caja a que le hagan la factura a don Alberto, y regresó al poco rato con la cuenta. Don Alberto hizo un rápido cálculo mental, y se dio cuenta de que, fuera del dinero que utilizaría para sus gastos personales, lo que había llevado, en efecto, no le alcanzó para pagar el pedido de vidrios, todo por culpa de la hiperinflación que volvía en pocos minutos miserables centavos los miles o millones que uno portaba. Indignado una vez más con el joven presidente, más no así con el partido de la estrella, a cuyo líder histórico, el viejo león que firmó la Constitución del setenta y nueve poco antes de morir, había escuchado hablar en decenas de mítines. Estaba por retirarse del lugar, sin su objetivo cumplido, cuando el señor Martínez le dio una buena noticia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-De parte del señor Miyasato, ya que usted es un excelente cliente, puede pagar con lo que tiene ahora, y el resto lo puede cancelar después.&lt;br /&gt;-Muchas gracias, gracias por la confianza. ¿Dónde firmo?&lt;br /&gt;-¿Firmar?&lt;br /&gt;-El documento por el saldo que quedaré debiendo.&lt;br /&gt;-No es necesario, don Alberto. Con su palabra nos basta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego de otro apretón de manos y de reiterar las gracias, don Alberto canceló la factura hasta donde le alcanzó el dinero, separando lo necesario para algunos gastos personales y para el regreso a Trujillo. Se despidió de los empleados de Miyasato con la satisfacción dibujada en los labios, sabiéndose estimado y con una reputación personal y crediticia sólida. Eran las once de la mañana con treinta y tres minutos. Regresó al hotel por la misma ruta que había hecho para llegar hasta Miyasato, pero esta vez fue a la parte más recorrida del Jirón de la Unión, entró a un restaurante y pidió un lomo saltado y una Inca Kola fresca, es decir no tan helada. Cuando el mozo le trajo su pedido, pidió limón. Al rato, el mozo le trajo limón, ají y sal en un pequeño plato. En vez de rociar el limón sobre su apetitoso y jugoso almuerzo, puso las ácidas gotas en su dorada y burbujeante bebida. Se refrescó y comió con apetito. Al pedir la cuenta, hizo un pedido especial al mozo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Tienes Kola Inglesa?&lt;br /&gt;-Sí, señor.&lt;br /&gt;-¿En botella de vidrio?&lt;br /&gt;-Así es, señor.&lt;br /&gt;-Véndeme una, sin destapar, con todo y botella.&lt;br /&gt;-Permítame un momento para consultar al administrador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al rato, el mozo regresó con el vuelto de don Alberto y con la respuesta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí le vendemos la gaseosa con todo y envase, pero tendrá que dejar algo extra por el envase.&lt;br /&gt;-No se preocupe. ¿Cuánto más?&lt;br /&gt;-Cuatro mil intis por la gaseosa, y dos mil más por el envase.&lt;br /&gt;-Tenga diez mil, y quédese con el vuelto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Atravesando la insegura Plaza San Martín por la sombra de los arcos de los edificios adyacentes, con la Kola Inglesa en la mano, don Alberto sonrió de satisfacción al saber que su querido nieto Julián, una vez más, se sentiría muy contento al ver que su abuelo le llevaba aquella bebida, roja y de sabor muy agradable, que no vendían en Trujillo, y que tanto gustaba al pequeño. Salió del hotel a toda prisa y enrumbó hacia la misma terminal de autobuses donde horas antes había desembarcado, compró el pasaje de regreso a Trujillo, lado derecho, ventana, abordó el bus, abrazó su maletín azul de viaje, donde entre sus ropas, para protegerla de los golpes, estaba la Kola Inglesa de Julián. Poco después de salir de la terminal, en algún lugar de la avenida Alfonso Ugarte, don Alberto se quedó dormido. Se despertó casi siendo las cuatro de la tarde, cuando el autobús paro en Supe para que los pasajeros bajaran a almorzar. El bajó, pero sólo se tomó una Inca Kola con limón, y de regreso en el bus volvió a quedarse dormido. La próxima vez que abrió los ojos, estaba en la terminal en Trujillo. Abordó un taxi, y llegó a su casa en siete minutos. Eran casi las diez de la noche, viernes, y encontró a Julián aun despierto, mirando televisión con su mamá y su papá. Saludó a todos, fue al segundo piso, a dejar su maletín. Llamó a la ferretería, donde estaba su esposa, y le avisó que había llegado sin novedad. Sin salir de su cuarto, con su estentórea voz, llamó a Julián. Su voz resonó en todo el ámbito de la casa. Julián subió las escaleras de cuatro largos trancos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sí, Papá Ñato.&lt;br /&gt;-Toma tu Kola Inglesa.&lt;br /&gt;-Gracias –dijo Julián, emocionado-. La voy a poner a helar y mañana me la tomo en el almuerzo.&lt;br /&gt;-¿No estás resfriado?&lt;br /&gt;-No, Papá Ñato.&lt;br /&gt;-¿No te duele la garganta?&lt;br /&gt;-No, Papá Ñato.&lt;br /&gt;-Entonces ponla a helar. Y anda duerme ya, que ya es tarde.&lt;br /&gt;-Hasta mañana, Papá Ñato.&lt;br /&gt;-Hasta mañana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y don Alberto, luego de asearse, también se fue a la cama, y se arropó con su colcha amarilla, tejida a mano, y al poco rato se fue quedando dormido, pensando en su familia, en el bienestar de todos, en que mañana mismo haría el depósito del saldo pendiente de los vidrios, sumergiéndose en el sueño y antes de quedarse dormido por completo recordó que al día siguiente, veintinueve de abril, era su cumpleaños, y que seguro Julián lo saludaría con un largo abrazo, al igual que todos sus hijos, y que su querida esposa lo sorprendería, como cada año, con algún suculento platillo para almorzar, y que él sonreiría y se tomaría sus Pilsen Trujillo y brindaría con los suyos por un año más de vida.&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-6179900137466032324?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocruzm.blogspot.com/feeds/6179900137466032324/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=33250870&amp;postID=6179900137466032324' title='24 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/6179900137466032324'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/6179900137466032324'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2009/04/la-chaposa-mas-sabrosa.html' title='La chaposa más sabrosa...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/SfjYhVW5f-I/AAAAAAAAAMk/kMZnqlTWkLk/s72-c/kolainglesa_1977_arkivperu.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>24</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-3043598555645094596</id><published>2009-04-26T00:46:00.005-05:00</published><updated>2009-04-26T00:55:03.916-05:00</updated><title type='text'>Ricardito en nuestros recuerdos...</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/SfP1TSmO9sI/AAAAAAAAAL8/J86Tjq5PX_k/s1600-h/015.JPG"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5328872495867950786" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 320px; CURSOR: hand; HEIGHT: 227px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/SfP1TSmO9sI/AAAAAAAAAL8/J86Tjq5PX_k/s320/015.JPG" border="0" /&gt;&lt;/a&gt; &lt;em&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Hace trescientos sesenta y cinco días te fuiste a la otra orilla de la vida, tan repentinamente, después de acompañarnos más de tres años y de alegrarnos la vida, que aun hoy no nos acostumbramos a tu ausencia, querido periquito, adorado lorito, pero tan la seguridad de que, estés donde estés, y estemos donde estemos, siempre te recordaremos con cariño.&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-3043598555645094596?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/3043598555645094596'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/3043598555645094596'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2009/04/ricardito-en-el-recuerdo.html' title='Ricardito en nuestros recuerdos...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/SfP1TSmO9sI/AAAAAAAAAL8/J86Tjq5PX_k/s72-c/015.JPG' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-1867230962621703746</id><published>2009-04-19T01:58:00.002-05:00</published><updated>2009-04-19T02:02:17.027-05:00</updated><title type='text'>Tus tontas trampas...</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/SerMb2-TzkI/AAAAAAAAAL0/F1qGDKi2dyE/s1600-h/coyote.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5326294288304426562" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 320px; CURSOR: hand; HEIGHT: 240px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/SerMb2-TzkI/AAAAAAAAAL0/F1qGDKi2dyE/s320/coyote.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;En el fondo de su sobria pero elegante cueva, bañado con cuidado y esmero y oloroso a perfume marca Acme, el Coyote se alistaba para una jornada más de cacería. Lo había estado planificando con tanto ahínco, en complicidad con su amigo el Flaco, sin dejar escapar un solo detalle, que ya desde antes de entrar en la ducha tenía por segura la victoria de aquel día. No podía ser de otro modo. Su instinto animal, su buena estrella y su destino feroz así le habían enseñado. Había saboreado toda la carne que se le había antojado, y nunca nada era suficiente para él. Pero tenía rachas y rachas. Muchas veces, en plena época de celo, tenía que conformarse con las pobres carnes que, frente a él, ponían sus inseparables camaradas. En efecto, el Flaco y Lluka eran solidarios con el Coyote, y se repartían como mejor podían las presas que encontraban al vuelo por cualquier rincón del mundo. Y muchas veces, cuando las ganas y el deseo escaseaban como agua en el desierto, las presas aparecían de la nada, sin ser llamadas, solícitas y dispuestas a caer en las garras del Coyote o de sus feroces y aparentemente inofensivos amigos, que de inofensivos únicamente tenían los rostros, porque sus intenciones eran más negras que una noche sin estrellas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Precisamente, aquella noche prometía porque el Flaco, ávido consumidor de cuanta carne cayera en sus delgadas manos ya sea por las buenas o a la mala, se había esforzado sobremanera planificando los detalles. Se había sentado desde hacía días atrás en la entrada de su cueva, con la sexy chalina en torno al cuello para llamar la atención más que para protegerse de las inclemencias del frío, y cantaba a voz en cuello, sin necesidad de acompañamiento, las más dulzonas melodías que se sabía de memoria. El aire llevaba su voz por doquier, y las presas, atentas y en guardia, caían rendidas a los agudos y graves de su garganta. A veces, el Coyote lo acompañaba con la guitarra y Lluka con la mirada y la sonrisa, porque no tenía sentido musical, y en esas raras ocasiones el esfuerzo era mínimo para hacer caer a las presas en sus invisibles redes. Pero ya que recientemente no se habían juntado por la ausencia del Coyote, que andaba por otra ciudad de cacería bajo el pretexto de afianzar y expandir los conocimientos adquiridos, el Flaco orquestó el bacanal de carne y sangre de aquella noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al volante de su tantas veces mancillado automóvil, el Coyote recogió del lugar acordado al Flaco. Enrumbaron hacia la guarida de Lluka, quien apareció por entre las sombras de la noche con dos botellas de pisco acholado en las manos, sonriente y con sed, con el pecado tatuado a fuego vivo en las facciones y el ánimo al tope. La vieja guitarra del Coyote, gracias a quien habían vivido jornadas espectaculares e indelebles en la memoria, tuvo descanso obligatorio aquella noche de luna llena, porque deseaban estrenar el equipo de sonido del automóvil, de marca Acme igual que todas las cosas que tenían en esta vida. Se estacionaron en un solitario paraje, rodeados de cactus y arena, en la infinita soledad del desierto, y con la música a todo volumen dieron inicio a la espera, mientras brindaban y no dejaban de brindar, diciendo un salud por ellos mismos, un salud por la amistad, un salud por ellas aunque mal paguen, y otro salud más por ellas aunque a uno lo hagan manejar trescientos kilómetros en vano, y ya que estaban ahí dieron otro salud por los incontables amores de una noche, y en medio de aquel maremagnum de brindis vieron tres siluetas recortadas por el horizonte oscuro de la noche y delineadas a duras penas por la luna, que ya estaba en lo más alto de aquella noche estrellada. Eran las presas. El Coyote apuró su trago de pisco, lo secó de una sola vez, volvió a servirse y dio las instrucciones finales a sus camaradas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Nada de jodas fuertes.&lt;br /&gt;-Y, por si acaso, todos somos solteros y sin compromiso –dijo Lluka.&lt;br /&gt;-Y protéjanse con sus jebes marca Acme –dijo el Flaco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los tres amigos hicieron chocar sus shots, mientras se deseaban suerte a su estilo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Salud y que tengan un gran faenón!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La primera sombra en distinguirse plenamente fue la de Solange, alta y morena, de caminar elegante y sobrio, de palabras concisas y directas y de buen aguante para el alcohol. Estaba vestida con un traje morado, zapatos de taco aguja, cartera negra y con el rostro muy pintado. Caminaba sin dificultad, como si el suelo fuera de cemento y no de arena, polvo y guijarros. Ella era la que llevaba la iniciativa, y conocía al Flaco de algún sitio. Sin dudar, presentó a sus dos amigas: Kimberly, de estatura mediana, grandes pechos y labios sensuales, que escogió al Flaco para aquella noche, y Alondra, de carnes y curvas abundantes, que se quedó con Lluka como acompañante porque no le quedó de dónde escoger, pero al final quedó contenta con su suerte, porque fue la única que pudo pasarla bien en aquella jornada, no por la pericia de él, sino por la experiencia de ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las últimas gotas del segundo de los piscos que Lluka había invitado aquella noche se agotaron en la segunda ronda con las presas, que habían resultado casi tan bohemias como los tres amigos. El Coyote sacó de la guantera de su automóvil dos vodkas, para beneplácito de los presentes, y pronto el alcohol empezó a desatar aun más las lenguas. Del fútbol pronto se pasó a la música, y la crema y la blanquiazul fueron olvidadas rápidamente para dar paso al rock and roll y este no tardó en ser olvidado por las bondades físicas de cada una de las chicas. Cabelleras, siluetas, delanteras y retaguardias fueron exaltadas en demasía por los amigos, casi irrespetuosamente, mientras las presas reían y se ruborizaban como si fueran quinceañeras inocentes y no las recorridas féminas que en verdad eran. El Coyote, que tenía sus ratos de inspiración, quiso halagar aun más a su acompañante, y se puso a recitarle unos versos inventados en aquel momento, hasta que cayó en la cuenta de algo. Iba a usar una figura poética para comparar el cuello de Solange con el de un frágil cisne que alza vuelo de un estanque de cristal, pero notó algo que no le cuadró, pero que olvidó inmediatamente por la premura del momento. Tan agradecida quedó la acompañante del Coyote, que le cerró los labios con un largo y profundo beso. Fue el inicio de todo. El Coyote y Solange se encerraron en el automóvil, sordos a la música que les golpeaba directamente en los oídos, y cuando el frío del desierto empezó a sentirse en todos los huesos de sus cuerpos, cerraron todo y empañaron en cuestión de minutos los cristales. Kimberly se llevó al Flaco a un promontorio de piedras cercano, donde desbordaron sus pasiones, sobretodo ella, que hizo estragos de guerra en el enjuto cuerpo del Flaco. Pero él no parecía estar concentrado en sus caricias y besos, Inquieto, observaba el automóvil de su camarada, como si esperara a que algo sucediera. Kimberly se lo hizo saber.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tienes el cuerpo acá, pero la mente en otro sitio.&lt;br /&gt;-Disculpa, es que hay algo que…&lt;br /&gt;-O te concentras en mí, o me voy…&lt;br /&gt;-Perdón, nena, sigamos con lo nuestro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lluka tenía la respiración entrecortada y la frente salpicada por gotas de sudor. Sobre él, cabalgaba con desenfreno la voluptuosa Alondra, que se ahorró los juegos previos y fue directo a la acción. Hizo un grande esfuerzo por animar y despabilar al tímido Lluka, con quien ensayó todos sus conocimientos, hasta los más secretos, hasta que logró que él enderezara el rumbo y pudiera seguirle el ritmo, a duras penas y perdiendo el paso en varias oportunidades. Ya iban por el segundo de la noche, porque el primero había sido tan efímero y rápido como el parpadeo de un ciego, cuando Lluka, consumido por la voracidad de Alondra sobre la arena fría del desierto, y el Flaco, con la espalda maltratada por la dureza de las piedras sobre las que estaba recostado, escucharon un grito desgarrador con un fracción de segundo de diferencia. Era un grito salido de las entrañas, aterrador, como de película de espantos y por el timbre de la voz sólo podía haber sido el Coyote. Se vistieron como pudieron y corrieron rumbo al automóvil. Se encontraron de frente con el automóvil, que avanzaba directo hacia ellos, y distinguieron en el volante al Coyote, pálido y con los ojos desorbitados. Frenó en seco y sin que mediara palabra o indicación alguna, subieron al automóvil y abandonaron a toda prisa el lugar. Lluka y el Flaco interrogaron de mil formas a su amigo, pero no consiguieron arrancarle una sílaba. Manejó y manejó, derecho, sin tener idea de a dónde llegarían, hasta que con las primeras luces de la mañana, el Coyote frenó y se estacionó a la sombra de un gigantesco algarrobo. Miró a sus compinches con sus ojos dormilones, y les explicó el por qué de la intempestiva huida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Yo había notado algo raro en ella, pero más me demoré en darme cuenta que en olvidarlo. Estábamos de puta madre, así que decidí poner una mano en su cintura.&lt;br /&gt;-No te detengas, sigue contando –dijo Lluka.&lt;br /&gt;-Dale jugador, cuenta todo –dijo el Flaco.&lt;br /&gt;-Poco a poco mi mano fue bajando, entre beso y beso, pero antes de que mi mano llegara a donde ustedes ya saben, ella tomó la iniciativa y puso su mano sobre mi muñeco, y empezó con el suave masaje. Yo estaba feliz. Sin que me diera cuenta, ya la había sacado al mundo exterior y empezaba a darle tiernos besitos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Coyote suspiró profundamente. Alzó la vista y vio que el horizonte empezaba a teñirse de naranja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Así que quise corresponderle, y bajé mi mano hasta ahí.&lt;br /&gt;-¿Y? ¡Cuenta! –gritaron al mismo tiempo Lluka y el Flaco.&lt;br /&gt;-Y, lo que pasó es que la sentí…&lt;br /&gt;-¿La sentiste? ¿Y estaba mojada?&lt;br /&gt;-Mojada no. ¡Estaba dura! ¡Dura como piedra!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras el Coyote hablaba consigo mismo, lamentándose de su mala suerte, Lluka y el Flaco se reían hasta no poder más, compadeciendo al amigo infortunado, consolándolo con palabras de aliento, prometiéndole todo el alcohol del mundo para olvidar el rato amargo. El Coyote salió de sus pensamientos con resignación, y se prometió a sí mismo ser más cuidadoso en futuras ocasiones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Saben qué es lo peor de todo, muchachos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Flaco y Lluka, aun riéndose, aguardaron la respuesta mientras el amanecer iluminaba a los tres amigos, pintándolos de oro y fuego.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Que la tiene más grande que las de los tres juntos.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-1867230962621703746?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocruzm.blogspot.com/feeds/1867230962621703746/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=33250870&amp;postID=1867230962621703746' title='23 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/1867230962621703746'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/1867230962621703746'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2009/04/tus-tontas-trampas.html' title='Tus tontas trampas...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/SerMb2-TzkI/AAAAAAAAAL0/F1qGDKi2dyE/s72-c/coyote.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>23</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-889944683343419668</id><published>2009-04-05T00:01:00.003-05:00</published><updated>2009-04-05T00:17:04.705-05:00</updated><title type='text'>Lithium...</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/Sdg9tlcnioI/AAAAAAAAALs/-gGikzrY4i4/s1600-h/kurt+cobain.bmp"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5321070813093792386" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 320px; CURSOR: hand; HEIGHT: 251px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/Sdg9tlcnioI/AAAAAAAAALs/-gGikzrY4i4/s320/kurt+cobain.bmp" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;p align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Estoy feliz, porque hoy encontré en el camino a unos amigos. Algunos sonreían, otros se sorprendían, y yo la verdad sospecha de la condición de muchos de ellos. Todos somos hipócritas en algún momento de la vida, de esta vida que lenta e irreversiblemente se nos va, y creo que hoy, esos denominados amigos, algunos, no todos, pusieron en práctica todos sus conocimientos, empíricos o estudiados a conciencia, de hipocresía. La verdad es que poco me interesa. No me quitan el sueño, ni les temo, pero vayan a ver sus facciones, sus gestos exagerados, sus palabras altisonantes. Pero sean amigos de verdad, o fingidas caricaturas de los seres que pretenden ser, están en mi cabeza, y no los puedo sacar de lo más profundo y negro de mis pensamientos. Y no era uno de mis mejores días, precisamente. Estaba trasnochado, ojeroso, con la resaca inenarrable debido a tantos tranquilizantes, fastidiado por haberme pasado cinco horas frente a la laptop y no haber escrito nada, ni una línea, ni una frase, en blanco y amargo conmigo mismo, duchado a la volada y vestido como siempre, con un polo plomo sin figuras y una de mis camisas de franela y un jean descolorido por el uso de los años y mis viejas zapatillas negras que por tantos sitios me han acompañado. Pero nada tenía importancia, porque a pesar de todo, con quienes hoy me crucé estaban peor que yo, olorosos a perfume y desodorante, con corbatas a rayas y ternos casi nuevos, pero tan muertos como yo por dentro, así que estábamos a mano, miserablemente iguales, desafortunadamente tablas. Nos hemos cruzado, o mejor dicho, yo me los he encontrado en un día en que no quería cruzarme con nadie, sea cara amiga o la suerte misma con su mano extendida hacia mi, rebosante de felicidad, y nos hemos llevado tal impresión que de la sola impresión hemos roto nuestros espejos interiores, tirándolos con rabia reprimida contra el pavimento recalentado por el sol inmisericorde de abril, que ya debería haberse despedido, pero que se niega a regalarnos cielos grises y vientos fríos. Es domingo por la mañana. ¿Por qué van en terno mis amigos y los hipócritas que dicen serlo? ¿Van a misa de ocho o a la ceremonia donde me cremarán? Pues si he muerto, no estoy enterado aun de nada, no se me ha notificado válidamente, o me están ocultando la verdad hasta el último minuto, para darme una sorpresa, como si fuera mi cumpleaños. La verdad es que para ellos es casi siempre domingo por la mañana, me importen o no, me desprecien o me aprecien. Y luego de saludarlos apenas levantando una ceja o una mano, caminé sin rumbo por esta soleada mañana de domingo, que sé que es de domingo porque lo leí en un diario colgado de un quiosco, porque para mi es igual un jueves por la noche o un lunes por la madrugada, porque vivo siempre en el espacio atemporal de mis pensamientos, matando las penas con antidepresivos y ahogando mis manías en ansiolíticos, cultivando viejos rencores para cosechar futuras venganzas. En una calle solitaria, poco transitada siempre y mucho menos hoy que es domingo, sin previo aviso y sin conmoverme cuando me di cuenta de su verdadera naturaleza, me encontré con dios. Estaba en harapos, sucio y hambriento, con la mirada perdida y las manos temblorosas, clamando a viva voz su desdicha, llorando su fracaso, pidiéndole perdón a sus criaturas por las injusticias de la vida terrena. Me senté al lado de él, no para consolarlo ni para reprocharle las cotidianas miserias que se viven, sino para sumar nuestras realidades y tratar de sobrellevar nuestras rabias por sentirnos impotentes por hacer de todo para cambiarlo todo y no poder mejorar ni nuestras propias mañanas de domingo, dios con su propia creación que se le había escapado de las manos y yo que no podía ni con el apremiante y angustiante peso de mi alma atormentada y adormecida por los fármacos. Lo entendí y comprendí, por que lo mío es una nada en comparación con sus grandes dilemas universales, con sus preocupaciones por todas las razas y civilizaciones y mundos y galaxias que él tiene que atender y vigilar y alentar y destruir en caso de que hayan cumplido su ciclo, pero al verlo ahí, derrotado en una solitaria calle de la última ciudad donde se le podría ocurrir a alguien encontrar al creador de todo, confirmé mis sospechas de que este no era el ser tan ardorosamente venerado por las personas de este y otros mundos, sino un estafador sádico que se complacía en ser el titiritero maquiavélico de seres que, al ser inferiores que él por estar en el primer peldaño de la evolución, son incapaces de defenderse y de plantarle cara a sus arbitrariedades, y nos maneja a su antojo haciéndonos creer en la tonta teoría del libre albedrío. Asqueado por la súbita lucidez, y viéndolo tal cual era, encarnado en un anciano andrajoso, saqué de mi bolsillo unas monedas y se las dejé en la mano, y sin decirle una sola palabra me alejé del lugar, deseándole una pronta mejoría, porque si en verdad él es el ser supremo del universo, necesita estar lo mejor posible para que todos los demás estén mejor. Y seguí caminando sin rumbo, hasta que me sentí tan solo, pero la verdad ya poco me importa estar tan solo en este mundo con siete mil millones de almas más, porque ni una muchedumbre a mi lado puede hacer que yo me sienta menos solo, quiero vivir entre sombras, alejado de todo, sin que nadie me reconozca y sin que nadie se atreva a apostar ni un centavo por mi, porque sería una mala inversión, pero no estoy triste, porque algún día todos aquellos que me menosprecian y ningunean y mal baratean mi amistad y mis sentimientos la van a pagar caro, ya que los haré arder despacio hasta que no quede de ellos ni las cenizas de sus destruidos cuerpos, y los culpo de todo, salvo de haberlos escuchado tanto sin haber conseguido que me tengan el mínimo aprecio como para confiar en mí y darme una oportunidad, la que tanto anhelé y esperé y que me niegan mezquinamente. Al final de cuentas, sólo estaré yo, solo con mi soledad, siendo feliz únicamente en el mundo irreal y borroso de mis sueños. Espero conocer a alguna mujer capaz de soportarme y de quererme tal cual soy, y será en ese mundo nocturno, porque en el mundo de esta mediocre realidad no existe ni una sola que esté predestinada a cruzarse en mi camino. No importa, serán grandes encuentros en ese mundo, sueños húmedos a diario, hasta que la materia gastada de mis carnes y huesos ceda ante el paso inexorable de la vida y me convierta en cenizas más no en recuerdos, porque tengo la plena seguridad de que me iré de esta vida sin causar el menor revuelo, la más mínima congoja o la más leve tristeza, ya que seré yo el causante de mi propia partida hacia el infinito, trataron de encandilarme y no lograron quebrarme, me dijeron que me les hacía falta y que me extrañaban pero no lograron quebrarme, dijeron tantas palabras de falso amor y me llenaron de tantas mundanas caricias y no lograron quebrarme, y traté de matarlos, lo conseguí, y sus fantasmas arrepentidos no lograron asustarme ni pudieron nunca quebrarme.&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-889944683343419668?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocruzm.blogspot.com/feeds/889944683343419668/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=33250870&amp;postID=889944683343419668' title='14 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/889944683343419668'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/889944683343419668'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2009/04/lithium.html' title='Lithium...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/Sdg9tlcnioI/AAAAAAAAALs/-gGikzrY4i4/s72-c/kurt+cobain.bmp' height='72' width='72'/><thr:total>14</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-3199620449608842598</id><published>2009-03-25T02:48:00.004-05:00</published><updated>2009-03-25T03:03:41.987-05:00</updated><title type='text'>De viaje a la capital...</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/ScnlUI9tUcI/AAAAAAAAALk/qhXv23HL9xs/s1600-h/P1030273.JPG"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5317032969254031810" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 320px; CURSOR: hand; HEIGHT: 213px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/ScnlUI9tUcI/AAAAAAAAALk/qhXv23HL9xs/s320/P1030273.JPG" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;La tarde languidecía. Las primeras estrellas empezaban a adivinar-se en el cielo naranja, rojo, azul, celeste y gris de la ciudad, como si aquel día un supremo pintor hubiera hechos trazos abstractos y caprichosos, coloreando de manera absurda y hermosa el morir del día. El semáforo en rojo detuvo la marcha de la camioneta verde, y por ello don Alberto pudo apreciar los juguetones colores del cielo, por una fracción de segundo, la suficiente para cerrar los ojos por un instante y encomendarse y pedir suerte para su viaje de aquella noche. El bramido de los cláxones lo sacó de sus pensamientos. Dobló a la izquierda en la intersección de aquella gran avenida, avanzó dos cuadras y media a velocidad moderada, dio vuelta en u y se estacionó con suavidad en el frontis de la vidriería y ferretería de la cual era dueño. Apagó el motor, guardó el llavero en el bolsillo derecho de su pantalón, sacó de debajo del asiento del chofer una cadena metida dentro de una manguera de jardín, la pasó por el centro hueco del timón y la cerró con un candado, trabando y asegurando de esa manera la camioneta Ford que había comprado veinte años atrás. Subió las lunas, aseguró las dos puertas y entró al local comercial, amplio y limpio, cuyos mostradores de madera siempre estaban atiborrados de productos de ferretería originales, alemanes, italianos, americanos, y en muy pocos casos, de baratijas chinas que se desbarataban al tercer uso, a pesar de que los clientes eran advertidos suficientemente. Al encuentro de don Alberto salió Ñata, la fiel pekinesa de la familia, y, tras ella, su nieto Julián, aun en uniforme de colegio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Buenas tardes, Papá Ñato.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya no era un niño pequeño, pero, a sus ocho años, Julián aun podía ser cargado en brazos por su abuelo, que los tenía fuertes y rígidos por los años y años de duro trabajo, cargando las planchas de vidrio para cortarlas a medida sobre una gran mesa forrada con franela verde. Don Alberto entró con su nieto en brazos, saludando a los clientes que a esa hora hacían compras de última hora, a su esposa que leía el diario vespertino en el escritorio y a los dos empleados que atendían a la clientela. Don Alberto dejó en el suelo a su nieto y le indicó que fuera a cambiarse de ropa y a ver televisión mientras él se ocupaba de algunos asuntos del negocio. Revisó unas notas que le habían dejado sobre el escritorio donde se guardaba el dinero, y se puso a seleccionar de entre muchos vidrios puestos contra las paredes. Examinó retazos y planchas enteras, separó y puso sobre la gran mesa los que él creyó necesarios, los midió con su práctico metro de delgada madera que solía llevar en el bolsillo izquierdo de su pantalón, marcó los cristales con lápiz color naranja y empezó a cortarlos ayudándose con el metro y el cortador de punta de diamante. Los vidrios simples, dobles, grises y catedrales quedaron listos para ser entregados al día siguiente por la mañana en menos de veinte minutos. Mientras don Alberto hacía su labor, la noche había caído sobre la ciudad, y ya uno de los empleados había bajado la gran puerta enrollable y asegurado con fierros y candados la entrada al negocio. Se despidió de su jefe, al igual que el otro empleado, y la ferretería y vidriería se quedó vacía, iluminada por los fluorescentes y con el aire cargado de paz. Su esposa dejó el escritorio y se fue a preparar la cena de aquella noche. Don Alberto se sentó entonces en el escritorio, contó con sus manos curtidas por el sol y el trabajo los ingresos de aquel día, separó el dinero que necesitaría para el viaje de ida y vuelta más el indispensable para otros gastos como comida y hospedaje, cerró el cajón con llave, apagó las luces, y con las tinieblas sobre su cabeza caminó de memoria entre los mostradores y los cajones de clavos y las bolsas de cemento y las carretillas y los rollos de manguera y de alambre de púas y los grandes toneles con aguarrás y thinner y entró despacio a la cocina, que quedaba justo detrás de la ferretería y que abría paso a las habitaciones y al gran corral donde tenía sus gallos de pelea, y se sentó a descansar en la silla que estaba en la cabecera de la mesa. Julián armaba muñecos de plastilina, y su esposa daba los toques finales al lomito saltado que serviría aquella noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ven Julián –le dijo don Alberto a su nieto-, vamos a lavarnos las manos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eran los tiempos de los apagones súbitos debido al fanatismo irracional de senderistas y emerretistas, y de los inesperados cortes de agua debido a la ineficiencia de la empresa administradora del recurso hídrico. Así que siempre estaban preparados ante cualquier eventualidad: las lámparas de kerosene y los baldes llenos de agua fresca nunca faltaban. Aquella noche no erala excepción. Al abrir el caño en el pequeño baño de techo de láminas de zinc, conocido popularmente como eternit, abuelo y nieto se dieron con la ingrata sorpresa de que el agua, por enésima vez, había sido cortada. Tuvieron que sacar agua de un gran balde color azul ayudándose con un pequeño pocillo plástico color naranja. Don Alberto primero lavó sus manos, luego las de Julián, y finalmente enjuagó otra vez las manos de ambos, y fueron hasta la mesa, donde ya estaban servidos los humeantes platos. Al instante, Julián notó que al plato le hacía falta un complemento delicioso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Mamá Yayi, ¿y el huevo frito?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con paciencia didáctica, doña Gladis tuvo que explicarle no sólo al pequeño Julián, sino también a su esposo, que no había podido conseguir huevos por ninguna parte, porque los acaparadores de seguro los habían escondido para sacarlos al día siguiente con un precio mucho mayor, aprovechándose de mala manera de la crisis económica causada por la pésima gestión del gobierno que había llevado casi a la ruina al país en casi cinco años. Don Alberto le dio la razón a su esposa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Imagínate que estoy viajando con cien millones de intis –dijo, con el ceño fruncido-. Espero que mañana, al legar a Lima, me sirvan para algo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vieron televisión un largo rato más, hasta que don Alberto le indicó a Julián que ya era la hora de que lo llevara a la casa nueva, que era como denominaban a la cercana casa de la familia, construida recientemente en material noble en reemplazo de la antigua casa de adobe, y en donde don Alberto guardaba la camioneta verde. Julián se despidió de su abuelita, y don Alberto hizo lo mismo, poniendo una mano familiar y cariñosa sobre el hombro de su esposa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Me voy a Lima a ver lo de los vidrios.&lt;br /&gt;-Ten cuidado, la cosa está muy peligrosa.&lt;br /&gt;-No te preocupes, nada me pasará.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Avanzaron tres cuartos de cuadra, doblaron a la derecha y avanzaron dos cuadras más hasta llegar a la casa nueva, enteramente pintada de blanco humo, con sus elegantes rejas de fierro negro y su jardín interior sembrado de crotos multicolores. Julián llevaba en sus manos dos tazones con la comida para su mamá, que llegaba tarde de la oficina, con la cual pasaba poco tiempo, y para su papá, que llegaría al promediar las once de la noche proveniente de Chimbote a donde había ido a comprar un cargamento de fierro de construcción para el negocio que tenía junto a su hermano. Guardaron la camioneta en la cochera, Julián dejó la comida en la mesa de la cocina, y nieto y abuelo subieron al segundo piso de la casa, donde estaban sus habitaciones. Julián se puso a ver televisión en la antigua televisión en blanco y negro de armazón de madera, mientras don Alberto se duchaba y alistaba para viajar. Puso dos camisas, dos calzoncillos y dos pares de media en el pequeño maletín azul de mano que solía llevar como todo equipaje en sus viajes. Además, guardó su libreta de ahorros del banco, sus lentes de leer, un lapicero, una pequeña libreta de apuntes y su libreta electoral para identificarse por si había algún operativo policial o militar buscando requisitoriados por terrorismo. Un minuto después de que dieran las nueve de la noche, llegó su nuera, apurada para ayudar a Julián con las tareas que le habían dejado en el colegio. Encontró a su suegro con la maleta en la mano y a punto de llevarse a Julián de vuelta con su abuela.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Buenas noches, don Alberto.&lt;br /&gt;-Buenas noches. Ya estaba por ir a dejar a Julián a la tienda.&lt;br /&gt;-Disculpe la demora. ¿Se va de viaje?&lt;br /&gt;-Así es. Vengo pasado mañana.&lt;br /&gt;-Buen viaje.&lt;br /&gt;-Gracias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Creyendo a su nieto dormido, don Alberto ya había avanzado tres pasas rumbo a la avenida para tomar taxi y dirigirse a la agencia de transportes, cuando escuchó la voz infantil de Julián llamarlo por el cariñoso nombre por el que lo había llamado desde que su nieto aprendió a hablar y reconocerlo de los demás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Papá Ñato! ¡Que tengas buen viaje! ¡Ven rápido!&lt;br /&gt;-No te preocupes.&lt;br /&gt;-No te olvides de…&lt;br /&gt;-No me olvidaré. Anda a la casa, ya me voy. Chau.&lt;br /&gt;-Chau, Papá Ñato.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No tuvo que esperar mucho tiempo en la terminal, porque debido a la demora de su nuera había llegado con el tiempo justo. Con el maletín azul en mano, subió al autobús, se sentó en el asiento reservado, lado derecho, ventana, apenas un poco más atrás del centro mismo del vehículo, por costumbre y superstición en caso de accidente, pero consciente de que si aquel era la hora del adiós definitivo, ningún asiento en especial ni ninguna cábala lo salvaría. Diez minutos después de la hora, el autobús partió con rumbo sur, hacia la inmensa capital, a donde don Alberto siempre viajaba por negocios. Abrazado a su maletín azul, que le servía también de improvisada almohada, iba viendo pasar primero las casas a la salida de la ciudad, mientras leía las pintas políticas en las paredes, vota por la escalera salvadora del escritor, vota por la estrella del pueblo, vota por el pescadito de los pobres, vota por el cambio que ofrecía un desconocido ingeniero de origen japonés, así como los interminables números de los inacabables candidatos a diputados, ofreciendo cosas imposibles con tal de atornillarse a un escaño que, en realidad, no merecían maltratar con el peso de sus cuerpos. Pero mientras don Alberto pensaba en eso, decidiendo desde ya su voto a favor del partido del viejo león que había muerto años atrás luego de haber firmado la constitución en su lecho de muerte, veía pasar las últimas casas de la ciudad, y luego la campiña donde miles de años atrás los antiguos peruanos habían levantado sus enormes templos y la luz intermitente del puerto orientando a los barcos que navegaban en la mar serena en medio de la noche cerrada y las interminables y cambiantes dunas de arenas blancas, doradas por el sol y erosionadas a diario por los vientos diurnos y nocturnos del desierto, mientras sus ojos se iban cerrando poco a poco e iba perdiendo paulatinamente la conciencia de la realidad abrazado por la modorra del sueño, envuelto en las redes del dios Morfeo, a la par que pensaba en su esposa, que se quedaba en la casa con su hija Marianella, que para la hora de la cena aun no había llegado de la ferretería que administraba en otro lado de la ciudad, ni su hijo Hugo que había ido a la universidad y que tampoco llegaba para acompañar a su mamá, ni en su hijo Lalo que no había llegado aun a la casa nueva, porque estaba en Chimbote comprando toneladas y toneladas de fierro para el negocio, y pensó en su nieto Julián y en su nuera, solos en la enorme casa nueva del parque, encerrados por el peligro latente de la calle y con la incertidumbre de si habría un nuevo apagón que los sumiera en las tinieblas del miedo, pero qué le podía hacer, tenía que ir a Lima de todos modos, ineludiblemente, porque ya los vidrios, de todos los tipos y colores, empezaban a escasear en el negocio, debido a la gran demanda a pesar de que el país entero estaba sumido en la hiperinflación provocada por el joven presidente apodado caballo loco, que se había dejado ganar por la impetuosidad de sus treinta y pico de años y que por quedar bien con todos había terminado quedando mal hasta con los que no debía, y tenía que comprarla mercadería en el importador para que le saliera más a cuenta la venta, y así siguió pensando don Alberto hasta que finalmente cerró los ojos poco después de que el bus pasara el peaje y el control policial obligatorio, y donde lo último que vio al lado del camino fue un cartel verde con letras que brillaban en la oscuridad, en el cual se anunciaba que aun faltaban quinientos sesenta kilómetros para llegar a destino.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-3199620449608842598?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocruzm.blogspot.com/feeds/3199620449608842598/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=33250870&amp;postID=3199620449608842598' title='24 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/3199620449608842598'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/3199620449608842598'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2009/03/de-viaje-la-capital.html' title='De viaje a la capital...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/ScnlUI9tUcI/AAAAAAAAALk/qhXv23HL9xs/s72-c/P1030273.JPG' height='72' 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src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-8937049849869177646?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/8937049849869177646'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/8937049849869177646'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2009/02/cuando-era-feliz-e-indocumentado.html' title='Cuando era feliz e indocumentado...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' 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tristes y húmedas le recordaban a ella, por lo triste y no por las dos otras razones, rió la tierna Mariela, mientras en el asfalto de las calles iban formándose charcos de agua que se ondulaban a cada nueva gota caída sobre ellos, y que de pronto empezaban a discurrir y a unirse formando riachuelos sin fin, y sonrió y se regocijó con el agua venida de las nubes que lavaba el polvo de las cornisas y alimentaba las plantas y hacía más llevadero el calor sofocante del verano, aquella estación que nunca había sido de su agrado porque ella prefería los meses fríos y grises del invierno o los días melancólicos del otoño y no las infernales madrugadas de los tres primeros meses del año, como ahora, pensó, como en aquella madrugada sofocante en la que no podía dormir porque las sábanas se le pegaban al cuerpo y en la cual se dio mil vueltas en la cama hasta que sintió la lluvia caer y se fue a verla desde la ventana solitaria de su habitación, pensando en cosas tristes para sentirse feliz, porque así era ella por dentro, una mezcla de princesa en espera del caballero ideal y de hada triste por el destino del mundo mágico, miel y hiel, armonía y dolor, miedo y amor, todo batido y guardado dentro de su corazón de oro, aquel que la hacía sonreír y carcajearse y bromear y ser feliz ante todos, y en verdad lo era, no era una mera actuación para contentar al auditorio, pero su patológica necesidad de sentirse triste podía más que ella y siempre tenía que rodearse de su propia soledad y pensar en las situaciones más deprimentes para sentirse bien consigo misma y con los demás y no andar de mal humor ni nada por el estilo, y así, perdida en algún lugar de su propio mundo, la sorprendió el amanecer mirando la lluvia que no cesaba ni parecía tener intención de acabar pronto, y cuando terminó de pensar la lluvia empezó a menguar, y para cuando el día era claro y las personas empezaban su diario trajinar, la lluvia era sólo un recuerdo amargo para las personas con sus azoteas inundadas que arrojaban el agua empozada a la calle, volviendo aun más resbalosas las veredas por las que, dos horas después, la bella Mariela caminó sin rumbo, soñolienta porque apenas había juntado los ojos un par de horas soñando cosas absurdas, como que encontraba monedas de oro con centro de chocolate en la arena de la playa y que del mar emergían ponys cuyos cuernos tenían los colores del arco iris mientras ella comía anticuchos de corazón de dragón, y Mariela caminó sin rumbo huyendo de su casa y de la felicidad que la rodeaba por todos lados, y se reía sola de las soberbias cojudeces que soñaba y se preguntaba a sí misma ¿por qué soñaré esas cosas?, y mientras más pensaba en eso y más era absorbida por sus dudas, la gente que la veía pasar por su lado más radiante la veía, con sus hermosos rulos que caían como grandes serpientes onduladas sobre su espalda pequeña, y su cabello apenas era el complemento de su piel trigueña tostada por los rayos del sol veraniego y de sus ojitos sutilmente rasgados y por su boca que no siempre soltaba frases tiernas sino andanadas de paparruchadas inenarrables, y toda ella era encanto y primor, caminando sin rumbo mientras decidía el lugar al que iría para escapar aunque sea por unas horas del mundo y de la felicidad y de los problemas y de los amores y de los desengaños y así, pasito a paso decidió ir a la playa porque sin proponérselo se había vestido para la ocasión, y eso era otro motivo que llamaba la atención de los chicos y de los no tan chicos que volteaban a mirar su corta falda veraniega color fucsia y su blusa ajustada color blanco con el estampado de un anime japonés en la parte delantera y sus pies lindos y perfectos y delicados en unas sandalias negras que hacían perfecta combinación con un bolso negro y grande donde llevaba desde cuadernos hasta una toalla, y al fin aterrizó en este mundo y se empapó de realidad y con diez soles y treinta céntimos en el monedero esperó a que pasara el microbús que la llevaría hasta el idílico balneario donde los pescadores paseaban en caballitos de totora sobre la espuma del mar, y a medida el transporte público avanzaba muy rápido por las calles y avenidas de la ciudad, dejando atrás una fábrica de gaseosa y un hospital y un enorme centro comercial y un camposanto y la ciudadela de barro más grande del mundo y el desvío al aeropuerto, Mariela pensaba una y otra vez en su vida, en lo que había hecho y en lo que quería hacer una vez que hubiera acabado la tormentosa carrera de leyes que había escogido estudiar por unas razones que aun estaban en análisis en algún lugar del laberinto que tenía por mente, porque lo que ella quería en realidad en esta vida era escribir, escribir y escribir, así ella misma se dijera que no, que era un absurdo, que no podía, que lo que escribía a veces era considerado medianamente decente por la mayoría de amigos y amigas a los que les mostraba sus escritos, pero se esforzaba cada día más y empezaba a escribir cosas interesantes, y publicaba sólo algunas en un blog que había creado sin mucha motivación, pero al que le estaba poniendo más empeño del que ella esperaba al comienzo, tesón similar al que le ponía a su afición por el rock and roll, aumentando su biblioteca musical digital con selecta música escogida por ella misma y sin rellenar espacio con basura tropicalera cumbiambera, eso era lo que quería ser Mariela, una escritora medianamente pobre, feliz e indocumentada, disfrutando ella misma de su gusto por sentirse triste, apenada y miserable sólo por pasatiempo, amando la lluvia y los días grises y los muffins y el café y el cine con canchita y gaseosa y en todo eso pensaba Mariela, la chica de los rulos maravillosos, cuando cayó en la cuenta que ya podía divisar el celeste mar y la arena pálida y la sombra minúscula del muelle aun lejano y pagó el sol con cincuenta centavos del pasaje y descendió del microbús lejos del malecón turístico, se sacó las sandalias y caminó por la arena caliente hasta llegar a la orilla con su arena húmeda y fresca y así, con la brisa marina llenándole los pulmones, renovándola y motivándola, caminó dejando las huellas de sus pequeños pies en la orilla, y de tanto en tanto volteaba la vista para ver cómo el ir y venir sin fin de las olas borraba sus marcas, desapareciéndolas a medida que las iba dejando, y se sentó un rato a descansar y a pensar y a mirar el horizonte lejano y el sol sobre su cabeza, lo que le indicaba el mediodía, y de tanto ver las huellas de sus pies y a sus propios pies terminó pensando en un viejo amigo que en cierta ocasión le dijo que le gustaban sus pies chiquitos y suaves, y se preguntó si serían verdades las cosas que le contaron que él había dicho de ella, y que la llevaron a cortar todo contacto con él, y Mariela en verdad tenía fundadas dudas sobre el asunto, porque él negó todo y nunca se resignó a perderla como amiga, y seguía estimándola y preocupándose por ella aun en la distancia y a pesar de las incómodas situaciones que tenían que pasar, como voltear la mirada o desviar el paso cuando se cruzaban por algún sitio, y ella a veces leía lo que él escribía en su blog, donde él descargaba sus tormentos en historias, reales y ficticias, pero ya no comentaba las historias ni hacía mención a nadie de ello, y de cuando en vez se preguntaba como le iría, y aquel mediodía Mariela recordó a su viejo amigo, y se lo imaginó sentado frente a la computadora escribiendo cuentos y aventuras y vivencias, ¿estará nuevamente deprimido por culpa de aquella mala chica?, se preguntó Mariela, y se dio cuenta de que estaba cerca de los puestos donde vendían artesanía y se acercó y después de mucho observar se compró un símbolo hippie de amor y paz hecho de bronce, sujeto por una delgada cuerda negra, que con gran gusto se puso en el cuello y lo lució y eso aumentó su hermosura rebelde y su ternura y sensibilidad sin par, porque así era ella, todo corazón, tanto que había decidido pensar muy seriamente en retomar contacto con el viejo amigo, y recordó que él, en cierta ocasión, le confesó que amaba ver la lluvia caer sobre la ciudad y que detestaba el verano y el calor y que le hubiera gustado ser bajista de una banda de rock and roll, y Mariela sonrió, bueno, ya veré que hago, pensó mientras caminaba hasta la punta del muelle, y cuando llegó al extremo de aquel viejo armatoste de acero y madera volteó a ver el pueblo a orillas del mar y divisó la vieja iglesia en lo alto de una cuesta y las casas bonitas y tranquilas y se prometió a sí misma que antes de morir dejaría instrucciones claras para que sus cenizas fueran arrojadas al mar desde aquel lugar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sólo ese día seré libre de verdad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mariela se sentó sobre los tablones de madera roídos por los años y por el salitre, sacó su cuaderno de apuntes y empezó a escribir borradores de historias que se le iban ocurriendo: el cuento de la niña sin corazón, la del poeta que lloraba lágrimas de cristal, de la maldición del monumento a la libertad, la del taxista que tuvo como pasajero a Satanás, la del fantasma de un escritor ciego que pedía limosna en la calle Bolívar, la del profesor que descubre un cadáver bajo la sombra de un ficus, entre muchas otras, y al final, con el sol naranja poniéndose tras el horizonte, escribió una pequeña carta a su amigo, cuyo contenido sólo lo supieron ella y días después él, para su regocijo, porque mientras la terminaba de escribir, comiendo cachangas y picarones con miel de higo que una señora de rechoncha figura freía en un gran perol, pensó que la vida se vivía sólo una vez, o al menos eso había llegado a creer con los años, y que no valía la pena estar distanciada de aquel amigo con el que la unía muchas cosas, como creer en la cremación como método eficaz para no darle gusto a los gusanos, y luego de terminar de comer y con la noche a punto de caer, y como acto final de su día en total soledad y en comunión consigo misma, Mariela regresó a la punta del muelle, respiró hondo el aire salado de la mar, cerró los ojos y susurró dos palabras que sólo fueron escuchadas por las olas y por nadie más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Llévame, viento…&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-166954394534740963?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocruzm.blogspot.com/feeds/166954394534740963/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=33250870&amp;postID=166954394534740963' title='26 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/166954394534740963'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/166954394534740963'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2009/02/recordando-bajo-la-lluvia.html' title='Recordando bajo la lluvia...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/SZKAIV2uM1I/AAAAAAAAAK8/tRpZ6L3hga0/s72-c/Huanchaco-Atardecer.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>26</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-1121184458629058233</id><published>2009-02-03T13:00:00.004-05:00</published><updated>2009-02-03T13:13:27.970-05:00</updated><title type='text'>Oh, honey, honey...</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/SYiIleKx6mI/AAAAAAAAAK0/D0MRViIOukg/s1600-h/abeja+maya.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5298635138936203874" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 320px; CURSOR: hand; HEIGHT: 320px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/SYiIleKx6mI/AAAAAAAAAK0/D0MRViIOukg/s320/abeja+maya.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;El panal está de fiesta.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;Se celebra el cumpelaños&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;de la dulce y tierna&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;abejita Maya.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;La miel espumosa,&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;servida en vasitos de cera,&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;servirá para el brindis.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;Una piñata con forma de colmena&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;adorna el centro del lugar.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;Sus amigas, las obreras,&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;llegarán a visitarla&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;con hermosos regalos.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;La música de los 80's&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;alegrará el baile.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;Un zángano triste, el penúltimo&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;del panal, espera solitario&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;en un rincón.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;Lleva en sus manos un pezziduri&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;de fresas con leche nestlé.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;Le sonríe desde lejos&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;a la abejita Maya.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;Ella se escapa del jolgorio,&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;y se va con el zángano &lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;a la azotea de la colmena,&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;donde él le desea&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;un feliz cumpelaños,&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;con un beso y un abrazo,&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;y se acaban el helado, &lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;mirando a las estrellas,&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;mientras tratan de adivinar&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;desde cual de todas ellas,&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;sus abuelos les sonríen.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-1121184458629058233?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/1121184458629058233'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/1121184458629058233'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2009/02/oh-honey-honey.html' title='Oh, honey, honey...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/SYiIleKx6mI/AAAAAAAAAK0/D0MRViIOukg/s72-c/abeja+maya.jpg' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-5974095591216769079</id><published>2009-01-27T03:09:00.002-05:00</published><updated>2009-01-27T03:12:41.632-05:00</updated><title type='text'>Más allá de las estrellas...</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/SX7Bn39BuuI/AAAAAAAAAKs/qnuRnFhWaxY/s1600-h/heic0306a.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5295883102613256930" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 320px; CURSOR: hand; HEIGHT: 240px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/SX7Bn39BuuI/AAAAAAAAAKs/qnuRnFhWaxY/s320/heic0306a.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;La vida ya no era la misma en Dhromia desde que se agotaron las últimas fuentes de loipder, el mineral primario, fuente de vida, origen y sustento de sus civilizaciones inteligentes. Subyugados al poderoso imperio de los Bzteriamd por más de cuatrocientos mil años, los dhromianos habían escuchado sólo leyendas de su esplendor pasado. Entre las historias que los afligidos habitantes de aquel mundo narraban, y que eran totalmente verdaderas pero ajenas para ellos, estaban algunas que impresionarían hasta a los más escépticos habitantes de otras galaxias, que no tenían la capacidad de comprender, por más esfuerzo que pusieran de su parte, las leyes que rigen el universo. La inmortalidad era uno de esos conceptos. Los seres de Dhromia lograron calcular a lo largo de los años las posibilidades de eternizarse en la vida física. Ochenta y seis generaciones de matemáticos fueron las que se necesitaron para resolver las ecuaciones planteadas. Finalmente, el resultado fue el esperado: aquellos dhromianos que así lo deseasen podían existir indefinidamente, mientras su voluntad fuese esa, deteniendo sus relojes biológicos en la edad que ellos quisieran, atados a las limitadas y restrictivas leyes de lo físico, y cuando su voluntad así lo desease, tenían libre acceso al mundo de la luz eterna sin necesidad del dolor ni de la agonía ni de la muerte ni de la penosa y prolongada transición que se requiere en otras galaxias con mundos sin acceso a aquellos conocimientos. Otro concepto recordado cada vez menos por aquellas criaturas inteligentes era el de la creación de tecnología ilimitada debida al manejo práctico, eficaz y eficiente, de las mismas reglas que forman el basamento teórico de la vida y de la inmortalidad, orientadas al campo de las ciencias. Hasta el más mediocre de los ingenieros de Dhromia pasó a ser considerado un maestro cuando al fin se logró en aquel mundo la perfecta conjunción entre ciencia aplicada a las tecnologías en todos los campos del conocimiento con el cumplimiento de los grandes parámetros universales. Así, lograron lo que muy pocos han conseguido en el infinito universo en el que vivimos: dominar las leyes del tiempo y del espacio, y perfeccionaron máquinas que les permitieron su manipulación a discreción y sin interferir en el desarrollo de otros mundos, por más primitivos e incivilizados que fueran. Los gobernantes de Dhromia, sabios y justos, se sentían impotentes cuando recibían noticias de lejanos mundos en donde aun existían los conflictos entre hermanos, conflictos bélicos, ambición por el poder político y económico, hambre, miseria, enfermedades, destrucción del equilibrado orden natural de los mundos por sus propios habitantes. Con pesadumbre compartían la información con su pueblo, el cual, a su vez, sentía la misma impotencia que sus líderes al no poder interferir, aunque fuese para bien, por aquellos desdichados que vivían más allá de las estrellas. Los dhromianos decidieron enviar misiones de observación a más de quince mil lejanos planetas, en novecientas quince galaxias distintas, para acumular información y saber que medidas tomar en el supuesto casi negado de que, en algún momento de la historia y gracias a un magnánimo consenso cósmico, se decidieran a intervenir y ayudar a aquellas civilizaciones a dejar atrás todos los lastres de el subdesarrollo. Ya que vivían en paz absoluta con sus cercanos vecinos de Apdduirt, Bzteria y Cpladont, así como con otros mundos a mediana y lejana distancia de ellos, los dhromianos enviaron sus naves militares con sus mejores científicos en ellas a observar a los mundos seleccionados. El enorme planeta, con su cielo blanco y sus nubes verdes, sus manantiales de límpida agua amarilla y sus inmensas praderas grises, se quedó desprotegido y a merced de las ocultas ambiciones de sus vecinos de Bzteria, quienes, con el pretexto de firmar tratados para la explotación de minas de loipder, fueron obteniendo cada vez mayor presencia en el comercio, la industria y la vida cotidiana de Dhromia. Preocupados e indefensos por su situación, los dhromianos fueron conscientes de la gravedad de los hechos sólo cuando los bzteriamds empezaron a enviar a los habitantes de las diecisiete ciudades del planeta a las minas, a trabajar en una situación que les recordó un concepto olvidado miles de años atrás: la esclavitud. Los líderes del planeta fueron exterminados cruelmente, y en lugar de ellos empezaron a regir los destinos de aquel mundo tiranos venidos de Bzteria, cada uno más cruel que el anterior. Pronto las perfectas ciudades dhromianas se quedaron sin habitantes: las calles doradas, los complejos habitacionales cromados, sin un solo peatón, sin un solo ciudadano, eran un espejismo del esplendor pasado. Sus esquinas sin sabiduría, sus universidades sin ciencia, las escuelas sin la risa y la inocencia de los pequeños dhromianos. Luego de muchos años de irracional explotación del principal mineral de aquel mundo, los bzteriamds cayeron en la cuenta de que estaban agonizando lentamente junto con los habitantes de Dhromia, en una inusitada paradoja en las leyes del universo, que los estaba afectando tanto a ellos como a los inocentes dhromianos. La falta de aquel elemento vital la constitución física de todo lo que había en el planeta hizo fallar sistemáticamente la tecnología y la vida. Regresaron a su mundo con todo el loipder que pudieron, dejando en el devastado mundo el mineral suficiente para que la agonía de sus habitantes fuera extremadamente lenta, en lo que fue un último acto cruel de perversa maldad. La agonía duró miles de años, y cuando ya no quedaban más de mil habitantes, todos esperando que el sol de luz blanca que los iluminaba se apiadara de ellos y los matara, una nave militar enviada a observar un mundo azul y primitivo, sin criaturas racionales entre sus especies, llegó de vuelta a su mundo, preocupados por la falta de comunicación y las nefastas noticias que habían llegado hasta los tripulantes de la misma. Adhromizaron en las afueras de una ciudad en ruinas, y luego de hacer un reconocimiento del área, los militares y científicos empezaron a sentir la ausencia del mineral básico para su subsistencia. En su huída desesperada hacia la nave que los protegería si escapaban de inmediato del planeta, se toparon con una niña agonizante, que les entregó a los consternados sobrevivientes dhromianos un tetraedro de loipder puro, para luego morir y desaparecer ante sus ojos sin decir una sola palabra. Conscientes de la gravedad de su mundo, huyeron sin más demora. Mientras la nave surcaba el infinito cosmos, revisaron el contenido del tetraedro. Tenía un mensaje de los últimos dhromianos, donde les narraban los hechos que los llevaron a la extinción, y en miles de trillones de datos estaba contenida toda la sabiduría de Dhromia. Decidieron trazar su rumbo hacia el planeta azul que habían analizado durante miles de años, distante a ciento veintinueve años luz de Dhromia. Desobedecerían las leyes universales e interferirían en la evolución de aquel mundo, modificando la selección natural para que fueran los primates y no los reptiles los amos de aquel mundo. Una vez concluida su misión, estrellarían su nave contra el sol amarillo y débil que era el centro del sistema solar donde se encontraba el planeta azul. Al haber terminado de tomar estas decisiones, los últimos dhromianos sintieron un gran estremecimiento en su interior. Su mundo había sucumbido, y ahora era parte de la historia. Tomaron una decisión final: su mundo sería evocado por siempre por los primates que harían evolucionar a un nivel más avanzado, y sería reconocido y estudiado por sus investigadores del universo, que al mirar sin tregua hacia las lejanías del universo estarían brindando siempre un tributo a sus hermanos mayores, extintos hacía eones para ese entonces, y que la luz blanquecina de una lejana estrella, bautizada con el simplista nombre de HR 8799, no era sino el pálido recuerdo del sol que alguna vez alumbró los destinos de Dhromia.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-5974095591216769079?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocruzm.blogspot.com/feeds/5974095591216769079/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=33250870&amp;postID=5974095591216769079' title='17 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/5974095591216769079'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/5974095591216769079'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2009/01/mas-alla-de-las-estrellas.html' title='Más allá de las estrellas...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/SX7Bn39BuuI/AAAAAAAAAKs/qnuRnFhWaxY/s72-c/heic0306a.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>17</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-8982962926147997187</id><published>2009-01-24T03:59:00.008-05:00</published><updated>2009-01-24T04:12:09.755-05:00</updated><title type='text'>I don't believe...</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/SXrac72rTaI/AAAAAAAAAKk/Y-KD4oeLBF4/s1600-h/lennon-772714.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5294784502565653922" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 320px; CURSOR: hand; HEIGHT: 240px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/SXrac72rTaI/AAAAAAAAAKk/Y-KD4oeLBF4/s320/lennon-772714.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;I don't believe in God.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;&lt;br /&gt;I don't believe in Magic.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;I don't believe in I-ching.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;I don't believe in Bible.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;I don't believe in Tarot.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;I don't believe in Hitler.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;I don't believe in Jesus.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;I don't believe in Kennedy.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;I don't believe in Buddha.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;I don't believe in Mantra.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;I don't believe in Gita.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;I don't believe in Yoga.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;I don't believe in Kings.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;I don't believe in Elvis.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;I don't believe in Zimmerman.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;I don't believe in Beatles.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;I just believe in me...&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-8982962926147997187?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/8982962926147997187'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/8982962926147997187'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2009/01/i-dont-believe.html' title='I don&apos;t believe...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/SXrac72rTaI/AAAAAAAAAKk/Y-KD4oeLBF4/s72-c/lennon-772714.jpg' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-1703280107274323198</id><published>2009-01-08T04:19:00.002-05:00</published><updated>2009-01-08T04:20:55.756-05:00</updated><title type='text'>Cenizas de ti...</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;No bastaron las palabras de súplica ni las temblorosas manos uni-das en búsqueda de clemencia. La piedad era un término desconocido para el sonriente asesino, impertérrito desde su dominante posición. Las innumerables hileras de sangre, granates y en caída lenta, surcaban palmo a palmo casi la totalidad de aquella trigueña piel magullada por el odio y flagelada por la furia de aquel solitario vengador, redentor de él mismo. Los ojos de la víctima reflejaban la angustia de sus últimos segundos de vida. Su pequeño cuerpo, desnudo, maltrecho, tiritando sin frío y con cada uno de sus poros casi sin recuerdos de los pecados y errores que la llevaron hasta esa situación, esperaba las arremetidas finales, el golpe de gracia, la estocada definitiva. Cortes de diversos tipos, de arriba abajo, de izquierda a derecha, profundos y superficiales, trazaban en aquella pequeña figura los laberínticos senderos del odio acumulado por años. El desquite final había sido como el asesino se lo había propuesto, tal cual lo ideó en sus eternas noches de insomnio y desvarío. Había concebido el plan desde la tarde lejana aquella, cuando la noche ya caía, en que, sin una sola sospecha, indicio o premonición, la mujer con quien había compartido pocos pero intensos meses de amor y pasión lo había dejado sin más explicación que un adiós atolondrado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No podemos vernos más.&lt;br /&gt;-¿Y eso por qué?&lt;br /&gt;-No podemos estar juntos.&lt;br /&gt;-Dame una sola razón.&lt;br /&gt;-Adiós.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y sin saber por qué se quedó viendo el sol terminar de caer, con el corazón muerto y las neuronas fragmentadas, el raciocinio triturado y la venganza fermentando en su alma. Destrozó los lentes contra el asfalto agrietado y caminó y lloró durante horas, salvándose a duras penas de siete automóviles que estuvieron a punto de embestirlo por imprudente. Se sentó sobre un montón de hojas secas, al costado de una banca de fierro oxidado de un solitario y poco iluminado parque, y lloró con amargura la angustia de su herida. Se hizo mil preguntas, pero no encontró respuesta alguna que lo tranquilizara. Terminó más confundido que al comienzo, y mientras sus involuntarios pasos lo conducían hacia su casa, se prometió a sí mismo vengarse de la causante de sus males así tuviera que pasarse la vida entera esperando la oportunidad adecuada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con la vieja navaja que alguna vez había sido de su abuelo suspendida entre sus ansiosos dedos, el asesino sonreía sin tregua y sin atisbo de perdón en su mirada de hielo. Ella lo miraba con terror, como antes lo había mirado con falso amor y mundano deseo, esperando un acto de magnánimo perdón. El asesino, inesperadamente, dejó caer la navaja de hoja algo ennegrecida por el paso del tiempo, pero afilada como espada recién forjada. Cayó al suelo sintiendo el peso de sus ochenta y cinco kilos sobre sus rodillas, y no paró de llorar en casi un cuarto de hora. Se secaba las lágrimas con la manga de una arrugada camisa que estaba tirada en el suelo de la habitación, aspiraba con fuerza para que los mocos regresaran a él hasta que sintió ahogos y tuvo que sonarse la nariz con el pequeño polo a rayas de ella. Hablaba solo, lamentándose de tantas cosas que sus desvaríos parecían una larga lista de flagelaciones de la memoria que los recuerdos indoloros de una persona trastornada. Preguntaba al aire, a las paredes, a los cuadros y a las telarañas de los rincones y no obtenía respuesta alguna, así que se respondía él mismo, ahogándose en el mar poco profundo de sus contradicciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Cómo pudiste? ¡Eras mi vida entera!&lt;br /&gt;-Claro, en el momento menos esperado chau y no te conozco. ¡Así solucionas todo!&lt;br /&gt;-¿No pudiste decirme cuatro palabras decentes? ¿Encontrar un motivo válido?&lt;br /&gt;-No, tú te dejas llevar por tu estúpido instinto.&lt;br /&gt;-¿Y sabes que es lo peor, desgraciada?&lt;br /&gt;-¡Que siempre te equivocas! ¡Siempre pierdes y resultas peor que antes!&lt;br /&gt;-Si tuvieras un poco de palabra y sesos en la cabeza, seríamos las personas más felices del mundo.&lt;br /&gt;-¿Alguna vez me quisiste?&lt;br /&gt;-Yo creo que sí, pero prefieres la guerra a la paz, la mierda en vez de la miel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nunca pudo obtener una respuesta sincera de ella, ni cuando aparentaba la más sólida de las corduras. El asesino observaba el cuerpo desnudo y magullado de su víctima, y la recordó sin los moretones ni los profundos cortes, sin la sangre y sin las lágrimas de angustia y desesperación. Estaba amarrada de pies y manos, con la boca sin mordaza para que dijera todo lo que quisiera. La habitación en la que el asesino terminaría con la vida de aquella mala mujer tenías las cosas mínimas indispensables. En su piso y en sus paredes lo que sobraba era odio. Él la interrogaba con furia de vez en cuando, pero ella prefería el silencio y la soberbia en vez de la salvación. Una furibunda patada anclaba cada cierto tiempo entre las costillas a punto de quebrarse de la joven, de aquella chica de mirada desconcertante que alguna vez lo había hipnotizado. Ella gemía de dolor, extrañando tal vez gemir de placer, como tantas veces había gemido en la cama de incontables hombres, a quienes dio unas pocas horas de placer a cambio de nada de amor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No me importaba tu pasado. Me enteré tarde, pero no me importó. ¿Sabes que hubiera hecho?&lt;br /&gt;-¡Hubiera hecho todo por ti! ¡Todo!&lt;br /&gt;-Olvidar aquel pasado que te marchitó, y ser el hombre más feliz junto contigo.&lt;br /&gt;-¡Una maldita puta! ¡Eso siempre has sido, y eso serás hasta hoy! ¡Desde hoy no serás más una puta! ¿Sabes que serás desde hoy?&lt;br /&gt;-¿Una mujer correcta que enterró su pasado en la tumba del olvido?&lt;br /&gt;-¡No!&lt;br /&gt;-¿Una aplicada estudiante?&lt;br /&gt;-¡Imposible!&lt;br /&gt;-¿El orgullo de sus padres?&lt;br /&gt;-¡Jamás!&lt;br /&gt;-¿Sabes que serás desde hoy, putita?&lt;br /&gt;-¡Desde hoy serás un cadáver!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Otra vez el asesino cayó al suelo, y estaba el llanto y el dolor fueron más fuertes. La recordó como había sido en otras épocas, como él mismo había sido en años anteriores, sin la influencia del signo del odio, sin la venganza tatuada en el destino. Pequeña, con su cabello crespo y sus cejas hermosas y su nariz redonda y su risa que sacaba de quicio, con sus miles de preguntas y sus pocas respuestas, con los ímpetus reprimidos por las apariencias de los primeros días y con el desenfreno sin medida de los días cuando empezó a sacarse la careta de a pocos y la falsedad empezó a despintársele como maquillaje barato. Dejó atrás la actitud de niña buena, y afiló sus garras en la piel del asesino, dejándole surcos cada vez más profundos, y fueron tantos, y fueron tan dolorosos, que la piel no aguantó, y por los días en que aun se tomaban de las manos, los surcos desgarraron para siempre la piel que no cicatrizó más y empezaron a tasajear lentamente y dejar hecha jirones grandes áreas de su alma. Se habían conocido sin querer y sin saber cómo, en poco tiempo, empezaron a verse lejos de la mirada de la gente, escondiéndose de todos, huyendo de invisibles fantasmas. Él no se sentía a gusto con la situación, con aquel juego de escondidas sin razón aparente. Fue ella la que le dio sin querer el primer indicio de una verdad que era más pesada que cien lingotes de metal y más complicada que teorizar sobre los falaces atributos de las divinidades medievales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tengo que cuidarme de que no me vean ciertas mujeres que me odian.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya las últimas lágrimas se evaporaban de las mejillas del asesino, cuando este la atacó con furia. La habitación cerrada, con las lunas de las ventanas pintadas de negro y con un sistema especial instalado para evitar que algún ruido se escapara al exterior, fue testigo de los minutos finales de la muchacha, deforme y caminando en la cornisa de la inconciencia. Puñetes certeros terminaron de destrozar sus labios, aquellos que en tantas noches frías y en tantas mañanas soleadas él había besado con todo el amor del mundo, mientras ella calculaba los costos y los beneficios de aquella relación por conveniencia, y aquellos golpes pusieron morados sus pezones rosados, adoloridos, miles de veces mordisqueados por centenas y centenas de hombres que la hacían suya mientras ella era incapaz de quedarse con alguno de ellos, y una lluvia de patadas la obligaron a enroscarse como un pequeño langostino moribundo, porque sus piernas no pudieron más con el peso de su cuerpecito lleno de dolor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ahora tus piernas flaquean, puta, ahora que deberían servirte para mantenerte en pie y luchar y sobrevivir a mi ira, justo ahora te fallan.&lt;br /&gt;-¿Qué ironía no? ¿Cruel destino, no putita?&lt;br /&gt;-Cuando necesitas de tus piernas ahora no las puedes usar, putita.&lt;br /&gt;-¿Qué se siente no poder usar las piernas?&lt;br /&gt;-Antes sí que las usabas, porque siempre estaban sobre los hombres de todos con los que te acostabas, putita, qué jodida es la vida, ¿no putita?&lt;br /&gt;-Que jodido debe ser haber usado las piernas sólo para caminar y subir y bajar del autobús y para tenerlas encima de miles de hombres que te llenaban la boca y otros orificios de todo lo que querías, pero que nunca te llenaron el corazón de amor.&lt;br /&gt;-¿No, putita?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y mientras el asesino terminaba su monólogo de preguntas y respuestas la víctima perdió el conocimiento, y su respiración empezó a hacerse lenta y dificultosa. Él se angustió, y lloró con amargura sobre ella, besándola por todas partes por si despertaba como la bella agonizante, mojando sus labios en su sangre como vampiro lleno de sed, pero ella no respondía, no reaccionaba, y él terminó de desesperarse, como en aquellos días en que ella empezó a portarse como una desgraciada con él, cuando eran enamorados o cuando eran amigos con derechos, cuando ella lo sacaba de quicio son sus estúpidas actitudes, estudiadas y planificadas con el único fin de tenerlo a su entera merced, a sus pies como un perro fiel, cuando le gustaba hacerle saber que se iría con ése o con aquel, y el tranquilo muchacho lloraba en secreto sus desdichas, se atormentaba en silencio, rumiaba sus amarguras y se trastornaba cada día un poco más, empozando en su mente los residuos de lo que un día explotó y lo llevó hasta esa situación, en la que lloraba por ella no por amor, porque para él nunca hubo amor después del amor, porque solo se empapó del perfume del dolor, porque después del adiós él no la amó pero tampoco la odio, no la perdonó pero tampoco olvido, se creo un nuevo sentimiento sólo para él, que no era nada y a la vez era todo, que era poco pero que lo abrumaba, que lo llenaba de silencios y lo condenaba a la verborrea a la hora de escribir, y seguía llorando abrazado al casi cadáver de la mujer aquella con la que, alguna vez, deseó compartir la finita vida humana y la eternidad de las estrellas y galaxias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Putita?&lt;br /&gt;-¡No te me mueras ahora, putita!&lt;br /&gt;-¡Te necesito!&lt;br /&gt;-¡Una dosis de esto y otra de esto…!&lt;br /&gt;-¡Reacciona!&lt;br /&gt;-¿Putita?&lt;br /&gt;-¿Putita?&lt;br /&gt;-¿Me escuchas?&lt;br /&gt;-¡Vamos, tú puedes, lucha por tu vida!&lt;br /&gt;-Despierta, abre los ojos.&lt;br /&gt;-¡Mírame putita!&lt;br /&gt;-¡Al fin vas reaccionando!&lt;br /&gt;-Ahora te pondré esto para el dolor…&lt;br /&gt;-¡Mira como me has hecho llorar, putita!&lt;br /&gt;-¡Cómo en los viejos tiempos!&lt;br /&gt;-¿Cómo en los viejos tiempos, no putita desgraciada?&lt;br /&gt;-¡Así te gustaba verme siempre!&lt;br /&gt;-¡Sufriendo y llorando!&lt;br /&gt;-¡Mis lágrimas eran de verdad, putita!&lt;br /&gt;-¿Las tuyas?&lt;br /&gt;-No, las tuyas no.&lt;br /&gt;-¿Eran de verdad, putita?&lt;br /&gt;-¡Tus lágrimas eran falsas, putita! ¡Falsas como tus palabras, falsas como tus caricias, falsas como todo en tu vida!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La víctima lloraba. El dolor era fuerte, pero estaba disminuyendo segundo a segundo. Su descontrolado asesino tuvo un margen de lucidez y le administró drogas inyectables que calmaron su dolor y le dieron cierto impulso para no caer en estado de inconciencia. Ella lo observó a través de la pequeña rendija que era ahora su ojo izquierdo, ya que el derecho estaba cerrado a causa de un puñete. Lo veía abatido pero con la satisfacción del deber cumplido en el rostro. Era algo extraño describir dos cosas tan diferentes, sin embargo en él cabían todos los términos. Después de haber terminado con él, no tuvo noticias suyas hasta casi ocho meses después, cuando lo vio sentado sobre el suelo plomo y sucio de la universidad donde ellos estudiaban leyes, con un grueso libro entre manos y sin ningún amigo o conocido cerca. Se enteró por terceras personas que estaba muy deprimido, en tratamiento psicológico y psiquiátrico, tomando pastillas para la depresión y para el insomnio recurrente que lo aquejaba. Siempre lo veía en el mismo lugar, abatido y solo, sin entrar a clases, y fue así durante casi un año, y mientras ella iba a las vitrinas de la facultad a ver sus notas finales se topaba con el nombre de él encabezando las listas de los inhabilitados. Pero no le importó. Siguió con su vida miserable, abriéndole las piernas a cientos de hombres y engañando sin misericordia al muchacho a quien ella decía amar, sin saber que sólo la usaba para desfogar sus ímpetus carnales, sin amarla de verdad, ella sabiendo la verdad pero ignorándola para seguir disfrutando de su mundo de mentiras, de su universo irreal. Casi dos años después una jugada fortuita del destino hizo que retomaran contacto, y no dejaron de tenerlo, a pesar de los altibajos. Fue cuando él aprovechó la inmejorable oportunidad de poner en marcha el plan de su suprema venganza. Escuchando decenas de miles de veces la canción titulada Culpable del rockero argentino Vicentico fue anotando cada palabra, cada gesto que diría, montando su propio teatro, hoy día le diré esto, para que hoy vuelvas a mí, y mañana le comentaré aquello, con cara de inocente y voz de yo no fui, te creerás todo, putita, mira que adentro mío hay un deseo de venganza, y cuando menos lo esperes, de hacer pagar tus culpas y dejarte sin fianza, empezaré a confiarte cosas, pensar que ya no puedo ni adorarte como antes, jugaré al bueno contigo, culpable, sos la única culpable, seré un mosca muerta, yo te acuso y te maldigo, ya verás lo que te espera, putita, voy a crucificarte y a quitarte la razón, me ganaré tu confianza, seré tu amigo, te invitaré a mi casa a conversar y cuando menos te lo esperas, hoy para mí estás muerta, muerta en vida y sin mi amor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Ya estás bien, verdad putita?&lt;br /&gt;-¡Pues ha llegado el momento del adiós!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le quitó las amarras de las manos y de los pies y la sacó de la habitación tirándola del cabello. La condujo hasta otra habitación de su casa, donde había acondicionado un pequeño horno que haría las veces de improvisado pero eficiente crematorio. Ella al ver el fuego crepitar en las entrañas de aquel horno trató de huir, pero las piernas le fallaron por última vez, y cayó derrotada al suelo, desnuda y apabullada, triste y vacía, y quiso gritar pero sólo pudo imitar el silencio. El asesino la ayudó a sentarse sobre una silla de junco que había a un costado del horno. Le limpió la sangre de la cara moreteada y de sus labios hinchados y arruinados, pero no le secó las lágrimas de angustia. Lloró con ella, y la besó con ternura en los labios, y mientras hacía eso ella pensó la farsa se acabó, no podrá matarme, ahora me curará, me soltará y me habrá hecho aprender la lección. No había terminado de hilvanar la última de sus ideas cuando sitió que algo le destrozó el centro de la frente, perforó su cráneo y se alojó en su cerebro. Mientras ella trataba de adivinar en vano que era aquello que su asesino había utilizado para ultimarla, perdió la noción de la realidad y se apagó para siempre en ella la conciencia del ser, y no pudo ver como su asesino, aquel que alguna vez fue su enamorado, depositaba su cuerpo inerte en una bandeja de metal y lo introducía al horno donde quedaría reducido a cenizas y recuerdos, y tampoco pudo escucharlo cantar, alegre y liberado del peso que le atormentaba la vida, cantar que se había pasado noches enteras preparando su venganza y que ese había sido el momento en el cual se había tomado su revancha.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-1703280107274323198?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocruzm.blogspot.com/feeds/1703280107274323198/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=33250870&amp;postID=1703280107274323198' title='21 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/1703280107274323198'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/1703280107274323198'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2009/01/cenizas-de-ti.html' title='Cenizas de ti...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><thr:total>21</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-5717091150352893719</id><published>2008-12-24T06:01:00.019-05:00</published><updated>2008-12-24T07:15:23.872-05:00</updated><title type='text'>Toda navidad pasada fue mejor...</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Temprano por la mañana, Papá Ñato se despertó antes de que el sol asomara por detrás de los cerros que rodeaban a la ciudad. Se sentó en el filo de la cama, y con su mano derecha levantó la colcha amarilla que rozaba el suelo frío y áspero. Sus pies buscaron a ciegas las sandalias marrones. Se incorporó lentamente, desperezando el cuerpo segundo a segundo, viendo como la tenue luz de la mañana iba ganándole la batalla a la oscuridad de la noche. Encendió el interruptor y el cuarto se iluminó de inmediato. Posó su mano derecha sobre una cruz de vidrio que él mismo había hecho, y se persignó, pidiendo tener un buen día. Salió de su habitación a paso lento, sintiendo el aire un tanto frío de la mañana, a pesar de que hacía tres días había empezado el verano. Bajó las escaleras apoyándose en los fierros de construcción que un día servirían de base para el pasamano de madera que mandaría hacer y colocar. Llegó hasta el pequeño baño del primer piso donde le gustaba asearse, a pesar de que tenía un baño en su cuarto y otro al costado. Puso pasta dental sobre su cepillo color crema de cerdas verdes y blancas y se lavó los dientes con esmero y cuidado. Luego se puso detergente sobre la cabeza y se lavó el cabello con rapidez, enjuagándoselo con chorros de agua que se echaba con un pequeño jarro. No le gustaba usar shampoo, ya que había descubierto que el detergente ponía su cabello plateado más suave y sedoso. Finalmente, se frotó agua fría por el pecho vigoroso y por los brazos con grandes bíceps. Sintió los pinchazos como agujas del agua, y se reafirmó en su idea de bañarse después del almuerzo, ya que el baño de la noche anterior, con agua helada como a él le gustaba, le había hecho doler un poco la cabeza y tuvo que tomar una pastilla para la migraña. Se secó con una toalla blanca de filo verde y regresó a su cuarto en el segundo piso. Tomó entre sus manos, marcadas de venas y salpicadas de pequeñas pecas que el paso de los años habían ido poniendo ahí sin que se diera cuenta, el viejo jean celeste que colgaba de una de las esquinas de la cabecera de su cama. Se sacó el viejo buzo con el que solía dormir y se puso el viejo pantalón con el que se sentía a gusto. Sintió el chocar de las monedas que llevaba en el bolsillo pequeño del lado derecho, desgarrado y un tanto deshilachado por el uso, se puso un polo cualquiera que encontró sobre el montón de ropa limpia que tenía sobre su cómoda, se abrochó la correa y se subió el cierre, se puso su reloj amarillo de correa negra que tomaba el pulso y el ritmo del corazón, se colocó unas medias blancas y finalmente se calzó unas zapatillas que usaba para el día a día. Entrecerró la puerta de su cuarto y bajó a la cochera. La vieja camioneta verde, dormida aun entre las pocas sombras que le quedaban a la noche, reposaba del trajín de la jornada anterior. Papá Ñato abrió la puerta de la camioneta por el lado del chofer, e inclinó hacia adelante el grande y único asiento que tenía aquella Ford de cabina simple. Tomó una franela roja y limpió el parabrisas delantero y trasero, así como el espejo retrovisor. Dejó la franela en su lugar y regresó el asiento a su sitio, y fue hacia el portón de madera. Le quitó las trancas de madera, abrió los cerrojos y quitó los fierros del piso, y lo abrió de par en par, dejando que el aire frío de aquella mañana que empezaba inundara primero sus pulmones y luego toda aquella casa que había levantado con su trabajo, aquella casa que compró de un solo piso y de adobe y que ahora era de tres pisos y de ladrillo y cemento. Mientras tenga vida le daré lo mejor a mi familia, y cuando me muera les dejaré lo mejor, pensaba siempre Papá Ñato, cuando se ponía a escuchar música de La Sonora Matancera y Nat King Cole y del Indio Mayta, que había sido su compañero de pensión cuando ambos eran dos jóvenes en busca de un porvenir en la vida. Luego abrió la reja que protegía la entrada de la cochera, regresó hasta la camioneta verde, subió a ella, cerró la puerta, buscó su llavero en su bolsillo, sus dedos se movieron entre las muchas llaves, sujetadas por un cordel en vez de los fierritos circulares que se suelen usar en los llaveros, encontró la llave diferente, larga y más dentada que era la de la camioneta que compró en el año mil novecientos setenta, la puso en el contacto y la giró. La casa se remeció por el estrépito del motor al encenderse. Era parte de los sonidos diarios de la casa. Uno podía saber que el reloj marcaba determinada hora por el sonido de la camioneta o al escuchar los pasos de Papá Ñato. Sin pérdida de tiempo, pisó a fondo el embrague, hizo el cambio hacia arriba en la palanca adosada al timón, y pisó el acelerador. Retrocedió la camioneta que iba saliendo de la casa como en cámara lenta, y siguió así hasta que casi topó el portón de madera del vecino de enfrente. Era una rutina obligada, ya que el gran porte de la camioneta verde así lo exigía, sino no hubiera podido girar hacia la izquierda y dejar la camioneta en el lugar que la dejaba todas las mañanas, en la esquina de su casa, mirando al parque, bajo la sombra del gran árbol de palta que el mismo había sembrado y cultivado y cuidado desde hacía años, y que daba unos deliciosos frutos. Aseguró el timón de la camioneta con la cadena envuelta en manguera que estaba unida al asiento y que impedía que manos ajenas se la robaran, cerró con llave las puertas de la camioneta, y una vez que hubo cerrado la reja y el portón de madera de la cochera, miró la hora en su reloj de pulsera: eran las siete de la mañana y tres minutos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Julián había escuchado muy temprano los pasos de su abuelo, y se alegró. Sabía que era cuestión de minutos para que él viniera hasta su cuarto, le tocara la puerta y lo despertara. Pero mientras tanto, volvió a hundir la cabeza en su almohada, cerró los ojos y se durmió a los pocos segundos. Soñó que era el líder autobot Optimus Prime dándole una paliza al malvado líder decepticon Megatrón, y que gracias a su triunfo y el de sus camaradas sobre las huestes del mal la paz había vuelto a Cibertrón, su planeta natal, que gozaba ahora de una nueva era dorada. Soñó que era el Capitán Futuro, intrépido y vivaz, enérgico y capaz, viajando por las galaxias, en las cuales siempre le ocurría lo inexplicable, salvando al universo que siempre lo esperaba para que impusiera orden y justicia doquiera que él y sus amigos llegaran. Y cuando empezaba a soñar que era Leon-O, el señor de los Thundercats, sintió que daban unos golpes a su puerta, y escuchó la voz de su querido abuelo que cada año, desde que Julián tenía cinco años, lo llamaba para hacer las cosas que solía hacer por aquellos días: despierta, acompáñame a comprar unas cosas para hoy día. Julián le abrió la puerta de su cuarto y lo saludó, buenos días Papá Ñato, buenas contestó él, vamos, y Julián con el brillo infantil de su mirada de apenas nueve años le contestó, ya Papá Ñato, vamos, y él le respondió, apúrate, te espero afuera en la camioneta. Julián se sacó el pijama, de puso un buzo plomo y un polo blanco con estampado de The Transformers, unas zapatillas negras y fue directo hacia el baño. Se cepilló los dientes y se echó agua al cabello, se peinó raya al costado como le habían enseñado desde pequeño, y salió al encuentro de su abuelo. El reloj de la sala marcaba las siete y cincuenta minutos. Abrió la puerta principal de la casa, y encontró a Papá Ñato regando las plantas del jardín. Los crotos rojos, verdes y amarillos de hojas delgadas, de hojas anchas, de hojas en remolino como tornillos parecían sonreírle a la mañana que se iba poniendo cada minuto menos fría y parecían agradecerle al señor que las alimentaba con el agua necesaria para que vivieran y se mostraran en todo su esplendor. Las gotas resbalaban de las hojas y brillaban con los rayos de luz que se abrían paso, tornándolas doradas. Julián amaba el olor a tierra mojada, y más si era del jardín de su casa, grande y bien cuidado por su abuelo. Ya estoy listo, Papá Ñato, y él respondió anda saliendo, enrollo la manguera y nos vamos. Julián corrió hacia la camioneta verde y se subió en la parte posterior, y esperó sentado a que su abuelo viniera. Estaba pensando en cuántos paquetones de figuritas necesitaría para llenar el álbum de Disney, cuando su abuelo apareció con su llavero en la mano, y sin que Papá Ñato dijera palabra alguna, Julián bajó de un salto hasta la vereda, vio como su abuelo subía a la camioneta y se estiraba, casi se echaba sobre el asiento para levantar el pestillo de seguridad y abrirle la puerta a su primer nieto, además su primer nieto hombre, su consentido y engreído. Julián subió a aquella camioneta en la que había pasado y seguiría pasando muchos buenos momentos con su abuelo y con toda su familia, cerró con fuerza la puerta, vio como Papá Ñato encendía la Ford y la hacía avanzar por la calle en la que vivían y llegar a una esquina, donde doblaron a la derecha y salieron a la avenida que tenía el nombre de un poeta peruano muerto en París con aguacero, un jueves de otoño, doblaron a la izquierda y empezaron a sentir el apabullante tráfico de aquella fecha, donde todas las arterias de la ciudad se volvían intransitables, tanto para choferes como para transeúntes, porque todos estaban contagiados de la misma fiebre: la de la navidad. Papá Ñato no era la excepción, ni mucho menos su pequeño nieto, que esperaba con ansias la mañana del veinticuatro para ir de compras con su abuelo, y que de igual modo esperaba la nochebuena para abrir los regalos que, al piel del árbol, le dejaban casi todos sus familiares. Avanzaron lentamente por la avenida hasta llegar a una cuadra de distancia del mercado de ventas al por mayor, estacionaron la camioneta cerca de la esquina donde funcionaba un banco, encargaron el cuidado a un niño que se ofreció a hacerlo a cambio de una propina, y caminaron hacia una gran tienda de abarrotes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había un gran número de personas en el local comercial, pero una de las señoritas encargadas de la atención se acercó inmediatamente hasta el pequeño niño que miraba los estantes donde había lápices y crayolas y cajas de plastilinas. Le preguntó qué se le ofrecía, y él señaló a su abuelo. Ella saludó al señor de cabello plateado y piel bronceada por el trajinar de toda una vida, y él le devolvió el saludo y le indicó que quería dos cajas de panteones D’onofrio, seis latas grandes de duraznos en conserva marca Dos Caballos, tres chocolates para taza Sol del Cuzco, en tableta, y media docena de champagnes de buena calidad. Le dieron a escoger entre las marcas Noche Buena y Príncipe Azul, pero él pidió algo de mayor calidad. Le dieron un ticket para que cancelara en caja. Acompañado de su nieto, fue hasta la caja, esperó a que dos señoras pagasen sus cuentas, se acercó hasta la ventanilla, sacó varios billetes de su bolsillo trasero derecho, perfectamente doblados, ya que no acostumbraba usar billetera, pagó la cuenta y fue a que le entregaran el pedido. Cargó las cajas de pantones como si no pesaran nada, como si en ellas hubiera aire, y con Julián al lado llevando una bolsa con los chocolates en tableta y un muchacho que trabajaba en el local llevando el resto del pedido, caminó hasta la camioneta verde, la abrió, acomodó las cosas en el asiento del copiloto y en el suelo, dio una propina al muchacho de la tienda y al niño que le cuidó la camioneta, hizo subir a Julián por el lado del chofer, subió él y emprendieron la marcha hacia la ferretería.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eran casi las nueve de la mañana cuando Mamá Yayi escuchó el motor de la camioneta verde, y luego de unos segundos escuchó el fuerte claxon. Julián debe venir con él, pensó, porque su esposo no solía tocar el claxon si no había necesidad. Escuchó que su hijo Hugo, sentado en el escritorio de la ferretería, saludaba a su papá, al igual que los dos trabajadores. Julián ingresó corriendo con la bolsa de chocolates en tableta en la mano, buenos días Mamá Yayi, buenas respondió ella, y tras su nieto entró su esposo, quien le dijo a modo de saludo ahí están las cosas, mientras depositaba las cajas de panetones en el suelo rojo de la cocina y Hugo entraba con los champagnes y las latas de duraznos en almíbar. ¿Ya compraste pavo?, preguntó Papá Ñato, sí, respondió ella, me lo trajeron de Shirán, está en el corral amarrado, bien, dijo él, después del desayuno lo preparamos. Mamá Yayi apagó una hornilla de la cocina donde, jugoso y caliente, estaba un guiso de carne con cebolla china y tomate, que solían desayunar y que a todos gustaba en la familia, acompañado siempre con pan de piso y una taza de humeante chufla. Los abuelos, el nieto, el hijo encargado de la administración de los negocios y los empleados disfrutaron del desayuno. Julián encendió el televisor y sintonizó el canal dos, donde justo a esa hora empezaban a dar su serie favorita de dibujos animados: The Transformers. Papá Ñato agradeció el desayuno, al igual que todos los demás, y fue al corral mientras Mamá Yayi lavaba los platos y los demás regresaban al trabajo. Al poco rato llegó la mamá de Julián, que se había hecho tarde para llegar a la oficina porque paró siete taxis y ninguno tenía vuelto de un billete de cincuenta soles. Saludó a su suegra y a su hijo, al que no había visto porque se fue temprano de la casa con su abuelo, no veas tanta televisión, le dijo ella, pero si estoy de vacaciones mamá, si pero te vas a quedar ciego si la ves tan de cerca, está bien mamá me pondré en otra silla, señora tendrá que me cambie este billete, si claro, si tengo. Mamá Yayi le cambió el billete y la mamá de Julián se despidió, hasta luego señora, hasta luego, chau mamá, chau Julián le alcanzó a decir ella mientras dejaba la ferretería, y en esos precisos momentos Papá Ñato ingresaba a la cocina con un visitante en sus brazos: un pavo de plumaje negro, de cabeza roja, grande y gordo. Lo pusieron en el suelo. Ñata, la pekinesa que andaba cerca, se puso en alerta y le gruñó al extraño. Mamá Yayi tuvo que cargarla y llevársela a su cuarto, donde la dejó sobre una cómoda, quieta y con instrucciones de quedarse ahí. Ñata, resignada, se echó a dormir olvidándose del intruso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Julián, como de costumbre, se negó a ayudar en el sacrificio del pavo. No le encontraba sentido sacrificar un ave, primero porque era una maldad verla morir, y segundo porque detestaba la carne de pavo. Él prefería el pollo frito y hot dogs y chorizos en vez de la magra carne del ave que más detestaba la navidad. Julián se encerró con Ñata en el cuarto de su abuelita. Se puso a jugar con plastilina, y mientras él armaba autobots y decepticons y los hacía enfrentarse en cruentas luchas donde siempre ganaban los buenos, Papá Ñato le cortaba el pescuezo al pavo, que se iba desangrando poco, y cuya sangre roja y caliente era recogida por Mamá Yayi en un tazón, sangre que, aderezada y sazonada serviría de relleno del pavo. Luego de que la infortunada ave fuera desplumada con la ayuda de agua caliente y cruelmente acuchillada para que el aderezo penetrara en la carne, Julián pudo salir del cuarto de su abuelita con Ñata en los brazos. El reloj de su abuelo marcaba las diez y cuarto de la mañana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego de cortar unos vidrios dobles y catedrales, siendo casi el mediodía, Papá Ñato tomó una de las cajas de panetón, se despidió de su esposa y de su nieto con un lacónico ya vuelvo, hizo una escala en el cajón del dinero que había en el escritorio de la ferretería, subió a la camioneta verde y enrumbó hacia un distrito cercano, famoso por la calidad de sus zapatos. Se cuadró afuera de una casa con un gran árbol de guabas en plena fachada, que daba una excelente sombra en las horas de calor. En aquella casa vivían cuatro de sus hermanos, tres hombres y una mujer, a quienes saludó y a quienes dejó un panetón para cada uno. Luego, cuando ya se iba, fue llamando uno a uno a un costado donde nadie viera ni escuchara, y haciéndose el disimulado, ponía un billete en sus manos, y les deseaba una feliz navidad, pidiéndole a todos el favor de no decir nada sobre el regalo secreto a los otros hermanos. Se despidió y regresó a casa justo cuando el almuerzo estaba listo. Su reloj marcaba la una y media de la tarde. A esa hora, la familia casi en pleno almorzaba y bromeaba y discutía los planes para la noche. Horas después, efectivamente, los planes que todos habían hecho se cumplieron. Hugo, soltero aun, salió con unos amigos y amigas del barrio, luego de cenar con la familia. Nella se quedó en casa y se acabó el champagne, los vinos y las cervezas con su hermano Lalo y su cuñada Luz María, con su hermano Lucho y su cuñada Noemí, así como con su mamá, que brindó hasta que se puso más china de lo que ya era y con su papá que dijo salud hasta que el cansancio lo venció y se fue a dormir, mientras todos se quedaban viendo jugar a Julián, que ya llegaba a los diez años, y a Luis Alberto y Dianita, hermanos e hijos de Lucho y Noemí, que eran muy niños y que casi siempre se quedaban dormidos en los cojines de los muebles de junco. Todos esperaban la medianoche para que Mamá Yayi pusiera al niño Jesús en el pesebre, y todos enloquecían un poco con el sonido de las luces de las ventanas y del árbol y con su incesante destello, su interminable encendido y apagado, y todos cenaban pavo, y cada cual pedía su parte preferida, a mi dame ala, a mi pecho, a mi una pierna, pero quien siempre se llevaba la mejor parte, según él mismo decía, era Papá Ñato, que con la paciencia de un inglés y el hambre de un naúfrago comía con placer el cuello y la cabeza del pavo, hasta no dejar nada. Así transcurrió esa nochebuena y esa madrugada de navidad, toda la familia reunida, sonriente, felices y bromistas, como era todos los años: Julián jugaba con los juguetes que le regalaban y guardaba en un lugar secreto las propinas que le daban, y se divertía comiendo pollo frito con panes de yema y panetón con Inca Kola hasta que no podía más y se iba a dormir con todos sus juguetes, mientras los mayores aun se quedaban en la sala escuchando música y acabándose el licor. Casi siempre fue lo mismo, desde que Julián tenía uso de razón hasta diez años después, en que Papá Ñato, débil por las quimioterapias que trataban inútilmente de acabar con el cáncer que lo aquejaba, comió su último pescuezo navideño y su última cabeza de pavo navideña, y nadie tomó licor y todos se fueron a dormir temprano para que pudiera dormir tranquilo, y Julián no pudo evitar no llorar en la soledad de su cuarto, porque su abuelo querido se estaba yendo de a pocos de su lado, como en efecto ocurrió medio año después, y tampoco pudo evitar llorar la navidad siguiente, viendo vacío en la mesa el sitio del abuelo ausente, lágrimas que no pudieron evitar ser derramadas ni con todos los regalos ni con todas las propinas ni con nada de este mundo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-5717091150352893719?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocruzm.blogspot.com/feeds/5717091150352893719/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=33250870&amp;postID=5717091150352893719' title='23 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/5717091150352893719'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/5717091150352893719'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2008/12/toda-navidad-pasada-fue-mejor.html' title='Toda navidad pasada fue mejor...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><thr:total>23</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-2063611426005930945</id><published>2008-11-29T02:28:00.005-05:00</published><updated>2008-11-29T07:30:03.148-05:00</updated><title type='text'>Te mentiría...</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/STECHt0ViHI/AAAAAAAAAIA/a78I4kMNKuQ/s1600-h/escritor_silueta.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5273998970209011826" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 232px; CURSOR: hand; HEIGHT: 320px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/STECHt0ViHI/AAAAAAAAAIA/a78I4kMNKuQ/s320/escritor_silueta.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Te mentiría si te digo que estoy muy bien, que mis mañanas son serenas, que mis tardes son de sosiego y mis noches de jarana, que nada me pasa, que todo está ok. Te mentiría si te digo que sonrío y que soy feliz y que tengo mis ideas en completo orden, porque no es así, mi mente no está calmada, no me siento bien. Te mentiría si afirmo que en estas dos semanas he vivido en paz, y que no ha habido un cataclismo en las costas de mi melancólica soledad. Te mentiría si te digo que ando volando por el cielo, porque ahora mismo no sé si estoy perdido en el limbo o ardiendo en el infierno. Te mentiría si te digo que no me jode que muestres tantas versiones de ti, porque cuando hablo contigo no sé con cual de todas me encuentro: con la que yo miraba embelesado, con la que me derrotó con un hola como estás y con una mirada o con la que se contradice a sí misma y no sabe comprender ni ella misma sus propios sentimientos. Te mentiría si te digo que no pienso en ti por las noches, a cada instante. Te mentiría si sustento ante los tribunales de justicia mi inocencia, porque soy tan culpable como tu de toda esta situación; culpable yo por tratar de quererte y culpable tú por no decidirte. Te mentiría si te digo que no me gustas, porque sin esfuerzo descubriste que era así. Te mentiría si te digo que no muero por tus ojos, ni por tu sonrisa, ni por todo lo que llevas dentro. Te mentiría mucho más si te digo que te entiendo, porque no es así: me desesperas y me confundes, me aturdes y me abrumas, y no sé que hacer, no quiero mi cabeza atormentar. Te mentiría si te digo que no quiero volver a verte, pero por el momento prefiero verte en foto, porque de frente sé que sería fatal. Te mentiría si te digo que no quiero ser parte de ti: sabes que me haces suspirar y palidecer, versar y divagar. Te mentiría si te digo que no te quiero abrazar, y sería un gran mentiroso si te digo que no te quiero besar. Te mentiría si te digo que extraño tus timbradas al celular, y te mentiría si te digo que extraño tu voz: ando más sereno sin tus abruptos cambios, sin tu agrio sentido del humor, pero, a la vez, te mentiría si te digo que no extraño que me saques de quicio y que me hagas rabiar y que me digas mil cosas que jamás podré olvidar. Te mentiría si te digo que no me emocioné cuando me dijiste que era tan bueno que no parecía real: eso es algo que nunca me han dicho y que nunca más me dirán; lástima que hayan sido sólo palabras, nada real. Te mentiría si te digo que no me confunde lo que les dices a mis amigas, para luego borrar tus palabras como el mar borra las huellas de las gaviotas al atardecer. Te mentiría si te digo que no me hubiera gustado ser tu todo: de verdad eres tan enigmática y desconcertante, como un código que jamás podré descifrar. Te mentiría si te digo tantas cosas que no son verdad, pero tú sabes que todas son verdades y no suposiciones. Te mentiría si te digo que quiero ser sólo tu amigo, pero ya nada puedo hacer, y sólo quisiera quedarme con el recuerdo de dos versiones de ti: con la que conocí antes de saber tu nombre, y con la que dijo tantas cosas lindas, pero no se podrá, nunca jamás. Te mentiría si te digo que me causas la misma emoción que al comienzo: ya no más, se borró, se fue de mis pensamientos, tus dudas y tus contradicciones acabaron con todo. Te mentiría si te digo que me siento contento: no es así, ahora creo menos en todo y la poca fe que tenía en todas las cosas de esta vida, esa fe que llevaba dentro se ha extinguido como un débil fuego. Te mentiría si te digo que volveré a creer, y que te olvidaré pronto: todo toma su tiempo, y justamente tiempo es algo que no tengo. Te mentiría si te digo que viviré feliz: hace tiempo mi alma se endureció como el cemento, y ahora sólo quedan escombros donde antes hubo una fortaleza de piedras y acero. No te mentiría si te digo que lo pensaría dos veces antes de volver a tenerte un poco de fe: demuéstrame que eres tú misma, la que yo conocí, aquella niña tan linda que sin decirme nada me tuvo a sus pies, y pueda que me siente a pensar en si todo podrá tener un feliz final. Y, finalmente, te mentiría si te digo que el amor no me da miedo: le tengo mucho, muchísimo miedo, miedo o rencor, porque el amor es un geniecillo burlón, que te pone fresas y piedras en un plato, cubiertos de crema y miel, para que te rompas los dientes tentando a la suerte y al destino, y yo no pienso quedarme sin sonrisa de tanto probar piedras, pero, eso sí, no te equivoques, lo que me hiciste (y lo que no me hiciste), no me va a doler.&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-2063611426005930945?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocruzm.blogspot.com/feeds/2063611426005930945/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=33250870&amp;postID=2063611426005930945' title='26 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/2063611426005930945'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/2063611426005930945'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2008/11/te-mentira.html' title='Te mentiría...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/STECHt0ViHI/AAAAAAAAAIA/a78I4kMNKuQ/s72-c/escritor_silueta.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>26</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-6912942752725883476</id><published>2008-11-11T21:59:00.005-05:00</published><updated>2008-11-11T23:54:40.391-05:00</updated><title type='text'>Aquella tarde buscándote...</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/SRpHBz-xDMI/AAAAAAAAAH4/CR-reX9ilkw/s1600-h/255.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5267600810622127298" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 320px; CURSOR: hand; HEIGHT: 237px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/SRpHBz-xDMI/AAAAAAAAAH4/CR-reX9ilkw/s320/255.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-No encuentro a la Ñata por ningún lado, mamá Yayi.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Junto con su abuelita, Julián se dio a la tarea de revisar todos los rincones de la ferretería: bajo los mostradores de madera y vidrios donde se exhibían toda clase de productos de grifería, candados, pernos, tornillos, entre muchos otros productos, así como por los cajones de frágil madera donde venían los clavos y en los cuales eran exhibidos para su venta al público. Tampoco hallaron a la extraviada pekinesa entre las mangueras enrolladas, donde a veces se echaba a dormir. Nada. Así como tampoco había nada bajo la mesa grande de tapiz verde donde se cortaban lo vidrios, y, por si no se hubiera percatado, mamá Yayi revisó una vez más bajo el escritorio principal de la ferretería, donde todos los días Ñata le hacía fiel compañía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Vamos a ver por la cocina y los cuartos, Julián.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Julián se sacó de los bolsillos del buzo que llevaba puesto dos robots de juguete que lo incomodaban a la hora de buscar bajo las cosas y por los rincones. Los dejó tirados por cualquier sitio. A gatas en el suelo rojo de la cocina, buscó bajo el escritorio de Papá Ñato, que había salido en la camioneta verde rumbo al banco a hacer sus acostumbrados pagos y depósitos. Nada. No había señales de la querida mascota por ningún lado. Sin levantarse del suelo, buscó infructuosamente bajo la antigua mesa rectangular, bajo la pequeña mesita que había al lado de la cocina de cinco hornillas y horno grande, debajo de la cual mamá Yayi le dejaba la comida a Ñata. Julián observó el plato vacío: no había rastros ni del hígado ni de las patitas de pollo ni mucho menos de la leche tibia que le daba su abuelita después que Ñata terminaba de comer. Por último, Julián observó y llamó en vano a Ñata para ver si esta se hallaba dormida bajo la vitrina donde su abuelita guardaba los platos y los tenedores y las cucharas. Nada. Eran casi las cinco de la tarde. Ñata llevaba casi una hora sin dar señales de su presencia. Abuela y nieto empezaban a angustiarse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué pasa, mamá?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La voz de Hugo se hizo sentir. Apareció de la nada, en silencio, asustando a los nerviosos buscadores de la pekinesa extraviada. Julián le explicó la situación a su tío. Su semblante cambió. La noticia le preocupó, pero no ayudó en la búsqueda, que se extendió a los cuartos. Fue a sentarse en el escritorio de la ferretería y a atender a los clientes. Julián una vez más estaba en el suelo, mirando debajo de la cama grande de su abuelita. Nada. También bajo la cama de su tía Nella, conocida en la familia como la cuna, pero tampoco había señales de Ñata. La llamaba cariñosamente por su nombre, sin obtener respuesta: ni un ladrido, ni un gruñido, ni un quejido. Con unas nacientes lágrimas en los ojos, Julián abrazó a su abuelita, que tuvo que ponerse fuerte para que sus ojos chiquitos, chinitos, no terminasen anegados de llanto como los de su pequeño nieto, que a sus ocho años estimaba sobremanera a aquella mascota, un año mayor que él, que había llegado a la casa en manos de Noemí, la novia de su hijo Lucho. Cuando era cachorrita, apenas una bolita de pelos traviesa de cuatro patas, Nella la hacía dormir con ella en su cama, para darle el abrigo que no le pudo dar por mucho tiempo su mamá, que murió luego de alumbrar a Ñata y a sus hermanos. Producto de lo difícil del parto, Ñata quedó con una imperceptible cojera en su pata trasera derecha, tan sutil y tenue que nadie fuera de la familia se daba cuenta. Hasta la familia misma olvidó ese detalle, ya que era tanta la alegría, vivacidad y fidelidad de Ñata que sus carreras y sus brincos y los juegos que hacía a diario eran de lo más normal. Julián no supo de eso hasta muchos años después, y no porque él se diera cuenta, sino porque su mamá Yayi se lo dijo sin querer en una conversación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y ahora, mamá Yayi?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se quedó una fracción de segundo congelada, sin saber qué decir, imaginando las peores cosas: la robaron, la mató el carro, se perdió para siempre. Salió de la bruma de sus pensamientos, puso su mano derecha sobre la cabeza de Julián, y caminó con su nieto hacia la parte posterior de la ferretería, donde había un corral grande, de piso de tierra, que hacía las veces de depósito, en donde Papá Ñato criaba algunos gallos de pelea, todos campeones en las galleras de Simbal, Shirán y Poroto. Preocupado por la suerte de su querida Ñata, Julián no tuvo reparos en ensuciar toda su ropa con tal de no dejar un solo rincón sin examinar. Su ropa se tiñó de color tierra, así como sus manos, las mismas que limpiaba una y otra vez sobre su ya sucia vestimenta. La buscó por los rincones donde se almacenaba el trapo industrial, el waype, las cajas con brochas Tumi, las palanas Bellota y las carretillas, se cansó de pasar su mirada por el rincón donde a lo alto colgaba el triciclo rojo de tres ruedas que había usado cuando era más niño, no la encontró por la vieja hamaca colgada entre dos postes de madera que era poco usada ni vio señales de ella por donde estaban los gallos, con la pata amarrada para que no se escaparan o peleasen entre ellos, escrutó la oscura jaula de madera grande donde solían engordar los pavos de navidad y año nuevo, y, finalmente, no la encontró debajo del viejo noque donde su abuelita ponía a remojar la ropa y tampoco la halló en el pequeño baño al fondo del corral donde él solía llenar una vieja tina de fierro para bañarse durante horas jugando con el ejército de robots que le habían regalado con o sin motivo. Julián no pudo contener más el llanto. Buscó la mirada de su abuelita, y vio en sus ojos una última luz de esperanza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Vamos a buscarla por la avenida, por el parque y por La Noria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Caminaron de prisa hasta llegar a la gran entrada de la ferretería. Mamá Yayi miró con nostalgia hacia abajo y hacia su derecha, que era el sitio de la entrada donde Ñata esperaba su regreso del mercado de La Noria, todos los días, sentada, con la vista y el oído alertas. Hugo se unió a los buscadores. Escrutaron los alrededores y cuando ya Julián y su abuelita se disponían a ir en la búsqueda de Ñata, Hugo la vio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Está sentada al frente, afuera de la puerta de don Mario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si tan solo se nos hubiera ocurrido pensar en buscar afuera antes, pensó mamá Yayi, el pobre Julián no estuviera tan triste. Se alegraron. Julián quiso correr y abrazar y traer de vuelta a la asustada, llorosa y temblorosa Ñata, pero su abuelita lo contuvo. No había mucho tráfico a esa hora de la tarde, pero nunca faltaba un chofer correlón que podía aparecer de la nada y atropellar a Julián. Hugo se ofreció a ir, pero mamá Yayi pareció no escucharlo. Empezó a llamar a la pekinesa a gritos: ¡Ñata!, ¡Ñata, ven!, ¡Ñata, ven para acá sonsa!, ¿Qué haces ahí?, ¡Ven! Los nervios habían tomado por asalto a Ñata, que estaba prácticamente inmovilizada, queriendo acudir al llamado que escuchaba perfectamente, pero petrificada por el terror de estar lejos de la casa que casi nunca había abandonado, preguntándose cómo había llegado hasta ese lugar, sin recordar nada, deseando sólo volver y no alejarse más de aquellos que la querían y cuidaban. Vio que venían por ella, y corrió a su encuentro. Mamá Yayi había cruzado la pista y se había quedado parada en la berma central de la avenida, llamándola. Cuando Ñata llegó hasta el filo de la vereda, a un paso de cruzar, un carro pasó a toda velocidad, y casi se la lleva por delante. Instintivamente retrocedió un paso, más nervios y más asustada que antes. Sin carros a la vista, mamá Yayi la llamó, y ñata, cautelosa esta vez, cruzó hasta donde la esperaba la abuelita de Julián, que se había quedado observando la escena desde la puerta de la ferretería. Vio como su abuelita acariciaba la temblorosa cabeza negra de Ñata y como la reprendía tiernamente. Julián la llamó, y Ñata, con menos nervios y con la alegría recuperada en parte, se escabulló de las manos de mamá Yayi y corrió hacia Julián. Ni la pekinesa ni el niño tuvieron en cuenta el peligro de los carros a toda velocidad. Cuando le faltaban tres pasos para llegar a la vereda donde Julián la esperaba, afuera de la ferretería, Ñata de pronto se quedó petrificada sin razón aparente. En una milésima de segundo, Julián vio por el rabillo de su ojo izquierdo que una moto se acercaba a toda velocidad, y sin importarle el peligro, avanzó hasta Ñata, la levantó, la abrazó, y tuvo tiempo de dar media vuelta para que el impacto de la moto fuera por la espalda. Cuando imaginaba su espalda destrozada, su sangre derramada, su vida terminada, escuchó el chirrido de las llantas contra el asfalto. El motociclista había frenado a tiempo, quedándose a pocos centímetros de arrollar a Julián y a Ñata. Parecía llevar prisa, porque los esquivó y siguió su marcha como si nada hubiera pasado. Subió a la vereda abrazado de su querida mascota, y no hizo caso de las llamadas de atención de mamá Yayi ni de su tío Hugo ni de la presencia de Papá Ñato, que acababa de llegar del banco en la camioneta verde y fue informado rápidamente de lo acontecido. Caminó hasta su nieto, y lo vio con los ojos llorosos, y en vez de llamarle la atención le puso una mano en el hombro y le sonrió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pasa a la casa y ponte una chompa que está empezando a hacer frío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Julián obedeció en el acto. Abrazado de su pekinesa, lloró por un rato más, y le recriminaba en voz baja su actitud, mientras le decía una y otra vez no te vuelvas a ir Ñata, no nos asustes así, tranquilita estás en la casa, mientras acariciaba su pelo blanco y gris y ligeramente salpicado de negro, mientras veía como sus ojos negros tenían un brillo de arrepentimiento, y fue así, Ñata cumplió la promesa que esa tarde Julián le hizo jurar, júrame Ñatita que nunca más te irás de la casa, y ella cumplió y se quedó con la familia y sólo salía cuando alguien la sacaba, nunca más se aventuró a traspasar los límites de la puerta de la ferretería, donde siguió esperando a que mamá Yayi volviera del mercado de La Noria para moverle la cola en señal de felicidad y de fidelidad, la que demostraba a todos los miembros de la familia, a los papás de Julián, a Hugo, al señor de la casa que cortaba vidrios y tenía una camioneta grande y verde que se hacía el indiferente con ella pero que le hacía cariños en secreto, viendo los primeros pasos de la niña linda que llegó a la casa dos años después que su hermano mayor la salvara de morir, aguantando los baños fríos que Nella y mamá Yayi le daban, siendo feliz en ese hogar donde todos, a su modo, la querían, y donde vivió hasta muchos años después, cuando una tarde de un once de noviembre su corazón no pudo más y tuvo que romper la promesa que le había hecho a Julián, porque Ñata se fue y no volvió nunca más.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-6912942752725883476?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocruzm.blogspot.com/feeds/6912942752725883476/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=33250870&amp;postID=6912942752725883476' title='29 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/6912942752725883476'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/6912942752725883476'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2008/11/aquella-tarde-buscndote_11.html' title='Aquella tarde buscándote...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/SRpHBz-xDMI/AAAAAAAAAH4/CR-reX9ilkw/s72-c/255.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>29</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-8494070104879852078</id><published>2008-11-08T15:01:00.004-05:00</published><updated>2008-11-08T15:28:06.728-05:00</updated><title type='text'>Soledad sabor mozzarella...</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;No vi el cartel de luces de neón, no me fijé en mostrador de madera ni en las pizzas iluminadas por las blancas luces de los flourescentes que las muestran al público en todo su apetitoso y provocativo esplendor, ni mucho menos observé la antigua caja registradora que batalla contra el tiempo y la modernidad, detenida en un pasado que siempre fue y siempre será mejor, ni presté la debida atención a los espejos de las paredes ni a las cortinas que los adornan ni a las lámparas de tenue luz que brinadan al local un aspecto íntimo, romántico. Tal vez ese fue mi error: tratar de querer saborear las pizzas de aquel local de la avenida Húsares en total soledad. ¿&lt;em&gt;Pero qué otra opción tenía?&lt;/em&gt; Ya estaba ahí, ya mis lentos pasos, apurados por el aroma a queso y a orégano, me habían puesto en el lugar. Dos mesas ocupadas. Dos parejas de enamorados mirándose bobamente a los ojos, hablando de sus vidas, del clima, del amor y de todos los demonios internos que cargan consigo. Me senté, ordené pan al ajo, una pizza gallega y un chicken roll. Sintonicé &lt;em&gt;radio Z&lt;/em&gt; en mi celular, noventa y tres punto cinco de la frecuencua modulada, y me desconecté del mundo. Sonaba &lt;em&gt;La mataré&lt;/em&gt; de &lt;em&gt;Loquillo y los Trogloditas&lt;/em&gt;, &lt;em&gt;Radio Gaga&lt;/em&gt; de &lt;em&gt;Queen&lt;/em&gt;, &lt;em&gt;Atado a un sentimiento&lt;/em&gt; de &lt;em&gt;Miguel Mateos&lt;/em&gt;. Sólo lo mejor de los ochentas. Mientras terminaba el chicken roll y daba cuenta de la gallega, el resto de mesas, desocupadas hasta entonces, empezaron a llenarse de más parejas de enamorados. Me sentí fuera de lugar, salido de órbita, impertinente en un sitio destinado al amor y no sólo a la buena comida italiana. Me apuré, terminé la Sprite helada de medio litro, cancelé los diez soles al atolondrado y único mozo del lugar, clank clank sonó la caja registradora, salí del lugar, caminé sin rumbo dos cuadras hasta que tomé un taxi, y mientras aquel señor de cabello plateado me llevaba a mi casa por cuatro soles pensé en mí, en la soledad al cuadrado como cantan &lt;em&gt;Sabina&lt;/em&gt; y &lt;em&gt;Páez&lt;/em&gt;, y pensé en todos los por qué que hay aún en mi vida, a los cuales no logro encontrarles solución.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-8494070104879852078?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocruzm.blogspot.com/feeds/8494070104879852078/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=33250870&amp;postID=8494070104879852078' title='8 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/8494070104879852078'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/8494070104879852078'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2008/11/soledad-sabor-mozzarella.html' title='Soledad sabor mozzarella...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><thr:total>8</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-6427046043648136897</id><published>2008-10-30T02:39:00.001-05:00</published><updated>2008-10-30T02:41:24.043-05:00</updated><title type='text'>Salmón a la peruana y Calamares en su tinta...</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Viajar a Lima siempre ha sido y siempre será uno de mis pasatiem-pos favoritos. Salir de la monotonía provinciana de Trujillo para adentrarme en el inmenso caos urbano de la capital es desintoxicante para mí. A algunos esto puede parecerles un absurdo, y viéndolo desde un punto de vista racional, lo es: nadie en su sano juicio se aleja de la paz para ir a la guerra. Pero como yo hace tiempo perdí los últimos rastros de cordura, no me inmuto ante las sonrisas burlonas y los mordaces comentarios de mis pocos amigos. El cielo gris, los edificios teñidos de humo, las personas que viven al ciento treinta por ciento, el tráfico infernal son para mí un deleite. No soy como los limeños, y tampoco me gustaría ser como ellos, pero disfruto mezclarme entre ellos. Lima neutraliza la melancolía que llevo a cuestas en mi cansada alma, abre mi mente y deja que la inspiración literaria tiña de tinta roja mi sangre sin color. Siempre la he pasado muy bien en lima, pero el último fin de semana la pasé mejor que nunca, no sólo en lo que se refiere a Lima: fue el mejor fin de semana de mi vida, y todo gracias al más grande rockero que hayan parido las pampas argentinas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando me enteré por la televisión, el cable y el Internet que Andrés Calamaro volvería al Perú, tras largos y angustiantes diez años de ausencia, me tracé como meta ir al concierto, sea como sea, a cualquier costo. Empecé a economizar en todos mis gastos personales, y, centavo a centavo, las monedas fueron acumulándose en una vieja lata de Coca-Cola que tengo escondida en algún lugar de mi casa. Cuando las monedas empezaron a desbordarse de la lata, tuve que esconderlas, junto con los billetes que empezaron a hacerles compañía, en otro lugar. Empecé una larga cuenta regresiva de un mes y medio. Cada día mi nick del messenger cambiaba, se mimetizaba, yendo de las canciones más alegres a las más tristes del buen Andrés, según mi estado de ánimo. Por lo general, las frases más tristes de las canciones más cargadas de sentimiento eran las usadas. Pocas veces, ganado por un pasajero optimismo, recurría a las palabras más optimistas, cuando me olvidaba de todo y de todos, enterraba mis quebrantos y sólo me alentaba la idea de ver a El Cantante rockeando con desenfreno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Compré mi entrada con un mes de anticipación. En realidad, envié el dinero por giro de la agencia Línea, y fue mi tía Socorro la que, amablemente, se dio un tiempo en su recargada agenda de médico Pediatra y Neonatóloga y cobró el dinero y me compró la entrada para el concierto. El día soñado se aproximaba. Informado de la compra y de que el ticket ya obraba en poder de mi tía, fui interrogado inmisericordemente por ella, que tenía noticias muy vagas e informaciones muy nebulosas sobre aquel músico argentino. ¿No es el que canta Flaca? Sí tía, es él, le dije, y le hice recordar la década de los ochentas, y guié su memoria hasta que recordó la canción Mil horas. ¿No es ésa que dice te esperé bajo la lluvia mil horas? Sí tía, esa misma, en ese grupo, que se llamaba Los Abuelos de la Nada, Calamaro tocaba el teclado y hacía coros. Ah sí, ya recuerdo, y hace poco, cuando viajé a Mar del Plata, seleccioné unas canciones de él para escuchar y vi sus videos, y tiene muy buenas canciones. Me encantaría ir, trataré de hacer todo lo posible. Esas palabras animaron a mi prima Karla, hija de la doctora, que empezó a descargar canciones para ponerse en onda con la onda calamárica que iba calando en los seguidores de Andrelo. Sus intenciones eran claras: ir al concierto como sea. Ella lo tenía más fácil. No tendría que ahorrar ni medio centavo, no viajaría casi seiscientos kilómetros para cumplir con su cometido ni tendría que dormir fuera de casa ni correr riesgos innecesarios. Es más: ella vive con mi tía en La Molina, a diez minutos en auto del estadio Monumental, donde sería el recital esperado. Si lograba acompañarme, bien por ella. Tendría la oportunidad de escuchar a un cantante de verdad, a un rockero de aquellos, un compositor como pocos y un genio como ningún otro. Podría descontaminarse de las esporas, bacterias y virus que el reggaetón ha esparcido sobre ella. Yo, que siempre me he llevado bien con Karla, en verdad deseaba que mi tía le diera luz verde, pero que, sobretodo, le facilitara el dinero necesario para comprar la bendita entrada, antes que estas desapareciesen de los puntos de venta y se fueran en las manos de los fanáticos confesos y de los humildes seguidores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Octubre empezó sin sobresaltos. Toda espera desespera y la mía no fue la excepción. Los días, como era de esperarse, empezaron a parecerme más largos. Un minuto parecía una hora, una hora parecía como medio día y un día se asemejaba a una semana completa, con sus sábados inflexibles y sus domingos aburridos. Fue durante esos días en los que, sosegado un poco el entusiasmo inicial causado por la pronta llegada de Calamaro a Lima, empecé a hacer memoria y a armar el rompecabezas de mis recuerdos. Y en mi cabeza empezaron a sonar los acordes de Lunes por la Madrugada, y asocié mis primeros recuerdos de Andrelo con Los Abuelos de la Nada. Me recuerdo de niño escuchando aquella canción y otras de aquellos maravillosos argentinos en Radio Panamericana, antes de que la salsa y la cumbia la enfermaran para siempre. Sonaban esporádicamente en la programación, muy de cuando en vez, acorraladas por La más más, que hasta tenía una celebración especial cada año donde era escogida. Y cómo no recordar que tarareaba y balbuceaba Mil horas de memoria, sin comprender bien qué significaba, y sólo atinaba a sonreír por aquel pobre tipo que era bañado inmisericordemente por la lluvia, con frío, de noche y, para colmo de males, muy lejos de casa. Y con aquellas canciones, himnos de toda una generación, es que crecí y me formé y siempre seguiré así, porque el rock de los ochentas, en español y en inglés, pero sobretodo el de los maestros argentinos que se han ganado un sitio de lujo en la eternidad del rock. Los recuerdos siguen ordenándose en mi mente, y recuerdo los años de la década siguiente a la que nací. Me veo a mí mismo, como en un espejo, comprando cassettes de a cuatro soles cada uno en el antiguo tugurio comercial llamado Las Malvinas, levantado en lo que era la plazuela Gonzáles Prada, que hoy ha vuelto a ser un pulmón verde en medio de la ciudad. En esos años, apiñados de forma peligrosa y amenazados constantemente por los incendios, los informales comerciantes vendían de todo en aquella feria: zapatillas, zapatos, ropa, telas, comida y, por supuesto, películas y música. Y en uno de aquellos puestos, donde tenía el status de caserito, gastaba las propinas generosas que engordaban mis bolsillos. Y casi todo lo gastaba en música. Por esas épocas yo seguía al buen Andrelo cuando era la voz, alma y cuerpo de Los Rodríguez: cómo no recordar Mi enfermedad, Sin documentos, Mucho Mejor, Aquí no podemos hacerlo, entre otras grandes canciones que me terminaron de convencer de que Calamaro era el más grande del rock en español. Pero fue en el año mil novecientos noventa y siete cuando Calamaro pasó para mí de la categoría de rockero sin igual a ídolo: Alta Suciedad, tal vez su mejor disco, trajo consigo canciones que calaron hondo no sólo en mi alma, sino de todos aquellos que llevan acordes de guitarra y bajo en vez de plaquetas en la sangre. Alta suciedad, Todo lo demás, Donde manda marinero, Loco, Flaca, ¿Quién asó la manteca?, Media Verónica, El tercio de los sueños, Comida china, Elvis está vivo, Me arde, Crímenes perfectos, Nunca es igual, El novio del olvido. Todos verdaderos himnos de la música. Aquella placa fue la consagración de Calamaro, tanto a nivel musical como en el corazón de los miles y miles de sus seguidores, y de muchos otros miles que no lo eran, que lo elevaron a la categoría de estrella indiscutible. Mi cassette original de aquel disco, comprado en la hoy casi inexistente discotienda Patty de la calle Ayacucho, en el centro de la ciudad, estuvo a un paso del colapso de tanto ser escuchado. Hice una copia del cassette y ahí si que no paré de escucharlo. Los discos siguientes de Andrés, incluido el kilométrico El Salmón, sólo confirmaron, a mi modesto entender, una gran verdad: el argentino era un genio de la composición y un dios del rock.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El día de viajar hacia Lima llegó, con los temores de siempre: que algo malo pasara en mi casa. Que algún familiar o amigo cayera enfermo, o algo peor. Que mi vida acabara de pronto, en un accidente de carretera, y que mi cadáver quede inerte, y uno de mis pies sin un zapato, como siempre veo que ocurre cuando los noticieros transmiten las imágenes de aquellas desgracias. Contra esos comprensibles miedos, viajé a Lima, como siempre lo hago, cruzando los dedos. Andrés Calamaro luego de diez años en el Perú valía la pena ese viaje y todos sus riesgos. Hice mis planes y presupuestos, cuadré cifras y redondeé números, y pude tener lo justo para ir y venir, hospedarme, alimentarme, pasear y hasta para asistir a un evento académico en una universidad limeña. Hice todo eso, y más cosas de las que tenía planeada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Viajé y regresé en Línea no por fidelidad, sino para acumular puntos de viajero frecuente. No les pido que corran como en la fórmula uno, pero tampoco que manejen como ancianita de albergue. En fin. En el iPod no puse canciones de Andrelo. Lo rellené de rock en español y en inglés, ochenteno por supuesto, pero me rehusé a escuchar durante el viaje las canciones que escucharía en unos pocos días de los labios del mismísimo Cantante. Llegué a la capital el viernes muy temprano, sin sobresaltos, y caminé desde la agencia de Línea en La Victoria hasta Lince, a la cuadra dos de la calle Candamo, entre las cuadras diecisiete y dieciocho de la avenida Arequipa, hasta el hogareño hotel donde siempre me hospedo cada vez que voy a Lima: El Trébol. Limpio, tranquilo, seguro, elegante y no muy caro. Esta vez me tocó la habitación trescientos ocho, aunque mi favorita siempre ha sido la trescientos doce. Ambas se encuentran en medio del hotel, con vista a un tragaluz, para estar alejado del bullicio infernal de los miles de micros y combis que a diario circulan por aquella congestionada avenida. Asistí al dichoso evento académico para el que ya me había matriculado con anticipación. Una decepción total, por eso no haré mayor mención de el, sólo estas fugaces líneas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El día de mi llegada me di el gusto de almorzar en el afamado restaurante La Cilindrada de Pedrito, ubicado en la tercera cuadra de la calle Los Negocios, en Surquillo. El local es en realidad un taller mecánico acondicionado para que sirva de restaurante. LA atención es buena. Yo llegué al filo del mediodía. Comí en solitario por cinco minutos, porque la gente empezó a llegar atraídos por la fama del loca, promocionado incluso en el programa de televisión Aventura Culinaria, del cheff Gastón Acurio. Los cilindros calientes, el humo de aroma delicioso al igual que el cuarto de pollo parte pecho y el chorizo que comí, y la tranquilidad del lugar han hecho que el local tenga bien ganada la reputación que ha conseguido en Lima. Al momento de pagar la cuenta felicité al dueño y a su esposa, y me retiré con la barriga llena, el corazón contento y la mente puesta en el recital de Andrelo. El domingo se acercaba y la expectativa y la angustia porque llegara el día aumentaban. Por la noche fui al Cine Planet de Risso, en plena avenida Arequipa, y vi Mamma Mía! Muy buena película, que logró distraerme, al menos momentáneamente, de la ansiedad provocada por la inminente presentación de Calamaro en Lima.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El sábado transcurrió sin novedades. Recogí con antelación mi cartón del evento académico, y me encaminé hacia el centro de Lima a almorzar algo ligero. Comí en el jirón Carabaya, cuadra cinco. Luego fui a caminar solito por las antiguas calles del Damero de Pizarro. Visité una exposición audiovisual sobre Vargas Llosa en una casona del Jirón de la Unión. Terminé comprando dos cancioneros de guitarra en un kiosco al pie del enorme edificio del Centro Cívico, en el inicio de la avenida Paseo de la República. Visité a mi tía, la doctora, y a mi prima. Me entregaron la entrada, y al ver a mi tía agotada por el trabajo, rechacé su invitación a almorzar el día domingo. Mereces descansar tía, no te preocupes por mí, le dije, y me negué hasta el final. A pesar de su insistencia me mantuve firme en mi propósito de dejarla descansar. De paso, le negó el permiso y el dinero a mi prima, ya que le hizo una oferta que no pudo rehusar: asistir al concierto de Enrique Iglesias. Sin comentarios. Me despedí de ellas y regresé hasta el hotel, y logré conciliar el sueño hasta cerca de las nueve de la noche. Comí algo ligero y fui hasta Barranco, a inspirarme con la noche y el frío limeño. Visité al boulevard y admiré la belleza femenina en todo su esplendor. Entré a tres discotecas de ingreso libre y me tomé una solitaria lata de cerveza. Comí un sánguche de jamón del norte en el Bar Juanito, en plena plaza de Barranco. Caminé por la Bajada de los Baños hasta la Costanera, y vi el mar tranquilo de Lima. Regresé al hotel casi a las dos de la mañana, con dos historias en mente para escribirlas luego. Logré descansar tranquilo y dormí profundamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El domingo desperté tarde, pasado el mediodía. Fui a un Plaza Vea cercano al hotel y almorcé una mixtura de platos criollos. No estuvieron precisamente deliciosos, pero bueno. Lo importante era matar el tiempo mientras llegaba la hora de partir hacia el coloso de Ate. De regreso al hotel me duché y cambié. La angustia crecía, pero mi sonrisa y felicidad iban en aumento. Después de planificar hasta el último detalle, salí rumbo al paradero. Tomé una combi que me llevó hasta el cruce de la avenida Javier Prado con la avenida La Molina, por lo que pagué un sol cincuenta, y desde ahí tomé un micro hasta el óvalo de Mayorazgo, por cincuenta céntimos. Caminé hasta la explanada del estadio Monumental, quieto como un gigante dormido al pie de los cerros. Empezaba a correr un poco de viento en aquella tarde soleada. Los fanáticos hacían colas enormes: eran revisados por los encargados de la seguridad y corrían a ganar un sitio lo más adelante posible, sea cual fuera su ubicación. Yo, acreditado como prensa con anterioridad, pero con entrada comprada por si se presentaba algún problema, esperé la llegada de la muy amable y sonriente Fiorella, encargada del área de Prensa del evento y reconocida figura de la farándula peruana. Nunca podré agradecerte lo suficiente, bella y servicial mujer. Acreditado como prensa, ingresé a la explanada, parte vip, a hacer el trabajo prometido a mi amigo Kike: tomar fotos para la página web con la que colaboro ocasionalmente. A pesar de las muchas negativas, pude sacar fotos interesantes que sé ayudarán a que la página siga creciendo y haciéndose más conocida y reconocida. Luego de cumplido el encargo, me dediqué a disfrutar del ameno ambiente del lugar. Comí una pizza horrible que vendían en unas pequeñas cajas en el lugar. Me saqué el mal sabor de boca con una Guaraná helada y con un paquete de galletas Morochas que me regalaron a la entrada. Caminando entre el público vi al club de fanáticos de Andrés, los K-lamares, que esperaban la hora de la verdad con el corazón henchido de emoción, los ojos llenos de esperanza y el alma con los sentimientos revueltos. Fui a ocupar una posición, y gané una buena, en la mitad de la zona vip. Vi a los grupos de amigos sonrientes, cerveza en mano; a los padres con los hijos, mayores y hasta con los más niños; vi a las parejas felices de compartir aquella experiencia sin igual. La música es vida, el rock es paz y amor, pensé, cuando me vi a mí mismo en medio de aquel mar de desconocidos: estaba solo, como la mayor parte de mi vida. Si este es el maravilloso precio de la soledad, pásenme la factura que la pago con gusto. El momento llegó. Las luces se apagaron y una melodía tanguera llenó el ambiente: eran los acordes de Flaca. La gente vibró. Calamaro apareció con sus músicos. Llevaba un sombrero negro y una bufanda para protegerse del frío limeño. Los ojos se me llenaron de lágrimas, pero no dejé que ninguna se me escape. Andrés empezó a cantar la letra de El Salmón, con un toque de peruanidad. Mencionó nuestra gaseosa de sabor nacional: “quiero arreglar todo lo que hice mal, todo lo que escondí hasta de mí, debo contar lo que yo sólo sé, uh perdón, Inca Kola también”. Cantó y encantó. Encandiló corazones y revivió a los que agonizan a diario, como yo, que camino por la vida con el corazón hecho trizas y con la soledad como crónica compañera. Grité, coreé su nombre, canté todas sus canciones, hasta los tangos, y no pude más cuando cantó Estadio Azteca, Te quiero Igual y Flaca. Las lágrimas me ganaron la partida. A medida que cantaba los himnos de ya varias generaciones, le iba informando de eso a Laly, mi querida hermana, con la que, alguna vez, tendré el gusto de escuchar al más grande. Andrelo se fue, pero nadie se movió. Regresó y cerró la noche con unos temas más. El tema Paloma puso fin a la presentación y fue el momento cumbre de la noche. Con una bandera peruano-argentina en los hombros, el cantante se despidió de nosotros, que abandonamos felices y tristes, amargos y dulces el estadio Monumental. Yo, en silencio obligado por no conocer a nadie, caminé junto a la multitud a lo largo de la avenida Javier Prado, no sin antes comprar dos recuerdos: un póster del evento y un disco de vinilo con la figura de El Salmón y la frase “tour Perú 2008”, y mientras apuraba mis pasos iba pensando en el concierto, en el gran Andrés que se lució más que en otras ciudades de otros países, con dos de sus frases grabadas en mi mente para siempre: “los invito a la primera convención mundial de cámaras digitales”, dijo riendo a la vez que posaba para las cientos de cámaras que querían registrarlo para la posteridad; y la otra, más memorable a mi entender, y que podría usar fácilmente en algunas amigas y amigos que conozco: “tiene más recursos que el Amazonas y el Golfo Pérsico juntos”, entendiendo recursos no como dinero sino como habilidades para ciertas cosas. Un maestro, Andrés Calamaro. Tiene bien ganada cada estrella roja en el cielo, esas estrellas que van formando poco a poco la constelación del Salmón, que debe ser incluida en el zodiaco de inmediato; ésa que miraremos sus incondicionales cuando viajemos más allá de esta vida y de este mundo, y con las luces de aquellas estrellas y la figura que dibujan del rockero guiaremos nuestras almas a la eternidad, llevando para siempre en nuestros inmortales recuerdos la noche aquella en Lima en la que El Cantante nos dedicó sus mejores pregones.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-6427046043648136897?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocruzm.blogspot.com/feeds/6427046043648136897/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=33250870&amp;postID=6427046043648136897' title='27 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/6427046043648136897'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/6427046043648136897'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2008/10/salmn-la-peruana-y-calamares-en-su_30.html' title='Salmón a la peruana y Calamares en su tinta...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><thr:total>27</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-533020263472613772</id><published>2008-10-21T01:04:00.004-05:00</published><updated>2008-10-21T01:10:05.841-05:00</updated><title type='text'>No habrá flores en la tumba del pasado...</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;em&gt;Con suma minuciosidad Laura, la tristeza asentada todavía en los ojos vidriosos, acuosos, escogió los elepés que escucharía en la tornamesa. Hola, me llamo Julián, ¿y tú? Verificó que la aguja no estuviera gastada ni movida y sacó el negro vinilo de su envoltorio de cartón. Yo me llamo Laura, estoy en primer ciclo, una amiga del salón me habló de ti. Se quedó mirando con tristeza la carátula del disco, recordando las tardes de cigarros y poemas y cuentos y extrañó más que nunca al escritor. ¿Cuál de todas tus amigas? Laura puso el disco y la tornamesa empezó a girar y girar a muchas revoluciones por minuto, la aguja surcando el vinilo. Una que se llama Zoila, ella me dijo que podrías ayudarme con unos temas de un curso que no entiendo y que me podrías responder esta pregunta: ¿qué es el Derecho? La música llenó el ambiente: los cuadros colgados en las paredes y las flores artificiales de los grandes jarrones se movían por las vibraciones de las estridentes canciones, y Laura suspiraba recordando tantos momentos. Claro, con mucho gusto, siempre y cuando no sea matemática, por mi normal, porque soy un cero a la izquierda para los números. El recuerdo del escritor estaba impregnado en Laura, en las telarañas de los rincones y en el polvo de las cornisas. El Derecho es el orden normativo de la conducta humana en la sociedad, pero Laura lo silenció con una sonrisa diciéndole mejor otro día me explicas todo completo, me voy porque el profesor cierra la puerta y pasa lista, chau, chau. Se sacó las zapatillas y se quedó en medias sobre la alfombra, acomodó unos cojines, se recostó sobre ellos y cerró los ojos para recordarlo mejor. Luego de su clase, Laura se encontró de nuevo con Julián: hola dijo ella, hola, respondió él, ahora si puedo explicarte lo que quieras, cuando gustes nos reunimos en las mesitas verdes. Laura empezó a sentir que el sueño la vencía y se despertó de golpe para no dejar de pensar en el escritor, mientras en el elepé seguía sonando la voz de Abuelo y los coros y el teclado de Andrelo, mientras tenga vida pensaré en ti, escritor de mi corazón. En ese lugar mejor no, ahí no se puede ni conversar en paz, por algo le dicen el centro de hueveo estudiantil, mejor un día vas por mi casa. Sonrió al recordar el pequeño y escueto poema que le regaló: había escrito cosas cursis, y como todo hombre de letras se iba por la tangente, pero de aquellas palabras le quedó el recuerdo de una sola frase. Por mi normal, en tu casa o en la mía, donde gustes para mi estará bien, respondió Julián, mientras un sudor frío se deslizaba lentamente por sus patillas desordenadas y subía y volvía a subir con el dedo índice de su mano derecha los lentes de carey negro que no querían permanecer quietos en su sitio. Quiero permanecer en silencio por siempre a tu lado, mudo del alma y ciego del tacto para poder gritar en silencio que te amo, lee Laura en la vieja carta que tiene entre manos. Bueno, el domingo iré a tu casa como a las once de la mañana, ¿te parece? Quiero que me mires sin tus ojos y que me sientas por afuera, porque ya es harto conocido lo que siento por dentro, continuaba y terminaba el breve poema. Me parece bien, entonces deja te anoto mi dirección en un papelito, pero no la pierdas, y de paso te apunto mi número de celular y el de mi casa. Escribía cosas tan lindas, cosas que parecían incongruentes pero que eran las más puras verdades, los más nobles sentimientos, y la nostalgia empezó a ganar más terreno en los frágiles recuerdos de Laura. Un poco más y me das tu correo y tu estado civil, jaja. Cambió el elepé por uno de baladas y tarareó las viejas canciones con las que había crecido su adorado escritor: tenía gustos de persona de más de cuarenta años, sólo yo fui la excepción porque era, soy y siempre seré diez años menos que tú, así ya no te tenga nunca más, pero eso no me importó a mí, y mucho menos a ti. Ya los apunté para que después no te quejes, jaja, mientras la miraba y pensaba: que bonita estás, tu mirada es casi inocente, tu cabello se ve perfecto, y si fuera profesor de Anatomía te pondría veinte y te exonero del examen final. Laura encendió un cigarro mentolado, suave, de agradable aroma y sintió como los ojos empezaban a anegársele otra vez: la tristeza estaba embargándola de nuevo, los recuerdos agolpándosele en desorden en el alma. Adelante, estás en tu casa, ¿te puedo invitar un jugo, café, té, yogurt? Aunque me cueste la vida, sigo buscando tu amor, canciones antiguas y rock de los ochentas eran los favoritos de mi querido escritor, y escribirle esos poemitas tan precisos y llenos de amor, primero, y de pasión, luego, piensa Laura. Gracias, muy bonita la sala, ¿me puedo sentar?, que muebles para más cómodos, seguro tu mamá es la que decoró así tu sala. ¿Qué será de mi vida sin ti? ¿Por qué tuviste que irte lentamente y sin recordar lo que yo fui para ti en esta vida? Mi mamá no sabe nada de decoración, cada detalle, cada adorno, cada cuadro ha sido puesto por mi abuelita. Todo fue tan de pronto, así, sin más se te empezó a ir todo de las manos y de la cabeza que yo hasta me enojé contigo porque supuse que todo era desidia y falta de amor, pero ahora me arrepiento de las escenitas y aunque me muera por enmendar los malos entendidos jamás podré volver atrás en el tiempo. Hay muchas formas de entender el Derecho: cada autor tiene su propia opinión, y hay tantos autores, así que no tomes a pecho mi opinión, humilde dicho sea de paso, pero sé que te servirá de algo, aunque la verdad yo estudio leyes más por obligación que por vocación. Laura se secó las nacientes lagrimas, cogió su billetera y salió de la casa para sacudirse la tristeza: el fuerte viento golpeó su piel blanca y agitó su cabello lacio, dócil. ¿No tienes vocación para abogado? ¿Entonces? Sus ojos serenos pero tristes, calmados pero marcados por el destino observaban como la vida pasaba delante de ella sin tener a su lado al escritor al que tanto había querido: primero empezaste por los recuerdos de la infancia, seguiste por el día en el que te encontrabas y terminaste olvidándome a mí. Yo lo único que quiero ser es escritor y tocar el bajo en alguna banda de rock ochenteno, pero tengo que tener un título para que en mi casa no molesten. Sentada en la banca de un solitario parque a tres cuadras de la casa donde fue tan feliz, Laura, las manos hermosas durmiendo sobre su pecho con la respiración lenta, recordó la triste mañana en que se cansó de esperar la llamada de felicitación por los nueve meses de felicidad: lloró sobre el hombro de Zoila, que llegó a verla a su casa ante el mensaje de texto triste que recibió de su amiga, y a quien le decía y le repetía que el escritor era medio olvidadizo, que ella había notado eso, que descuidara, que aun quedaba toda la tarde y toda la noche, y Laura le replicó que él le había prometido regalarle una rosa y un retrato en carboncillo, que no le dolía si no le daba nada, sólo quería saber de él, escuchar su voz y sentir sus abrazos de ensueño. Ah ya, así que si lo tuyo es escribir, ¿me escribirías un cuento alguna vez? Ya no estés triste, Laurita, más bien vayamos a buscar a Julián, seguro está por algún sitio de la universidad ocupado en algo, tú sabes como es él, bueno Zoila, vayamos a buscarlo. Por supuesto, pero otro día por que hoy iremos al cine. Fueron a la universidad y no lo encontraron por ninguna de las Facultades, ni en los sitios solitarios donde se sentaba a leer y escuchar música en su iPod, y Laura, aun más triste, caminaba junto con Zoila sin rumbo, deteniéndose en las bancas de la berma central de la avenida, alejándose de la universidad, de los tristes recuerdos, cuando a lo lejos distinguió la silueta encorvada del escritor, que sostenía algo entre manos. ¿Al cine? ¿Y lo que me tienes que enseñar? Las amigas lo llamaron por su nombre, pero no obtuvieron respuesta, él no reaccionó, no levantó la mirada ni siquiera cuando Laura se paró frente a él y lo movió violentamente, se clavó a sus hombres, y sólo entonces Julián reaccionó, alzó los ojos y le preguntó a Zoila, y a Laura que lo miraba con pena y furia: ¿quiénes son ustedes? Lo que tenía que enseñarle Julián a Laura sobre el cuestiones introductorias a la ciencia del Derecho ya había sido dicho aquella tarde de domingo, y por eso Julián se atrevió a invitar a Laura al cine, y ella aceptó gustosa, así como en ocasiones sucesivas aceptó salir con él a heladerías, a compartir el pecaminoso placer de una deliciosa hamburguesa, los aromas sin igual de las pizzas humeantes que compartieron, y Laura quedó maravillada con el poema que Julián le regaló, tanto que por esos días empezó a llamarlo mi escritor, y cada vez más le gustaba abrazarlo y mirarlo a los ojos y a Julián lo mismo, navegaba el mar infinito de los ojos marrones claros de Laura, que cambiaban como los de una gata, marrones café en la tarde y negros como la más estrelladas de la noche durante las últimas horas del día. Laura, consumida por el recuerdo triste del adiós prematuro, recordó como llevó al escritor al hospital, donde quedó internado, ya que no podía ni siquiera recordar su nombre. Tres meses después de salir al cine por primera vez, Julián no pudo más con la pesada carga que llevaba en el corazón y empezó a balbucearle palabras a Laura, en un torpe intento por declarársele: ella tuvo que decirle que lo tomara con calma, no porque fuera a decir que no, sino para que no se desmayara por los nervios, y mientras lo ayudaba poniéndole palabras en la boca ella sonreía pensando ¿en dónde quedó tu oratoria de político, tu discurso de abogado, tu aplomo de magistrado? Su familia llegó a verlo al hospital y lo trasladaron a una clínica, donde recobró los recuerdos y fue dado de alta a los dos días: salió de la mano de su querida Laura, escoltado por su madre, sus abuelas y un tropel de preocupadas tías que comentaban entre ellas, en voz muy baja, el grave diagnostico: enfermedad cerebral degenerativa con pronóstico de vida de tres meses. El primer beso que se dieron fue un inocente roce de labios que no duró más de dos segundos, pero que dejó a ambos con la certera sensación de estar con la persona correcta. Laura, caminando de vuelta a la casa donde la tornamesa seguía girando y girando, el vinilo terminado y sin sonar, recordó aquella vez que Julián le preguntó por vez primera ¿qué día estamos hoy?, con la faz color ceniza, ojeras violetas y mirando sin reconocer a la preocupada Laura que no se separaba de su lado: salía de clases de la universidad y se iba a visitar y a cuidar al escritor que se le iba de las manos, que se le moría de a pocos, si sin recordarla y apenas sonriéndole amablemente a la chica linda de la cual apenas si recordaba que era la mujer de sus sueños. Poco tiempo después Laura empezó a decepcionarse un poco de Julián: olvidaba que habían acordado verse o salir a comer algo o a pasear, y aunque él dijera que no recordaba nada de eso y se disculpaba con peluches, flores, chocolate y poemas, dejando para después el cuento sobre ambos que le había prometido escribir, pero igual ella se quedaba con el sin sabor de la falla, que se le iba sedimentando en el corazón, lentamente, hasta la angustiante mañana en que comprendió que Julián lo estaba olvidando todo por culpa de una enfermedad, y empezó a aferrarse a él más, en un vano intento por retenerlo y que no se muriera, pero todo su amor fue en vano. Escuchando de vuelta las canciones que le recordaban al escritor, Laura recordó que una tarde Agosto llegó a ver a Julián y lo encontró sentado en su escritorio, los ojos anegados en lágrimas: ¿por qué lloras?, preguntó ella, y él, sonriendo por última vez, respondió que lloraba porque se iba a morir y se iba a quedar sin ella, pero que había hecho un último esfuerzo y le escribió el cuento ofrecido y mil veces postergado: Julián cerró los ojos, cayó sobre el suelo de su habitación y agonizó cinco días en la misma clínica donde murió su abuelo paterno. No pudo más con el peso de los recuerdos: Laura salió otra vez de la casa, decidida a no volver, tomó un taxi que la dejó cerca al muelle de Huanchaco, se sacó los zapatos y caminó en silencio a través de la playa solitaria, arenándose los hermosos pies, y cuando el sol caía dirigió sus pasos hacia el mar, picado por los fuertes vientos y por la marea alta. Zoila, sentada en la computadora que alguna vez fue de su amigo el escritor, contando con el permiso de la familia y ayudado por la hermana menor de Julián, le dictó las cosas que hacían falta y que ella conocía para completar el inconcluso cuento que Julián escribía cuando la muerte le dio el penúltimo golpe delante de Laura. Caminó despreocupada, luchando contra las olas, avanzando por donde ella imaginaba que encontraría las cenizas de Julián, despidiéndose de la vida, yendo al encuentro de su querido escritor. Eso es todo lo que sé, dijo Zoila, mientras lloraba recordando a los amigos que ya no estaban más, y fue con Carolina, la hermana menor de Julián, hasta la playa a depositar sobre las olas un arreglo floral en recuerdo de ambos, porque nadie pudo encontrar el cuerpo de Laura: era como si se hubiera vuelto cenizas y se hubiera fundido para siempre con Julián en el vacío de lo eterno, y mientras regresaban a Trujillo, Carolina recordó que su hermano tenía entre sus canciones favoritas una que dice en su letra que no habrá flores en la tumba del pasado, y Zoila dijo sí, es cierto, lástima que ni de él ni de ella haya tumba, y que lástima que se tenga que dejar flores en un lugar triste que recordaba con tanta pena el pasado.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-533020263472613772?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocruzm.blogspot.com/feeds/533020263472613772/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=33250870&amp;postID=533020263472613772' title='22 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/533020263472613772'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/533020263472613772'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2008/10/no-habr-flores-en-la-tumba-del-pasado.html' title='No habrá flores en la tumba del pasado...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><thr:total>22</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-3054092787251734997</id><published>2008-10-05T03:57:00.003-05:00</published><updated>2008-10-05T04:00:56.790-05:00</updated><title type='text'>Lo que te escribí mientras te hacías la dormida...</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Amanece. Los faroles apenas alumbran, dibujando contornos, es-culpiendo sombras en la calle vacía. El mundo es diferente visto desde la ventana de una habitación. Lejano, el naciente ruido de lo cotidiano no contamina el estruendo mudo de la soledad. Tú, desnuda sobre la cama, durmiendo la resaca de la tormentosa noche de pisco, hierba y lujuria, ignoras por completo el amanecer, que me sorprende en plena bajada, escribiendo una historia más en la computadora. Sobre el escritorio, encendido y consumiéndose lentamente en un cenicero, el penúltimo troncho impregna el aire de mi habitación con su dulce olor, invitándome a la tentación. Mis ojos, rojos y chinos, no se resienten con el brillo del monitor. Mi cabeza retumba y vibra, como si dentro hubiera una barra brava alentando a muerte a su equipo, remeciendo las bases de la tribuna. Escribo desenfrenadamente. Escribo como un loco. Cuando estoy pasado de revoluciones me inspiro mejor y las frases fluyen sin atascos. Termino de escribir el cuento de los amantes que se revuelcan cada noche sobre las mesas de una pizzería. Termino de escribir la historia de un amigo y de su debut en el mundo de los pecados carnales. Dejo a medias un cuento sobre la soledad, porque no se me ocurre que más escribir. Necesito de la compañera soledad para inspirarme. Por el momento no está a mi lado. Estás tú, preciosa y joven, desnuda y tierna, con tus diecinueve años a cuestas, y yo con mis veintiséis sobre las espaldas. Te tengo a ti, y sólo a ti. Como cantan los Hombres G, no sé que será de mí sin ti.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Confirmo mis sospechas. Te he perdido y lo de hoy es el adiós. Empezaste a dejar pistas de tu partida desde aquella tarde en la que estábamos de compras. Sin explicación alguna te fuiste de la tienda de ropa y regresaste a los quince minutos. Estabas llorando. No dijiste nada. Te quedaste callada, te guardaste la verdad. Te abracé, pero te sentí tan fría como el acero. Comiste muy callada, y tuve que insistir en pagar la cuenta yo, porque ya habías sacado dinero de tu bolso. Se te había corrido el lápiz de ojos. Te limpiaste con las servilletas que no habíamos usado. El fragante olor a pollo frito de receta casera me derrotó, me abrumó, me sobrepasó casi tanto como tus secretos. Comiste lentamente tu porción, y yo no pude terminar ni la cuarta parte de la mía. Me preocupé por ti. Tenía ganas de preguntarte qué cuernos te pasaba, pero, conociendo tu obstinación, me negarías toda información, aludiendo que tus quebrantos eran cosas de mujeres. Así eres. Cuando menos yo lo esperaba, en los momentos más inesperados e inoportunos, cortabas todo lo que estuviéramos haciendo y drenabas todo el manantial de lágrimas y vacíos que aun hay en el oscuro pozo que rodea a tu corazón inmaduro. Interrumpes besos para contar pequeños problemas monetarios causados por las ausencias prolongadas de tu padre. Cortas la pasión para llorar desentendidos causados por tus familiares malvados. Te sientas en la banca de cualquier parque a tejer planes y viajes y sueños sin saber siquiera si terminarás de hacer las cosas del día. Esa eres tú, impredecible, dulce y feroz, silenciosa y ruidosa, contradictoria y simple. Un cruce de personalidades, un fuego a medio crepitar que de pronto estalla en altas y azules flamas. Ya era de noche, y salimos del enorme centro comercial tomados de las manos, juntos, pero la distancia entre nosotros era cósmica. Años luz nos separaban. Aquel día todo empezó a resquebrajarse. El delicado equilibrio que nos unía, que nos había vuelto tan unidos, tan íntimos, tan felices, empezó a inclinarse irremediablemente hacia el abismo del adiós. Empezaste a caminar por la orilla opuesta, a ver otros atardeceres, a guardar silencios más prolongados. No creo haber contribuido a tus nada sutiles cambios, pero me negué a mi mismo la posibilidad de una ruptura. Hoy, mientras le doy una pitada al fragante cigarro de hierba y escribo estas líneas, sé que debí haber actuado de una manera distinta. Seguirte el juego para que te dieras por vencida no surtió el efecto que yo deseaba. Sólo logré que te alejaras más, hasta conseguir que casi fueras una desconocida para mí. Sea lo que sea, has regresado por una última vez. Lo sé. Lo presiento. Puedo adivinarlo. Esta será la última vez que estemos juntos. Como canta Caramelo de Cianuro, el de la reciente madrugada, tal vez, haya sido el último polvo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La luz del día va ganando la batalla. La oscuridad cederá por breves horas su imperio de sombras. Yo, sediento, bebo el último sorbo de la botella de pisco, y destapo, sin más opción, dos bebidas energizantes, que me acelerarán más. Pero no importa. En realidad todo está dejando de importarme. Sin ti, volveré a estar solo. Sin ti, olvidaré las lecciones de cómo vivir. Sin tu piel, olvidaré las emociones. Sé que me deprimiré una vez más. Sé que los jueves a las siete de la noche volveré irremediablemente al lúgubre consultorio de la Psiquiatra, que me hablará y hablará y me prescribirá frascos y frascos de Prozac sin resultados. Y yo volveré a vagar por las calles, mirando a la gente pasar, y me sentaré en solitarios parques a fumar un porrito. De nuevo andaré sin rumbo, perdido, sintiéndome solo, miserable e inútil, despreciado y sin amigos, llorando por los perritos sin casa y por los pajaritos sin nido. Pero no. Ahora no. Viéndote dormir en mi cama, con las sabanas hechas un laberinto y nuestras ropas tiradas por el suelo, ahora no me importa lo que vendrá, sino lo que acaba de ocurrir. Trato de enfocar mis recuerdos, ganarle lucidez al adormecimiento de la hierba y escribir los postreros recuerdos de nuestras últimas horas juntos, porque sé que cuando despiertes, decidida a irte sin retorno, cantaré como Calamaro, te quiero, pero sé que me dejarás la ceniza y te llevarás el cenicero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin proponernos nada en especial, encontrándonos de casualidad en la universidad, almorzamos en un chifa de la avenida Larco. No eras la pequeña mujer efusiva que me mataba a besos y abrazos, pero al menos supiste manejar magistralmente el poco calor que tu frialdad lograba irradiar. Estabas hermosa. Tu blusa color vino y su estudiado escote me permitía disfrutar sutilmente de la vista de tus pechos redondos, firmes, en su sitio, vacunados contra la gravedad, frescos de juventud, de recién abandonada niñez. Voy a gastármelo todo comprándote flores, pensé, y salí por un minuto del local y caminé dos pasos a la floristería contigua. Mis derrochadoras intenciones fueron eclipsadas por los razonables precios. El ramo más lindo no me costó demasiado. Regresé con el entre las manos, con la mirada lánguida y tierna que mejor pude poner. Dos frases de agradecimiento y una de protocolo me indicaron que te había enseñado demasiadas cosas. Ya no eras la inocente chica que se emocionaba hasta por un llaverito en forma de corazón, ni mucho menos la cándida niña que lagrimeaba por una canción en inglés, de la cual no sabías ni la letra ni mucho menos el significado de los versos que te emocionaban. Habías aprendido a filtrar las acciones y emociones de los que te rodeaban, y eso fue, creo, lo que te fue preparando para enfrentar la vida sin mi y lo que, finalmente, te está llevando a tomar la decisión que estoy seguro tomarás cuando despiertes. Salimos del chifa. Nuestros pasos nos llevaron, sin que nos demos cuenta, al mismo centro comercial y a la misma tienda en donde todo empezó a irse al diablo. Coqueta, me susurraste al oído que querías probarte y comprar ropa interior. A esa hora, con el local casi desierto, sólo yo y tal vez las ocultas cámaras de seguridad te vimos en aquellas diminutas prendas que luciste en tu derrier. Me acerqué hasta ti y sellé tus labios con los míos. Estabas linda. Tu piel era lujuria pura. Tus ojos brillaban invitándome al descontrol. Tus ojos, coronados por tus cejas, y tu crespa cabellera, toda tú. Me hiciste hervir la sangre en los probadores de aquella tienda. De no haber sido por la inoportuna aparición de un vendedor, habría usado aquel pequeño espacio como improvisado cuarto de hotel. Pero no. Pillados a tiempo, evitamos la vergüenza de una denuncia por indecorosos. Terminamos en la sala tres del cine de aquel enorme mall, viendo una película de romance, comiendo con desgano la canchita porque seguíamos llenos por el sustancioso almuerzo. Yo, con una sed que debo arrastrar desde vidas anteriores, me terminé mis dos coca colas y la mitad de la tuya. Cuando terminó la función, la noche había caído sobre Trujillo. La oscuridad había triunfado de nuevo, ahuyentado al hombre de las calles poco a poco, inexorablemente, por el miedo patológico que los seres humanos le tenemos a las sombras y a sus misterios. Hicimos unas cuantas compras más, y yo ya iba a decirte para ir a un lugar más íntimo, cuando me sorprendiste con tu proposición. Vamos a tu casa, puedo quedarme, mi papá esta de viaje y a mis tíos no les importa si llego o no. Desde que tuve la suerte de conocer tu cuerpo al desnudo, y todos sus atajos y desvíos, entradas y salidas, siempre habíamos respetado nuestras casas. Hoteles y hostales fueron nuestras guaridas pasajeras, nuestros cubiles de desenfreno. Accedí con gusto a tu propuesta, ya que mi casa, solitaria por esos días debido a un repentino viaje de mi familia hacia la capital, se prestaba para, la que yo intuía, sería nuestra noche final. La faena empezó en el taxi color azul oscuro y tarifas elevadas que nos sacó del mall. El chofer, acostumbrado a ver y oír tantas cosas, no dio muestras de alarma ni ante nuestros besos ni las manos que empezaban a escapársenos por todos lados. No desvió la mirada ni nos espió por el espejo retrovisor. Sólo se limitó a aflojar la corbata y a secarse el sudor de la frente tímidamente con una franela color verde. En el asiento posterior el juego apenas había empezado. Y continuó en mi cuarto, ya desnudos, aventurándonos una vez más, y tal vez por última vez, en las hondonadas, valles y encañadas de nuestras pieles al desnudo. Todo fue magnífico. Todo fue genial. Hasta el alcohol y la hierba parecían cómplices nuestros. La faena fue dura y larga. El sudor de tu cuello se mezclaba con el sudor de mi frente, y tus jadeos de escándalo eran contenidos con mis dedos en tu boca, prisioneros de tus dientes, magullados por tu lujuria. Procuré recordar cada de talle de ti. Tu cabello, a veces con sus crespos naturales y otras totalmente lacio, y yo con la obligación de decirte que te quedaba espectacular. Tu piel, olorosa a talco perfumado. Tu parte de adelante, dura al tacto y deliciosa al gusto. Tu cintura, con unos pocos centímetros de más. Tus brazos y tus manos, juguetonas, traviesas y cómplices. Tu sexo, ordenado y pulcro, perfecto, a pesar de los embates de mi cuerpo. Tu parte trasera, milimétricamente y geométricamente instalada en tu anatomía. Tus piernas, que no revestían para mi mayor importancia, si no fuera porque al final de ellas me topaba siempre con tus pies de muñeca de porcelana. Durante algún tiempo llegué a creer que eras la mujer de mi vida, pero no. No era así. A pesar de todo, nunca hubo un sí de por medio. Toda la relación fue informal. Sin ataduras, sin compromisos, pero con respeto. Y la pasamos muy bien. Pero todo tiene su final, nada dura para siempre. La claridad del día empezó a fatigar mi vista. Escuché un largo bostezo. Eras tú, despertando, o fingiendo despertar, porque tenías la costumbre de hacerte la dormida para que yo cayera dormido y poder entregarte a tu vicio oculto: verme dormir, y escuchar las paparruchadas que suelo decir. Lo inevitable tocaba mi puerta. Yo, lo admito, con la resignación tatuada en mi destino, pensé por unos breves momentos que tal vez todo eran teorías absurdas mías. Que no te irías. Que te quedarías y resistiríamos un tiempo más, y que, tal vez, daríamos el paso definitivo formalizando todo. Te sentaste sobre el colchón. La frazada se deslizó lenta por tu piel, dejando al descubierto tus pechos. Me miraste, y sin decirme nada te paraste y caminaste hasta mí, desnuda como estabas. Estampaste mi frente con un beso, y sin sonreír, que era algo habitual en ti, me dijiste que teníamos que conversar. Ok, le dije. Te escucho. Acá viene el fin, pensé yo, mientras trataba de concentrarme y sacar de mi cabeza la tonada de una canción del Capitán Porrito. No cometas el crimen, si no vas a cumplir la condena, equivalía para mí, en esos momentos decisivos, no jodas todo que luego no habrá solución.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tenemos que alejarnos. Al menos por un tiempo.&lt;br /&gt;-¿Hice algo mal?&lt;br /&gt;-No. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida.&lt;br /&gt;-¿Entonces?&lt;br /&gt;-Soy yo. No estaba preparada para algo así.&lt;br /&gt;-Bueno. Será como tú quieras.&lt;br /&gt;-¿Cómo?&lt;br /&gt;-Que si quieres que nos alejemos, está bien.&lt;br /&gt;-Pensé que lo tomarías de otra forma.&lt;br /&gt;-¿De qué forma?&lt;br /&gt;-Eh…&lt;br /&gt;-¿Deprimiéndome? ¿Intentando suicidarme?&lt;br /&gt;-Algo así.&lt;br /&gt;-A estas alturas, ya nada me afecta.&lt;br /&gt;-Yo quiero que te sientas bien, a pesar de…&lt;br /&gt;-Estaré bien. Más bien preocúpate por ti.&lt;br /&gt;-¿Por mi?&lt;br /&gt;-Sí.&lt;br /&gt;-¿Por qué?&lt;br /&gt;-Por que la lastimada serás tú. Yo no.&lt;br /&gt;-No lo creo.&lt;br /&gt;-¿Quieres apostar?&lt;br /&gt;-No.&lt;br /&gt;-Por favor, no me llames en un tiempo.&lt;br /&gt;- No lo haré. Y tú no me llames nunca más.&lt;br /&gt;-¿Estás seguro de que eso quieres?&lt;br /&gt;-Nunca en mi vida he estado más seguro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No te pedí explicaciones, ni dejé que formularas inútiles excusas ni ensayaras pretextos. Si te ibas, pues que pena, lo siento por ti, pero no quise saber más. En esos instantes yo intuí algo, que me confirmó un amigo, meses después. No fue cariño. No fue consideración, ni mucho menos amor. Fue un simple, burdo y materialista interés. No dije más. Mucho menos tú. Mientras hablábamos, fuiste vistiéndote lentamente, desapareciendo tu desnudez de mi vista. Acomodaste lo mejor que pudiste tus cosas en la pequeña cartera que en cierta ocasión te obsequié, y te acercaste hacia mi con la tonta intención de despedirte con un beso en la mejilla. Me levanté de la silla, apagué el monitor para que no vieras lo que estaba escribiendo, y en vez de aceptar tu hipócrita despedida, retrocedí un paso hacía mi ventana. Captaste el desaire, y sólo atinaste a hacerme una última petición.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Al menos ábreme la puerta y la reja para poder irme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin decirte nada, me puse mi viejo short plomo, apuré mis pasos y bajé las escaleras rápidamente. Quité la tranca de la puerta, salí al jardín, el frío de la mañana me golpeó, clavó sus gélidos alfileres en mi piel. A los pocos segundos apareciste en el umbral de la puerta, con el rostro serio, sin la poca melancolía que quisiste regalarme para el adiós. Saliste sin más demora, y caminaste y caminaste. Vi como tu silueta se iba alejando en dirección de la avenida América Sur. Cerré de nuevo todo y fui a mi cuarto. Antes de sentarme de nuevo en la computadora, por una breve fracción de segundo, pude observar como desaparecías de mi vida para siempre. Me senté en la computadora, prendí el monitor, y empecé a teclear los detalles finales de nuestro adiós. No tuve que escribir mucho, porque la mayor parte lo escribí mientras dormías, o te hacías la dormida, y luego de unos cinco minutos, al concluir, empecé a escuchar música, y que otra que la del bueno de Andrelo. Pasaron los minutos y pasaron las canciones, y con el recuerdo del adiós fresco, pero sin sentir dolor, alcé la voz y canté lo mejor que pude, siguiendo la voz del buen Andrés, y en coro canté con él que &lt;em&gt;te llevaste la vela, y me dejaste el entierro.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-3054092787251734997?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocruzm.blogspot.com/feeds/3054092787251734997/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=33250870&amp;postID=3054092787251734997' title='31 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/3054092787251734997'/><link rel='self' type='application/atom+xml' 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dorados.&lt;br /&gt;El vapor de los poros de tu piel, envolviéndome en un turbio ensueño.&lt;br /&gt;La pasión pendiente de los días dejados atrás, de los momentos dejados de vivir.&lt;br /&gt;Las sobras de nuestras almas, penando por el mundo, heridas de llantos desolados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El sol que tímidamente corona las mañanas del gris que ahora es el cielo.&lt;br /&gt;Y la mirada aquella, de medio lado, que no sabes disimular en los pasillos.&lt;br /&gt;Los recuerdos enclaustrados, en nuestras pieles suavemente tatuados.&lt;br /&gt;La vida que se nos va, el tiempo que no toma un descanso, martirio innecesario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las palabras que piensas sin decirlas, los sentimientos que se agusanan por orgullo.&lt;br /&gt;Mi amor que aguarda, con los poemas en la mano, el cigarro encendido.&lt;br /&gt;Inclinado, esperando mis labios por los tuyos, después de tanto tiempo.&lt;br /&gt;Con la palabra perdón en la punta de nuestras olvidadas y marchitas lenguas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mis manos en tu cintura, nuestros brazos engarzados, los ojos anegados.&lt;br /&gt;Extasiados de nuevos momentos, promesas y esperanzas, tiempos que serán mejores.&lt;br /&gt;Todo mi amor guarnecido en la fortaleza inconquistable de tus ojos.&lt;br /&gt;Tú, amor mío, el más pequeño y más grande de mis recuerdos.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-6004838795965388313?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocruzm.blogspot.com/feeds/6004838795965388313/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=33250870&amp;postID=6004838795965388313' title='19 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/6004838795965388313'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/6004838795965388313'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2008/09/veintisis-y-veinte.html' title='Veintiséis y veinte...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><thr:total>19</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-1320394172842891248</id><published>2008-09-11T03:01:00.006-05:00</published><updated>2008-09-11T03:28:29.195-05:00</updated><title type='text'>Elvis está vivo...</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/SMjRw2kvhsI/AAAAAAAAAHc/rLLfs0og-jg/s1600-h/elvis.jpg"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5244672403286492866" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/SMjRw2kvhsI/AAAAAAAAAHc/rLLfs0og-jg/s320/elvis.jpg" border="0" /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/a&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Elvis está vivo. Hay tantas teorías y hechos para respaldar esta desconcertante idea, que miles de personas alrededor del planeta así lo creen. Yo lo creo. El rey no pudo haberse ido así nada más, sin más trámite, sin más pompa, sin tanto escándalo, como era su costumbre, su usual modus operandi. No era su estilo. Yo escuché de niño aquellas aparentemente locas ideas. Y las sigo escuchando hoy en día. Me lo dijo un amigo, cuando los dos pescábamos mojarrillas en el muelle de Huanchaco, un jueves del otoño pasado, cuando el sol empezaba a caer. Él lo había leído en una revista que compró en Buenos Aires, mientras iba a comer parrilla con Andrés. Está en un cuarto forrado de leopardo dorado, le dijo el melenudo rockero, con las manos virtuosas para la música dentro del abrigo y lentes oscuros a pesar de que no había ni rastros de sol en el cielo porteño. Cuando yo lo visito, le narraba Andrés a mi amigo, siempre lo encuentro en la sala, viendo canales musicales en un enorme plasma, y cuando la nostalgia tocaba su puerta, no sale durante días, porque se queda viendo su propio funeral. El rey es excéntrico. Si no lo fuera, no sería él. En Memphis, Tennessee, lo saben todos. Niños y viejos guardan discreto silencio sobre el tema. Confunden y enredan a los curiosos forasteros que van a la caza del rey, al que no creen en mejor vida. Les dan lo que buscan: datos y recuerdos, que los lugareños saben falsos, y que los fuereños dan por buenos, ya que es más fuerte su amor por el rey que su apego por los dólares que de los bolsillos se les escapan. Los pobladores de Memphis, Tennessee, son gente muy discreta, y no dicen nada, nada de nada sobre la verdad mejor cuidada de la historia de la música. Será mejor así. Las agencias gubernamentales americanas han tratado de mantener su secreto pacto con el rey en la sombra de lo confidencial, pero no han podido conseguirlo. El rey fue más listo que ellos, y la leyenda continúa. Los agentes de traje negro lo protegen doquiera que el rey pone los pies. Pero son discretos. Lo dejan dormir en su inodoro de cristal. Y no leen ni intervienen su correspondencia, porque sino jamás hubiera llegado a mis manos la carta escrita con su caligrafía estirada y casi indescifrable. El rey se escribe cartas conmigo. En la primera que me envió, hace más de cuatro años, me pidió que se las escribiera cuando el sol empezara a caer. Entendí su magnífica razón: “el atardecer llena de nostalgia los corazones, y las cartas salen más hermosas”. El rey está en lo cierto. Gracias a mi amigo el pescador, y a su buen amigo el cantante Andrés, es que ahora el rey intercambia correspondencia con este escritor. Y por las tardes espero que el sol se pierda por detrás del mar para escribirle en hojas de cuaderno escolar, con tinta morada, sin medir las palabras. Al comienzo fueron cartas de profunda admiración y respeto musical, pero luego todo fue derivando hacia un profundo respeto personal. La dura decisión que tuvo que tomar al dejarlo todo para ser feliz en el anonimato, sin gloria y sin fama, cosa que no tenía con la música. Un día encontré en el jardín de mi casa un sobre amarillo plastificado. Dentro había una carta proveniente de Estados Unidos. Era el señor Robert Allen Zimmerman. En aquella carta, escrita con afecto a pesar de no haber cruzado nunca palabra alguna con aquel misterioso sujeto, me daba la bienvenida al círculo íntimo de los amigos del rey, y me pedía la mayor de las reservas, pero, a la vez, solicitaba de mi parte que nunca me quedara callado, que le siguiera la corriente a los que me creían loco, ya que era la mejor forma de ridiculizarlos y neutralizarlos. Al final de la epístola, firmaba con un nombre que sí reconocí inmediatamente: Bob Dylan. Él también lo sabe. Pero, al igual que la gente de Memphis, Tennessee, es muy discreto y no dice nada, y cuando la prensa lo interroga sobre el tema les da respuestas burlonas y sarcásticas para sacarse de encima a los reporteros de radio y televisión. El rey agradece la lealtad de sus amigos, y se ríe de los medios de comunicación de todo el orbe que dicen tener noticias y testimonios de gente que dice haberlo visto pidiendo un aventón en una carretera texana, manejando un camión de transporte pesado en la lejana Tazmania, leyendo poesía en la Universidad Estatal de Penn, comiendo pizza en Inglaterra, en una estación de gasolina de Montana, protestando en pro de la libertad del Tíbet, almorzando con Al Gore en Copenhague o contándole chistes colorados a Fidel Castro, fumando habanos mientras el dictador no sabe si el rey, o él mismo, están muertos. El rey se ríe de todo esto, mientras lava la limosina a la entrada de su mansión en Graceland, o mientras lava su otra limosina, en Buenos Aires, para que luzca reluciente por las noches, cuando sale a disfrutar de la vida con su amigo el músico Andrés, a tomar cerveza y comer parrilla, o a deleitarse con empandas y vino, quien le compuso una hermosa canción que encanta a los fanáticos que la corean tanto en Murcia, España, como en Luna Park, y que encantará a los que asistirán a su recital en la capital limeña, el próximo mes de Octubre, evento para el cual este humilde servidor ya tiene entrada. Estaré confundido entre la multitud, sabiéndome amigo indirecto del melenudo rockero, que ya es un clásico del rock en español, así como Elvis es icono mundial de la música, y corearé las canciones del maravilloso argentino sonriendo y llorando porque ambos somos amigos del rey, y porque los dos sabemos que Elvis Aron Presley es un buen tío, del cual espero que, algún día, me invite a comer.&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-1320394172842891248?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocruzm.blogspot.com/feeds/1320394172842891248/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=33250870&amp;postID=1320394172842891248' title='19 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/1320394172842891248'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/1320394172842891248'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2008/09/elvis-est-vivo.html' title='Elvis está vivo...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/SMjRw2kvhsI/AAAAAAAAAHc/rLLfs0og-jg/s72-c/elvis.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>19</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-5287521850422220947</id><published>2008-08-24T09:02:00.001-05:00</published><updated>2008-08-24T09:08:32.755-05:00</updated><title type='text'>Reflexiones al amanecer...</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Si una crónica angustia ronda sospechosamente tu mente, dando vueltas en círculo, como un ave de rapiña que no se anima a atacar, ten cuidado: puedes estar a punto de deprimirte. Y si es por amor, refuerza tus defensas: esa es la peor depresión que se puede padecer. Si tienes clavadas sólo cinco o seis ideas en tu cabeza, que giran y giran como tornado caribeño, destruyéndolo todo a su paso, o provocando tu propia tristeza, ten aún mucho más cuidado: significa que hay cuentas pendientes de tu parte hacia alguien que se fue –o que no quiso regresar de donde prometió volver-, o que las cuentas pendientes son de ese alguien que no se termina de ir para siempre de ti, de ella que sigue tatuada en tu piel a pesar del tiempo y de tus lágrimas derramadas en vano, conozcas o no las causas reales de los acontecimientos. Y, si: es probable que también por esto te deprimas. Si cuando el sueño te abandona, y te levantas con un sabor metálico en la boca, y tus ojos a regañadientes aceptan abrirse por completo para ver el nuevo día –al que ya calificaste como igual de gris que los anteriores, sin darle el beneficio de la duda-, extrema la cautela y agudiza tus sentidos, ya que puede ser el punto de partida para tomar decisiones estúpidas, como quitarte la vida. Si te encuentras en cualquiera de estas situaciones, o si las tres se han conjugado miserablemente en tu vida, aleja de ti toda navaja que pueda cortar tus venas, toda soga que pueda servir para columpiar tu cuerpo como piñata, todo potencial veneno que pueda destruir tus sueños y esperanzas. Claro, habrá días en los que no entenderás razones, harás oídos sordos a todo y a todos, por más que vayan a visitarte con una maleta llena de buenas intenciones. Todos te parecerán falsos, hipócritas, cínicos, conspiradores de un orden superior e invisible que sólo quiere tu ruina, tu fracaso, tu muerte. Y lo más probable es que haya gente así: personas amables que te sonreían, enseñándote la dentadura completa, gastando sus minutos en palabras corteses, en halagos interminables, alentándote a que sigas con ella, mientras te mentían con la patraña de que era el amor de tu vida, pero que, mientras te sermoneaban falsamente, iban afilando el puñal de sus oscuros pensamientos, y que a la primera bajada de guardia, a la primera oportunidad que les dieras, querrían verte ahogado en tu propia sangre. Aléjate de aquellos que reúnan todas esas características. Quítales el saludo para que su desesperación por saber el por qué de tu actitud haga caer su maquillaje de hipocresía. Elimínalos de tu círculo social, por más reducido que sea este: si al final quedan contigo sólo dos o tres personas, no importa: ellos son los que valen la pena de verdad. Y si al final de la purga no queda nadie, pues que lástima por ellos, porque te pierden. Y no pierden a cualquier persona, ya que eres tú el que vale más que todos ellos, el que no los defraudó, el que hubiera hecho el mayor de los sacrificios por ella, el que se hubiera inmolado aunque nadie lo fuese a recordar como héroe. Eres tu el que algún día podrá dejar en paz esta vida, porque te llevarás la conciencia limpia y tranquila hacia el otro lado, hacia lo desconocido. La depresión, si es que llegas a tenerla, no se cura por sí misma. Tienes que ayudarte. Cuenta contigo mismo. La depresión y tú son dos entes diferentes, aunque suene absurdo. Tú tratas de ser el de siempre, y no te deja. Te pone trabas en el camino: el recuerdo de épocas agitadas pero felices, cuando creías tener contigo a la mujer de tu vida, y sólo tenías la borrosa acuarela de una chica que pretendía ser lo que en verdad no era: una buena persona. La depresión siembra los gérmenes de odios justificados, pero innecesarios, porque nada resuelven y sólo contribuyen a hacerte sentir más miserable. La depresión es como una bailarina de ballet: danza en puntas de pie para que no la escuchen llegar, y cuando se instala en ti, se comporta como una vulgar cualquiera pasada de copas: se niega a irse del lugar, y se pone insolente con el dueño del local. Y el dueño del local eres tú. Tienes que combatir los recuerdos: sacar de tu cabeza la primera mirada, la primera palabra, las fechas que memorizaste innecesariamente, los suspiros a la medianoche, los poemas que escribiste, los regalos que hiciste y olvidarte de los que nunca recibiste, quemar cartas justificatorias escritas en papel morado y tinta dorada, olvidarte del rostro de ella cuando cantaba canciones en portugués o por la línea telefónica, aceptar que vivirás sin su voz, sin sus labios, sin su amor, eliminar para siempre los malos recuerdos, y si quieres también los buenos porque de nada te servirán. Asimismo, formatea tus recuerdos más íntimos, sean dulces, amargos, o una combinación de ambos, tales como las pocas o muchas alegrías compartidas, las mañanas, tardes y noches vividas juntos, cuando creías que ella era tu todo mientras ella creía que tu eras cualquier cosa menos lo que tu querías ser para ella. Tienes que convencerte a ti mismo de que nunca pelearon, que nunca se dijeron nada hiriente, que nunca fueron a la playa a ver el atardecer, que nunca fueron al cine ni a ningún sitio. Si la depresión no te ha avasallado, y has podido hacer el sesenta por ciento de todo lo descrito anteriormente, felicitaciones: estás por el buen camino; la depresión no te vencerá, y sólo será cuestión de una pequeña ayuda final para que los fantasmas que ensombrecen tu vida se alejen. Si, por el contrario, no has llegado, digamos, por ejemplo, ni a un treinta por ciento, preocúpate: te tomarás más tiempo del necesario salir del pantano de tu propio destino. Será entonces cuando nada te importará: no saldrás de tu cama; dormirás más de quince horas diarias, con breves intervalos para ir al baño o tomar algo de agua, porque no querrás probar bocado; no querrás ver a nadie, comenzando por tus mejores amigos, ni a tus familiares que se preguntan qué te pasa mientras tu te niegas a darles información porque tu pena es sólo tuya y de nadie más –de momento-, ya que luego de lo inicial, que es lo más amargo de una depresión causada por falso amor, querrás llorar en todos los hombros posibles, hablar del mismo tema mil veces, hasta el hartazgo, tratando de descifrar códigos inexistentes en las palabras claras de tus amigos, a quienes ya has aceptado recibir en tu lecho de deprimido para que tu soledad, tu miseria, tu tragedia no sea sólo propiedad exclusiva tuya, sino que tratarás de compartirla con todos los que puedas para que no seas el único que se sienta terriblemente miserable en el mundo, y te sentirás ligeramente reconfortado sabiendo que alguien se preocupa y angustia por ti, porque eres un maldito egoísta que no quiere ver feliz a nadie mientras tu no lo seas. Lo lograrás, a medias, y sólo con aquellos que, irónicamente, se preocupan más por ti, sean amigos o familiares. Te quedarás derrumbado en tu cama, en llamas, en ruinas, anegado por todos lados por el mar de lágrimas que no puedes controlar, mirando los rincones de tu techo, contando cuántas horas se tardan las arañas en tejer sus complicadas obras maestras, o cuantas veces repiten en un solo día el comercial de la temporada diecisiete de una serie de televisión, mientras tu celular está permanentemente apagado por medio a llamadas de ella, o de cualquiera, pero, una vez más, eres tú mismo el que se tiene que levantar de la sepultura y continuar con la vida, así te tardes un año y medio en lograrlo, y, como suplicio adicional, veas a tus amigos terminar la universidad mientras tu sobrevives por la buena voluntad y la comprensión de tus amigos, porque a tu familia no le interesa saber el por qué de tus martirios, cansados de interrogarte infructuosamente. Pero no hay amor que valga la pena tanto ni depresión que te tumbe en la cama eternamente. Dejarás de repetir la cantaleta irracional de tus penas sempiternas y empezarás a ver con optimismo hasta los más grises y lluviosos amaneceres. La vida te sonreirá, aunque sea de medio lado y con temor. Nunca te arrepientas de nada: ni de tus penas, ni de tus lágrimas, ni de tus acciones, correctas o incorrectas, ni de las palabras dichas ni de los libros y cuentos escritos, porque es de cobardes arrepentirse. Dependerá de cada uno escuchar y aceptar -o no-, excusas tardías, súplicas extemporáneas, arrepentimientos innecesarios. Porque la vida da vueltas, y, tarde o temprano, quien te hizo daño es quien más te añora, aunque lo niegue en español, ruso o chino mandarín. Porque podrá decir que no públicamente, y que sí en privado, y hacerse la desentendida o enojarse. Si has llegado al punto en que sonríes por todo, sin necesidad de estar drogado –ya sea por hierba o por antidepresivos-, y le perdiste el miedo irracional a darte una nueva oportunidad con una chica, o con varias, felicitaciones, tu depresión es cosa del pasado. Podrás sentir curiosidad por la vida de ella. Es innegable. Está en la naturaleza humana el querer enterarse de las alegrías o tragedias de los demás. Y si te enteras de que su vida es una constante de sinsabores, pues qué pena, es cuestión de ella y de nadie más que de ella elegir lo mejor –o lo peor, como suele hacerlo-, para sí. Pero lo que nunca podrá negarse a sí misma aquella mujer por la que tanto sufriste, es que ella preferiría tener unas pocas migajas de ti a tener un banquete inacabable de muchos otros.&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-5287521850422220947?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocruzm.blogspot.com/feeds/5287521850422220947/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=33250870&amp;postID=5287521850422220947' title='21 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/5287521850422220947'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/5287521850422220947'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2008/08/reflexiones-al-amanecer.html' title='Reflexiones al amanecer...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><thr:total>21</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-201361578541366731</id><published>2008-08-12T04:31:00.002-05:00</published><updated>2008-08-12T05:01:03.362-05:00</updated><title type='text'>Los juguetes del señor Tomás...</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;A paso lento pero decidido, una silueta oscura traspasa la gran entrada de la ferretería. Las primeras luces de la mañana inundan de claridad la avenida América Sur, por la cual discurren, casi en solitario, los microbuses que cubren la ruta entre la lejana urbanización California y el aún más distante distrito de La Esperanza, al pie de los arenales, en las afueras de Trujillo. La vida va tomando posiciones. Los destinos empiezan a ser tentados, y el futuro de las tranquilas gentes de la ciudad varía según las circunstancias. Sin embargo, a pesar de sus años, alguien quien cree resuelto su destino, está por llevarse una sorpresa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sus viejas sandalias de cuero legítimo, estilo franciscanas, hacen un casi imperceptible ruido al raspar el piso. El peso de los años empieza a doblegarlo, pero él se niega a dejar de ser el joven que su espíritu le indica que es. Sus pies, curtidos por los millones de pasos dados durante su vida, empiezan a fatigarse, al igual que la otrora recta espalda, ligeramente arqueada a pesar de los esfuerzos por mantenerla totalmente derecha, gallarda, marcial. El cráneo, que dejó atrás la etapa de las grandes entradas para dar paso a la calvicie plena, ha visto encanecer, desde los días plenos de la madurez, el poco cabello que ahora le cubre las sienes, y que blanqueó simultáneamente con el cabello que ahora no tiene y que no añora, y al cual recuerda con una grande sonrisa. Los grandes surcos que recorren la piel de su rostro, como erosión de lluvia, como campo arado listo para la siembra de caña, delata los más de ochenta años, casi nueve décadas, que carga sobre sus hombros, pero que no lo detienen a pesar de que es consciente de que el fin está a la vuelta de la esquina, listo para llevárselo sin que él lo haya pedido. Sonríe aun más cuando se atrapa a sí mismo pensando en cosas que, en años anteriores, no le preocupaban, y que ahora lo preocupan mucho menos. Al pisar el suelo de lozas jaspeadas de la ferretería, saca un pañuelo del bolsillo posterior derecho del pantalón, y se seca los goterones de sudor que han inundado su cuello y su frente. El sudor no es mucho, ni más agobiante, porque lleva puesta su camisa estilo guayabera, de muchos bolsillos, que es sumamente refrescante, sobretodo en los veranos calientes como aquel. Camina hasta el mostrador de madera y vidrio donde se exhiben desde clavos y pernos hasta taladros y candados, y saluda con toda la educación y caballerosidad que le enseñaron sus mayores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Buenos días, don Alberto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El dueño de ferretería y vidriería, sorprendido mientras firmaba unos cheques, levantó la vista por encima de los cristales de sus lentes. Confirmó que a su lado continuaba su nieto Julián, que observaba con curiosidad el trabajo de su abuelo. Una fracción de segundo después, don Alberto saludó al anciano señor que, a lo largo de los años, se había vuelto un cliente habitual del negocio, y un amigo con quien conversar siempre era gratificante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Buenos días, don Tomás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La conversación giraba siempre en torno a la política, el fútbol y los gallos. Mientras los dos señores conversaban, uno de los empleados de la ferretería tomaba nota de los pedidos del señor Tomás. Dos galones de pintura Vencedor, porque la fachada de la casa estaba un poco descuidada y descolorida por el fuerte sol del verano. Una wincha, por que la que había tenido durante años un día desapareció y se había cansado de buscarla por los rincones de su casa. Clavitos para madera y cemento, y un par de litros de aguarrás, para preparar la pintura. Ah, y una brochita no muy grande, que el pintor le había pedido. El señor Tomás siempre había querido tener una camioneta como la que tenía don Alberto, una Ford ocho cilindros, cuatro cambios y excelente rendimiento, y siempre le había ofrecido comprársela, pero el dueño de la ferretería siempre se negaba, alegando razones de utilidad, aunque en el fondo eran razones puramente sentimentales, ya que en esa camioneta, que había comprado dieciocho años atrás, paseó a sus hijos cuando aún eran casi unos niños, y en la que ahora le encantaba pasear a su nieto Julián.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Seguiré insistiendo hasta que me la venda.&lt;br /&gt;-Y yo le seguiré diciendo que no, don Tomás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Julián, que escuchaba las corteses y risueñas negativas de su abuelo con respecto a vender la camioneta, corrió hasta ella, estacionada afuera de la ferretería. Se detuvo frente a aquel bólido de acero, pintado de verde metálico, y trepó por la parte posterior, pisando la defensa trasera, por encima de la placa. El pequeño Julián, a sus seis años, era consciente de que aquel señor quería llevarse la camioneta que el tanto quería, en la que su Papá Ñato lo llevaba a pasear y a bañarse en el puquio, cerca de Shirán, y en la que se refugiaba de las maldades del señor de la Capa Blanca. Sonriendo, don Alberto fue en busca de su nieto, y lo bajó con cuidado de la camioneta verde. El señor Tomás caminó hasta ellos, y trató de excusarse con el niño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No fue mi intención hacerte enojar.&lt;br /&gt;-Usted se quiere llevar la camioneta verde.&lt;br /&gt;-Tu abuelo te quiere mucho y por eso no va a dejar que me la lleve.&lt;br /&gt;-Y yo tampoco lo dejaré.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras los señores reían, Julián se escabulló de los brazos de su abuelo y entró corriendo a la ferretería, y llegó hasta la cocina, donde su abuelita Gladis revisaba en el refrigerador qué cosas le hacían falta para comprarlas en el mercado de La Noria. Ella notó que algo tenía Julián, que no estaba del todo sonriente y vivaz, como solía ser. Se limpió las manos con un mantel, y se acercó hasta su entristecido nieto. Lo miró con sus ojos achinados, le revolvió el cabello con la mano y con una sonrisa, adivinando la causa de la tristeza del nieto, le confirmó que nada ni nadie lo apartaría de aquel vehículo al que tanto quería.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tu Papá Ñato no va a vender la camioneta verde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quien no quedó contento con su accionar fue el señor Tomás. Luego de bajar del taxi que lo llevó a su casa junto con toda la mercadería que había comprado en la ferretería, se sentó a descansar en la sala de su casa, grande y solitaria, y contempló con las lágrimas a flor de los ojos los cientos de fotografías enmarcadas, puestas sobre repisas o en las paredes. Había perdido hacía veintisiete a su único hijo, que llevaba su nombre y que quería ser militar, en un accidente de carretera. Le siguió su esposa, a los pocos meses, porque la depresión que le sobrevino por la muerte del hijo influyó en el cáncer terminal que le fue detectado cuando ya nada se podía hacer. Eran tantos los años de soledad, pero el señor Tomás se negaba a caer abatido por las garras del destino que le había tocado vivir. Olvidaba los viejos dolores con compresas de buen humor y se automedicaba con pastillas de carcajadas, todos los días, con sus vecinos y con quien estuviera dispuesto a escucharlo. No dejaba que las sombras de los recuerdos lo entristecieran innecesariamente, y sólo dedicaba un día, y por media hora, a la tristeza de recordar a sus muertos, cuando iba a dejarles flores en sus tumbas, y se solazaba con la contemplación del espacio vacío entre la tumba de su esposa y la de su hijo, y se preguntaba cuando, al fin, podría ocupar ese lugar y reunirse con los suyos. Pero la mirada triste del nieto de don Alberto lo había conmovido. Le recordó a su propio hijo, a los siete años, actuando en la escuela con su uniforme del general San Martín. Vio en ambos la misma tierna inocencia; la de su hijo, que soñaba con ser militar, y la de aquel niño a quien apenas conocía, que había llorado porque no quería perder la camioneta donde paseaba y jugaba y era tan feliz junto con su familia. El señor Tomás se regañó a sí mismo, y no pudo almorzar el puré de papas con milanesa y arroz blanco que él mismo se había preparado. Tampoco pudo conciliar el sueño durante la hora de su obligatoria siesta, así que se paró a dar vueltas en redondo por la solitaria habitación. Finalmente, con un peso en la conciencia que lo inclinaba más y más hacia el suelo, como si la gravedad de los años y la culpa se hubieran puesto de acuerdo. Salió a paso raudo de su casa, tomó un taxi y fue hacia el centro de la ciudad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El almuerzo discurrió con normalidad. Julián olvidó pronto la tristeza, y se sentó en el suelo ocre de la cocina a jugar con sus bloques de playgo, con los cuales armaba interminables palacios y veloces naves intergalácticas. Luego de dar cuenta de la sopa de fideos cabello de ángel y de comer cuatro o cinco cucharadas de arroz con pollo, regresó al suelo a seguir jugando con los muchos juguetes que tenía a disposición: el tanque y el cubil felino, las naves de Robotech, Optimus Prime y Sykill, la espada de He-Man, que le daba el poder de Grayskull, la espada láser que su mamá había canjeado en el Mercado del Pueblo por tres chapas marcadas de Pepsi Cola más tres mil intis, entre muchos otros. Pero Julián tenía preferencia por tres de todos sus juguetes, y que eran infaltables en su cama, a la hora de dormir: un pequeño mono, con los pulgares de manos y pies idénticos, los cuales encajaban en la boca del primate, hecho de una tela igual a la de las toallas; un conejo de piel celeste, con la nariz roída a causa de los mordiscos, con largas orejas cuyo interior era blanco; y la figura de un niño, totalmente de plástico, que vestía sandalias amarillas, al igual que la camisa, y que llevaba un overol verde y los cabellos rubios desordenados. Sus grandes ojos fijos parecían mirarlo todo. Julián los sentaba a su lado y los invitaba a jugar con los bloques para armar, y le hacían compañía cuando improvisaba su puesto de venta de chicha morada, con la bebida que sobreaba del almuerzo, en la puerta que daba al corralón que servía como almacén de la ferretería, delicioso refresco que sus tíos y abuelos compraban, sonrientes, con monedas de baja denominación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Siendo casi las cinco de la tarde, mientras Julián jugaba con unos cuadernos para colorear en la mesa de la cocina, la figura cansina del señor Tomás apareció en la ferretería. Llevaba la misma ropa de la mañana, pero su sonrisa era un poco tensa. En sus manos, sostenía una gran bolsa de plástico negro, que no dejaba adivinar el contenido. Se acercó hasta don Alberto, que a esas horas leía de manera tranquila el vespertino Satélite, para informarse de las noticias locales y nacionales. Los dos señores se saludaron con la misma cortesía de siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Buenas tardes, don Tomás.&lt;br /&gt;-Buenas tardes, don Alberto.&lt;br /&gt;-¿Viene a cambiar algo de lo que llevó en la mañana?&lt;br /&gt;-Nada de eso, don Alberto. En la mañana hice enojar a su nieto, lo puse triste con mi terca insistencia por comprarle la Ford. Así que vengo a disculparme con él.&lt;br /&gt;-Pero no es necesario, señor Tomás. Julián hasta ya se olvidó de…&lt;br /&gt;-Por favor, don Alberto. Si no me disculpo de manera adecuada, no podré vivir en paz con mi conciencia. Usted sabe que perdí a mi familia hace muchos años.&lt;br /&gt;-Lo sé.&lt;br /&gt;-Y a estas alturas de mi vida, no puedo andar con la conciencia con sobrepeso. En cualquier momento me llega la hora final, y no quiero irme de este mundo sin la paz en el alma.&lt;br /&gt;-Bueno, ahora lo hago venir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Don Alberto caminó los pocos pasos que lo distanciaban de la cocina. Vio a su nieto pintarrajeando con crayolas unas hojas. Se acercó hasta él y le tocó el hombro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Julián.&lt;br /&gt;-Sí, Papá Ñato.&lt;br /&gt;-En la tienda hay alguien que quiere verte.&lt;br /&gt;-¿Quién es?&lt;br /&gt;-Es el señor Tomás.&lt;br /&gt;-¿El señor que quiere comprar la camioneta verde?&lt;br /&gt;-Ya no la quiere comprar.&lt;br /&gt;-¿Por qué?&lt;br /&gt;-Por que yo no se la voy a vender.&lt;br /&gt;-Ah ya.&lt;br /&gt;-Ven, vamos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con el nieto en brazos, don Alberto llegó hasta el lugar donde el señor Tomás aguardaba impaciente. Julián miró al alto señor que le sonreía nerviosamente. Su abuelo le indicó que lo saludara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Buenas tardes, señor.&lt;br /&gt;-Hola chiquito. ¿Estás enojado conmigo?&lt;br /&gt;-No señor, ya no.&lt;br /&gt;-¿Pero lo estuviste?&lt;br /&gt;-Es que usted quiere llevarse la camioneta verde donde mi Papá Ñato nos lleva a Shirán.&lt;br /&gt;-No chiquito…&lt;br /&gt;-Me llamo Julián, señor.&lt;br /&gt;-No, Julián. Ya no le quiero comprar la camioneta a tu abuelo. Veo que quieres mucho a esa camioneta, y que quieres mucho a tu abuelo. Te prometo que nunca me voy a llevar tu camioneta.&lt;br /&gt;-Gracias, señor.&lt;br /&gt;-Y para que veas que soy tu amigo y que no me llevaré la camioneta verde, te he traído unos regalitos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Atento a la escena entre el señor Tomás y Julián, don Alberto intervino. No podían aceptar los regalos. La cosa no había sido para tanto, y Julián ya no estaba ni enojado ni triste por el tema de la camioneta. Pero el señor Tomás insistió. Utilizó todo su poder de persuasión, y, poco a poco, fue convenciendo al dueño de la ferretería de que los regalos eran una muestra de su buena voluntad. Lo que desbarató a don Alberto fue la súplica que le salió del alma al señor Tomás, y que utilizó como último recurso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Recuerde usted que hace muchos años perdí a mi familia. No tengo a nadie en este mundo. Ni hermanos ni sobrinos. Mucho menos nietos. Déjeme usted sentir, aunque sea muy fugazmente, lo que siente un abuelo al darle un regalo a su nieto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Finalmente, don Alberto accedió. No podía negarle aquello a un señor tan respetuoso y tan buena persona como el señor Tomás, que, además, había sufrido tanto en la vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Pero prométame usted algo.&lt;br /&gt;-Dígame, don Alberto.&lt;br /&gt;-Que será la primera y la única vez. No se lo permitiré más.&lt;br /&gt;-Se lo prometo, mi buen amigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y así, el señor Tomás sacó uno a uno los cinco regalos que había llevado para el pequeño Julián. Y cada vez que le hacía entrega de uno, el anciano caballero sin familia revolvía el cabello lacio del niño, y se maravillaba de cómo le brillaban los ojos y de la forma magnífica en que su sonrisa despercudía las penas de ambos. La abuelita de Julián se unió a la escena.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Mira, Mamá Yayi ¡Qué bonito robot me ha regalado el señor Tomás!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En efecto, de los cinco regalos que le habían llevado, Julián prefirió sobre los otros a un tanque con ruedas estilo oruga, pilotado por un robot cíclope, cuyo único ojo emitía una luz roja, brillante, y que conducía a discreción, cambiando de dirección, a izquierda y derecha, y que cuando encontraba un obstáculo le disparaba, con un gran ruido de rayos láser, o lo esquivaba. Tenía, en la parte de abajo, un compartimento para dos pilas, de las más grandes, y el botón on - off. Julián, inconscientemente, le tomó cariño al juguete, porque su color verde metálico era similar al de la camioneta de su abuelo. Don Alberto le dio a su nieto dos pilas nuevas, marca Rayovac, para que pudiera disfrutar por completo del juguete. Don Tomás se excusó por olvidarse las pilas, y quiso pagarlas, pero don Alberto se negó a recibir el dinero. Julián agradeció mucho al señor Tomás, y éste se despidió de él prometiéndole, una vez más, que nunca se llevaría la camioneta verde. Julián corrió hacia la mesa de la cocina, a disfrutar de sus nuevos juguetes. Los esposos no se cansaron de agradecerle el gesto para con el nieto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ahora sé lo que sienten ustedes, que tienen la dicha de tener nietos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Doña Gladis corrigió sobre la marcha al señor Tomás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Es nuestro único nieto.&lt;br /&gt;-Mejor aún. Es el consentido.&lt;br /&gt;-Quédese usted a tomar lonche, señor Tomás –lo invitó don Alberto.&lt;br /&gt;-Me apena no complacerlos, pero ha sido un día muy trajinado, y las piernas me están reclamando descanso.&lt;br /&gt;-Muchas gracias, una vez más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Don Tomás miró a los esposos, y se vio a sí mismo, mucho tiempo atrás, con la mujer de toda su vida, que ahora debía estar esperándolo más allá de los soles que se pueden ver por las noches en el cielo. Se despidió de ellos, y a paso lento, caminó hasta su casa, ubicada a pocas cuadras de la ferretería, en La Noria. Mientras sus grandes pies dejaban una estela en las polvorientas veredas, iba pensando en la felicidad que le negó la vida. La había tenido, pero por muy pocos años, y para él era como si no la hubiera tenido. El atardecer fue sumiendo las calles en la oscuridad, y, a cada metro que avanzaba, los postes iban encendiéndose, uno a uno, como abriéndole paso al anciano señor que, al llegar a la puerta de su casa vacía, no puedo contener más el manantial de lágrimas que se debía a sí mismo. El llanto duró mucho, pero no tanto como para no dejarlo descansar del ajetreo del día. Regresó de compras por la ferretería durante algunos años más, y siempre conversaba con Julián, que crecía inexorablemente, dejando atrás la inocencia de la niñez pero conservándola en el alma, hasta que dejó de ser visto por casi medio año. Entonces don Alberto subió a la camioneta verde y fue hasta la casa del amigo, para averiguar por él, y regresó al poco rato. Julián llegó del colegio, donde cursaba el último año de la primaria, pasadas las seis de la tarde, y encontró triste y llorosa a su Mamá Yayi, quien le dijo que su Papá Ñato quería conversar con él. Julián fue hasta el cuarto grande y encontró a su abuelo haciéndose el nudo de la corbata frente a un espejo. Don Alberto lo miró con la cara ensombrecida por la tristeza, y le ordenó que lo acompañara, sin cambiarse el uniforme. Julián subió a la camioneta verde sin saber que estaba acompañando a su abuelo a comprar una lágrima y una cruz de flores en el Mercado Central, y mucho menos pudo imaginar que su abuelo lo estaba llevando al velorio de aquel señor tan bueno que le había regalado unos juguetes tan lindos y que siempre lo saludaba y le conversaba y aconsejaba cuando iba de compras por la ferretería, y que había muerto de vejez y soledad sin haber conocido nunca en su corazón el cariño de un nieto propio.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-201361578541366731?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocruzm.blogspot.com/feeds/201361578541366731/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=33250870&amp;postID=201361578541366731' title='22 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/201361578541366731'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/201361578541366731'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2008/08/los-juguetes-del-seor-toms.html' title='Los juguetes del señor Tomás...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><thr:total>22</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-1648641349880306398</id><published>2008-07-22T18:47:00.018-05:00</published><updated>2008-07-22T20:49:00.625-05:00</updated><title type='text'>Ataque a la base de los autobots...</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;a href="http://bp3.blogger.com/_XrfR5zW1pfg/SIZyFLMbooI/AAAAAAAAAHU/MkmPSXqF6bg/s1600-h/P1010208.JPG"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5225989850839884418" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp3.blogger.com/_XrfR5zW1pfg/SIZyFLMbooI/AAAAAAAAAHU/MkmPSXqF6bg/s320/P1010208.JPG" border="0" /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;La falta de energía y la oscuridad del espacio habían sumergido a ciudad Iacon en las tinieblas. El resto del planeta seguía la misma suerte. De lo más profundo de un sumidero de energía se elevó un humo gris, apenas perceptible por los sensores ópticos del robot que, sin hacer el menor ruido, permanecía agazapado entre los escombros de un laboratorio de investigación para aplicaciones energéticas destruido. Aguardó a que el humo se disipara para ver quiénes salían del fondo del sumidero. Si su sistema de memoria no erraba en el cómputo, aquella entrada conducía al laberinto de caminos que se encontraba antes del núcleo del planeta, a modo de defensa, cerca de la gran computadora central. Él conocía perfectamente aquellos senderos, -plagados de sensores acústicos y de láseres contra los intrusos, y en caso de que éstos lograsen burlar las alarmas, se toparían con tres batallones de Centuriones, programados para defender el computador a toda costa, sea quien fuere el intruso-, ya que en los lejanos días de la edad dorada del planeta, no bien dejó la planta de ensamblaje donde fue creado y programado, había trabajado al lado del robot ingeniero que diseñó la defensa del núcleo del planeta. Aquel sabio robot, llamado por aquellos lejanos días A3, se convertiría en el líder de la resistencia del grupo de robots que intentaba pacificar el planeta: los Autobots.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ellos luchaban cruentamente contra la ambición sin medida de un grupo de robots programados en tácticas militares, encargados de la defensa del planeta. La maldad y el ansia de poder de estos robots se extendieron como óxido cósmico hasta en los más alejados lugares del planeta, alterando la pacífica existencia de la gran mayoría. Ciudades enteras caían bajo sus perversas garras, y ni las más organizadas urbes, aun contando con la ayuda de los Robots Guardianes, lograban resistir por mucho tiempo sus embates. Los ataques eran repentinos y despiadados. No se respetaba nada ni a nadie. La única excepción era la energía. Si el ataque era contra un hangar de almacenamiento de cubos de energón, o si era contra una planta generadora, los robots militares –que, además, para sumar un punto más a la desgracia de los Autobots, tenían la habilidad de volar-, procuraban que el ataque fuera leve, o hacían huir al enemigo. Su objetivo era acumular toda la energía posible para crear nuevas armas y engrosar el número de su ejército. Su primera ambición era controlar totalmente Cibertrón, el hogar de ambos grupos. Pero sus ambiciones traspasaban las fronteras metálicas del inmenso planeta de hierro que era la cuna de ambos bandos, e iban mucho más allá, hasta los confines de la galaxia, hasta hacerlos pensar que podían ser los gobernantes del universo entero. Esta facción de malignos robots, programados para el odio y la destrucción, se hacían llamar Decepticons.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ironhide, el robot que vigilaba camuflado entre las sombras, detectó a dos autobots emergiendo a través del sumidero. Los identificó inmediatamente. Uno era Soundwave, el tercero al mando en aquel despiadado grupo de asesinos, frío, calculador y de pocas palabras, y quien tenía a cargo a un grupo de mini decepticons, tan crueles y despiadados como él mismo, que tenían a su cargo misiones de espionaje y reconocimiento. El otro decepticon era Astrotrain, soldado raso, utilizado mayormente como transporte, dada su habilidad para transformarse en nave crucero espacial. Ambos llevaban consigo una plataforma deslizante en la que cargaban un aproximado de quinientos cubos de energón. Ironhide se preguntó de dónde habían logrado sacar esa energía, si el planeta estaba tan seco como un asteroide, tan destruido y desolado como el universo mismo antes del inicio del tiempo. El autobot envió una transmisión a su base central, ubicada en el ala norte de la distante ciudad Iacon. Informó de la situación, y acto seguido activó la emboscada que había planificado por si sus sospechas se confirmaban. Espero pacientemente. Los decepticons otearon el negro horizonte y las escasamente iluminadas vías metálicas de aquella parte del planeta. Todo en calma, aparentemente. Avanzaron sigilosamente, deslizándose casi al ras del suelo, utilizando al mínimo su capacidad de vuelo. Al llegar a una encrucijada de caminos, se vieron sorprendidos por una burbuja de energía, que los atrapó, sin posibilidad de escape. Astrotrain maldijo su suerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Es una emboscada de los autobots!&lt;br /&gt;-Los autobots no tienden emboscadas. Mucho menos trampas.&lt;br /&gt;-Yo sé de uno que sí.&lt;br /&gt;-¿Quién?&lt;br /&gt;-Ironhide.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con el arma láser en la mano izquierda, cargada y lista para usarse, Ironhide se acercó hasta ellos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Los autobots no tendemos emboscadas. En eso tienes razón, Soundwave. Nosotros no somos gusanos cibernéticos como ustedes. Nosotros buscamos la paz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Soundwave, impávido, respondió, pero no de la forma que esperaba Ironhide.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Laserbeak, Rumble, Ravage, ataquen al autobot. Operación aniquilación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Rumble hizo zozobrar con sus potentes brazos, dotados de extensiones y complementos sísmicos, las edificaciones contiguas, consiguiendo derribar uno de ellos, donde se encontraba el dispositivo de control de la burbuja de energía. Viéndose liberados, los decepticons atacaron con todo al autobot. A una orden de Soundwave, Astrotrain se transformó a su modo de nave y huyó con el cargamento de cubos de energón. Soundwave y los mini decepticons arreciaron sus ataques contra Ironhide. El bravo ingeniero y experto en defensa, tras luchar valientemente, se vio acorralado por sus enemigos. Gravemente dañado, viéndose perdido, desconectó sus sensores ópticos para no llevarse como último recuerdo a Soundwave apuntándolo con su rifle de protones, e hizo lo mismo con su sistema acústico, para no escuchar la voz grave y pausada del enemigo anunciando su inminente vaporización en polvo de pistones. Ironhide navegó por su banco de memoria hasta los días de la edad dorada, cuando era aprendiz de ingeniero y todo en el planeta era paz. Su sistema vital se alegró recordándose, joven e inocente, con otro nombre, antes de caer herido a causa de la ambición desmedida de Megatrón, líder de los decepticons, y se vio a si mismo, en el tiempo y en el espacio, reconstruido y rebautizado como Ironhide, de pie junto a su amigo Orion Pax, también reconstruido y llamado desde aquel día Optimus Prime, quien llevaba desde aquel momento el liderato de los autobots sobre sus hombros, y antes de que la fracción de segundo terminase, mientras esperaba el disparo fatal de parte de Soundwave, pudo verse jurando exterminar a los malvados decepticons de la galaxia, así le costase la vida. Pero el disparo no llegó. No sintió el fin encima, y no emprendió el camino a ser uno con la Matriz. Sintió que manipulaban su consola de controles. Recobró la visión y la capacidad auditiva. Sonrió al ver un rostro conocido preocupándose por él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Prime!&lt;br /&gt;-No hables, Ironhide. La ayuda está por llegar. Irás a Iacon para reparaciones.&lt;br /&gt;-Quiero combatir.&lt;br /&gt;-Estás mal herido. Ratchet tendrá que trabajar mucho para dejarte operativo.&lt;br /&gt;-Los decepticons. Escaparán con los cubos…&lt;br /&gt;-No te preocupes por ellos. Escaparon. Y la energía es nuestra.&lt;br /&gt;-Usemos esa energía para recargar ciudad Iacon y repotenciar el armamento.&lt;br /&gt;-Eso lo decidiremos después. Ratchet llegó. Ahora te desconectará y despertarás operativo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ciudad Iacon, a pesar de las guerras y de la escasez de energía, mantenía un tenue brillo dorado, pálido reflejo de épocas mejores. Su gran cúpula de cristal carbónico, majestuosa en el horizonte, en medio de las ruinas de un planeta que se negaba a morir, rompía la monotonía gris de las grandes explanadas y las vías poco transitadas de Cibertrón. La vigilancia había sido triplicada por orden de Optimus Prime. Cada dos astrokilómetros, alrededor del perímetro de ciudad Iacon, guardianes programados para repeler cualquier ataque habían sido dispuestos de manera estratégica. Toda la maraña de túneles, de entrada o de salida al cuartel general de los guardianes de la paz y la libertad en el planeta, así como los hangares de almacenamiento con la poca energía que aun escondían los autobots, contaban con alarmas láser y miles de cámaras de vigilancia, todas monitoreadas de forma simultánea por Teletram Uno, el computador central de la base autobot. Nadie podía entrar o salir. En el interior del ala norte de ciudad Iacon, con su circuito cerebral sobrecargado por las preocupaciones de las últimas horas, Optimus Prime, el sabio y justo líder de los autobots esperaba, ansioso, buena noticias de los espías desplegados a lo largo del planeta. Dos habían caído en el cumplimiento de las misiones encomendadas, siete habían retornado a salvo con información clasificada que estaba siendo analizada por Teletram Uno, y aun aguardaba el retorno de los últimos tres valientes autobots. Se encontraba pensando en ellos, cuando las alarmas acústicas del computador lo alertaron sobre la proximidad del enemigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Alerta, alerta! ¡Decepticons en el sector Sigma32!&lt;br /&gt;-Lo que temía. ¡Autobots, a sus puestos de combate!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hound tomó posiciones en los cañones de rayos gama. A su lado, siempre serio y parco, Hoist desplegó la batería de misiles, y los dejó listos para atacar a los decepticons. Monitoreando que las defensas internas y externas estén operativas al cien por ciento, o con un mínimo del ochenta y dos por ciento, Trailbreaker se encerró en el cuarto de control C, y pidió no ser interrumpido a menos que la batalla tocase su puerta. Optimus Prime entendió al solitario del grupo, y no quiso contradecirlo. El líder de los autobots iba a ordenar que no atacaran a menos que fuera completamente necesario, cuando un gran zumbido y una fuerte explosión remecieron hasta en sus cimientos a ciudad Iacon. Repuestos del ataque, los autobots aguardaron instrucciones. Optimus Prime apretó el puño y habló.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Fuego!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Megatrón, sobrevolando las cercanías del sector Sigma 32 junto a su ejército de serviles robots, observaba la columna de humo y los daños provocados por el primer ataque de su parte. Entonces descargó la rabia acumulada, fracaso tras fracaso, a lo largo de millones de años de lucha estéril y trató de saciar su sed de poder alentando a los suyos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Nunca hemos tenido compasión. Menos hoy día. Necesitamos la energía que ellos poseen. Es poca, pero servirá para nuestros planes. ¡Es mi destino ser el amo del universo! ¡Por la gloria de los decepticons! ¡Acábenlos!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La batalla fue cruenta. En primera línea combatía Kup, al lado de sus inseparables camaradas Ultra Magnus y Hot Rod. Iban y venían por el frente de ataque, desconcertando a los decepticons, haciéndolos estrellarse contra las edificaciones, y ganándoles en velocidad cuando se transformaban en vehículos. En la segunda línea de ataque, que en realidad era línea de defensa, Springer, en su modalidad de helicóptero, y Arcee, en modo vehículo, batallaban en un doble frente, coordinadamente, desconcertando al enemigo. Los apoyaban Mirage y el recuperado Ironhide. Las explosiones se sucedían a cada momento. Los rayos láser no dejaban de ser disparados. Las defensas de los autobots empezaban a ser mermadas. Aquel día muchos bravos y valientes autobots ofrendaron su vida por la causa que defendían, no sin antes llevarse a la tumba, junto con ellos. Pero la batalla no sólo se llevaba a cabo en las cercanías de ciudad Iacon. En otro lado de aquel y enorme planeta metálico, Alpha Trion, Eleeta One y Moon Racer montaban guardia en el taller del anciano científico, testigo de excepción de las dos primeras guerras cibertronianas, quien en épocas pasadas, bajo el nombre de A3, había liderado a los Transformers en pos de su libertad. Alpha Trion entabló contacto con el cuartel general de los autobots.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Alpha Trion a Optimus Prime, ¿estás ahí?&lt;br /&gt;-Sí, amigo. ¿Alguna novedad en tu sector?&lt;br /&gt;-Ninguna, de momento. Regreso a mi posición… ¡Cuidado Optimus Prime!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El anciano científico dejó de recibir imágenes en la consola de su computador, porque Megatrón había logrado infiltrarse en el la norte de ciudad Iacon, con la intención de robar la poca energía almacenada y de destruir a los autobots presentes. En su ingreso, de un certero disparo inutilizó el monitor en el que Teletram Uno decodificaba las imágenes que él mismo captaba en todo el planeta. Acompañaban al siniestro Megatrón sus lugartenientes Starscream y Soundwave, segundo y tercero al mando, respectivamente. Starscream se encargó de atacar a los autobots que estaban al lado de su líder. Prowl se enfrascó en un duelo con Soundwave, quien activó a Rumble y Laserbeak para que detectaran la ubicación del escondite de energía. Prime y Megatrón discutían y peleaban, haciendo retumbar el cuarto de mando. Tras varios minutos de lucha, Soundwave informó a Megatrón que el almacén con la energía había sido encontrado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Que vengan los demás decepticons! ¡Esa energía es mía!&lt;br /&gt;-Querrás decir que esa energía es nuestra, poderoso Megatrón.&lt;br /&gt;-Claro que no, basura espacial. ¡Es mía!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Starscream lo apunto con su arma láser.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Eso está por verse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Megatrón fue más rápido, e inutilizó el arma de Starscream de un certero tiro salido del arma que llevaba en el brazo derecho. Aprovechando la distracción, Prime recogió su arma del suelo y apuntó hacia Megatrón. Lo tenía justo en la mira, cuando alguien se le adelantó e hirió a Megatrón en el brazo izquierdo, tumbándolo al piso. Era Eleeta One, quien había llegado para ayudar a Optimus Prime, al que le unía un vínculo especial desde hacía millones de años. Starscream, de rodillas, preocupado por el líder al que no había terminado de traicionar, con el miedo oxidándole los circuitos, lo cargó en brazos junto a Soundwave y ordenó la retirada de ciudad Iacon, no sin antes ordenarle a Rumble un postrero y cobarde acto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Sacude y destruye el almacén de energía!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Rumble activó sus brazos mecánicos y estremeció no sólo el almacén, sino toda ciudad Iacon. Los cubos de energón rodaron, cayeron unos encima de otros, hasta que uno de ellos explotó. Rumble, huyendo por el cielo de Cibertrón junto a sus compañeros, al igual que Prime y los demás autobots, corriendo o acelerando sus motores, sólo llegaron a oír el estruendo de la &lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;potente explosión subterránea. Ciudad Iacon, externamente, no sufrió muchos daños. Internamente, algunos sistemas empezaron a fallar, el de defensa, entre ellos. Sin energía, y sin defensas, Optimus Prime analizó la situación. Lo consultó con Ratchet. El médico sugirió seguir los consejos de Wheeljack.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-¿Tú crees que en esa galaxia encontremos alguna fuente de energía que nos sirva?&lt;br /&gt;-El análisis estelar realizado por Wheeljack y Teletram Uno confirma que hay un sistema estelar con una variedad de planetas ricos en minerales y energía.&lt;br /&gt;-Entonces está decidido. Tendremos que dejar nuestro hogar y aventurarnos en el cosmos infinito.&lt;br /&gt;-¿Partimos?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;Una sensación de desasosiego invadió los circuitos lógicos del líder autobot.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;-Aún no -dijo Optimus Prime, con un brillo de pena en sus sensores ópticos-. Esperemos a nuestros tres amigos que aun no regresan de sus misiones, y partiremos rumbo a la desconocido.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/33250870-1648641349880306398?l=juliocruzm.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocruzm.blogspot.com/feeds/1648641349880306398/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=33250870&amp;postID=1648641349880306398' title='29 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/1648641349880306398'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/33250870/posts/default/1648641349880306398'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocruzm.blogspot.com/2008/07/ciudad-iacon-bajo-fuego.html' title='Ataque a la base de los autobots...'/><author><name>Julio Cruz Merino</name><uri>http://www.blogger.com/profile/08926544048123547945</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_XrfR5zW1pfg/S1f49GvC0UI/AAAAAAAAAOI/eE9IyWDpUbY/S220/P1030766.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://bp3.blogger.com/_XrfR5zW1pfg/SIZyFLMbooI/AAAAAAAAAHU/MkmPSXqF6bg/s72-c/P1010208.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>29</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-33250870.post-4810395509396364307</id><published>2008-07-17T02:39:00.007-05:00</published><up
